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LA ULTIMA PUERTA

por Karina N. Giannetti

Violentas pesadillas sobresaltaron mi sueño, torpemente logré levantarme y dar unos pasos para luego caer sobre la alfombra. Unas manos frías y huesudas me sujetaron por los hombros y me depositaron nuevamente en el lecho; no tenía noción de tiempo ni de espacio, mi último recuerdo es una calle desierta, apenas iluminada, un dolor punzante en el corazón, un viento helado penetrándome la ropa y luego pasos detrás de mí, un olor nauseabundo, un aliento sobre mi nuca y de pronto, la absoluta oscuridad.


Desperté abriendo lentamente los ojos, sobresaltada y temblando, una especie de neblina cubría mi visión y solo logré ver una difusa figura oscura a pocos metros de mi y ese olor repugnante invadiendo todo. Me sentía enferma, sin fuerzas y afiebrada, luego de un tiempo la figura se retiró e intenté ponerme de pie para llegar al alfeizar de la ventana, mientras observaba a mi alrededor; solo había una cama con dosel, una pequeña mesa de noche a su lado y una lámpara, las paredes eran de color oscuro, húmedas y mohosas. Todo tenía una forma no natural, como si fueran muebles distorsionados. Aún con la mente obnubilada me acerqué a la ventana y la abrí, la luz del día me cegaba, sentía la necesidad de saber donde estaba pero me fue imposible, la cerré y, cuando me disponía a acercarme a la puerta, oí que alguien se aproximaba; con dificultad volví a la cama y cerré los ojos, la puerta rechinó y los pasos penetraron en el lugar, nuevamente ese olor repugnante invadió todo, el sonido fue acercándose hacia mi y se detuvo al borde de la cama, sentía como se inclinaba y me observaba por unos minutos para luego marcharse, debido al debilitamiento caí en una especie de somnolencia.

Desperté nuevamente empapada en sudor, me sentía cada vez mas débil, volví a incorporarme e ir hacia la ventana; esta vez todo era oscuridad pero la luz de la luna me mostró el paisaje; pude darme cuenta que estaba en la cima de algo, y debajo solo un terreno yermo, apenas se divisaban algunos árboles en la lejanía, el lugar se veía tétrico.

Volví a oír los pasos aproximándose a la habitación pero esta vez decidí enfrentar lo que fuera con tal de saber donde estaba y que hacía allí, la puerta se abrió y en el umbral estaba erguida una cosa que me heló la sangre, era la figura negra que me vigilaba, pude verla con total claridad, era un hombre de facciones aterradoras, de piel blanca y pegada a los huesos con pequeñas venas surcándole la cara, los ojos estaban como muertos, opacos y fríos, su boca era un agujero, solo una negra y profunda cavidad, vestía una túnica negra que le llegaba hasta los pies, comenzó a acercarse muy despacio mientras yo, presa del terror, buscaba la manera de sortearlo para poder escapar, pero fue mas rápido y me tomó con fuerza por los brazos, cerré los ojos para no tener que verle y comenzó a hacer sonidos, solo era eso, ninguna palabra legible, como pude me zafé de las tenazas que me sujetaban los brazos y salí corriendo por la puerta.


Un largo pasillo, estrecho y aún mas húmedo que la habitación, se presentó ante mi y cientos de puertas a cada lado, inconcientemente sabía que debía elegir una, abrí la primera y me encontré con un abismo a mis pies, las siguientes fueron peores a esa, en cada una que abría encontraba cosas inimaginables, seres con las formas mas diversas y horripilantes devorando animales, elfos enfrascando una especie de pequeños minotauros, tubos que contenían a las criaturas mas extrañas; así fui abriendo una a una todas las puertas y detrás de ellas hallaba todo tipo de escenas escalofriantes hasta que llegué a la última, la cual estaba entreabierta, ingresé titubeando y me topé con una caverna gélida en donde se alzaban monolitos de un tamaño descomunal y en medio de todo eso estaba él, la abominación que velaba mi sueño, quedé petrificada delante suyo, me miró y comenzó a hablar en un idioma desconocido que, sin embargo, podía entender, su nombre era Irenco, el dios de todas las cosas y yo una de sus creaciones.

Irenco me dijo estas últimas palabras, con un timbre de voz que asemejaba el ruido de los metales cuando se chocan fuertemente entre sí:

"Has estado viviendo de pesadilla en pesadilla durante todo este tiempo. Es hora que despiertes, ya no habrá más sueños macabros. Pero recuerda, pequeña, volveremos a encontrarnos en 45 años y 28 días."

De repente todo se hizo oscuridad y un fuerte dolor comenzó a adueñarse de mí, algo me oprimía hasta sofocarme, ingresé en un túnel y sentí unas manos tironeándome e Irenco poco a poco fue alejándose hasta desvanecerse.

Luego de esto mi madre, que ya estaba lista, me dio a luz. Fue un parto normal, sin complicaciones. Pesé 3,400...

(c) Karina N. Giannetti Junio 2004

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