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ZONA DE LETRAS

 

Por José De Ambrosio

I


Todo era borroso.
Demoré unos minutos en salvar la ceguera provocada por el sol del verano. Entrecerrando los ojos vi apartarse las manchas verdes y marrones; cada objeto comenzó a recortarse nítido detrás de las ondulaciones del aire caliente.
Practiqué topografía: suelo irregular con pajonales resecos y aislados arbustos espinosos; a doscientos metros unos médanos; en el bajo, a mi izquierda, una laguna menor que exhibía, modesta, sus patos ausentes.
Dos chimangos me sobrevolaron, apenas curiosos.

Así que lo había logrado.
Esta era la pampa. Y ahora me contenía.
La tierra de los payadores, de los indios, el desierto del oeste. Grité de júbilo; unos teros, alarmados, me devolvieron el eco. Con la mirada en el horizonte di un giro; asombrado corroboré lo que vedan las ásperas geografías ciudadanas: era circular.
Pretendí que la llanura advirtiera mi presencia. Di pasos sin rumbo, arranqué yuyos, los olí, los dispersé en lo alto, riendo corrí a unas copetonas de vuelo breve y caí al tropezar en una vizcachera. Más tarde recordé que la sed y las fieras solían ser impiadosas. Esbocé un plan mínimo: elegir un rumbo al azar y marchar mientras durase el día; por la noche ya decidiría. Mi juventud admitía esos desatinos, esas fatigas infructuosas.
No había caminado una hora cuando detrás de unos caldenes, todavía muy lejos, divisé la polvareda.
"Serán ñandúes" conjeturé, "o tal vez hacienda baguala", con sabiduría de biblioteca. Me encaminé hacia allí, igual esa dirección que otra. La polvareda también me buscaba; por el aumento de tamaño calculé que su avance era veloz.
Como fantasmas distinguí, flotando en el polvo, a los indios; tal vez -ilusioné- reflejos, espejismo del estío. Cuando admití su solidez, traté de infundirme valor con ar-gumentos impecables sobre mi ocasional inmortalidad; una desgracia -me dije- carecería de justificación en esa hora. Pero dejé de temblar cuando me rodearon los alaridos: la desmesura teatral descartaba propósitos asesinos.
Resaltando su rostro barbado, un blanco (que no montaba en pelo) impuso el silencio alzando una mano. Me miraron fijo sus ojos, hendiduras horizontales entre arrugas secas, casi una talla en madera. Acercó su caballo al paso, hasta rozarme. Permanecí inmóvil; intuí que no debía mostrarme cobarde. Aunque presentía su identidad oí con alivio caer, profundas, sus palabras:
-Yo soy Fierro. Martín Fierro.
Después, en las tolderías de las salinas, explicó lacónico que no era un renegado, que lo llevaban como lenguaraz y que en los entreveros con cristianos se mantenía apartado. Su cautiverio pertenecía al pasado, pero no se integraba a la tribu ni aspiraba a acaudillarla ("como ese Baigorria", acotó con desprecio). Innecesario fue preguntarle por Cruz: por las tardes se plantaba largamente junto a la tumba del amigo, cavilando quién sabe qué honduras. Yo no quise perturbar al hombre, lo sabía reservado para sus sentimientos. Por su código de hospitalidad me ofreció, indiferente, el sitio del finado en el toldo. Fierro dormía sobre su recado, yo conseguí un cuero de oveja para castigar menos al cuerpo.
Ni me interrogó. Su abulia le impedía moverse más de lo indispensable para subsistir. Pronto lo imité.
Los días de la indiada -y los nuestros- eran miserables; nos alimentábamos de sabandijas, liebres, peludos. En escasas oportunidades la suerte se adornaba con alones de ñandú o vacas maloneadas. Hacia el otoño comí del costillar de una yegua; me descubrí disfrutándolo. También, observé extrañado, se había disipado el hedor de los salvajes. Una india, como casualmente, comenzó a frecuentarme intentando averiguar de mi vida con largos rodeos retóricos que yo si-mulaba no entender. Como se conservaba soltera (las cintas de colores con cuentas de vidrio colgaban de sus crenchas) condescendí a dormir algunas noches con ella; nada más que para atenuar el frío. En breve no me resultó tan fea. Nadie mostró sorpresa, aunque por esas mañanas noté que unas viejas me miraban maliciosas, escondiendo sus risitas desdentadas.
Al recordar los motivos de mi exilio busqué estimular a Fierro para que cantara unos versos; no me prestó más atención que al ladrido de los cuzcos. Pero una temprana noche de invierno frente al rescoldo narró, raramente locuaz, distintos sucedidos que oyera de los indígenas; me impresionó aquel entierro del médico vivo junto a su paciente.
La viruela, la virgüela negra, había concluido sus crímenes antes de mi llegada; empero las fiebres de un capitanejo y la orden de atenderlo me hicieron temer. Pese a que curó con rapidez, sin la ayuda del té de yuyos que, atolondrado, combiné al azar, no alteré la decisión de marcharme. Conocía bien que Martín Fierro se iría muy pronto, repitiendo su destino al huir de la muerte nueva que su cuchillo, prolijo, habría de labrar.
Me despedí fugazmente, sin efusividades; no le anticipé su porvenir.
Confié en dejar grabado en él mi recuerdo, pero fue un ensueño de mi vanidad; ni siquiera se me adivina en el libro.
Estuve por el capítulo VII de la segunda parte, antes de que se presentara La Cautiva.

 

II


Así finalizó (pero por semanas preferí la carne cruda) mi primera incursión por uno de los inagotables mundos de las letras.
Amargo sendero el que desembocó en esa puerta. Frustraciones que los años acumularon, el ahogo del espaciotiempo, paredes de tendones, huesos, epidermis, aherrojando mi mente. Tan solo la mezquina limosna del tiempo: desplazarme en su inexorable cadencia de una hora por hora.
¿Por qué no platicar con Diógenes, Demócrito, Galileo? ¿Por qué jamás nadar en mares musicales o retozar en nieves purpúreas?
Dilaté mis noches en un antiguo bar, empeñado en transmitir mis angustias a indiferentes contertulios. Construyen-do pirámides en los ceniceros, argüía:
-Vean, no podemos movernos más que con los relojes y los almanaques. Imposible viajar un solo minuto para atrás o al ignoto futuro; estamos atados al flujo de un presente que se desplaza con nosotros. La hoguera del tiempo va devorando, rigurosa, nuestros días. Somos compañeros obligados en el barco de esta generación, pero no hay forma de transbordar al barco anterior, el de nuestros abuelos. ¿No es pavoroso?
Con frecuencia veía burla en las pupilas. A veces, con indulgencia, recetaban: "La vida se vive ¿para qué explicarla?".
Abandoné mis estudios. Ingresé en una oficina vulgar, persistiendo en una soledad inmutable. Sólo cuando conversaciones casuales presionaban la tecla precisa, se reavivaban mis viejas llamas y con pasión, con furia, predicaba (en mi desierto individual):
-¿Por qué no la nada y sí este mundo estrafalario? ¿Han analizado el tren que compartimos? Un ignoto planeta de una estrella mediocre, en el brazo lateral de una galaxia ordinaria perdida en la inmensidad de un universo cuya figura total desconocemos.
Desconcertados, algunos reían.
La ignorancia era de los otros. No me conformaba; aferrado a mi tozudez ubicaría el túnel que me condujera a territorios sin fronteras, a tiempos sin clepsidras.

Las páginas escritas.
Una jornada en la que llovía tenuemente, desperté. En un instante irrepetible, fulminante, la claridad: las páginas escritas escondían la clave, la entrada y la salida. Profusas, prodigaban regiones, eras, habitantes. Ulises navegó en un planeta distinto al de Hamlet, y ninguno habitó en el mío. Don Quijote jamás pisó los caminos manchegos, nunca salió de su libro, no lo formaron moléculas, sólo palabras.
Lograría filtrarme hacia esos parajes de firmamentos inventados. Deseché, por trivial, el transporte de la imaginación. Me propuse hollar con mis pies la tierra de Macondo, oír las voces tonantes de Héctor y Aquiles. Penetrar físicamente.
Mi biblioteca guardaba el acceso.
Sentí vértigo. Ante mí, el infinito.
Los universos soñados, todos los universos soñados podían alojarme: los plurales de Giordano Bruno, los paralelos de Everett, los circulares de Nietzche. En este estante Platón para contarme de sus arquetipos en celestes museos (¿hospedarían insospechados aviones?), debajo Descartes y, negándome, Berkeley. Descendería a los infiernos del Dante; bebiendo, compartiría las estrellas andaluzas con los gitanos de Federico.
Oscilaría, feliz, por los caprichos espirales de la historia.
Simpleza del método: cruzar furtivamente difusos confines entre realidad y ficción, sortear con cuidado el paso por adverbios y puntuaciones, evitar que me atrapara algún paréntesis. En una edición en rústica del Martín Fierro pude deslizarme por vez primera, entrar en la llanura literaria bajo un deslumbrante sol de mediodía.

 

III


Fluyeron los meses sin que emprendiera un nuevo viaje. El inicial me impregnó de un regusto agrio; lo atribuí a los gauchos parcos y a los ranqueles con olor a potro. En verdad, me molestaba no haber impreso mi rastro en el poema -ignoraba que temprano alcanzaría esas mínimas victorias -.
Renació mi entusiasmo cuando cavilé que mi interés no residía en la literatura. Mi anhelo era vivir sin cerrojos; las letras eran la herramienta.
Estudié catálogos, investigué en librerías. Desestimé interpolarme en escenas teatrales: tablas reducidas y parlamentos rígidos me restarían libertad. Descarté a Borges porque temí el extravío en sus laberintos de sueños, espejos y libros de arena, encontrar en el Aleph este cuento y en este cuento El Aleph (albergaba una razón más íntima: él, como yo, vagó por ensueños ajenos, completó o modificó destinos escritos por otros; rechacé multiplicarme en ilusiones gastadas).
Largas listas compuse y deseché hasta que resolví correr la distancia de siglos y meridianos de una novela histórica. Era domingo cuando partí de un desolado Buenos Aires para penetrar en el Egipto de Sinuhé. Esa misma tarde navegué el Nilo en una embarcación de juncos, descubrí las aves nocturnas que acarician las pirámides y las imaginarias constelaciones que guían en el desierto. Bajo el calor de Atón (el Unico) bebí por la mañana cerveza negra en un suburbio de Tebas hasta caer desmayado en la dilatada arena.
Aunque menor, el triunfo fue perpetuo. Resido -si quieren hallarme- en las páginas del capítulo 6 del libro noveno (soy el patrón de la taberna). En las primeras ediciones, que al regresar consulté en una librería de la calle Corrientes, no figuraba; con orgullo me vi reflejado en las publicaciones posteriores a 1968, el año en que conocí a Sinuhé.
Días más tarde rocé, en un París decimonónico y opresivo, a aquel Jean Valjean del sino miserable. Multipliqué, desde entonces, mis andanzas: huí de los asesinos de Poe y de Bierce; los reflejos de Julio Cortázar me provocaron vértigo, desconocí qué lado de la realidad me incluía. Peor me trataron los ciegos de Sábato: funestos, repararon -como nadie- en mi intrusión, tejieron para atraparme una repugnante red de babosa que burlé escapando por un puente de puntos suspensivos.
Volví a ver -con admiración, con afecto- a Fierro, disimulándome entre los mirones de la payada.
Un mediodía, en cierto bar de la calle Rivadavia -ya no recuerdo si de este Buenos Aires o algún otro- descubrí a un parroquiano leyendo una novela de Benedetti; me costó no saltar, gritarle atropelladamente que allí trabajaba yo, en la oficina de las páginas 140 y 141. Se marchó portando su ignorancia en maletín de cuero.
Para salir de la Tierra, de las Tierras repetidas, acudí a los mundos de la ciencia ficción. Me interné en galaxias anulares, pasé por antiuniversos, viví ucronías y dis-cronías. Al cabo de un tiempo que percibí infinito decidí indagar los espacios interiores; con placer di con J.G.Ballard y sus regiones oníricas, las nostalgias de sus arenas crepusculares, los oscuros atavismos de sus astronautas. Hundiéndome en la metafísica recorrí las meditaciones de Hume, de Schopenhauer, de Bertrand Russell, hasta que con imperdonable negligencia penetré en la Crítica de la Razón Pura: me asaltaron conceptos monstruosos, engendros que su-primían el espacio y el tiempo de la realidad para arrinconarlos en mi mente como formas de la intuición. Extraviado, nóumenos inaccesibles me hirieron, padecí contundentes antinomias. Al escurrirme de la jungla de excentricidades kantianas rememoré con gratitud a los indios sencillos del desierto pampeano.
Retorné a mi mundo de origen, mientras trataba de hallar una mínima coherencia en este incomprensible universo.

 

IV


Se han ido muchos años, ya.
Quién iba a decir que yo, con mi experiencia, finalizaría acá, quedaría anclado en este cuento indigno, tan incauto para dejarme capturar como los genios de las lámparas.
No hay salida, permanezco aplastado por tinta y papel.
Imaginarme multiplicado en ejemplares idénticos de esta publicación no me consuela. Soy el que soy, soy éste. Indiferentes son para mí, que las desconozco, esas conjeturales reproducciones.
Carezco de un nombre; si lo poseí se extravió en el ayer incierto. Tampoco sé si soy uno o la mera composición de todos los que he sido. De mis tesoros no persisten más que difusas monedas de la memoria. Memoria de palabras, memoria vacía. Damasco, Roma, Jericó, no son ni fueron, supongo, sitios reales, apenas denominaciones dibujadas en el recuerdo.
Suelo distraer esta monotonía de presidio vanagloriándome de protagonizar, al fin, un relato. Este relato. Pero en mis noches eternas (no duermo, no soy más que pensamiento) desconfío de haber mejorado mi suerte. Ningún beneficio me ha otorgado la alquimia secreta, transmutar los átomos que me constituían (puros fragmentos estelares) por letras, por letras escritas por otro. Persisto más prisionero que en mi juventud.
Vacilo en afirmar que fui niño, que no nací con estas páginas; descreo de una vida anterior a estos signos que me forman y me limitan.
¿Soy porque me han escrito? ¿Soy cuando me leen?
Tal vez no poseo existencia, tan solo consistencia (de papel).
Ni siquiera sé si hay un mundo exterior a éste.
Por favor ¿hay alguien ahí?

(c) José De Ambrosio,  1999.
 
 

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