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EL VAMPIRO

por Diego Escarlon

 

La húmeda noche había caído, como un opaco y denso telón de terciopelo negro, sobre el pequeño valle. Olaf pensaba en la increíble y tenebrosa historia que le había contado el esquelético vendedor de las riquísimas golosinas caseras, allá en la alejada taberna. Pero, por supuesto, él no tenía miedo. ¡Vampiros! Estos primitivos campesinos deberían ocuparse más en mirar algún educativo y entretenido programa de televisión, en vez de intentar asustar a los inocentes y desprevenidos turistas, con sus fantasiosas y poco creíbles historias.

Un solitario buho ululó muy cerca del sinuoso camino y Olaf casi se cae de su fiel caballo. Trancos giró hacia atrás su peluda cabeza, para ver que pasaba. Olaf hubiera jurado que con su inteligente mirada le decía-: ¡Tonto! ¡Me asustaste a mí también!

Pero por supuesto, él solo se estaba acomodando en su crujiente montura. No, no estaba asustado.

-Lo único que falta es que el burro le cante un cuarteto.

-¡Shhhh!

El angosto y serpenteante camino se adentraba en el oscuro y silencioso bosque, comenzando a a ascender la pequeña montaña. Los grises y potentes cascos de su hermoso y obediente CABALLO, producían un rítmico y agradable repiquetear, que resonaba entre los anchos y frondosos árboles.

El antiguo bosque cubría casi toda la agreste montaña. Que, en realidad, no era tal. Pero los orgullosos lugareños se ofendían cuando alguien la llamaba simplemente "sierra".

A lo lejos, através del denso follaje de los bellos árboles, ya se divisaban las altas torres del siniestro castillo.

De pronto un negro e inmenso lobo se cruzó delante del valiente y decidido caballo ...

-Y le dijo con acento cordobés: ¡Hola me llamo Pippin y soy un hombre-lobo que se come los alfajores de los vikingos miedosos!

La señora Azucena cerró su cuaderno de un golpe. Y miró a Carlos con ojos asesinos através de sus lentes bifocales.

-¿Porqué no trae usted, joven, algo para que todos nosotros podamos destriparlo y morirnos de risa? -dijo, con voz chillona, mirando luego a Eduardo.

-La señora Azucena tiene razón -dijo Eduardo-. Nos reunimos para intercambiar experiencias, no insultos ni burlas -dijo mirando fríamente a Carlos.

Pero yo ya sabía lo que iba a pasar.

Carlos saltó de su banco, se arrodilló frente a la señora Azucena y dijo:

-Tienen todos la más absoluta razón. He sido un canalla, un corruptor de la prosa, un animal celoso de los verdaderos artistas. Un monstruoso asesino de las hermosas hadas que vuelan por el bosque de la inspiración.

Tomó las arrugadas manos de la señora Azucena y le imploró desde el piso:

-¿Sería usted capaz, hermosa hermosura, de perdonar a un inmundo gusano, un ser inferior que nunca alcanzará las alturas a las que usted es capaz de volar?

-¡Ay, basta zalamero!- Dijo ella sonriendo.

-Bueno por hoy es suficiente teatro -dijo Eduardo, levantándose del escritorio y mirando su reloj pulsera.

-Para la semana que viene todos sigan trabajando con sus relatos y escriban, tres páginas como mínimo, una historia que tenga como personaje principal a un inmundo gusano inferior, que nunca alcanzará a volar -dijo, mirando a Carlos, con el ceño fruncido y luego agregó:- Trabajen las imágenes, necesitamos ejercitar los pinceles, últimamente están un poco faltos de descripciones. -Y mirando a la señora Azucena, agregó:- Menos usted por supuesto, ya se lo dije la semana pasada, haga un esfuerzo y no le ponga tantos adjetivos que se pierde la historia debajo de tantos pincelazos de colores. Ahora, cambiando de tema: ¿está leyendo a Tolkien de nuevo?

-¡Ay, si! -dijo ella en tono culpable- ¿Fué muy evidente?¿Y si se llamara Rocinante?

-No, bueno, mejor déjelo en Trancos. Pero Olaf recuerda demasiado a la historieta y eso perjudica el clima. Intente con algo más largo ó mejor pruebe inventar el nombre por completo.

El grupo se transformó en el pequeño alboroto de todas las semanas, cuando, terminado el taller, salíamos, rumbo a nuestras cuevas, comentando nuestras impresiones y críticas. Afuera ya era de noche.

Mientras caminábamos hacia el subte, le pregunté a Carlos con malicia:

-¿Hermosa hermosura?

-Estaba improvisando -dijo sonriendo.

-No deberías molestarla.

-Si, tenés razón Ramiro, pero estaba muerto de aburrimiento. Cuando no es "Drácula contra Asterix" es "Los hijos de Saurón se van de picnic". Todo condimentado con sus hermosos, floridos y redundantes adjetivos.

Entramos en la boca del subterráneo y nos recibió una cálida bocanada de aire viciado. Bajamos las escaleras esquivando al mendigo de siempre. Se acostaba, todas las tardes, ocupando la mitad del escalón, como para asegurarse de que nadie pasase sin dejarle su cuota de lástima.

Subimos al subte repleto y nos colgamos del techo.

Carlos dijo:

- ¿Te acordás del juez? Bueno, se murió.

Una señora gorda, que estaba sentada haciendo crucigramas, levantó la cabeza y paró sus peludas orejas, mientras se relamía el hocico sedienta de sangre.

-¿Cómo? ¿No era el personaje principal?

La señora, decepcionada, volvió a sus crucigramas.

-Si, pero va a convertirse en fantasma -aspiró profundamente y agregó con cara de chico travieso:- Pero por error va a volver como el fantasma de una bailarina de ballet, degollada por el dueño de un banco, que enloqueció, al enterarse que su esposa y su hija de catorce años se prostituían juntas con el juez y su perro Alegato.

La señora volvió a levantar la cabeza. Su cara era una mezcla de curiosidad morbosa y una profunda reprobación moral.

-¿Y de que murió el juez? ¿De impresión al escuchar la historia?

Carlos sonrió y dijo- Todavía no sé, pero no va a ser nada lindo.

-Sangre, dinero y sexo. Me gustaría saber lo que diría la señora Azucena.

Carlos se bajó una estación antes que la mía, y me dejó con mis propios problemas de inspiración.

En realidad mi problema no son las ideas. Tengo, malas o buenas, pero tengo. Mi problema es que se desvanecen cuando las intento tipear en el teclado de mi computadora. Esa es la razón por la que voy al taller de Eduardo. No sé, tal vez sea un bloqueo. Quizás deba intentar con una máquina de escribir, pero con solo pensarlo me dan ganas de vomitar. No sé manejarme sin mi computadora.

Tal véz ese sea un buen tema:

Nave estelar de pasajeros "Fermat". Ochocientas toneladas, rumbo a un hotel de nueve estrellas en la órbita de Io.

Pasajeros: 350

Pilotos: 6

Azafatas: 12

Mecánicos: 1

Peluqueros : 19

Matemáticos: 1570

-¡¿Cómo dijíste?!

-¡Trescientos veinticinco mil ciento sesenta y ocho!

-¡Sesenta y ocho o setenta y ocho!

-¡Sesenta!

-¡Vamos a tener que pedir que nos cambien a un lugar más alejado de los motores, o vamos a quedarnos sordos!

-¡¿Qué?!

O tal vez:

-La jefa de la sección J de sumatoria, se equivoca cada dos por tres. Ayer me enteré, que es porque está enamorada del morocho de transporte de datos.

-Con razón la quinta ayudante del distribuidor de tareas no le dirige la palabra. Me dijeron que ella también...

-¡A callar viejas arpías! ¡Y denme la solución de la cuenta que les pedí hace veinte minutos! ¡O vamos a estrellar este manicomio en medio de Júpiter y no van a poder sacarle más el cuero a nadie!

 

 

Vivo en un vigésimotercer piso a dos cuadras de Corrientes y Callao. En un dos ambientes, que tendría vista al mar si estuviese dos kilómetros más al este, rotase 140 grados y el Río de la Plata fuera salado.

Muchas veces llego a mi departamento con hambre de teclas. Me quito cuidadosamente el saco o la campera, tiro la corbata sobre una silla, revoleo los zapatos y me siento frente al monitor.

Parece magia. Pero en ese instante, se me olvida todo. Solo me queda la ansiedad de escribir. Pero sin contenido, vacío y agrio como un limón exprimido.

Podría ser peor, podría ser escritor profesional y vivir de lo que me pasa por la cabeza. De todas maneras un oficinista sin su hobby, es como una maceta con tierra que solo se usa para tirar los chicles usados.

Una noche, volviendo del trabajo, venía rumiando una historia sobre el mendigo del subte. Me aferraba con fuerza a la idea general, los personajes y algunos diálogos.

La viejita del 2do "A" estaba atrincherada en el recibidor del edificio. Vive sola, y con la excusa de tejer más cómoda, se instala allí todas las tardes para pescar alguna víctima con quién conversar.

-¿Cómo le vá m'hijito? ¿Todo bién?

-Si señora. ¿Sus cosas bién? -respondí, arrepintiéndome al instante.

-No mire, la verdad que no -dijo-. ¡El doctor Ferreira me dio turno recién para dentro de un mes! ¿Le conté lo mál que ándo de la cintura? No, seguro que no, venga que le cuento. Yo no se porque me enfermo tanto. Me debería haber enfermado cuando era joven y tenía fuerzas para aguantar y no ahora que soy vieja.

Sin disminuír el paso le dije-: No puedo quedarme señora, dejé arriba un jabalí en el fuego.

-Ahhh... Bueno -dijo lentamente con cara de haberse perdido alguna escena de la película.

Mé refugié en el ascensor, apreté el botón 24 y volví a mi historia. Todos los personajes estaban frescos como recién pintados dentro de mi cabeza. Pero yo los evocaba una y otra vez, con miedo de que al llegar a casa se evaporasen una vez más, dejándome un sabor a frustración en la boca.

Salí del ascensor. Tan concentrado estaba que introduje mal la llave en la cerradura. Empujé con fuerza la llave, mientras giraba el picaporte. La llave no entraba pero la puerta se abrió, no estaba cerrada. Tampoco era mi departamento: me había bajado un piso después. Hubiese retrocedido y cerrado la puerta, si no hubiera visto una computadora y junto a ella, varias pilas de papeles impresos. Hubiera sido cómico que mi vecino también fuese escritor.

-¡Hola! -dije.

Nadie.

Con sana curiosidad profesional, por no decir envidia enfermiza, me adentré en el pequeño living, tomé una hoja y empecé a leer.

El tipo era bueno. Nada de mordedores de morcillas ni fantasmas travestis.

No podía dejar de leer. Tal vez no era un Bester o un Stapledon. Pero no sé porqué, me sentía identificado con su estilo.

Me pregunté cuántas novelas y cuentos habría en esas pilas de papeles. En ese momento vi el casco. Un casco negro de motociclista. Nada del otro mundo, si no fuera porque salía de él un cable que lo conectaba a un pequeño transformador en el suelo, sepultado bajo una maraña de cables de colores.

Me lo puse y apreté un pequeño botón a la altura de la mandíbula.

Me costó enfocarme, pero una vez acostumbrado a las sensaciones, me caí dentro de la portera del edificio. Ella estaba viendo la televisión en su cuartito del último piso, al lado de los motores del ascensor. Pensaba en su familia allá lejos en su pueblito del interior y en el novio que tenía acá en la ciudad. Se sentía un poco dividida. ¡Este aparatito era sensacional!

De pronto unos pensamientos extraños irrumpieron en el edificio. Incomodidad, irritación, ansiedad, ambición, todos los colores mezclados como en la pesadilla de un pintor borracho.

Me concentré y comencé a examinarlos uno por uno.

Alguien volvía del almacén. Estába incómodo y quería sacarse la ropa ó algo parecido. La irritación se debía a que no podía hacerlo hasta que no viniesen a buscarlo dentro de tres meses.

Teníamos un lunático en el edificio, pensé. Pero la ansiedad la entendí inmediatamente. El tipo era, como yo, un amante de la literatura. Estaba ansioso por leer la historia que lo esperaba en su departamento. Estaba seguro que iba a gustarle.

Cuando examiné la ambición entendí todo. Estaba ansioso por leer, y por vender, lo que encontráse dentro de su departamento, es decir dentro del mío.

¡Buitre!

El tipo debía haber venido de muy lejos. Todos saben que los editores de este rincón del mundo tienen prohibido publicar nada de autores locales de ciencia ficción, fantasía ó terror, bajo pena de morir en la hoguera. Así son las cosas en las tribus alejadas de la civilización.

¡De todas maneras era una sanguijuela!

Me quité rápidamente el casco. Fui a la cocina y encontré una vela en un cajón. Busqué una caja de fósforos y aunque era una cocina muy chica, tardé una eternidad en encontrarla.

El parásito ya debía estar arrastrándose hacia el ascensor, luchando por sacarse de encima a la garrapata del 2do "A". Si la viejita sabía yudo yo contaba, tal vez, con algunos minutos extras.

Cerré la ventana de la cocina y abrí todas las llaves de gas. Luego de apagar la llama piloto del calefón, salí y cerré la puerta.

Encendí la vela y la coloqué junto a la puerta de la cocina, detrás de un jarrón para que no se viera.

Cerré mi campera hasta la altura del pecho y me embolsé como un canguro las pilas de papeles. Parecía una embarazada de 17 meses. Agarré el casco y me fui corriendo lo más rápido que pude teniendo en cuenta mi estado de gravidez.

Entré en mi departamento, cerré la puerta y me puse a esperar. Después de veinte años, desde el pasillo llegó el ruido del ascensor bajando con un traqueteo. Se detuvo y volvió a arrancar.

Se detuvo nuevamente y se oyó el abrir y cerrar de unas puertas metálicas. Una puerta que se cierra...

Y después nada.

Yo estaba conteniendo la respiración, parado en medio de mi departamento, con el casco en una mano y las piernas separadas, pariendo hijos. Después de todo eran fruto de mis entráñas.

El gato del vecino comenzó a maullar.

No funcionaba. Tendría que haber usado una chispa eléctrica, en vez de la vela, pensé.

Miré el cielorraso, intentando atravesarlo con la mirada. Las pisadas reaparecieron y se desplazaron hasta colocarse sobre mi sillón, donde, un piso más arriba debía estar la computadora.

Unas palabrotas en una lengua extraña resonaron a través del techo. Las pisadas se aceleraron y se escuchó el ir y venir por todo el living, junto con el ruido de cosas al caer.

Fueron al dormitorio y volvieron. Se acercaron rápidamente a la cocina y en ese instante, un terrible trueno se escuchó en todo el edificio y comenzó a llover yeso. Un meteorito blanco impactó en mi cabeza encaneciéndome al instante. Luego un silencio sepulcral, interrumpido solo por mi tos.

Dejé el casco y mi descendencia en el suelo y subí corriendo las escaleras, aún tosiendo.

Entré en el departamento deshecho.

Frente a lo que quedaba de la puerta de la cocina, el suelo era un enchastre de un cinematográfico color verde limón.

¡Chupasangre!

Entonces me di cuenta que había matado a mi primer admirador.

 

(c) Diego Escarlon
 

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