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UN VIAJE DE SUEÑOS Y ESPERANZAS                        

Por CARLOS AGUILAR AGULLO
 
 

  Inuelt, una ciudad de odio y desencanto


CAPÍTULO I




Inuelt fue una bella ciudad. Los primeros colonos que ocuparon aquellos magníficos parajes fueron grandes amigos y afrontaron proyectos comunes.
Grandes esperanzas que rebasaban el plano físico, pues lo más importante era construir una ciudad donde la belleza, el equilibrio y el orden fueran las premisas más significativas.

Políticamente, Inuelt comenzó su andadura con el "Consejo de Ancianos", en el que los ciudadanos más experimentados conducían la ciudad según el primer espíritu. Durante varias generaciones ese inicial dogma fue determinante para seguir construyendo la hermosa y próspera ciudad; pero, desgraciadamente, el crecimiento de la urbe trajo consigo la aparición de grupos de indeseables que empezaron desestabilizando el sistema y terminaron por apoderarse completamente de Inuelt.

Así, del pequeño poblado de colonos amigos que lucharon, codo con codo, por salvar las cosechas y librar a los rebaños de los peligros que les acechaban, nació una urbe incontrolable, llena de odio y crueldad, en la que una bufanda de humo grasiento, producto de unas fábricas que pedían a gritos un triste y sórdido holocausto, se adhería a las gargantas de los sumisos mortales, apoderándose de ellas y superándolas hasta taponar sus rosados alvéolos, coartando así su aliviante energía. Una hostil ciudad que atenazaba a sus ciudadanos con un régimen paramilitar en el que la única ley era la del miedo y la tortura.

Ante el desesperante panorama, las almas sensibles que luchaban por sobrevivir, se sumían en un abismo que transformaba a las personas en demonios de mil caras. Muy pocos intentaron salir de aquel horrible lugar y, que se sepa, nadie lo logró. Por lo menos, hasta ahora . . .

En la zona oeste, en un barrio humilde, vivía una encantadora y joven pareja con su querido compañero. Su exquisita sensibilidad les delataba a cada paso, en cada esquina, y sabían que era cuestión de tiempo ser apresados y quedar confinados en alguna inmunda prisión.

Mod y Haya, besando el viento de una gaviota rabiosa que sobrevoló sus cabezas, decidieron partir hacia un mundo mejor, iniciando su camino en la infinita dársena de brillos sumergidos que perfila el oscuro puerto de Inuelt.

Boli, su compañero del alma, era un caniche enano que, haciendo ejercicios de puntas, sorteaba los charquitos en busca de la ansiada felicidad.

Emprendieron su desesperada aventura con el sol en posición cenital, momento en el que las fuerzas paramilitares hacían el relevo mientras que, entre mofas y risas se contaban las intervenciones y detenciones efectuadas por el relevo saliente. Aprovechar esos momentos, en los que aquellos bárbaros se relajaban unos instantes, era esencial para empezar esta arriesgada empresa con éxito. Comenzaron la expedición el "Día de la Victoria", único día de fiesta declarado durante todo el año. Haya y Mod se citaron en las afueras de la ciudad, al final del sucio e inoperante puerto, no por tener un rumbo predeterminado, sino por ser el trayecto más corto para dejar atrás aquella ciudad de odio y desencanto.

Partieron separados para no levantar sospechas, no sin antes haberse besado tímidamente como temerosos de que ese beso supiera al último.
Primero lo hizo Mod. Salió con una pequeña mochila que portaba en la espalda y una bolsa que llevaba en la mano para ocultar a Boli durante la travesía urbana. Haya esperó durante unos minutos y, con aire marcial, se adentró en barrios infectos buscando el punto de encuentro acordado. En aquel señalado día, el ominoso desfile protagonizado por humillantes medallas ciudadanas, ocupaba las calles más céntricas de la ciudad, apabullando repetidamente a los vecinos que sentían pavor al contemplar aquel patético circo. Evitar, a cualquier costa, el ruin espectáculo era esencial para sentirse lejos, lejos, lejos . . .

Caminaron durante horas sin permitirse un solo minuto de descanso. Hacía ya un buen rato que Inuelt no formaba parte del paisaje y nuestros amigos se afianzaban en su idea, sin dar tregua a sus potenciales perseguidores.

Después de varías jornadas comenzaron a subir por una suave, pero enorme colina. Haya, Mod y Boli se encontraban en "la Colina de la Ballena" cuando, de repente, el día se hizo noche. Durante unos minutos fulguraron el rojo y amarillo rasgando el cielo con violencia. Fueron sorprendidos por un poderoso espectáculo del que quedaron absortos y muertos de miedo . . .



"La Luna se había enamorado del Sol.

¡Del Elegido en jarras!.

El que mordió a la Tierra en su holocausto prematuro y, crujiendo los huesos de un aplastado, ganó el amor de la viuda hueca, besando sus tumores con desmedida ternura.

El que fertilizó a la torturada ancestral de canosa belleza y mirada hipnótica desgastada por el fin de los tiempos ante la presencia de los Colosos Coloridos Emocionados, Gigantes flagelados por los vientos perpetuos. Muertos, uno a uno, por amor.

Y en el vacío, el corazón de la Tierra continua vagando y chocando con el fracaso de otros inertes dañados por la vieja bruja enamorada, por la piedra que refleja el glamour de la más deseada, de la que surgirán las tinieblas de la Galaxia bella de la vida".



Una oscuridad cerrada siguió a la dramática exhibición de amor.

Horas después y, sin pegar ni ojo, Haya, Mod y Boli, asistieron al saludo despótico de un amanecer que más parecía un fallo en el sistema de percepción visual que la aparición del "Dorado de Alas Soñadas".



El Árbol de la vida


CAPÍTULO II





Boli, con su séptimo pis, regaba el anciano almendro que coronaba la extraña colina colocada, entre mundos inciertos, por algún meteorito caprichoso. El viejo árbol de la vida también asistió al fastuoso idilio estelar, romance que le hizo despertar de un sopor centenario provocado por el engaño genético que la naturaleza le legó y por la ausencia de congéneres a su alrededor. Al despertar, advirtió que tres pequeñas criaturas andaban desorientadas en su dominio. -Tres tiernas almas asustadas huyendo del horror-, se dijo interiormente el castigado árbol.

En inuelt, nadie se preocupó por saber quién quiso que la vida brotara en aquella colina, pero alguien dejó deliberadamente un testigo del paso del tiempo en esa tremenda soledad. Haya y Mod se encontraban sentados, apoyados en el viejo tronco del grandioso almendro, mirándose, con esa mirada de profunda confusión, miedo y tristeza y, al mismo tiempo "nunca olvidar la esperanza de encontrar un mundo bello". Sus ojos seguían encontrándose; pero, esta vez, abiertos de par en par al oír, como en una experiencia extrasensorial, la voz del querido solitario .



"Soy vida que acaba en muerte lenta, privilegio de los que han heredado el dominio de la realidad, de esa parcela insignificante, imperfección propia del que ignora como la savia de los poderosos lucha por mantener vivo el reino de otros.

Desde mi copa, aire, viento, cielo, sol, alma, todo llega y es recibido como vida es a tierra y amante es a sexo.


Bajo la luna, si, bajo mi luna el río se esmera por besar las raíces del enamorado de la vida.

¡Del nacido para ser libre!, del prisionero de la naturaleza, a la que juré amor eterno.

De la naturaleza, que da vida a la flor y en su esplendor le roba el alma, la que se abre camino entre el carbono sublimando su pureza y enamorando a la que besa en su rocío soñando con cristales enlazados del centro del mar. Océano que absorbe al río en su brisa fría y en su locura temprana el viento solicita a su antojo".

-No sé por qué digo esto - dijo el árbol con voz más relajada-, pero créanme, lo afirmo con absoluta rotundidad.

-Estoy solo, muy solo - continuó el viejo almendro-. Por aquí y hasta ahora, sólo han pasado cafres urdiendo planes de matanzas y orgías sólo deseadas por ellos.
Haya y Mod sintieron la necesidad de conversar con el ancestral vegetal, pero no se atrevían a hacerlo, pues la soledad y tristeza que desprendía aquel soberano les había impresionado. El viejo árbol continuó hablando y nuestros tres amigos quedaron mirándose sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. En ese momento no habían ganadores ni vencidos, dominados ni dominantes. En ese instante alcanzaron la verdadera felicidad que anhelaban. Los cuatro estaban en un mismo plano, unidos por la vida en su estado puro.

El centenario almendro continuó - sé que no sois felices, que estáis huyendo y buscáis un lugar libre y bello para vivir, lo percibo con clara intensidad. Siento en el alma que mi larga experiencia no os sirva de nada.

Experiencia y soledad van en mí cogidas de la mano. Manos que entrelazan los dedos con energía de enorme potencia; pero, vosotros sí podríais ayudarme. Ignoro quien quiso que yo sufriera mi dura condena en esta macabra cárcel. Parezco libre y algunas veces me he creído poderoso al sentirme querido por la brisa y el sol; pero, esas fueron caducas grandezas de juventud. Cada nuevo anillo de mi tronco supone otro quebrantamiento de mi amilanado carácter, y, cada vez que sueño, lo hago con la posibilidad de caminar y despierto agobiado por algún picor que no logro mitigar.

Os ruego que hagáis por mí, algo que deseo con toda mi alma. Sesgad mi vida, por favor. Estoy harto de esta existencia sin sentido, de este cuerpo que ha enterrado sus piernas para hacerme prisionero de la desesperación-.

-Nosotros amamos la vida y tú nos pides la muerte - dijo Haya abrumada-, ¿no crees que nos exiges una prueba demasiado dura?.
-Lo siento, pero nosotros no somos capaces de hacer algo así -respondió Mod asustado.
-No pensad en mi dolor, sino en mi futura vida de placeres infinitos. Por favor, haced esto por mí- concluyó el fatigado almendro.

-Nosotros nunca no te haríamos daño, además, no tenemos al alcance ninguna herramienta eficaz que te ayude en tu propósito. La mayor desgracia que te podríamos ocasionar sería dibujar, con mi pequeña navaja, un corazón protegiendo nuestros nombres, y, eso,creo que no agotaría tu existencia, ¿Verdad? - dijo Mod creyendo haber descartado la muerte de aquella pobre víctima de la desesperación.

-Tu pequeña navaja bastará para que perfores unos centímetros en mi tronco. Eso será suficiente para adelantar lo inevitable. En pocos años habré alcanzado mi ansiada libertad - insistió entusiasmada la flagelada criatura.

Mod y Haya se miraron con rabia contenida, incapaces de aceptar esa cruel prueba, y, al mismo tiempo, aceptando el reto de salvar de la desgracia a aquel malherido corazón. Haya, Boli y Mod juraron amistad eterna con aquella maravilla que les protegería, desde otros mundos, durante su esperanzador viaje y les acompañaría con el alma durante el resto de sus días.


La historia del caos


CAPÍTULO III


Continuaron su viaje, una aventura en la que Boli significaría la unión entre los elementos de la naturaleza. A pocas horas de camino divisaron un valle verde con reflejos de aguas tranquilas que anunciaba nuevos miedos y renovadas esperanzas. Siguieron pisando, o, bailando, sobre seguro, y, metro tras metro, observaron como la hierba se transformaba en agua, en un gran lago de apariencia inexpugnable. Un lago de aguas densas y grises que uno creía poderlas cruzar andando, sin más. Un lago con la densidad de la gelatina, en el que los peces se movían a la velocidad de la luz. Tenía el aspecto de un campo de neuronas de algún gigante enterrado de pié, al que le fueron seccionados cráneo y cerebro, dejando al descubierto sus humeantes y pérfidas ideas.

De repente, un tifón se apoderó del centro de aquel viscoso lago, elevando, a decenas de metros, una ingente cantidad de gelatina coronada por un gigantesco ojo que les acosaba e intimidaba, rastreando el terreno, con su curiosa mirada. Disminuido el tifón, el ojo fue reabsorbido, quedando el lago tranquilo unos segundos; pero una descomunal cabeza asomó entre la gelatina, hasta la altura del cuello y con el rostro orientado de espaldas a nuestros amigos . . .

-¿Quién osa turbar mi sueño?. Pero, ¿Dónde estáis? - dijo esa detestable cabeza mientras, resbalándole la gelatina por la cara, se giraba en un ángulo de ciento ochenta grados.

Esa fea cabeza siguió procesando información de su entorno - ¡EEhh!. Pero, ¿Qué veo?. ¡Unas inocentes criaturas buscando aventuras!. ¿Queréis aventuras?, pues irlas a buscar a otro lado y no volváis a molestarme o me enfadaré tanto que os comeré a los tres de un bocado - dicho esto, lanzó su enorme lengua sobre una piedra que se encontraba detrás de nuestros amigos y se la tragó, demostrando, así, que su amenaza no la hacía en vano-.

Aquella testa volvió a sumergirse y el paisaje se convirtió en un árido desierto repleto de alambradas de espino entrecruzadas. Mirando el desesperante paisaje, Haya, encogida de hombros, dijo a Mod: estoy segura Mod, si Boli, estoy segura . . .



"Es la historia del caos, del límite sutil entre el bien y el mal, entre la inteligencia y la torpeza.

La historia del odio del que se raja a sí mismo y actúa como un salvaje hundido por su vanidad. Derrumbado por el miedo a morir solo, vadeando charcos de lodo en los que la carroña se siente ama de los fatigados.
La historia del caos, de la élite entre la pobreza, de la pobreza entre la élite.

De lo que nos hemos perdido por sólo querer culminar. Sin más; por la inercia del aventajado, del que saluda obligado a la seducción de ignorar dónde se encuentra uno mismo.

¿Qué hay entre el infierno y lo más sagrado sino un alma errante que ansía amar y se le niega ese amor por estar sumido en la desesperación del que acusando piensa salvarse de su condena?".



Mod escuchó con esmero a Haya creyendo que contenía alguna clave para cruzar aquel árido e insalvable valle.

-Ni esto no es un desolado valle - dijo Haya con una voz misteriosa.

-¡Ni, tampoco, un maldito lago, Mod!-.

-Mira a Boli, Mod. Conforme avanza en su camino la arena se convierte en hierba. Él nunca ha visto el lago. Ese horrible lago y este caótico panorama sólo están en nuestra calenturienta imaginación-.

-Si, en nuestra asustada imaginación - respondió Mod con voz resignada.

- ¡Ahora lo veo claro! - prosiguió Mod asombrado-, es una preciosa vega tapizada por pastos floridos. ¡Este viento sabe a gloria!.

-¡Haya, Boli, venid!-. Mod abrazó a su querida compañera y cayeron arrodillados al tupido suelo mientras Boli topaba entre ambos, abriéndose paso, disfrutando el momento y haciéndolo suyo.

-Por este instante, Mod, ha valido la pena iniciar esta aventura a ninguna parte. Nunca en Inuelt podíamos haber tenido ni un momento de felicidad - comentó Haya emocionada.



La noche, cómplice de la duda



CAPÍTULO IV


En Inuelt se recompensaba a cualquier persona por delatar a su vecino al observar conductas felices como risas, o ambientes donde la armonía y el equilibrio eran notorios. Tener una mascota a la que se le jurara amor eterno, era suficiente razón para quedar confinado en "el Túnel de los Débiles" para el resto de una horrible y miserable vida.

Boli, Haya y Mod siguieron su camino sin querer ilusionarse demasiado, pero disfrutando del espléndido paisaje. Comentaban cualquier detalle que les precedía y saboreaban, paso a paso, la suerte de formar parte de aquel precioso cuadro. Al caer la tarde Haya y Mod seguían caminando y Mod cogió en brazos a Boli, pues la hierba estaba cambiando por una especie de áspero y espinoso matorral. Empezó a hacer frío, un frío extraño y repentino cuando Mod alzó la vista y dijo petrificado: -¡La perspectiva está cambiando, Haya!. Las colinas se están convirtiendo en enormes acantilados. Nos obligan a retroceder, ¡estas montañas se nos echan encima!-. Haya, recordando el lago de gelatina que les aterró horas antes, miró a Boli; pero, esta vez, el pequeño caniche temblaba como un cachorro muerto de miedo .

-Puf - exclamó Haya desconsolada-. Tenemos que seguir. Mod, debemos seguir sin mirar atrás. ¡Nunca atrás, Mod!, nunca atrás. Busquemos rápidamente refugio para pasar la noche.

Mod y Haya no salieron bien preparados para la aventura. En Inuelt, el exceso de equipaje era una provocación para que algún vecino infame diera parte a las fuerzas paramilitares. Sus pequeñas mochilas contenían algunos víveres y una prenda de abrigo para cada uno. El frío se volvió intenso, y sólo quedó una tenue luz ámbar que reflejaba las aristas de la yerma montaña que se les había colocado delante cerrándoles el paso. Se refugiaron tras una roca que les protegía del duro viento, y echaron sobre los ásperos y espinosos arbustos la ropa de abrigo que habían logrado traer con ellos. Se tumbaron y quedaron abrazados con Boli en medio. Les esperaba una noche que nunca olvidarían . . .

Boli, habitualmente, era una estufilla y hacía lo posible por elevar la temperatura entre los cuerpos. El intenso frío no doblegaba la voluntad de unas mentes tremendamente asustadas pero convencidas firmemente de la decisión que habían tomado.

-No hay marcha atrás, no hay marcha atrás-, se repetían incesantemente, mientras los temblores se convertían en convulsiones, en una noche espantosa en la que les estremecían los sonidos de ultratumba que emitía aquella extraña montaña. Aún así, se durmieron debido a ese agotamiento que hace que el temor desaparezca y que la vida pierda su chispeante valor. Mod, ante el incierto futuro, no había comido mucho reservando los víveres para próximas jornadas. Extenuado y hambriento, se sumió en un sueño voraz: se encontraba paseando por una especie de profundo cauce, seco y pedregoso, de algún hastiado río en el que a ambos lados del lecho rompían la monotonía contenedores repletos de bocadillos de york, chorizo, queso.
Los tenía al alcance de la mano, pero no los cogía. Él mismo se repetía - que lástima, no tengo hambre-. Continuó deambulando por aquel lecho, cuando observó como los bocadillos comenzaban a volar suavemente, sin rumbo fijo, pero llamando poderosamente su atención, y mordía a los que, con más descaro, se acercaban a su boca. La iluminación del agotado río ganaba intensidad y cambiaba su tono parduzco por otros granates, verdes, azules y amarillos, en los que se reflejaban los volátiles bocadillos, cada vez más agitados, adquiriendo estos un aspecto grotesco. El húmedo ambiente se estaba convirtiendo en el mejor caldo de cultivo para unos bocadillos que mostraban unos dientes afilados y que se estaban transformando en diabólicas pirañas de brillantes ojos violetas que chasqueaban sus dientes con ansiedad.

La creciente humedad saturó el aire hasta lograr cambiar este elemento por agua. Mod, aterrado y agobiado, se estaba ahogando en aquel río en el que le empezaron a hacer compañía cientos de cadáveres sin ojos que flotaban a varias alturas y se dirigían directamente hacia él. Quería despertar de aquella agobiante pesadilla; pero, un remolino, que centrifugaba revolucionado, lo adhirió a su pared, haciéndolo girar a tal velocidad que él mismo veía enfrente su aterrada cara de gestos entrecortados como por efecto de fulgurantes flases, y lo introdujo en un oscuro y frío túnel en el que viajaba con unos vértigos espantosos en dirección a algún desconocido infierno. Sólo logró desconectar de ese violento sueño con la ayuda de alguien que le libró de él con autoridad, comenzando otra aventura que lo alejaba, por el momento, de aquel infierno. Más que un sueño parecía como si algo o alguien se hubiera colado en su mente.

La noche decidió jugar con nuestros amigos para acabar con el tedio provocado por la tranquilidad del momento, hablándole a Mod en este tono:



"Soy la que roba tu sueño y lo maneja con posesiva frialdad. que convierte tu rutina en la más desesperante pesadilla.

La que traiciona al vivo y perpetúa al muerto.

La que comparte con el sol el tiempo y con la luna el arte de embrujar a los enamorados.

La que te mima y se deshace entre sábanas limpias y suaves.

La que protege al bárbaro, y al borracho le estrecha las calles; pero también soy la que busca la claridad cada mañana para que la vida continúe . . ."



-Conozco el propósito de vuestro viaje - prosiguió la noche-. No os sabría decir si existe un lugar como el que buscáis. En realidad, los lugares felices no me llaman la atención.

Mod, en un intento de comunicarse con la noche, le preguntó con ansiedad-. Al amanecer cambiará el paisaje, ¿Verdad?. Estos horribles acantilados volverán a ser aquellas suaves colinas, ¿No es cierto?-.

La noche respondió con voz sincera. -Si no os marcháis de aquí al amanecer, estos acantilados os aplastarán y quedaréis confinados en sus entrañas para el fin de los tiempos. Con el primer rayo de luz - prosiguió la noche - buscad la boca de la montaña y corred hacia ella.

-No creáis que os hago un favor al descubriros el camino, os meteréis directamente en las fauces del lobo. En un entramado de gargantas voraces que os confundirán el alma.

Sólo os daré una pista más. La bestia os guiará hasta el corazón de la montaña, cuando lo sintáis dejad de confiar en su instinto y buscad el sudor de la montaña.

De ahí en adelante, el fuego de vuestro amor será determinante para conquistar al bruto monstruo pétreo-.

Mod despertó e intentó recordar cada palabra: -¿Confiar en el instinto?, ¿Pero, cuando?, ¿De quién?. ¿Buscar el sudor del monstruo?, ¿De que monstruo?. Dios, no recuerdo nada. Alguien me ha ofrecido ayuda, una ayuda inestimable, y no recuerdo nada, . . . ¡No es posible!, cómo es posible. ¿Noche?, ¡Noche!, ¡Háblame de nuevo!, por favor, por favor . . .-

-Hay que encontrar la boca, hay que encontrar la boca, rápidamente, con el primer rayo de sol - se repetía Mod mientras seguía abrazando a sus dos compañeros y giraba la cabeza incesantemente para encontrar la áurea solar antes que nadie.

Un brillo creciente despuntó en el horizonte con la intención de satisfacer, de nuevo, a miles de criaturas que lo esperan con tranquilidad.

-Ahí está-.

-¡Haya, Boli!, ¡Vaamos!, ¡Arriba!, ¡Arriba!.-

-¡Qué ocurre!, ¡Qué ocurre! - Exclamó Haya sin saber muy bien en que lugar se encontraba.

Mod se apresuró a coger en brazos al pequeño caniche y cargarse la mochila de las provisiones.

-Haya, por favor, encárgate de la otra mochila y prepárate para salir corriendo. ¡Para volar si es preciso!.-

- Mod, me estás asustando - dijo Haya con esa voz que cruza dos mundos opuestos-. ¿Qué ha pasado?, ¿Qué me he perdido?.

-Al despuntar el primer rayo de sol - continuó Mod- mira hacia la montaña. Tenemos que encontrar una especie de boca, pero dependemos de una oportunidad. La debemos buscar con el primer rayo de luz, sólo en ese instante.

-Y, ¿por qué es tan importante ese momento? - Preguntó Haya con voz asustada.

-Ya te lo explicaré, ahora debes estar alerta-.

-¡Pero Mod!-.

-¡Concéntrate, por el amor de Dios, o moriremos!.-

Al momento, la horrible montaña cobró vida. Sus ojos vendieron su alma al diablo hace siglos. Quemaban y paralizaban sus mentes adentrándoles en sus pesadillas más delirantes, y haciéndoles perder un tiempo precioso, un tiempo que les podía costar la vida. Mod quedó bloqueado ante tal dantesco espectáculo y Haya, cogiéndolo por la nuca, le dijo: ¡Vaamos Mod!, ¡Vamos, corre, corre.!.

Mod corría al mismo tiempo que recuperaba el sentido de la realidad, cuando observó que Haya quedó hechizada por la montaña.

- ¡Mod, Mod!, ¡Espérame!, estos arbustos han creado una pared y sangro por todo el cuerpo-.

-¡Haya, no pienses!, ¡Sólo corre!, ¡Vaamos!.-

Ambos corrían sobre aquellos arbustos espinosos como posesos cuando la faz de lucifer desapareció, momento en el que Haya reaccionó, ganando la boca de aquel monstruo demente y cruel .




Benedim, la montaña atormentada


CAPÍTULO V




Al llegar a la cueva, un aire fétido, pero tranquilo, se respiraba con alivio. Mod lloraba como un niño, descargando su estrés; mientras, Boli lamía sus lágrimas con exquisita sensibilidad .

- Mod, ¡Valiente!, tranquilízate - dijo Haya con voz dulce-. Seguimos vivos, seguimos juntos los tres y lucharemos hasta la muerte por nuestra felicidad. ¡Este puto demonio no podrá con nosotros!.

El aire envolvió esta última frase y la lanzó en todas direcciones, reverberando una y otra vez, y despertando a toda clase de bichos que chillaban alocados por los pasillos de la infernal garganta. Una vez posado el silencio, Mod más relajado, dejó a Boli en el grasiento suelo de aquel lugar y comenzó a explicarle a Haya la visita que turbó su sueño más profundo y desveló los secretos de la montaña.

Una tenue luz carmesí iluminaba la gruta. También se adivinaban fluorescencias de distintos colores e intensidades que creaban un ambiente tétrico. De las paredes nacían burbujas, algunas de ellas de un tamaño considerable, y del techo se descolgaba una sustancia de textura viscosa y color amarillo que caía al suelo en una lluvia densa, lenta y repugnante.
Realmente daba sensación de estar en las entrañas del infierno. A su espalda, la montaña había cerrado el orificio por el que habían accedido. Evidentemente, éste era ya un viaje sin retorno . . .

-¿Y Boli? -preguntó haya -, ¿Dónde está Boli?.

-¡Dios mío!, ¿Boli? - Exclamó Mod con voz asustada -. Nunca se ha separado más de dos metros de nosotros y, aún así, siempre está metido en líos. ¿Boli?, ¿Boli?.

Boli estaba cumpliendo su misión a la perfección, bueno, en realidad se había olvidado de sus compañeros; pero actuaba como hipnotizado, sin que su naturaleza le permitiera discernir y alguna oscura fuerza tirara de él sin dejarle detenerse .

- ¡Boli, Boli!- Gritaban, llamando a su querido compañero.

- ¡Vamos Haya!, ¡Busquémoslo! - Dijo Mod.

Emprendieron camino apresuradamente por aquella gruta infernal que serpenteaba constantemente. Las imágenes las percibían como en un túnel de alta velocidad. Ciertamente, mantenerse en pié después de unos cuantos metros, era un logro muy estimable. A esto, se sumaba la grasienta capa que cubría el rugoso suelo. Caminar por esa superficie se convertía en una prueba salida de alguna sórdida pesadilla de adolescente. El cansancio se hacía insoportable después de unos cuantos metros.

-¡Paremos!, paremos. - Dijo Mod jadeante -. No es posible que haya obtenido tanta ventaja, a no ser que, presa del pánico, hubiera salido corriendo.

- Pero eso es improbable - Le esgrimió Haya a Mod con un tono obstinado-.
Boli, a la mínima sensación de temor siempre ha solicitado nuestra ayuda con decisión, sin dudarlo ni un momento. No creo que haya sido esa la razón de su pérdida.

-Estuvimos un buen rato hablando de tu sueño - prosiguió Haya-, de tu delirante sueño con la noche. Durante ese intervalo de tiempo no prestamos atención a Boli. Tal vez . . .

-¡No!, no pensemos en ninguna tragedia y sigamos buscando - replicó Mod-.
No nos daremos por vencidos hasta encontrarlo.

- ¡Hasta la muerte, Haya!-.

- ¡Hasta la muerte, Mod!-.

Siguieron caminando, con paso acelerado, lo más deprisa posible dentro de aquel ambiente hostil en el que los fétidos gases ocupaban el espacio del oxígeno por momentos, hasta parar en un entramado de pasadizos que les obligaba a tomar una rápida decisión. Al llegar a la encrucijada, Mod observó que el espeso goteo desaparecía en aquel desamparado y desolado vestíbulo, pero el brillo de la grasa impregnada en el pavimento continuaba apareciendo, abriendo así la posibilidad de averiguar algún indicio sobre el paradero de Boli .

-En este suelo grasiento deben de estar marcadas sus huellas. Si hubiera pasado por aquí.- Dijo Mod, en cuclillas, comprobando su teoría-. No encuentro ninguna pista. Este ambiente me está empezando a agobiar. ¡Boli, Boli.!.

-¡Mod, no te levantes!. Pega la cara en el suelo y mira con esa perspectiva - exclamó Haya vuelta de espaldas a ese desagradable panorama -. ¿Qué ves, Mod?. ¿Mod?.

Haya se giró y observó como Mod hacía un pasillo con su rostro en el oleoso pavimento . -¿Has visto algo?. Dime que has encontrado su rastro-.
-Bien, bien - dijo Mod con voz sostenida - Aquí están sus huellas, por este túnel. ¡Corramos Haya!. Por su disposición no creo que vaya corriendo, sino andando con su peculiar trotecillo.

Ambos se pusieron en marcha y al cabo de unos minutos lograron tener contacto visual él:

-¡Boli, pequeño Boli! - llamaban una y otra vez al caniche, pero Boli no hizo el menor caso a la llamada de sus compañeros .

-Es como si estuviera embrujado, como si fuera un autómata - Comentó Haya con extrañeza.

-Si, parece un muñeco al que se le ha dado cuerda, accionando su mecanismo de cadencia fija. Espera un momento Haya, la noche cuando se introdujo en mi sueño me dijo: "seguid el instinto de la bestia hasta que la montaña sude". ¡Se refería a él!, ¡Se trataba de Boli!. Quizás él también recibió algún oscuro mensaje que está cumpliendo al pié de la letra.

Boli siguió conduciéndolos por aquel difícil laberinto sin titubear ni un instante, hasta que llegó a una cascada de un espeso líquido verde que parecía segregado por algún órgano vital de aquel monstruo. El olor era nauseabundo. De repente, Boli se giró y se dirigió hacia sus dos queridos amigos para "hacerles las fiestas" .

- ¡Hola Boli!, ¿Ya has cumplido tu misión? - preguntó Mod acariciándolo-. Debes estar agotado, todos estamos extenuados. Creo que hemos llegado a lo que la noche llamó "el sudor de la montaña". Esto es verdaderamente repugnante.

- Si, es asqueroso - balbuceó Haya entre vómitos-, debemos descansar; pero, quién se relaja en esta especie de intestino putrefacto -Sigamos, Mod-.

Nuestros amigos se dispusieron a emprender la marcha, pero el camino parecía haber terminado allí. Miraban en todas direcciones, desconcertados y abatidos, cuando una voz de ultratumba y de timbre soez llenó el espacio y se colocó aleatoriamente en varios sitios del interior de sus cabezas .


"Soy un tumor rechazado por la estrella Darhus.

El estigma que ella despreció por adentrarme en sus carnes buscando el placer del potente poder.

Soy Benedim, así me llamaban, Benedim . . .

¡La odio!, ¡Esa vieja zorra me privó del poder!.

Benedim, que nombre más anodino, ¡que humillación para un ser superior!, ¡Para el dios del Universo!".



-Llegué hace cientos de años a este mediocre lugar.-

-¡Pero, que estoy diciendo!.-

-¡Quiero a ese marica!. ¡Quiero a ese perro maricón para llenarlo de sarna!. ¡Quiero que una plaga de cangrejos lo devore lentamente!-.

-Os doy a elegir entre la vida y ese animal. ¡Escoged!-.

-¡Vamos escoged!-.

-Os daré una muerte que nunca olvidareis. ¡Escoged, cobardes!-.

- Gente vulgar en un mundo vulgar, eso es lo que sois, vosotros y todos los que han tenido una muerte lenta en mis entrañas.-

- ¡Escoged estúpidos!. ¡Escoged o elijo yo!. - dijo su última palabra la montaña.

Mod y Haya pensaban con torpeza. La dureza de aquella bestia había sacado los peores sentimientos de ellos.

Entre la confusión, Haya se dirigió al monstruo -¿cómo saldremos de aquí, jodido dios amargado?-.

- ¡EEhh! ¡EEhh!. ¡¿A mí, maloliente pústula?!-.

Las paredes se estrechaban por el efecto de unas burbujas cada vez más hinchadas, la luz parecía agotarse por momentos y sus pies quedaron adheridos al suelo. La muerte rondaba a aquellas criaturas con mano firme.
. .

-¡Benedim, Benedim!, hagamos un trato - dijo Haya con voz desesperada.

-¡Benedim.¡¿ Cómo osas darme ese trato, estúpida?! - Contestó la atormentada piedra.


-¡Soy Darsho, el dios del Universo, la explicación de que tú sigas viva, de que el mundo siga girando.

Soy la estrella más brillante, la más poderosa, la que sin pestañear sumiría en el caos al cosmos por un reproche; a ti, querida, por una lágrima.

¡Soy Darsho el magnánimo!.

Os estoy ofreciendo la libertad a cambio de ese ridículo chucho. ¿Acaso lo amáis?, ¡¿Acaso amáis a ese inútil tanto como para sacrificar vuestra vida por él?!-.

-Muéstranos el camino y quédate con esta inmunda criatura. ¡Muéstranos el camino, rey de reyes! - Gritó Haya con tono desesperado.

Mod miró a Haya y bajó la vista, sintiéndose cómplice de una complicada estrategia de huida hacia delante. Una especie de lengua viscosa con enormes papilas se desplegó evitando la cascada biliar y conectando con el otro extremo de la flatulenta tripa .

-¡Cruzad, miserables!. ¡JA, JA!. ¡Cruzad y buscad vuestra felicidad!.
¡Pasad, venéreas cópulas, y os devolveré al mundo!. ¡JA, JA, JA, JA.!-.

La montaña seguía riendo. Mientras tanto, Mod ya había cogido a Boli en sus brazos.

La intención de Mod era llegar a la otra orilla de la pegajosa plataforma antes de que el fracasado estelar dejara de regodearse, captando así de nuevo la sensación de tiempo .

-¡Vamos Haya!, ¡Vamos! - Dijo Mod con tono burlón, desde el otro extremo del maltrecho órgano, una vez que los tres lo habían superado.

El malhumorado y maloliente monstruo se intentaba purgar de lo que se le había enquistado hacía cientos de años; pero el éxito se le había negado una vez más, aun en un momento en el que el gozo de la bestia era inmenso.
En ese instante, el ente se estremeció con furia y, al descubrir el engaño, les envió volando a cientos de metros por ese vientre ancestral que a tantos incautos había torturado y dado muerte. Aquel lugar se oscureció completamente y el solemne silencio que quedó presagiaba que la montaña quería, para los enamorados de la vida, una muerte sórdida que les consumiera poco a poco; sin ninguna prisa, con el regusto de la tortura bien elaborada. Mod y Haya quedaron sin habla. La estrategia intimidatoria de aquella bestia impregnada de odio les había derrotado. No se les ocurría ninguna idea positiva, estaban totalmente bloqueados por el miedo. Más separados que nunca, cada uno se sumía en frases de las que el demente monstruo se sentiría orgulloso .

Al cabo de unos minutos Mod dijo: -esta tripa está muerta.-

Haya replicó - No me hables de muerte que me cago en este decadente monstruo degenerado-.

Mod, con una risa entrecortada, contestó - ¿Que te cagas en el monstruo?-.

Haya respondió a carcajadas - Si, me cago en el monstruo y me tiro pedos en esta repugnante tripa-.

Ambos rieron a cara descubierta un largo rato, debido, seguramente, a un estado nervioso límite .

Más relajados, Haya le preguntó a Mod- ¿Qué más te dijo la noche?, ¿No creo que se introdujera en tu mente para dejarnos aquí tirados, en las tripas de este bruto?-.

Mod le contestó aún entre risas- ¡¿La noche?!.
- Más calmado prosiguió - Habló de un fuego, del fuego de nuestro amor, dijo que nos salvaríamos con el fuego de nuestro amor.

- Creo que es el momento de sacar el mechero, Mod - continuó Haya con voz sarcástica-. Vamos a ver con qué podemos organizar una buena hoguera.

Mod colocó a Boli entre sus piernas y buscó en su mochila el encendedor que llevaba siempre consigo .

-Aquí lo tengo -.

Accionó el mecanismo de encendido del mechero iluminándose, con luz tímida, el lugar. En el túnel sólo aparecían huesos dispersos y amontonados. Era un olvidado osario en el que se encontraban los esqueletos de cientos de criaturas traicionadas por su futuro. Mod cogió un trozo de tela de su camisa, la impregnó con grasa adherida al suelo, la ató con fuerza en el extremo de un fémur a modo de tea, y obtuvo llama de ella con éxito .

Haya, al ver que esa antorcha podía significar la libertad, preguntó afirmando- Mod, ¿por qué no quemas el techo de esta cueva?-.

Mod siguió su consejo y el techo de aquella tripa se arrugó y se abrió camino entre la carne como una fístula, con la insistencia del ascua en el papel quemado. La gruta se estremeció con unos chillidos como de ratas acorraladas por el fuego, amplificados a una potencia demencial. Al comprobar el resultado, Mod salió corriendo por la sucia tripa con la intención de ir abrasando el techo y lograr que esa fétida criatura los liberara cuanto antes .

- ¡Parad, parad! - Dijo el necio monstruo con voz temerosa -. ¡Parad y os dejaré libres, malditos seáis, despojos de reptil podrido!. ¡Paraaaaad.!.

- ¡Te doy cinco segundos, repugnante bicho, o te seguiré quemando hasta que yo mismo encuentre la salida! - Exclamó Mod con ánimo de hacerlo.

No hubo tiempo a hacer cuenta atrás cuando fueron escupidos al exterior por un orificio de aquella traicionera montaña.





Verón, el Guardián del Otro Mundo



Capítulo VI



Al llegar a la superficie, se hundieron en una extensión mullida, dando varias volteretas hasta recuperar la verticalidad deseada. El sombrío rincón del mundo en el que fueron expulsados daba sensación de protección, pero había que alejarse de aquella montaña cuanto antes. Caminaron durante unos minutos; pero, consumidas sus energías por el episodio anterior, sacaron sus ropas de abrigo y acamparon en aquel desconocido emplazamiento, con la intención de descansar y recuperar la vitalidad necesaria para nacer de nuevo. En aquella plácida noche les rozaba una suave brisa que relajaba sus asustados corazones y millones de luciérnagas regalaban su magia, extendiendo un manto de maravillosa luz que llegaba hasta el horizonte. Parecía el inicio de un nuevo viaje en el que no existirían más problemas. El inmenso sueño que sufrían cerraba cualquier acceso al mundo, por lo menos durante unas horas, unas cortas horas en las que todo podía suceder, en las que la hazaña vivida momentos antes no serviría de nada si algo o alguien decidiera hacerles daño. Estaban a merced del mal.

La noche fue tranquila; pero, al despertar sintieron que no podían moverse. Esas mullidas plantas les tenían atrapados, no por hacerles daño, sino porque sus vástagos se entrelazaban protegiéndose del rocío. Siguieron quietos. Parecían haberse puesto de acuerdo en no comentar la situación y permanecieron en silencio unos minutos hasta que, con los primeros rayos de luz, aquellos tallos se separaron, poco a poco, buscando su desarrollo normal y perdonándolos así de su cautiverio. Reanudaron la marcha y, otra vez sin rumbo y sin dudarlo, siguieron buscando la codiciada ventura.
Prosiguieron aturdidos, pero pacientes, maltrechos, pero no vulnerados y con una disposición envidiable. Mirando al cielo se adivinaba una bóveda formada por prismas que descomponían la luz en cientos de colores, aglutinando fotones caprichosos que rastreaban formas provocadoras de una sonrisa.

Boli, Haya y Mod siguieron caminando, con la frente erguida, cuando localizaron una especie de sendero que quería desaparecer del terreno, seguramente por el largo tiempo transcurrido desde que el último viandante pisó por allí .

- ¿Lo seguimos, Mod? - preguntó Haya con ganas de hacerlo.

Mod, haciendo un gesto de pleitesía, le contestó- Adelante, bellísima mujer-.

Boli les siguió mientras olfateaba el viento con ansiedad. Parecía como si una barbacoa a pleno rendimiento despidiera un sabroso olor a carne recién hecha. Según se adentraban en el camino, les envolvía una neblina que iba tomando cuerpo metro a metro. Al cabo de unos minutos una espesa niebla les precedía de cerca, dibujando, improvisadamente, cientos de desconocidos rostros que aparecían, uno a uno, en intervalos de unos tres segundos, y colocando estáticos guardianes de agua y de ojos almendrados a ambos lados del camino.

Siguieron caminando por aquel extraño sendero cuando el último de los rostros que apareció les obligó a detenerse. Más que etérea, parecía una pétrea faz. Una cara con facciones duras que no invitaba precisamente a bromas. Nuestros amigos, miraron atrás y vieron como unos guardianes de agua cerraban su camino. Se encontraban rodeados, y la única salida posible se la ofrecía Verón, "el Guardián del Otro Mundo", ese rostro pétreo que se les había colocado enfrente, cortándoles el paso y desafiándoles a entrar en su enorme y roja boca.

- No temáis, no voy a haceros daño - Dijo Verón con voz solemne y fría, y continuó-. Soy Verón, el "Guardián del Otro Mundo". Mi misión en el mundo es velar por las almas sensibles, y, hasta ahora, afortunadamente, no he fallado en mi cometido. El "árbol de la vida" me ha anunciado vuestra
llegada. Os ha presentado como criaturas encantadoras que huyen de un mundo hostil y andan en busca de libertad y belleza. Entrad en mi boca y os conduciré a un mundo feliz, de lo contrario, os dejaré libres y agotaréis vuestros trágicos días en este triste mundo.

- Debemos entrar. Creamos en esta fantástica aparición - dijo Haya a Mod cogiendo en brazos a Boli.

Mod besó a Haya y a Boli y, abrazándose, entraron en la horrible boca, aun creyendo en la posibilidad de que allí podría terminar fatalmente su hermoso viaje . . .

Pero, nada más lejos de la realidad, Verón, "El Guardián del Otro Mundo" los introdujo en una brillante burbuja para realizar un corto y fluctuante viaje en el que debían evitar el abismal barranco que, de otro modo, les hubiera ocasionado un triste y desgraciado final. Acomodados en la frágil
burbuja, flotaban a unos dos mil metros de altura sobre el nivel de una sima volcánica que, activa, desprendía una gran cantidad de calor y tóxicos gases sulfurados, y debían contactar con el otro extremo del sendero que comenzaba en una montaña contigua, separada de la de origen por algo más de quinientos metros. Para ello, Verón, el "Guardián del Otro Mundo", dirigía la burbuja, no exento de riesgos, con un potente pero suave soplido que modulaba con maestría. Nuestros tres amigos, sentados en la burbuja, miraban hacía el vacío contemplando, entre los vapores desprendidos por la enorme grieta volcánica, el asombroso e impresionante panorama, y, sin mover un músculo, viajaban con la inestimable ayuda de Verón hacia su destino entre peligrosas corrientes de aire caliente que desestabilizaban constantemente la trayectoria del genial medio de transporte. Al llegar al otro extremo del sendero, la burbuja se posó y explotó, con la delicadeza y la magia de una pompa de jabón, y nuestros queridos amigos quedaron liberados de ella continuando el camino. Mod aún no se había recuperado de la impresión del viaje y caminaba de una forma extraña, como buscando su correcto punto de gravedad. Su pálido semblante le delataba, y, Haya, mirándolo de reojo, sonreía suavemente. Continuaron caminando cuando observaron que el terreno comenzaba a empinarse. Estaban subiendo por una montaña que empezaba suavemente y concluía con una escarpada cima. El sendero les condujo hasta una cueva situada en el límite de su falda, en un mirador estupendo desde el que se divisaba, a lo lejos, la horrible montaña que les había intentado dar muerte. Al final del camino, la niebla que les acompañó durante la mayor parte del trayecto, desapareció, dejando al descubierto el confortable paisaje.

- ¿Descansamos aquí? - Preguntó Mod.

- Si, pasemos la noche y mañana ya veremos.- Contestó su compañera.

Contemplaron, con placer, el paisaje. Sobre todo fijaban la mirada en aquel monstruo cruel y grosero que tan amargos momentos les hizo pasar. De repente, aquel bicho mimético con aspecto de montaña, desplegó sus ocho patas y emprendió una carrera en sentido contrario a nuestros amigos .

-¿Y nosotros hemos estado dentro de eso? - Exclamó Mod, sin dar crédito a la escena que estaba contemplando - ¿ De ese bicharraco?. ¿Ese es Darsho, el dios del mundo?. ¿Esa repugnante cucaracha es el rey de reyes?.
¡Benedim, Benedim! - Mod llamaba a aquel monstruo en tono de mofa y entre carcajadas.

Haya no podía parar de reír .

- ¡JA, JA, JA, JA.!. Pero, ¿Has visto eso?. ¡JA, JA, . . .!. ¿Has visto como se ha levantado y ha salido corriendo esa venérea cópula?. ¡JA, JA, JA, JA.!. ¡Si anda de lado.!. ¡JA, JA, JA, JA.!-.

Rieron un buen rato. Esto también les hizo olvidar, por un momento la tremenda sensación de hambre que llevaban acumulada desde hacía horas, pues ya habían agotado los escasos víveres que lograron sacar de Inuelt .
- Mod, ¿Crees que si logramos dormir nos olvidaremos de la comida? -
Preguntó Haya con aire guasón.

- No sé, pero vamos a intentarlo. Espero volver a soñar con aquellos bocadillos, bueno, mejor no. - Contestó Mod bostezando.
- ¿Qué dices, Mod? - Preguntó sorprendida la bella Haya.

- No, con esos no - dijo Mod enlazando el primer sueño y haciendo caso omiso a la pregunta de Haya.

El genial trío se acurrucó en la entrada de la cueva y se dispuso a pasar la noche.

(Vamos a la segunda parte de este cuento)




 (c) Carlos Aguilar Agulló,   1999.
 
 

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