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 Este artículo de José De Ambrosio fue publicado en Septiembre de 1989, en el número 19 de la revista Cuasar, (República Argentina).

 

EL UNIVERSO MULTIPLICADO
Mecánica cuántica y ficción especulativa



La compleja teoría cuántica permite deslumbrantes conjeturas. Una de ellas es la que pos-tula que al producirse una observación a nivel de partículas subatómicas, el universo entero se escinde en realidades disímiles; habiendo dos alternativas posibles, ambas se concretan, gene-rando cosmos diferentes. Esa proposición le ha conferido jerarquía científica a una de las más antiguas quimeras humanas: la concepción de mundos paralelos.
El conocimiento de la estructura fundamental de la materia ha progresado manifiestamente -como todas las ramas de la ciencia- en los últimos cien años. El modelo atómico evolucionó desde la primitiva idea de Demócrito que imaginaba unidades minúsculas e indivisibles de sus-tancia, pasando por el diseño ordenado de un sistema solar en miniatura, con electrones girando en prolijas órbitas alrededor de su núcleo. Estas escolares configuraciones fueron cediendo espa-cio a construcciones cada vez más abstractas, hoy virtualmente fuera de la comprensión de quie-nes no han cursado estudios especializados. La teoría de los quanta o cuantos trató de describir las propiedades atómicas en forma matemática; su desarrollo ha originado notables paradojas y hecho tambalear el venerable axioma filosófico de la causalidad.
Werner Heisenberg, Nóbel de Física en 1932, introdujo el inquietante principio de incerti-dumbre según el cual es imposible localizar exactamente una partícula y al mismo tiempo cono-cer en forma precisa su momento. No se trata, por supuesto, de un simple problema de insufi-ciencia en la técnica de medición; de acuerdo a la mecánica cuántica no existen cosas tales co-mo un electrón que tenga simultáneamente un momento justo y una posición cabal. Este princi-pio de incertidumbre tuvo resonancias de incalculable proyección en el plano de la filosofía ya que al no poderse establecer en forma integral el comportamiento de un corpúsculo quedaba diluida la relación causa efecto, apareciendo la aleatoriedad en el comportamiento de los cuer-pos, por lo menos a nivel subatómico. Los físicos se remitieron al terreno de las predicciones meramente estadísticas.
En esa línea Niels Bohr, Nóbel de Física en 1922, formuló la llamada "interpretación de Copenhague"; señaló que el observador interactúa con el sistema observado, que el solo hecho de medir un objeto lo modifica. En el caso de una partícula, es como si no tuviera propiedades definidas hasta que se efectúa la medición y entonces, por puro azar, adquiere determinadas características. Nada se puede afirmar de lo que acontece cuando no hay un sujeto ni tampoco por qué el resultado es uno u otro. La paradoja que se plantea fue expuesta con claridad por Erwin Schrödinger, Nóbel de Física en 1933, con un conocido ejemplo. En un experimento hipotético, se encierra un gato en una caja opaca; en la misma hay una sustancia radiactiva con un 50% de probabilidades de emitir un electrón en un concreto intervalo temporal. Si eso suce-de, es registrado por un detector -un contador Geiger- que a su vez dispara un mecanismo -se rompe un recipiente de vidrio con cianuro- que mata al gato. Como es obvio, si la desintegra-ción radiactiva no se produce, el gato no morirá. Schrödinger destaca la desconcertante conclu-sión que resulta de la interpretación de Copenhague, según la cual hasta que alguien mire dentro de la caja, la disociación atómica no habrá sucedido ni dejado de suceder, el gato no estará ni vivo ni muerto. Todo el sistema tiene una función de onda -expresión matemática que describe una partícula o un sistema de partículas, y sus cambios- que sólo da posibilidades, y que es re-ducida a valores definidos, concretos, por el acto de medición. No es que el observador se entere de lo que ocurrió al atisbar en el interior; es su acción la que inclina el sistema en uno u otro sentido. Hasta ese momento, las alternativas coexisten, latentes.
Este es uno de los fundamentos de la mecánica cuántica: un fenómeno pasa a ser tal sólo cuando es un fenómeno observado.
La coincidencia con la filosofía de Berkeley no es pura casualidad. Esta tesis reflota la vieja idea de que el ser es el ser percibido (esse est percipi). Con lo que aquel idealismo que no con-vencía ni a su propulsor (como que recurrió a la omnisciencia de Dios para mantener sólido y permanente al mundo) pasó a ser un supuesto de la ciencia.
Para superar esta incomprensible situación de que un acontecimiento no sea ni deje de ser hasta la intervención de un examinador consciente, se propuso la fantástica hipótesis de las rea-lidades múltiples. El gato está vivo en una y está muerto en otra. Hugh Everett, en 1957, sugirió que las opciones no se colapsen, que persistan todas, generando distintos universos paralelos. El cosmos se bifurca constantemente en cada medición y aun en cada transición cuántica; se des-dobla con cada posibilidad, En este plano el electrón se dispara, en el otro nada sucede; el gato corre distintas suertes. El acto de observación divide los mundos que a partir de entonces siguen su línea en el hiperespaciotiempo.
Como cada porción de lo que denominamos materia no es más que un vertiginoso remolino de incontables electrones experimentando innumerables transiciones cuánticas, a cada instante la totalidad se multiplica en miríadas de ejemplares, y así ha sido desde hace quince o veinte mil millones de años, desde el big bang. La concepción aunque sea fugaz de semejante pensamien-to, empalidece el mareo que ocasionan los infinitos cantorianos. Los más cercanos, los recién separados, diferirán por uno o un puñado de átomos, serán indistinguibles del cosmos que cono-cemos (¿qué diferencia puede significar otro que sólo sea disímil del nuestro por una molécula en el cráter Clavius de la Luna?); en los más alejados no se habrá formado siquiera el sistema solar, o las galaxias serán completamente desiguales.
Resulta curioso que mientras algunos filósofos como Bertrand Russell hayan sostenido la inexistencia del universo ("En realidad", dijo, "a la opinión de que no hay mundo sólo se opo-nen el prejuicio y la costumbre"), la teoría comentada prodigue generosamente orbes sin fin, como los matemáticos helenos derrocharon puntos en la recta.
Esta presunción sobre la existencia de otras comarcas que no están ubicadas dentro del espa-cio-tiempo que conocemos, sino que más bien habitan vagas regiones metafísicas, ha estado presente en la filosofía, en la religión, en la literatura, antes de ser recibida por la ciencia. Ya Parménides distinguía entre el mundo sensible (reducido a meras ilusiones de nuestros sentidos) y el inteligible, único verdadero, Platón tomó el antecedente y lo desarrolló con su diferencia-ción entre el topos uranos (lugar celeste)


"pasmosa colección de objetos inconmovibles y estáticos.
"inmortales árboles.
"petrificados tigres,
"junto a triángulos y paralelepípedos.
"y también un hombre perfecto,
"formado con cristales de eternidad."

según la hermosa pintura de Sábato en Abbadón; y nuestra terrena superficie, donde sólo hallamos simples reproducciones, pobres copias defectuosas de aquellos árboles, tigres, trián-gulos, paralelepípedos y hombres.
Siglos después Giordano Bruno impecablemente arguyó que si Dios es infinito, el cosmos que es la manifestación de su esencia, también debe serlo.

"La perfección divina se ofrece en una serie innúmera de mundos. Sería absurdo pensar que un Dios infinito hubiese producido un efecto finito e imperfecto. ¿Por qué privar de la existencia a los mundos posibles y alterar en su perfección la imagen divina?"

Bruno es un prestigioso e insospechado enlace entre Parménides -con su ser limitado- y Everett -con su esquizofrenia cósmica-. Pagó con su vida la irreverencia de no ceñirse a los dogmas.
Mitologías y religiones ofrecieron una nutrida exposición de niveles existenciales alternos. Los poblaron de dioses, ángeles, genios, huríes, demonios, que ocasionalmente venían a moles-tar a los humanos. Pero mientras la literatura diversificó las claves de acceso, las religiones em-plearon siempre el sencillo y eficaz procedimiento de la muerte.
Frondosa ha sido la colección de mundos que desfilaron ante la mirada del hombre. Se fa-cilitó así la comprensión del esquema de Everett; no su aceptación por los científicos. No obs-tante, sus universos se multiplican, al menos en las páginas de ciencia ficción.

Ciencia ficción y fantasía

Ha sido abordado reiteradas veces el análisis de realidades alternas en la literatura fantásti-ca. Uno de los mejores ensayistas argentinos en el área, Pablo Capanna, dedicó un interesante artículo al asunto, La nariz de Cleopatra y el teniente Bonaparte.* Allí expuso sobre ucronías, mundos paralelos y catacronismos. En todos los casos se trata de concepciones hipotéticas de la evolución histórica por extrapolación a partir de un punto de inflexión, de una variante en un acontecimiento del pasado. El objeto de estas líneas es disímil: no intento reseñar historias al-ternativas sino contemplar ejemplos literarios donde pareciera una pluralidad cósmica, más o menos en concordancia con la tesis de los cuantos en la comprensión de Everett. La coexistencia que examino se da en forma simultánea, es un desdoblamiento espacial más que temporal. Aquí hago una imprescindible referencia a la simultaneidad como postulado de trabajo, ya que la relatividad einsteiniana derrumbó el concepto de fenómenos 'simultáneos'; no existe un tiempo universal respecto del cual se puedan sincronizar en forma absoluta. Sólo hay tiempos locales. Quizás sea lícito pensar en un supertiempo para entonces sí hablar de un paralelismo de diversas realidades.
El pase al 'otro lado', a una dimensión extraña, no es novedad en las letras. Ha sido usada toda clase de llaves para abrir la puerta de comunicación. Son minoría los ejemplos de narraciones que prodigan mundos; por lo general el tránsito ha permitido el acceso a un solo universo alterno.

* Las referencias bibliográficas de todos los textos citados en este artículo se encuentran al final del mismo.


Espejos

Con frecuencia se ha acudido a los espejos para transportar al protagonista fuera de su con-texto espaciotemporal. El país especular puede generar toda clase de reflejos, no sólo la conoci-da simetría izquierda-derecha o la marcha del tiempo. Se ha sugerido sorprendentemente que

"los goces de este mundo serían los tormentos el infierno, vistos al revés, en un espejo" (León Bloy, Le vieux de la montagne)

Alicia a través del espejo deleita con sus curiosas inversiones, llevando a la Reina con su lógica a vendarse el dedo y chillar de dolor antes de lastimarse con un alfiler.
Ocasionalmente se han hecho proliferar estas regiones; en el cuento de Fritz Leiber Medianoche en el mundo de los espejos, imágenes enfrentadas semejaban

"los globos de cristal de la astronomía ptolemaica, que representaban las estrellas y planetas multiplicándose hasta el infinito".

encerrando un mundo cada una. Leiber es un perspicaz creador en el campo de la ciencia ficción y la fantasía, pero otros autores del género no han desdeñado el espejo, como Algernon Blackwood en El caso Pikestaffe.
Entre nosotros ha despertado el interés de los escritores y es conocida la atención que les prestara Borges.

"Infinitos los veo, elementales
"Ejecutores de un antiguo pacto
"Multiplicar el mundo..."

"Dios ha creado las noches que se arman
"De sueños y las formas del espejo
"Para que el hombre sienta que es reflejo
"Y vanidad. Por eso nos alarman."


No sólo se encuentran en ese poema, Los espejos, sino en muchas partes de su obra, omnipresentes, vagamente inquietantes.
Otros autores argentinos armaron tramas dando vida propia al orbe del cristal. En un relato de Manuel Mújica Láinez, El espejo desordenado, la imagen está distorsionada respecto del tiempo de la acción. Dentro de la ciencia ficción igualmente se ha recorrido la finca especular por autores como Rubén C. Tomasi en El espejo o en la divertida miniatura de Lesly Sánchez El paso.

Sueños

No es, seguramente, la más extraña entre las innumerables ilusiones del hombre la que su-pone reales a los mundos soñados. Resulta sencillo discurrir que en el acto de soñar nos trasla-damos a otra superficie existencial, así el despertar implica un nuevo salto, el ingreso a este cosmos tan cierto (o tan incierto) como aquél. Sólo la aparente persistencia de ciertos rasgos constantes del mundo al que arribamos cada mañana, por oposición a la heterogeneidad de nuestros países nocturnos, nos induce a sostener la continuidad de este extravagante universo.
Tal vez por eso los sueños han sido utilizados como clave de paso a otras realidades en la literatura de todas las épocas. Una clásica miniatura atribuida al remoto Chuang Tzu (300 A.C.) condensa la belleza en pocas líneas:

"Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu."


Sueños hay en La Biblia que sirvieron de enlace entre 'cielo' y 'tierra'. Y sueños también en los relatos de las mil y una noches árabes.
La vía onírica introdujo a Alicia al país de las maravillas pero también al país del espejo. Al finalizar este último recorrido se plantea la paradoja clásica:

"Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quien fue el que ha soñado todo esto... Tuve que ser yo o tuvo que ser el Rey rojo, a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!... pero también es verdad que yo fue parte del suyo..."

Empapadas de sueños, hay excelentes narraciones en la literatura argentina de fantasía. La noche boca arriba de Julio Cortázar lleva impecable a su protagonista al mundo soñado hasta invertir los planos de realidad. En La esquina del sueño de Inés Malinow, el personaje se sumerge en el mar onírico para encontrarse con su amadas. Incomparablemente, Borges impuso a la vida un simulacro de hombre, una apariencia soñada, en Las ruinas circulares; el soñador compartió su insustancialidad, alarmándonos con la insinuación de que también nosotros estemos tejidos de viento e ilusión.
La ciencia ficción no ha hecho abuso del tema. Un cuento de Lafferty, Sueño, concibe uno colectivo que modifica la estructura universal.
Pero el sueño, igual que el espejo, no es más que una aproximación a la multiplicidad de los mundos; es una mera duplicación, una bifurcación exclusiva, lejos de la riqueza continuamente generativa de los universos paralelos de la física cuántica.

Otras dimensiones

Uno de los más explotados entre los motivos favoritos de la literatura de anticipación es el pase a otras dimensiones. En especial la cuarta ha logrado difusión aun entre lectores no habi-tuales del género; quién más o quién menos la ha oído nombrar, si bien pocos podrían ensayar una definición. Lamentablemente también ha sido la harina para la pasta de la ficción especulativa de la peor calidad y por eso es probable que haya deslucido su prestigio.
Mencionar la cuarta dimensión es añadir otra, espacial, a las nuestras. Esto no debe confundirse con el tiempo como cuarta dimensión einsteiniana. La cuarta a la que me refiero está -inconcebiblemente- en ángulo recto con las tres de nuestra vida cotidiana; se la ha analizado, medido y desmenuzado, por supuesto que en el nivel meramente conjetural. Se detallaron las características de sus sólidos, específicamente del hipercubo o teseract. Una singular tela de Salvador Dalí, Crucifixión o Hábeas Hypercubus, simboliza a Cristo sobre un hipercubo des-plegado en nuestro mundo.
Edwin Abbott compuso lo que ya es un clásico en la materia, la novela Fatland; allí refiere los avatares de un habitante de una zona bidimensional que viaja paro Spaceland, el universo de tres dimensiones, y por describirlo termina sus días en presidio. Todo el relato apunta a que los lectores tridimensionales (sospecho que no hay otros) acepten la posibilidad de existencia de otras dimensiones superiores.
Con mayor o menor variedad de medios la ciencia ficción anglosajona clásica paseó a sus aventureros por la oculta región tetradimensional. Muchas veces el 'paso' aparecía en los sitios más insólitos por su vulgaridad, como debajo de un sofá -La niña extraviada de Richard Matheson- o dentro de un armario -El armario temporal de Lewis Padgett-. Pero también se figuraron complejas distorsiones de tiempo y espacio, como cuando David Bowman en 2001 Una Odisea Espacial exclama:

"¡Y cuán ingenuo haber imaginado que las series acababan en este punto, en sólo tres dimensiones!"

Esta no es una materia agotada en la ficción literaria; un reciente relato de Greg Bear, Tangentes, la delineó nuevamente con trazos seguros.
Es claro que la abundancia de historias en cuarta no excluye la aptitud -preconizada por el humilde fatlandés- de andar por otras dimensiones. En Puerta a la cuarta dimensión de Miles J. Breuer, luego del previsible periplo por esa región, se expresa en el diálogo final:

"¿Ahora sí cree que hay cuatro dimensiones? - preguntó vengativamente-, Ajá. ¿Y usted? -replicó el profesor-. ¿Cuatro?. Estoy convencido de que hay una docena, o mil!"

Para variar un poco, uno de los personajes de El profesor no lateral, cuento de Martín Gardner, el brillante divulgador científico y de pasatiempos matemáticos, incursionó por la quinta dimensión.

Cine, televisión y computadoras

La técnica moderna aportó otras posibilidades casi mágicas para alternar niveles existen-ciales. Desde el estático de la fotografía (Las babas del diablo, una notable artesanía cortaza-riana) hasta el animado del cinematógrafo y la televisión. Para los escritores de fantasía fue una invitación clara a corporizar esos espectros bidimensionales que ambulaban por las pantallas.
En nuestro país los habitantes fantasmales de las películas fueron revividos por Horacio Quiroga en narraciones como El puritano; irrumpieron tridimensionalmente en este mundo con Bioy Casares en La invención de Morel y aún ahora nos siguen invadiendo cuentos como Película de cowboys de Santiago Espel.
La ciencia ficción no perdió esta oportunidad de ampliar su campo argumental. Ray Bradbury concibió una singular manera de conectar las fantasías humanas con una pantalla en La pradera. En Gente de cine Robert Bloch dio una vuelta de tuerca a la idea de El puritano, con un final feliz. La realidad entera (lo que nosotros llamamos realidad) no es más que un filme en Los mil cortes de Ian Watson.
La fusión de nuestro cosmos con el de la televisión también fue dibujada en la ficción es-peculativa. El entorno de la teleadicta se transforma en el televisivo en Lo que importa es el argumento, otra narración de Bloch; la angustiada protagonista termina aprisionada por los muros-pantallas en Las paredes de Keith Laumer.
Con el advenimiento y desarrollo de la electrónica, la más reciente tecnología desplegó un nuevo abanico para los creadores de fábulas. Las computadoras reclamaron para sí un orbe exclusivo, de leyes matemáticas (quizás el mismo donde moraban las figuras geométricas de los griegos) y allí fue a parar El hombre esquemático de Pohl. Es previsible que los menudos y veloces habitantes de los video juegos irrumpan entre nosotros, al menos desde los libros de fantasía; el monstruo de Usurpación de derechos de autor escapó de su prisión para completar sus secuencias de este lado de la realidad.

Otras formas

El descubrimiento de las antipartículas (cuyas magnitudes son de signo contrario a las de las partículas) sugirió la presencia de antigalaxias e incluso de antiuniversos. No faltó quien conjeturara que los 'agujeros negros' fueran el pasadizo secreto para acceder a estos antimundos, idea que en Argentina parece haber inspirado a Norma Dangla y Marcela Fuentes para componer Flor amarilla llamando.
Por otra parte las propias letras son una fábrica continua de universos. En rigor, cada ám-bito literario es cerrado. No parece admisible que Tarzán, Martín Fierro, Don Quijote, perte-nezcan al mismo plano existencial. A veces el cosmos figurado por el escritor amenaza con contaminar de irrealidad al lector, como sugiere el borgeano Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Un individuo puede evadirse de las páginas de una novela, corporizarse y así ingresar asombrosa-mente a esta tercera dimensión, como en ese otro hallazgo de Cortázar Continuidad en los parques. Otras veces se modelan extraños ambientes: en El último mundo del señor Goddard J. G. Ballard encierra un microcosmos en un cofre guardado por uno de sus moradores. ADAN BUENOSAYRES encuentra en la oscura ciudad de Cacodelphia un reflejo subterráneo



"Una contrafigura del Buenos Aires visible"


Todo es posible. El universo entero puede estar contenido en una bola de cristal en un comercio -Tienda de chatarra de John Brosnan-; en la mente de un semimuerto -UBIK- o en los delirios de la droga como en los infinitos regresos que se plantean en Los tres estigmas de Palmer Eldricht - ambos de Dick.

Un mundo paralelo

Sin acudir a feudos herméticos como el espejo, los sueños, las otras dimensiones o las pelí-culas, la narrativa de ficción ha transitado con frecuencia por un cosmos paralelo o alterno. Se menciona una realidad disímil a la nuestra, pero el autor se abstiene de ramificarla. La trama del relato se justifica y se agota con ese solo duplicado.
Como aproximación a la teoría de Everett interesan más las narraciones que al crear otra realidad no eliminan a ésta, de modo que coexisten de alguna enigmática forma. Distintos son los casos analizados por Capanna, un continuo sustituido por otro -ucronías-. El cambio de un elemento en un momento determinado provoca una evolución divergente en el curso de la his-toria. Tal es el caso de Pavana.
Puede, simplemente, describirse toda una progresión histórica en un contexto similar, sin precisar si es sustitutivo o coexisten con éste, al estilo de Historia de la fragua (para la escuela media) del enmascarado Fernando Segovia.
Otras composiciones admiten al menos dos lecturas, como sucede con El ruido del trueno de Ray Bradbury. La más lineal, quizás la única que tuvo en miras el narrador, supone la permuta de un orbe por otro como consecuencia de una mutilación en un componente remoto (en un safari al pasado alguien mata una mariposa, lo que acarrea una serie de resonancias divergentes transformando el planeta); la más hermosa puede concebirse desde la óptica cuántica e implica un regreso por la línea temporal hasta el instante mismo de la bifurcación y el retorno de los viajeros por el continuo en el que la mariposa murió, pero dejando subsistente en algún lugar del hiperespacio y conjuntamente con otros infinitos mundos aquél donde la crisálida siguió viviendo tranquila, ignorando su importancia decisiva en la división del espacio tiempo.
No ofrece dudas hermenéuticas, en cambio, el cuento de H. Beam Piper Fue a echar una ojeada a los caballos. Hay un territorio vagamente similar y la posibilidad de atravesar por arte de birlibirloque el pasillo entre ambos mundos. Un diplomático desaparece, en 1809, en una posada, y no se le vuelve a ver


"por lo menos en la presente relación de continuidad espacio tiempo".


El relato narra sus infortunios en una Europa donde persiste la monarquía francesa, Napo-león es un desconocido y en general todos los personajes de la época caminan destinos indivi-duales distintos de los que conocemos.
Robert Sheckley, conectando dos contextos desiguales en El mundo petrificado, insinuó la multiplicidad cuántica:


"Suponga que haya muchos mundos y muchas realidades, en vez de una sola... Suponga que ésta no sea sino una existencia arbitraria entre una infinidad de existencias".


La correspondencia ha sido otra herramienta para acceder a mundos contiguos. En Sobremesa Cortázar tejió hábilmente un carteo cruzado, con un desfasaje temporal. Pero también puede interpretarse suponiendo el intercambio postal entre dos universos, uno donde se reúnen los amigos y se producen las desagradables revelaciones, otro donde ese encuentro no tiene lugar.
En la ciencia ficción argentina moderna la vinculación entre dos planos existenciales apa-rece también con el cuento El rescate de Lesly Sánchez.
La cantera argumental que brinda este tema es rica y has sido bien aprovechada, pero no ofrece la gama multicolor de las series infinitas.

Infinitos

Everett no otorga la única posibilidad de propagar mundos. La añeja teoría del eterno re-torno se ha visto refrescada por algunas recientes concepciones cosmogónicas que suponen una especie de fenomenales latidos cíclicos, con una explosión inicial, una etapa de expansión, otra de contracción y de nuevo a empezar desde una singularidad. No es correcto pensarlos marchando en sucesión temporal, ya que en rigor cada uno crea su propio espacio tiempo a partir del big bang; sí es atinado hablar de un proceso de formación de universos sin fin. Es el tipo de infinitud anticipado por Stapledon en Hacedor de Estrellas.
El número de las creaciones también puede ser acrecentado al imaginar que cada partícula subatómica es un cosmos completo (con sus planetas, sus estrellas, sus galaxias, quizás sus li-rios y sus luciérnagas) y que el que conocemos es sólo un átomo o un quark de una dimensión colosal. La ficción se ha servida de esa figura; en El matemático chiflado R. Underwood relata:



"... el universo de los libros de astronomía se encontraba probablemente en una minúscula parte de uno de los llamados átomos, situado bajo una de las uñas de quien sabe si el pie izquierdo del profesor..."


Por supuesto que la infinitud es mucho más profunda. Al fin y al cabo si cada uno de los átomos de este cosmos constituyera uno menor, su número si bien enorme no sería ilimitado. Sí lo es cuando se advierte que en cada uno de ellos cada una de sus partículas es, en realidad, otro mundo cuyos átomos a su vez...
Si bien suponen el infinito, estas variedades sólo son aproximaciones a la visión cuántica de la multiplicidad.

Multiplicación cuántica de universos

Arribo así al contacto específico entre ficción especulativa y mecánica cuántica. La repre-sentación de innumerables universos que coexisten sin ser -paradójicamente- contemporáneos, por cuanto no hay un tiempo común que los incluya. Es ineludible la mención liminar a una gema de la literatura fantástica argentina, La trama celeste de A. Bioy Casares. La narración, además de las peripecias del protagonista, suministra información sobre el tema de los cosmos contiguos. No se trata solamente de un mundo alterno, como parece considerar Capanna en su artículo, sino de múltiples semejantes.

"En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos".

Para llegar a éste donde escribo este comentario -aunque quizás infinitos sosías escriben infinitos artículos similares en infinitas Tierras- salió de una Argentina, pasó por otra donde perdurara la cultura cartaginesa, estuvo en 'nuestro' Buenos Aires y volvió a salir quién sabe a qué realidad. El relato cita a Blanqui que describe minuciosamente:

"Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infi-nitos mundos diferentes".

Acude a Cicerón recordando a Demócrito como impulsor de pensamientos similares. Finaliza discurriendo con hondas proyecciones:

"... tal vez estos mundos sean como haces de espacio y de tiempo paralelos".

Borges, que ministró variadas formas de evasión, anudó una trama de incontables series temporales que se cruzan pero también se ignora, en El jardín de los senderos que se bifurcan. Ha sido aludido por sus críticos como aplicación de las ideas cuánticas.
El Universo de locos de Fredric Brown, citado asimismo por Capanna, es sólo

"... uno de los infinitos mundos posibles".

Particular es la interpretación de Alfred Bester en Los hombres que asesinaron a Mahoma: cada individuo tiene su propio continuo. Estos no se mezclan sino que coexisten como fideos en un plato, pero el sujeto sólo puede recorrer su propio fideo. Es una especie de plurisolipsismo, si me es permitida la contradicción en el término. El mahomicida, en una explicación pseudo-técnica, delira sobre los principios físicos:

"Es una forma de transferencia cuántica de energía. El tiempo se emite en corpúsculos independientes o quantas. Podemos visitar el quanta individual de cada uno y hacer cambios dentro de él, pero ningún cambio de un corpúsculo afecta a otro corpúsculo."

El agudo Lafferty concibió una imagen distinta -El agujero de la esquina- que no responde exactamente a los postulados de Everett, sino que supone varias Tierras ocupando el mismo espacio, con alrededor de cien planetas 'concéntricos y congravitacionales'. Cada persona está reproducida -con algunas diferencias simpáticamente absurdas- en lo que el autor denomina una 'gestalt'; eso explica los sueños y fantasías del inconsciente -argumento gratuito para pseudopsicólogos-. También la ciencia ficción francesa usó el concepto. El personaje de Tres días de otoño presume

"a menos que el tiempo no sea más que una ilusión, que el pasado y el provenir no existan y que mi conciencia de este momento sea el producto confuso de la memoria de miles de otros Cordwainer que viven en realidades contiguas."

Las historias de Clifford Simak agrupadas en Ciudad plantearon la cuestión en forma similar a la que concibieran los físicos, pero suponiendo a los cosmos desgranándose sucesivamente, con un instante de desfasaje entre cado uno de ellos. Si bien el esquema se insinúa anteriormente, recién se desarrolla en Esopo.

"Un mundo, y luego otro, unidos como los eslabones de una cadena. Un mundo que le pisaba los talones a otro. Un mundo hoy, otro mañana.
Donde debía estar el pasado, había otro mundo.
Un segundo es tiempo suficiente para separar dos mundos. Uno viaja hacia atrás por la línea del tiempo y no encuentra el pasado, sino otro mundo, otro paréntesis de conciencia. La tierra puede ser la misma, con los mismos árboles, ríos y colinas; pero no es el mundo que conocemos. Como ha tenido una vida distinta se ha desarrollado de un modo distinto."


La idea es recurrente en Simak. Varias de sus novelas, entre ellas Flores fatídicas y Un anillo alrededor del sol, giran sobre el mismo pivote argumental.

"... habría otro mundo un instante adelantado al nuestro, y otro un segundo de-trás, y otro a dos segundos de distancia, hasta formar una larga cadena... Una infinita cadena de mundos..."

Si los universos paralelos han sido un nudo temático tradicional de la ciencia ficción, eso no implica que la materia está agotada. De hecho puede ser un manantial interminable de narraciones. En el relato de Raúl Alzogaray Una flor lenta se menciona un muro detrás del cual

"existen todo tipo de mundos. Mundos que no sería correcto que se mezclaran con el que habitamos, por eso el muro los contiene en el lugar que les corresponde".

Lesly Sánchez -En busca de los mundos perdidos- aportó una forma original para el transvasamiento; a diferencia del gastado procedimiento de cambiar de nivel de existencia con la muerte ('pasó al otro mundo' es la expresión vulgar), Sánchez recurre al nacimiento, que es

"cuando se tocan en un punto común los dos mundos paralelos".

Sorpresivamente el protagonista -como sucede con el Morris de La trama celeste- se vuelve a equivocar de destino.
Un párrafo de Hacedor de Estrellas -trascripto por Borges, Bioy Casares y S. Ocampo en la memorable Antología de la Literatura Fantástica- es fuertemente cuántico, y explica con precisión la espectacular proliferación mucho antes incluso de que Everett propusiera su teoría. La visión de Stapledon es admirable:

"En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez que una criatura se en-contraba ante varios posibles cursos de acción, los tomaba todos, creando así muchas dimensiones temporales distintas y muchas historias del cosmos. Como en cada una de las secuencias evolutivas del cosmos había numerosas criaturas, y cada una de ellas se enfrentaba constantemente con muchos cursos de acción posibles, y las combinaciones de estos cursos eran innumerables, de todos los momentos de todas las secuencias temporales de este cosmos nacía una infinitud de universos distintos."

El barrilete de la imaginación vuela remontado por Stapledon.
También es ortodoxo -aunque en este caso con seguridad el escritor conocía la teoría científica -el cuento de Robert Silverberg Viajes, donde el pasajero recorre varias civilizaciones -o incivilizaciones- al pasar de un cosmos a otro, y lo explica

"Nuevos universos se abren con cada nueva decisión que tomamos... cada una de tus acciones desencadena una galaxia entera de posibilidades. Nos movemos a través de una sopa de infinitos.
Existen una infinidad de mundos, Elizabeth, uno junto al otro, mundos en los que pueden ocurrir todas las variaciones imaginables de cada suceso... hay un mundo para cada cosa."


Un mundo para cada cosa... Vislumbrar difusamente lo que eso significa provoca vértigo. Nos reproducimos continuamente. Quien se levanta por las mañanas, se acuesta en millones de mundos por las noches. El condenado a muerte se consolará sabiendo que en otras vidas será absuelto; el amante engañado verá multiplicado hasta el infinito su escarnio, pero también su esperanza de ser gratificado en otros mil universos con la fidelidad de su amada. Las disyuntivas se esfuman; no habrá decisiones equivocadas. El error en este mundo será compensado con un brillante acierto en el otro. Caminará el paralítico, verá el ciego. Habrá continentes de cristal, planetas como infiernos e infiernos habitados. Existirán universos musicales, universos de colores, universos de aromas.
La fascinante colección de muestras sobre el tema resulta sin embargo, finita. Es concebible que aún falte estallar en todo su esplendor la pirotecnia argumental inspirada en Everett. No obstante, el lector inquieto podrá barruntar dos incoherencias en esta hipótesis cuántico-literaria. En primer término, que se hace muy dificultoso hallar entre la maraña de secuencias universales, el hilo preciso que sigue el protagonista, que a cada instante se va deshojando en innumerables reproducciones de sí mismo. Dar entre las infinitas ramificaciones con la que confiere cohesión al relato le resta credibilidad a los otros mundos, los torna vagamente fan-tasmales por contraposición con la nítida realidad del personaje.
En segundo lugar que hay un derroche de cosmos inútiles, de niveles que carecen de toda razón de ser. En la Biblioteca de Babel, Borges no puede encontrar entre los libros posibles uno sólo con el mínimo significado -exceptuando, tal vez, los títulos 'Trueno peinado', 'El calambre de yeso' y poco más-; trasladando la idea a los mundos múltiples, resulta que en una proporción prácticamente total carecen de explicación, deambulan por el hiperespacio arrastrando su inutilidad y tornando altamente improbable la persistencia de alguno con sentido, de donde se sigue que lo más verosímil es que no exista este universo, y mucho menos yo que creo que escribo.

(c)José De Ambrosio, 1989.

 




NOTA BIBLIOGRÁFICA

Las obras mencionadas corresponden a las siguientes publicaciones:

Abbot, Edwin A. Fatland (Mundo Plano) Buenos Aires: Andrómeda, 1977.
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Ballard, J.G. El último sueño del señor Goddard. En: Playa Terminal. Buenos Aires: Minotauro, 1971.
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