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EL SUEÑO DE LA RAZÓN

por Armando Boix

Volver a empezar.

Retiró los electrodos, pinzó la cánula del gotero y cambió el frasco con la solución de fluracepam. Arrojó las sábanas al carrito... El hedor. Olor a desinfectantes y carne enferma, al ícor de las llagas y a excrementos. La bolsa de las deposiciones devolvió un golpe sordo al chocar con las anteriores en el fondo del cubo de la basura.

Y con ésta van quince.

Marisa pasó una esponja empapada en agua tibia por el cuerpo flaco y anguloso. Las articulaciones eran como nudos, el hueso de la pelvis una cimitarra a punto de desgarrar la piel. Dio la vuelta al cuerpo de la anciana y lo dejó boca abajo, con los movimientos justos, disociados de su mente por esa vaga anestesia que da la rutina. Mientras, pensaba en la receta del bizcocho, en el libro que terminó ayer, en la canción de los Hop-Frog y la entrada para el concierto que le ofreció Adela y era tan cara.

Si al menos me acompañara alguien valdría la pena. Ya fui al «Maracaibo» hace una semana y fue peor que quedarse en casa. Mil rostros a mi alrededor y ni uno conocido...

Sintió cansancio y un desagradable sabor en la boca que bajaba goteando desde las fosas nasales. Dolor en los brazos, en las piernas. Llevaba demasiadas horas de pie, con demasiados durmientes para atender. Miró el reloj. Desde su esfera le daba nuevas fuerzas la esperanza de una jornada agonizante. Volvió a mojar la esponja en la jofaina y rebuscó con su borde entre los pliegues de la piel, en el vello de las axilas, en la hendidura entre las nalgas. Acabó y lanzó la esponja a la basura.

Sujetó una gasa con las pinzas y secó las llagas. Por más que cambiaran a los durmientes de posición cada ocho horas, pasaban todo su tiempo en la cama, inmóviles, con una deficiente circulación sanguínea y el roce constante de las sábanas. Las heridas eran horribles; pero sus pacientes nada sabían, tibios en el beatífico refugio de sus sueños. Marisa sí sabía. Marisa sabía de su penetrante olor, de la sangre y el pus que supuraban y manchaban las sábanas. Era lo peor de su trabajo y aún no había conseguido acostumbrarse, aunque fingiera indiferencia y tararease -Here is a ring as token that I am happy now- mientras introducía la gasa entre los labios de la úlcera.

Al final siempre somos los pobres quienes acabamos lavando la mierda de los ricos.

Pese a lo amargo de su pensamiento, Marisa no sentía rencor hacia la anciana. Es más, le guardaba una secreta simpatía desde que reconociera su imagen, mucho más joven, en aquel documental del teledata. Leonor Krupp, la cantante, la hermosa, la aclamada. La gloria de La Scala. Ahora un pedazo de carne marchita e inconsciente, un vegetal que había renunciado a la vida y se entregaba a sus cuidados. ¿Tan horrible era su existencia? ¿No había nada por lo que mereciera permanecer despierta? Lo tenía todo: dinero, fama, recuerdos... Tal vez fuera aquello. Tal vez había llegado a ese punto fatal en el que el ayer alcanza mayor peso que el mañana. Sí, por muchos lujos que te rodeen, debe ser duro envejecer cuando has brillado tanto. Ahora a la vieja Leonor sólo le quedaba soñar, huir de ese cuerpo vuelto caricatura y regresar al pasado.

Marisa leyó en el monitor las líneas del encefalograma y reconoció las ondas en huso del estadio No REM 2. La anciana estaba en la obligada fase de descanso. Cada ocho horas se sustituía el fluracepam por un péptido como el DSIP para depurar el organismo de metabolitos y normalizar la estructura del sueño. Miró los electrodos del inductor colgados en la cabecera de la cama. La curiosidad, que tantas veces había sentido y ocultaba, volvió a removerse en su rincón. Los cogió, los sopesó, probó en la palma de la mano la gelidez de su fijador dérmico, un disco de cobre de apenas dos centímetros.

¿Qué mundo ofrecéis? ¿Tan dulce es el premio?

Debía serlo; nadie daba tanto por nada. Las tarifas de la clínica eran desorbitadas: sólo un millonario podía permitirse el coste del tratamiento. Aún así, era sorprendente cuánta gente estaba dispuesta a pagar y renunciar a todo por dormir sin volver a despertarse, lavados y alimentados por máquinas y enfermeras, inmersos en el sueño elegido a la carta hasta el día de su muerte.

La mirada de Marisa se perdió más allá de la línea oscilante del monitor.

¿Por qué no? ¿Por qué no probar? Soy la única enfermera de la planta y sólo me acompaña el médico de guardia. El doctor Bea nunca abandona su cubículo, a menos que le llame o se encienda la alarma de alguno de los equipos de soporte vital.

Aún no había tomado una decisión consciente y ya abrió el tubo con el gel conductor. Echó una gota sobre el disco de cobre y la extendió con el dedo.

¿Por qué no?

Apoyó los fijadores dérmicos en su frente. Un frío repentino hizo que se estremeciera. La sensación duró un instante, pues de inmediato fue ahogada por un alud de estímulos que recorrió su piel, su boca, sus ojos cerrados, iluminados de pronto por imágenes que en realidad no estaban delante de ella. Eran apenas un eco del sueño, tal y cómo lo percibía la durmiente. El programa estaba diseñado para cerebros inmersos por las benzodiacepinas en el estadio Rem; su mente despierta, sin embargo, no era ciega a los estímulos eléctricos y los traducía como sensaciones parecidas a recuerdos, aunque más intensos.

El suave tacto del tul de mi traje. El lejano aroma a violetas que desprende. Se descorre el telón y el tronar de los aplausos crece aún más. Un ramo de flores se acuna entre mis brazos. Intento ver a la gente que me ovaciona, pero la luz es demasiado intensa y me ciega. Calor. Dorada rocalla. Terciopelo rojo. En lo alto una araña de cristal. Aún permanecen impresos en mi memoria los últimos versos en «La Traviata». ¿Me gusta la ópera? No recuerdo haberla escuchado nunca con demasiada atención y en cambio sé que acabo de cantarla. Es mi gran noche de triunfo. Soy una enfermera y el público me adora. Soy Leonora. Soy Marisa. Maestro, por favor... Los músicos se ponen en pie en el foso de la clínica. Di chi nel ciel fra gli angeli kissed my pallid brow...

El vértigo la hizo tambalearse cuando se quitó los electrodos y las imágenes escaparon bruscamente. Hubo un momento de confusión. Aturdida, Marisa buscó alrededor los sonidos y colores que un segundo antes percibía, sin encontrarlos. Ya no había dorados ni púrpura, sino el verde, blanco y gris de la clásica decoración hospitalaria. Sintió un poco de vergüenza, como si hubiera algo de violación en su asalto a los sueños ajenos. Pero ahora comprendía mejor a la pobre Leonor, su huida del sedente y triste retiro para revivir su juventud y recibir una y otra vez la ovación de gente que no existía, de simples fantasmas electrónicos sin conciencia ni deseo.

Dejó los electrodos en la cabecera de la cama. Volvió a consultar el reloj: cinco minutos para la libertad e iba con retraso. Se apresuró. Dio un masaje a la anciana, excesivamente rápido, y la espolvoreó con talco. Peinó sus cabellos. Terminó volviendo a cubrir su desnudez con una sábana nueva.

Mañana le dedicaré un poco más de tiempo, ¿de acuerdo? Es una deuda.

Salió de la habitación y recorrió el pasillo a rápidas zancadas. En el vestíbulo, el doctor Bea ni la vio pasar, encerrado en su jaula de cristal y atento a las gráficas que iban saltando al ordenador. Marisa entró en la sala de las enfermeras.

Adela ya había llegado. Conversaba con un chico acodada contra el teledata. El aparato hacía días que no funcionaba bien y, en la pantalla, la tez del joven tenía un acusado tono rojizo, aunque se comprendía que era guapo. Tenía suerte Adela. Levantó la mano para saludar a Marisa y volvió con su último novio. A Marisa le irritaba un poco que Adela utilizase el comunicador del teledata cuando sabía que tenía que cambiarse el uniforme. Seguro que al muchacho le importaba un bledo, pero no pensaba desnudarse mientras un extraño la observara.

-Cierra el canal de vídeo y utiliza sólo el de audio. Tengo prisa.

-¿Por favor?

-Por favor.

-Tranquila; termino. -Estampó un beso a la pantalla y cortó la comunicación-. Hija, eres una reprimida. Si enseñaras un poco más ese cuerpo serrano a lo mejor tenías más suerte con los tíos.

Marisa le dio la espalda sin responder; no quería hablar de su vida privada. A nadie le importaba con quien se iba a la cama -o si alguna vez se había ido con alguien-. Abrió su taquilla y empezó a desabrocharse el uniforme. Adela se rió mientras salía de la habitación.

Marisa estaba furiosa. Sabía que sus compañeras la consideran una tonta, que se creía demasiado las novelas y dejaba pasar la vida esperando al príncipe azul. No era verdad. Simplemente no había encontrado aún al hombre que no fuera sólo un bruto egoísta... Aunque, tuvo que reconocer, no tenía demasiadas ocasiones de encontrar hombres, ni de esa especie ni de ninguna otra.

Se vistió deprisa. En realidad tenía poco que hacer, aunque sentía una acuciante necesidad de salir de allí y alejarse de los durmientes. La deprimían, por mucho que procurara no implicarse en sus vidas. Se miró en el espejo. Dejó caer un mechón sobre la frente, en aparente descuido, y ensayó una sonrisa.

Soy joven y bonita, que caramba. Si no saben apreciarlo, ellos se lo pierden.

Abandonó la sala de enfermeras y se detuvo ante el ascensor. Apretó el botón, esperó unos segundos y sonó una campana. Se abrieron las puertas.

Dentro aguardaba el doctor Planas, gerente de la clínica. Al verla entrar le dio las buenas noches. El ascensor reanudó su viaje a la planta baja. A su lado, el doctor miraba fijamente la puerta cerrada, como si hubiera algo interesante que contemplar, como si no la viera cada día. A Marisa no le importaba; casi lo prefería así. ¿De qué iba a charlar con él? ¿De la congestión del tráfico, de los índices de monóxido de carbono aquella mañana? Estaba segura de que, si se cruzaban alguna vez fuera del marco de referencia de la clínica, ni siquiera la reconocería.

Sólo hablaron en una ocasión, haría unos tres años, cuando la contrataron como enfermera. El jefe de personal la condujo al despacho de Planas y allí el director le preguntó por sus aspiraciones en la empresa, entregándose, a continuación, a un monólogo sobre el gran número de durmientes que dependían de ellos, la importancia de la clínica Grundman y lo fundamental del buen servicio para mantener su prestigio y la cuota de mercado. Seguramente lo tenía aprendido de memoria.

El doctor Planas fue alguna vez un eminente farmacólogo, especialista en neurolépticos; ahora prefería dedicarse a la gerencia desde un despacho. Y no le había ido mal, a juzgar por el reloj de oro en la muñeca y el perenne bronceado que muy pocos podían permitirse el lujo de cultivar.

Horario de oficia y pasta gansa. Y no es que se lo reproche al jodido. Si yo pudiera... Mejor tocar papeles que la mugre de los pacientes.

Llegaron a su destino. El ascensor se detuvo con un brusco vaivén y la doble hoja de la puerta se deslizó, permitiendo el paso. El doctor Planas aguardó a que ella se adelantase. Marisa pronunció un adiós y salió de la cabina. Cruzó el vestíbulo sin volverse. Al llegar a la calle entornó los ojos, tosió molesta y buscó en su bolso la mascarilla. Se la ciñó al rostro. Descendió la escalinata del edificio y echó a andar calle arriba, hacia la parada de suburbano.

Las formas aparecían veladas por una niebla cirrótica, ácida, preñada de azufre y humo de combustibles y aceites quemados, que el frío de la noche apenas conseguía disipar. Había mucha gente, dirigiéndose como una riada en su misma dirección; a esa hora miles de trabajadores terminaban su turno y abandonaban el centro para volver a los arrabales. Se dejó llevar. Envuelta en la marea humana, se sumergió en los túneles del suburbano. La detuvo un embotellamiento en las máquinas de cancelación. Marisa soportó estoicamente los codos hincándose en sus riñones. Pisó un pie y avanzó un metro. Era en esos momentos cuando menos entendía a los pacientes de la clínica. Con su dinero podrían comprar la residencia en alguna de las reservas de Oceanía y tumbarse al sol, sin apreturas, al rumor de un mar aún azul; en cambio, preferían un simulacro de existencia. No, no eran ellos los necesitados de tratamiento; si alguien podía considerar deseable el sueño sin retorno, éstos eran los que cada madrugada se volcaban a las calles para acudir a trabajar, los que se hacinaban en viviendas de pocos metros y, después de pagar el alquiler, apenas les restaban unos euros para abonarse a la red como única distracción.

Marisa consiguió introducir su tarjeta y acceder al andén. Justo a tiempo: un tren se detuvo en la estación con un bufido. Más empujones ante sus puertas. Se coló como pudo y buscó un agarradero. Sonó una campana. El tren salió disparado a través del cañón de aire comprimido. La súbita aceleración hizo que los pasajeros perdieran pie, pero, apoyados hombro contra hombro, se sostuvieron mutuamente. No había espacio suficiente para caer.

Los altavoces del vagón discurseaban sobre filtros nasales, anticonceptivos y refrescos. A su lado discutía una pareja de estudiantes. Marisa intentó abrirse paso para alejarse de sus aspavientos. No lo consiguió; esa noche debería lamentar más de un cardenal. Se resignó a los empujones y cerró los ojos, fatigada y sudorosa. Los anuncios enmudecían de vez en cuando para pregonar una estación. Al poco rato oyó la esperada:

-BARBERÀ. SORTIDA NORD. SALIDA NORTE. NORTH EXIT.

Volvió a empujar hasta abrirse camino. No sería la primera vez que se pasaba de parada por no alcanzar la salida a tiempo. Aquel día mucha gente bajaba en aquel punto y no tuvo problemas. Recorrió el andén. Las escaleras mecánicas la devolvieron a la calle.

Vivía cerca, a tres manzanas de la parada del suburbano, en las entrañas de un gigantesco bloque de pisos. Era toda una suerte poder desplazarse andando, sin volver a embutirse en alguno de los troles que recorrían el distrito. En Barberà la niebla era menos densa y al olor de los carburantes se superponía el de las frituras de los carritos de comida ambulante. Le gustaban aquellos puestos, llenos de color y música caliente. Se acercó a uno y compró una tarrina de guacamole para llevar a casa, siguiendo su camino a continuación. Un son montuno la acompañó.

Llegó al portal de su casa y lo cruzó sin detenerse, pues la puerta principal había desaparecido de sus goznes hacía tiempo. El fluorescente parpadeaba, sin acabar de decidir si encenderse o no. La luz revelaba a trallazos los grafitos en las paredes, los envoltorios plateados de las píldoras de afrodina, el polvo y los excrementos de rata que nadie se molestaba en barrer. Marisa arrugó la nariz y subió las escaleras hasta la segunda planta, donde tenía su apartamento. Home, sweet home. Cuatro cifras en el teclado de la cerradura fueron respondidas por un chasquido, que le anunció el libre paso. Entró.

Moho, ropa vieja y ambientador rancio llenaban el aire cerrado; aromas familiares y tranquilizadores... Peor sería abrir la ventana, con ese caldo amarillo flotando ahí fuera. Dejó el bolso colgado de la percha y la tarrina de guacamole en una mesita junto al sofá, a cuyo abrazo se entregó sin quitarse siquiera la chaqueta. Durante unos minutos miró al techo con la mente en blanco. Luego -sin volver la cabeza, precisa hasta en el desorden- recogió del suelo el mando a distancia del teledata. En la pared la pantalla se iluminó y mostró un menú en azul. Marisa escogió la mensajería. Nada de interés. En todo el día sólo había conectado su madre -...y recuerda llamar a la abuela; mañana es su cumpleaños. Cuídate, nena, y come mucho. La última vez que viniste estabas muy delgada-. Una vez visionado el mensaje, lo borró de la memoria y volvió al menú principal.

¿Una película o los informativos? Una película. Veamos, algo romántico... «Jane Eyre» no está nada mal. ¿Actores? Clive Palmer... Bueno.

Comió mientras contemplaba la película. Al poco perdió el interés, por muy guapo que fuera el Palmer. Ya conocía la historia por antiguas adaptaciones, y la actitud temerosa y decidida a un tiempo de la heroína le pareció interpretada sin ninguna convicción. Bostezó. Tras apagar el teledata fue a la cocina, arrojó la tarrina vacía al triturador y decidió irse a dormir. Una cierta congoja la oprimía.

Con los párpados pesándole como plomo, su último pensamiento consciente antes de entregarse al sueño fue que ella, precisamente, no necesita de drogas para poder dormir.

 

-Eres una tía con suerte.

Adela acababa de cambiarse y se retocaba el maquillaje ante un espejo.

-¿Yo? -preguntó Marisa recelosa, esperando alguna broma-. ¿Por qué?

-¿Aún no has visto el plan de servicios para hoy? Te has librado del aseo y me ha tocado a mí. A rascar roña todo el día, no te jode...

Marisa consultó en el teledata y vio que era cierto. Acababa de ingresar un paciente nuevo en la habitación 21 y la habían designado a ella como veladora. Bien, no iba a quejarse, pues resultaba una de las tareas más tranquilas. Siendo la enfermera con menos antigüedad, hasta aquel momento le habían tocado los trabajos más ingratos; ya era hora de que tuvieran alguna consideración con ella.

Fichó entrando su código personal. Se puso el uniforme, colgó la ropa de calle en la taquilla y se encaminó a la habitación 21.

Se sorprendió al encontrar en la cama un hombre que no debía llegar a los cuarenta. En un gesto automático se fijó en sus párpados y no detectó ninguna actividad bajo ellos. El rigor muscular empezaba a relajarse y en el monitor el electroencefalograma dibujaba una línea levemente zigzagueante, con repentinos saltos pronunciados: los complejos K. Aún no había entrado en la fase REM; de hecho, debía llevar durmiendo muy pocos minutos.

A su lado el doctor Bea estaba cargando los datos del equipo de control en su notebook. Cuando terminó, comprobó la actualización y se guardó el aparato en un bolsillo de la bata.

-¿Quieres que te traiga un café? ¿Un refresco? -Marisa dijo no con la cabeza-. ¿Estás segura? Tendrás que estar aquí sola un montón de horas hasta el relevo.

-En realidad me parecen casi unas vacaciones, en comparación con lo que me han encargado en los últimos meses.

El doctor Bea sonrió.

-Generalmente es así; pero en algunos casos los pacientes experimentan reacciones extrañas al fluracepam, como fiebre o espasmos, y entonces hay que revisar la dosificación. Por eso es necesario vigilar al enfermo durante veinticuatro horas. Jugar con el sistema nervioso de un hombre no siempre es gratis.

-Lo sé, doctor. Estaré en guardia.

El doctor Bea se despidió y salió de la habitación. Siempre se había mostrado muy atento con ella, pero cabía la duda de que ocultara segundas intenciones. El doctor era bastante atractivo y, como muchos médicos, convertía la conquista de las enfermeras en una especie de competición personal. Al menos no pertenece a la especie de los pulpos, pensó Marisa mientras se acomodaba en una de las butacas.

Vamos a la Segunda Parte de EL SUEÑO DE LA RAZON

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(c) Armando Boix
 

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