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NUESTRA SEÑORA DE LA TRANQUILIDAD

por Sergio G. Bayona


El viaje desde casa había sido tranquilo, si obviamos los sacudones y golpes que todo viajero recibe en su vehículo al trasladarse de un lado a otro por los caminos descuidados de nuestra región. Desde la última guerra todo se había ido al demonio, si se me perdona la expresión.
-Detrás de esa cresta está la Abadía - dijo mi hermana a mis hijos - Las hermanas vinieron desde lejos para fundarla. Esta Abadía es nieta de la Abadía Nuestra Señora del Paraná, allá en nuestra ciudad natal.
Yo miré atrás, como si ello me permitiera ver el pasado.
-¡Allá está! - gritaron todos al unísono cuando el bajo edificio de paredes grises fue apareciendo tras la cresta.
El edificio de la abadía estaba construido con rocas de la región y su techo había sido traído con grandes esfuerzos desde la abadía del Paraná, pero el efecto de las tejas rojas sobre el gris blanquizco era asombroso.
En cuanto llegamos nos recibieron las hermanas. Gertrudis, Luján, Marta, Caridad, las más cercanas a nosotros por venir todas ellas de nuestro país.
Intercambiamos los saludos habituales en nuestras visitas. Las noticias fueron y vinieron, las novedades de la abadía y del mundo.
El mundo, la expresión habitual de Gertrudis. En el mundo ella era ingeniera en genética y sus estudios ayudaron a muchos. El gobierno usó sus conocimientos y el de otros como ella para cosas erradas.
Tan erradas que provocaron el éxodo masivo de toda su gente hacia mejores horizontes, aquellos que pudieron. Los demás quedaron para sufrir las graves consecuencias.
La tierra murió poco a poco y los pocos cultivos que se desarrollaron lo hicieron en granjas aisladas de la atmósfera exterior.
-Pero nos acostumbramos a esta vida - estaba diciendo en ese momento Gertrudis - No tenemos grandes necesidades, vivimos gracias a nuestros esfuerzos y somos autosuficientes. Los visitantes que llegan hasta aquí compran algunos de nuestros productos y muchos nos ayudan con lo que obtienen de sus granjas.
-Cuando estaba en el mundo - continuó - nuestros estudios ayudaron a la agricultura y beneficiaron a unos pocos. Aquí son más valiosos, porque inciden directamente en nuestra vida y sus resultados siempre son positivos. No nos sobra, pero tampoco necesitamos mucho para nuestra vida.
Mis hijos no tardaron mucho en sentirse agobiados por la charla de los mayores y pidieron permiso para ir al exterior.
-¡Claro que sí! - les dijo Luján, con su voz suave hace maravillas en el estado de ánimo, siempre explosivo, de ellos. - Pero deben ponerse los trajes para ir -les recomendó mientras los acompañaba.
Por las grandes ventanas del salón destinado a recibir a los visitantes pude ver a otras hermanas ataviadas con los trajes de trabajo, tan diferentes de sus hábitos como puede ser el día de la noche.
Al rato vi a mis hijos dando grandes saltos en el exterior y agradecí al cielo que su madre no nos hubiera podido acompañar esta vez.
Al mediar el día nos despedimos prometiendo volver pronto y subiéndonos todos a nuestro todo terreno nos alejamos de la Abadía.
Al trasponer la cresta volví mi mirada al edificio.
"El Mundo" esa expresión de Gertrudis seguía sonando en mis oídos. Yo también recordaba al Mundo, había vivido en él y lo dejé. No como las hermanas, ellas eligieron hacerlo por diferentes razones a las mías. Mis ojos se apartaron de la Abadía de Nuestra Señora del Mar de la Tranquilidad y se dirigieron al horizonte detrás de ella, apenas unos kilómetros más allá estaba el mundo.
Había muerto para nosotros, pero era nuestra cuna, de toda la humanidad. La Tierra se alzaba tan azul y hermosa como siempre sobre la bóveda estrellada de nuestro nuevo hogar.

(c)Sergio G. Bayona

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