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EL TESORO

 

por Ricardo Lopez Rende

 

UNO

El aire acondicionado estaba a pleno en su pick up. Sin embargo, sin saber porqué Eduardo se sentía pegajoso, acalorado, y sobre todo hambriento.

Había salido raudamente de su última actuación en Villa La Angostura y  necesitaba  llegar a tiempo a Bariloche. A las once de la noche lo esperaban en un pequeño salón ubicado sobre el lago Nahuel Huapi y supuso que su estado físico y anímico se debía a los nervios de actuar por primera vez en la ciudad lacustre, la imponente “capital de los lagos del sur”, “el portal de la patagonia” y cuantos otros títulos mas otorgados a su fabulosa geografía.

“Serán los nervios, seguro”, pensó.

Eduardo era un hombre joven, de unos 30 años que había vivido hasta cumplir los 25 en Buenos Aires, mas precisamente en Ciudadela, en el oeste bonaerense. Su vida estaba hecha para el canto, para ejecutar la guitarra, para la bohemia de la música. Ciudadela, con sus casas bajas, con sus calles apretadas entre viejos árboles, y alguna de ellas aun con el viejo empedrado de  la Avda Padre Elizalde. Justamente el colegio católico del mismo nombre, que se encontraba a una cuadra de la estación de tren y en donde paso interminables horas de su infancia, fue testigo de sus primeros gracejos musicales. Sus compañeros de estudio fueron sus primeros y obligados espectadores en las fiestas escolares. Un amigo cosechado en una noche bolichera de Ramos Mejia, ciudad vecina a Ciudadela, lo llevó al sur. Jose Antonio, el nombre de su amigo, lo convenció para que recorriera la fabulosa geografía sureña, vaticinándole además que en esa zona, tendría el éxito como cantante que no había encontrado ni en el Gran Buenos Aires ni en la Capital Federal. No dudó mucho, tomo su inseparable guitarra, sus escasas pertenencias, le dio un eterno beso a su madre y partió para San Martin de los Andes, como primera escala en su viaje por la Patagonia. De eso ya hacia cinco años. En esa pintoresca aldea de montaña, conoció a quien lo despertaría de sus recuerdos mientras viajaba a Bariloche.

Puso al máximo el aire acondicionado de su camioneta para enfriar el ambiente y eso sacudió a su compañera de viaje, de canto y de cama.

-         ¿Qué hacés, boludo? ¿Tanto calor tenés? ¡Baja eso haceme el favor!

Eduardo miró a Susana de costado y no respondió al insulto, aunque en realidad, en Argentina,  llamar “boludo” a alguien no se sabe bien si se refiere a un insulto o a un halago. Sin embargo, estaba acostumbrado a que su compañera utilizara constantemente esa expresión.  El por su parte, había incorporado a su vocabulario, la palabra “reputisima”, y la metía en medio de cada oración sin importarle mucho si la estaba usando correctamente y en el momento adecuado. Aunque, claro, no le era fácil definir que era una cosa “reputisima”. Podría ser algo soberbio o lo peor del mundo. Pensó, entonces, que era un momento adecuado para utilizarla.

-         Pero la reputisima, ¿que queres?. No se que me pasa, estoy traspirando… ¡tengo calor!

-         Lo que tenés, querido mío, es un cagazo bárbaro por la próxima presentación en Bariloche. No te preocupes boludo, la gente es igual en todas partes. En la Villa, en San Martín, en Junín, en el Bolsón, o donde mierda sea. Que Bariloche sea la ciudad mas grande que vamos a tocar, no tiene porque ser la mas difícil

-         Y.. capaz que tenes razón… ¿ y vos no estas asustada, nenita?

-         No.. “n e n i t o”- Respondió remarcando cada letra en forma burlona…. – Y bajá el aire, boludo, dale, que me estoy cagando de frío. !

Eduardo le hizo caso. Bajo un punto el nivel de aire acondicionado y aceleró en una recta de la ruta que invitaba a imprimirle un envión violento a su camioneta.

Pulso el “play” en su equipo de mp3 que comenzó a emitir las vibrantes voces del “IL Divo”, interpretando “Sin ti”…

La ruta que une Villa La Angostura con Bariloche, recorre 90 kilómetros entre ambas ciudades, aproximadamente. Bordeando el lago Nahuel Huapi, con curvas y contra curvas, se torna muy peligrosa en invierno cuando el hielo se acumula sobre ella. Hay que transitarla con sumo cuidado, y lo ideal es hacerla a baja velocidad para apreciar el paisaje que deslumbra y además no terminar desbarrancándose en un empinado precipicio.  Eduardo no sabía si habia hielo en la ruta, aunque por la altura del año seria poco probable, sin embargo, trataba de dibujar las curvas con mucho cuidado para no terminar en medio del lago helado.  Mientras, “Il Divo” sonaba a todo volumen y le ponía música a tanta belleza junta. Aunque Eduardo no pensaba tanto en el paisaje sino en su voz.

-         Mira si cantara así yo, la… reputisima…. ¿Porque no tendré esa voz?

-         Jaja… sos gracioso che… si cantas bien,, cantamos bien!... pero para hacer cover alcanza y sobra con lo que tenemos.

-         Si… sospecho que si, pero me gustaría alguna vez cambiar y empezar a cantar cosas nuestras….

-         ¿Pero sos boludo vos? Si ya lo intentamos y no nos sale nada…. Dale dale, dejate de joder, maneja tranqui y dale que quiero llegar. Me estoy meando.

-         Yo también, así que voy a parar!

-         Uhh,… claro para vos es fácil, pero para mi!!!!

-         Y bueno nena, agachate y listo…!

-         ¡Que pedazo de boludo que sos!.

En un remanso de la ruta y donde el lago Nahuel Huapi casi lame la ruta,   Eduardo aminoró la marcha y frenó sobre la banquina derecha. A lo lejos y sobre las nubes se reflejaban las luces de la ciudad de Bariloche. Estaban cerca, pero el llamado de la naturaleza era imperioso y no soportaba esperar a recorrer los 30 kilómetros que aun los separaban de su destino final. Se bajó y se dirigió hacia unos matorrales para orinar de espalda a la ruta. Susana se quedo en la camioneta, ya que no se resignaba a hacer sus necesidades en medio del pasto, entre la rosa mosqueta y “asaltada” por vaya a saber que alimañas….

Miraba hacia el frente, esperando que su compañero terminara de orinar. En ese momento, una enorme luz iluminó la noche y el frente de la pick up.

 -  Pero que boludo! Como ilumina así el boludo ese!!!! Será posible!

Se inclinó  sobre el volante para hacerle un guiño de luces esperando que el bólido que venia de frente bajara su luz. Sin embargo ocurrió todo lo contrario. La luz aumentó, tornándose por momentos enceguecedora. Se asustó y lo llamo a Eduardo.

-         Eduardo, boludo, mira eso… ¿Qué es?

Eduardo metió su miembro dentro del calzoncillo y mientras subía el cierre de su bragueta dio media vuelta y se quedo pasmado. Había observado que una luz ya empezaba a iluminar el lugar escogido para emitir su micción  Sin embargo no esperaba ver algo tan descomunal, tan incandescente…Una enorme luz, se estaba posando unos metros mas arriba de la banquina contraria. Se acercó a la camioneta. Tomó la mano de Susana  y la obligó a tranquilizarse.

Mientras, la impresionante luz seguía suspendida sobre el cerro, ubicado a la izquierda de la pareja y de su camioneta.

-         La reputísima..:!!!!!. Bueno, quedate aquí. Voy a ver de que se trata. –Le dijo Eduardo a Susana.

-         ¿Pero estas loco vos, boludo?. ¿Cómo vas a ir ahí… vaya a saber de que se trata…? Dale boludo, acelera y escapemos de aquí, por favor! –Imploró

Eduardo hizo caso omiso a la plegaria de su amiga y cruzó la ruta. La luz enceguecedora seguía ahí, suspendida a unos –calculaba- 200 o 300 metros de la banquina contraria. Observó el cerro y se dio cuenta que no era tan empinado. Era joven y fornido, así que no tendría problemas en subir  la cuesta. Eduardo no conocía el miedo, no tenía ningún tipo de problema en enfrentarse a lo desconocido. Enseguida sospechó que se trataba de un ovni, pero se dio cuenta de que si lo querían haber liquidado, abducido, esparcido como polvo mediante vaya a saber que armas  extraterrestres, ya lo hubieran hecho.

Pensó, jocosamente, que finalmente el Ovni había parado como él, junto al camino. Algo buscaba, algo necesitaba.

Siguió subiendo.

Mientras, Susana continuaba aterrorizada encerrada en la camioneta. Trabó las puertas con el cerrojo y apagó todas las luces. Así, la brillante esfera luminosa, pareció cobrar aun mas fuerza, si eso fuera posible. Su amigo estaba loco, decididamente loco. Para que enfrentarse con algo desconocido. ¿Y si eran cazadores nocturnos con imponentes luces? –pensó. Seguro que lo matarían. Susana se iba convenciendo de que se trataban de cazadores furtivos y que con algún vehículo, estaban trepando la sierra para cazar algún ciervo o vaya a saber que animal. En realidad, Susana trataba de convencerse a si misma de que todo era normal, pero la realidad era que no se imaginaba ni por casualidad de que se trataba todo eso. Pero si estaba muy segura de que nada bueno podía ser. Decidió pedir auxilio a un amigo barilochense y tratar de explicarle lo que pasaba y la boludez que estaba haciendo su novio!. Tomó el celular y marcó. Nada. Ni un ruido ni nada. Lo observó bien y para su sorpresa y como para aumentar aun mas el pánico que tenia, se dio cuenta que no había señal.

-         ¡Putos celulares! Cuando mas los necesitas no andan… ¡Movistar y la  reputa que te …..!!

Dejó la frase en el aire, porque por el rabillo del ojo, observó, para su desesperación, que la luz se elevaba muy lentamente primero y acelerando imperceptiblemente.  No sabía bien que hacer. Pensó en poner en marcha la vieja Chevrolet y largarse de ahí y abandonar al boludo de su novio. Por supuesto, al instante se arrepintió de tal acción. Sabía que Eduardo, si es que regresaba claro, no se lo perdonaría nunca y el camino emprendido juntos se terminaría Además la luz había comenzado a moverse y tal vez se iría para siempre –eso esperaba-, pero, sin embargo,  Eduardo no aparecía por ningún lado!

-         Mejor pongo en marcha el auto para estar preparada por las dudas…

Susana había nacido en la zona, mas precisamente en Esquel. En su infancia y su adolescencia, solía disfrutar de increíbles noches en la costa del lago Futalaufquen, distante unos 40 kilómetros al sur de su ciudad natal. Recordó esas noches porque en alguna de ellas, extrañas luces surcaban el cielo límpido de la Patagonia y nunca le había encontrado explicación. Una de aquellas noches, acampaban con un grupo de compañeros y compañeras en el Club de Pescadores de Esquel, que poseía una sede sobre la costa del maravilloso lago. La larga noche había comenzado con un buen corderito patagónico a la parrilla, preparado por un “amigovio” de entonces. No tendrían más que 16 años. Luego siguió el sacrosanto fogón, guitarreadas, un poco de alcohol y algo de sexo. Para disfrutarlo, con su amigo decidieron separarse del grupo y caminar por la playa lacustre hacia al sur. A unos 300 metros de su recorrido, se llegaba a un arroyo que descargaba sus aguas cristalinas en el lago. Sobre unos troncos ásperos e inseguros, haciendo precario equilibrio, lo cruzaron y llegaron a una zona densamente boscosa, poblada de añosos cohiues, arrayanes y otras variedades arbóreas propias de la zona. Sobre el césped humedecido y hojas esparcidas en la tierra, arrojaron sus cuerpos dispuestos a amarse. Sin embargo, -reacordaba- en ese instante aparecieron unas luces intermitentes, similares a linternas pero increíblemente mas potentes, “volaban” entre los árboles, llegaban hasta el lago, volvían al bosque y así durante unos minutos. Aterrorizados trataron de aguzar sus sentidos y pasmados, vieron  una “danza lumínica” como nunca antes habían visto. Para su sorpresa, en un momento, las luces se unieron como atraidas por un iman imaginario y desaparecieron debajo de las aguas del lago Futalaufquen. El miedo hizo que el sexo esperara para otra mejor y más tranquila ocasión y salieron corriendo hacia el campamento. Sus compañeros estaban acurrucados contra algunos árboles, otros ya en las carpas durmiendo. No dijeron nada y durante el desayuno de la mañana siguiente nadie dijo una palabra del suceso. Siempre le quedó la duda que, o bien solo ella y su amigo vieron las extrañas luces, o todos la vieron y por vergüenza o alguna duda sobre los excesos etílicos, todos fueron testigos y nadie se animó a contar. Mientras recordaba este anterior “contacto”, y mientras se erizaban los pelos de la nuca, decidió girar la llave de arranque del automotor, pero otra vez las sorpresas desagradables….

-         ¿Pero que le pasa al puto auto este!!! ¿?? No arranca y no tiene batería…! AHHHHHH!!!!!!!  Gritó desmesuradamente.

En el mismo instante que con su potente voz desgarraba el aire cordillerano, la luz desapareció. Ahora estaba, ahora no estaba más. Aunque sin saber porqué, ahora se sentía mas sola que nunca. La noche oscura volvía a cubrirla. Afinó la vista  y vio que su compañero había desaparecido en medio de la blanquecina luminiscencia.  Y ahora en medio de la oscuridad, tampoco lo divisaba. Pensó que se estaba volviendo loca. Las luces de la camioneta se encendieron y el celular dio el pitido clásico de encontrar señal… Todo volvía a la normalidad, pensó. Le dio arranque y la camioneta inmediatamente se puso en marcha. Todo estaba bien, pero y ¿Eduardo?.

-         ¿Donde estará este boludo!?

Decidió bajar para observar detenidamente hacia el cerro en donde unos minutos antes, su compañero se había internado. No vio nada. Se apretó la campera con las manos para mitigar el aire fresco de la noche y cruzo la ruta, tratando de seguir los mismos pasos que antes había dado Eduardo. Cruzó la banquina y apenas intento poner un pie en la espesura de la maleza que invadía la montaña. En ese instante escuchó un ruido y se paralizó de miedo. Petrificada observó hacia todos lados tratando de aguzar la vista en medio de la oscuridad. Se maldijo por no haber agarrado la linterna que tenían en la guantera de la camioneta o haber arrancado hacia Bariloche, aunque abandonando a Eduardo… Pensó en volver e ir a buscarla, pero otro ruido le hizo cambiar de parecer. ¿Seria Eduardo? Pero si era, ¿porque no avisaba?

- ¿Eduardo, sos vos? Grito con toda su vos.

Nada, no escuchó respuesta y esto le hizo aumentar su temor.

-         ¡Eduardo! –insistió. ¡Dale boludo, si sos vos contestá por favor!!!!!: Estoy recagada de miedo!!!!!!.. ¡!!! EEEEDUAAARDOOOO!!!!

Entonces lo vio aparecer. Mudo, con los ojos abiertos de par en par y pálido pero con una extraña sonrisa dibujada en su cara, lo vió. Observó que traía en sus manos un objeto. Tal vez de unos 20 centímetros, no más, oscuro y de rara forma. Corrió hacia su novio.

-         Eduardo, Eduardo…¿Por qué no me contestabas, boludo? ¿Qué paso? ¿Qué viste? ¿Qué traes ahí??’

El borbotón de preguntas le impedía a Eduardo responderle. En su rostro, el hombre tenía una sensación de paz y tranquilidad, que unos minutos antes no tenía.

Eduardo le respondió serenamente, despacio, casi como un monje de clausura que hubiese visto la iluminación y sin usar su reiterativo “reputísima…”….

-         Hola Susana… Estoy bien, muy bien, pero no hace falta que grites. Tranquilízate que no sucede nada… Vamos a la camioneta

-         Pero ¿Qué traés ahí?:.. decime algo por favor..

-         Subamos a la camioneta, tranquilamente, sin apuros y te cuento.

Susana lo miró extrañada y decidió acompañarlo mientras pensaba ¿pero a este boludo que le pasa? Sintió un raro olor que provenía de las manos de Eduardo donde éste sostenía el objeto. Subieron a la camioneta, que ya estaba en marcha. Susana lo miro y volvió a preguntarle:

- Eduardo, por favor, decime que paso?

            - Nada Susana, solo que por fin nuestra vida ha cambiado para siempre.

            - Pero ¿Qué decís boludo? Explicate, haceme el favor.!

Eduardo la miró, con un brillo en sus ojos que nunca antes Susana había visto. Con una sonrisa dibujada en su rostro, le dijo:

- Susy, este objeto extraño cayó del ovni que vimos. Era un pequeño platillo volante. Mientras subía a su encuentro, una pequeña portezuela se abrió y salio despedido este objeto. Pero, ¿no te das cuenta aún?

- No, boludo, no me doy cuenta. Y además me asusta.. y si esta radioactivo esa cosa? Nos vamos a morir de cáncer encima, pedazo de boludo!

En otra oportunidad, Eduardo le habría contestado duramente o con la misma vehemencia de sus expresiones, sin embargo solo atino a decir.

            - Hermana mía, amada mía: - hablaba como un budista en estado místico- Aquí tengo mi TESORO, mi TESORO EXTRATERRESTRE, y que haré conocer al mundo. Este objeto traerá paz en nuestro planeta y una nueva vida comenzará para la humanidad…

Susana lo miraba con una expresión entre aterrada, risueña y sorprendida…Lo iba a insultar, pero prefirió dejarlo hablar…

            - Amiga, una nueva era ha comenzado, y el instrumento que dará paso a una nueva humanidad, esta entre mis manos…. Allá vamos…..!!!

Eduardo ubicó la “cosa” entre medio de ambos, con sumo cuidado con el fin de que no se dañe y los jóvenes partieron raudamente hacia Bariloche. El objeto seguida despidiendo olor y Eduardo optó por bajar su ventanilla. Susana esta vez no lo retó y lo imitó. A medida que avanzaban, el olor crecía.

 

 

DOS

El paso del hiper espacio multidimencional al espacio tridimensional, siempre había sido traumático para los navegantes. A pesar de lo avanzada que estaba la navegación entre multiversos y las once dimensiones espaciales y temporales, los efectos sobre el organismo no habían podido ser, todavía, resueltos.

En eso pensaba, con el fin de disminuir su furia, Pulsik-Tor-Amed, el comandante de la pequeña nave de investigacion científica, mientras le imprimía el máximo impulso a los motores eonicos dirigiéndose rápidamente a su nave madre, que se encontraba orbitando en la dimensión M-5 del multiverso 0002. Ajustó los controles con su mente y el pequeño platillo de solo 20 metros de diámetro emitió un leve zumbido y con un respingo se elevó en la pesada atmósfera terrestre..

-  ¡Planeta de mierda! –vociferó – No solo esta habitado por  los imbéciles mas grandes de todos los universos conocidos y por conocer, sino que tienen una de las gravedades  mas pesadas… ¿Cómo pueden soportar vivir con una atracción brutal hacia el centro de este cascote!!!!.

A su lado, disimulando como disimulan los animales domésticos cuando intuyen que han realizado una acción que su amo no permite, estaba recostado en su anatómico sillón que lo mantenía flotando en el aire comprimido de la nave, su ayudante, Masuki-Ven-Sumed.

A través de su escafandra, observaba de reojo al capitán, que nunca en sus miles de años de vida y compañía surcando los  universos, lo había visto tan, pero tan enojado. Temía que con una orden, lo volatilizara para siempre y sus átomos se esparcieran en distintos infinitos, como se hace con los peores delincuentes con el fin de que nunca más se juntaran y alguna pareja lo volviera a re-clonar.

- Tenia que ser un “Sumed” para ser tan animal, tan bestia, tan imbecil –pensaba el capitán. Aunque sabía, por supuesto, que su ayudante “escuchaba” su pensamiento. No tenía inconveniente en tener la apertura cerebral telepática en sincronización con la de la “bestia” que llevaba al lado. En realidad quería y deseaba que lo escuchara. Lo que había hecho no tenia nombre, y muy probablemente ambos fueran sancionados por sus superiores. Pensaba en lo que le podía estar esperando en la nave madre. Podrían ser pasibles hasta de un tribunal militar y confinados al inicio del big-bang, en donde el universo comenzaba su expansión, -en realidad, todos los universos posibles e infinitos- y en donde verían un espectáculo único: la gran explosión, pero lamentablemente seria lo único que verían y no tendrían ninguna posibilidad de relatarle a alguien tan magno espectáculo. Era tal la energía que se emitió en ese momento que los átomos que componían su ser se transformarían en los primeros agujeros negros del espacio en nacimiento. De solo pensarlo, sintió un escalofrío que le recorrió ambas columnas vertebrales. Estaba seguro que su futuro sería, o bien convertirse en un pequeño agujero negro, o bien la eternidad de sus átomos esparcidos en infinitos universos.

A su lado Sumed transformaba su rostro a medida que percibía los pensamientos de su capitán. Y, en el fondo de su pulsador, sabia que tenia razón. Toda la razón. Pero – pensaba- su capitán lo tenía que entender. Era algo que superaba su resistencia. A el mismo le podría haber pasado. Solo fue un golpe de mala suerte, que a esa hora de la noche terrestre, un par de imbéciles terrícolas hubiesen estacionado el cascajo que los transportaba, en el mismo instante y en el mismo lugar, ellos inmovilizaran su nave. Como era de esperar, su capitan lo “escuchó”.

Para reforzar y remarcar su rabia, Amed utilizó uno de los sonidos de su voz–el que normalmente se utiliza para retar a los jóvenes Amdenses,- y se dirigió a su ayudante.

-  La verdad que no entiendo. Ninguno de mis cerebros puede interpretar que hiciste, y mucho menos por que lo hiciste.

- Pero capitán,  -respondió tímidamente Sumed, utilizando la voz que se utiliza para implorar perdón los jueces de su planeta-. Ud sabe… no podía soportarlo, no tenia ninguna posibilidad de controlarme….

            - Uds. los Sumedenses son científicos. Se dedican a investigar y conocen perfectamente las leyes de los universos. No se puede interferir en ninguno de ellos, bajo ningún concepto… y muchísimo menos…..

             - Capitán, capitán, Ud sabe que conozco perfectamente los reglamentos, Ud sabe que soy uno de los científicos mas destacados de los cinco universos habitados…. Pero hay cosas de la naturaleza universal que no pueden esperar….

            - Se perfectamente que Ud es un buen científico, pero también me doy cuenta que Ud no entiende nada de obedecer órdenes y seguir al pie de la letra los reglamentos universales. Ud sabe que el contacto esta totalmente prohibido con las distintas razas que habitan los universos, y mucho menos, muchísimo menos, con las bestias que habitan este planeta primitivo y perdido en los confines de esta dimensión…. Ud. lo sabe… y mire lo que hizo. Mire lo que “me” hizo…porque por ser bueno y condescendiente, ahora sufriré el castigo junto con Ud….

            - Yo asumiré la responsabilidad total. Yo le diré a sus superiores que fui el único culpable, y que fue un conjunto de factores que se unieron para cometer este error, que reconozco, pero todo sucedió de una manera impensable e incontrolable….

            - ¡Y que les va a importar a mis superiores que Ud asuma toda la responsabilidad! ¡Por favor! ¿Yo soy el comandante de la nave y yo soy el responsable!!!!

Ante los gritos insoportables del Capitán, que evidentemente estaba furioso, Sumed, cerró dos de sus cuatro oídos. Temía que los mismos le estallaran ante tanta sonoridad, dado que el Capitán estaba usando, ahora, la voz para los fanáticos, que –se sabe- es la más ruidosa de todas y espanta a quien la escucha. Entonces decidió no responderle. No solo cerró dos de sus canales de audición, sino que cerró su mente y acalló sus pensamientos. Se aisló y trato de pensar en lo que había sucedido.

El capitán Amed observó los cuadrantes de su nave y calculó que en unos veinte minieones estaría ingresando a la nave madre y allí, seguramente, le esperaba el fin de su carrera. ¡Una mierda! Pensó curiosamente….

 

El viaje desde la nave madre había sido interesante. El primer paso del hiperespacio multiverso M-5 al M-3, había sido satisfactorio y no le había producido a Sumed, los trastornos que generalmente le producían. Esta vez su cuerpo lo había soportado correctamente. Sin embargo todavía faltaba el salto del M-3 al T-1, el multiverso en donde se encontraba ese pequeño planeta habitado por anticuados y extraños seres. Tenia aprensión por ese salto quántico.  Si bien tenia experiencia, y el Capitán Amed era un experto en ese tipo de saltos, temía siempre que su cuerpo no lo resistiera y le ocasionara algún efecto. Y el efecto llego, lamentablemente. Pero junto con el efecto, como si toda la mala suerte de los infinitos universos se hubiera puesto de acuerdo y cayeran sobre el, no solo le surtió el efecto no deseado, sino que además, sin saber como, pulso el botón incorrecto. Y entonces, sucedió lo que sucedió y que ahora provocaba la ira de su capitán y –lo peor de todos- las penas que sin duda le aplicarían sus superiores. Esperaba que su maldita suerte cambiara y la pena sea menor. Tal vez solo lo penaran con una quita de mil años en su vida, algo así como el uno por ciento de su existencia. Preferiría vivir menos en esta dimensión a que ser esparcido por el multiverso… No se quería ni imaginar… Al fin al cabo, se decía a si mismo tratando de convencerse, lo que había hecho no era tan terrible. Bueno, al menos él lo veía así. Aunque lo único importante, era lo que pensaban de los hechos ocurridos, sus superiores, que estaban próximo a recibirlos en la nave madre.

Salió de sus ensoñaciones, pensamientos y ruegos íntimos, cuando la voz del capitán volvió a resonar en los dos orificios auditivos que aun permanecían abiertos.

            - ¿Tanto apuro tenías?

            - Si, Capitán, como lo siento, pero Ud sabe esos saltos quánticos siempre me producen ese efecto…

            - Esta bien, pero además púlsaste el botón equivocado. Y si ese estúpido humano se llevó…..

            - El primer estomago me dio un vuelco y luego todos mis intestinos, a lo largo de su recorrido, comenzaron a retorcerse y a producir….ehhh… bueno, Ud ya sabe.

            -Si. Lo se perfectamente Sumed. Pero Ud sabe lo que ha producido! Y lo que nos espera!

            - Perdóneme capitán… pero reconozca al menos,  que si Ud no se hubiese asustado cuando observó que el terrícola se acercaba a la nave y no hubiese pulsado el impulsor inicial, yo tampoco hubiese apretado el botón equivocado…

            - Si…si… es verdad… pero las órdenes son órdenes… y tenia que alejarme lo antes posible.

            - El terrestre ya nos había visto… así que seria uno mas que andaría contando por ahí que vio una luz y que de pronto desapareció. Nadie le creería… claro que ahora…

            - ¡Claro! Ahora, Ud apretó el botón equivocado y su desperdicio orgánico salio por la escotilla, cuando debería haber quedado albergada en nuestro deposito!

            - Perdóneme por favor capitán. Mis intestinos medios no soportaron el salto y no aguante… me cague!!!!

            - ¡ Si.. ya hora tenemos un boludo de humano, contando un nuevo relato de ovnis y con un sorete extraterrestre en sus manos!!!!!!!: Y para peor creerá que es un verdadero tesoro y lo expondrá en todo ese pedorro planeta!!!!! Y raudamente entró a la nave madre.

 

 © Ricardo Lopez Rende, junio de 2007

 

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