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EL SUEÑO FATÍDICO

Por Darío Lavia

El camino se bifurcaba frente a mí. Había estado avanzando continuamente luego de abandonar el automóvil en la mitad de la carretera. Claro, si la estación de combustible estaba a 10 kilómetros al sur, no podía darme el lujo de perder tiempo, especialmente en aquel paraje. Las viejas comentaban la existencia de brujos y seres diabólicos cuyos cuerpos eran invisibles pero sus pasos hacían secar la vegetación y producían un hedor abominable.

Faltaban unas horas para la caída del sol y la ausencia de señales era bastante notoria. Pero ante ese punto, con la apertura de dos diferentes caminos, me veía forzado a una decisión que, de tomar la ruta equivocada, me podía exponer a pasar la noche a la intemperie. Comencé a caminar por uno de los senderos y, a medida que avanzaba, la luz iba extinguiéndose y la vegetación iba haciéndose cada vez más tupida.

Habrían pasado unos minutos, una hora, o quizás días enteros, no lo sabía. La caminata era tan monótona que no tenía manera de percibir el paso del tiempo, a excepción de la creciente oscuridad. En el momento que comencé a oler un aroma desagradable una señal de alarma se encendió en mi mente. Al principio fue como si una bocanada de aire mefítico golpeara mis sentidos. Luego, a pesar de haberme acostumbrado, sentí como si estuviera embebido en tal olor.

Pero ahí fue la Razón la que acudió en mi auxilio. "Estás asustado por nada, el olor debe ser de algún animal muerto." Claro, debía ser eso. De hecho, si no hubiera tenido conocimiento de esas habladurías, el hedor no me habría atemorizado de tal manera.

Encendí un cigarrillo y continué mi caminata. A lo lejos se divisaba un cartel cuyas letras, debido a la ya pobre iluminación, no podía distinguir. Pero razoné, "¿quién pondría un cartel en medio de la nada si no fuera para anunciar la cercanía de un establecimiento comercial?" Ya más tranquilo por la mera visión del letrero, proseguí mi camino. La pestilencia, lejos de mermar, se iba acrecentando.

"500 mts: comidas, bebidas, teléfono": era exactamente lo que esperaba leer, así que me apresuré, ahora con el ansia de comer y tomar una bebida fresca, además de utilizar el teléfono.

Seguí mi camino y la única alarma que aún persistía era la del hedor. Me tapé la nariz con un pañuelo, pero igual penetraba la tela. Finalmente llegué a mi destino y a la par que un manto oscuro cubría el cielo, me di cuenta que algo extraño rodeaba el paraje. Era una antigua casa que se levantaba a mitad del camino. Eran varios muros, ventanas (algunas de las cuales, solo algunas, tenían vidrios), techos de tejas muy descuidados, y una señal de abandono reiterado, como si hubiera estado habitada, pero por ocupantes muy poco comprometidos con su mantenimiento.

Pocas eran mis esperanzas de que en esa casa fantasma hubiera teléfono. Igualmente me aventuré a ese interior oscuro. El olor había cesado paulatinamente al acercarme a la propiedad y, una vez dentro, desapareció por completo. Un gran hall (mejor dicho, lo que supo ser un gran hall) daba ahora vaga idea de la importancia que esa casa habría tenido en el pasado. Una impresionante estructura, opaca de tanto polvillo y cubierta por miles de autopistas arácnidas, colgaba del techo. En algún momento habría sido una araña digna de un importante teatro. Ahora solo era una bolsa gris de mugre y todo tipo de insectos. Gigantescos espejos, escaleras muy ornamentadas, muebles barrocos y sillones señoriales eran ahora grises símbolos de pasados fastos y del actual abandono, bajo capas de suciedad de años.

Habré estado una hora recorriendo la casa, hasta que, en una de las habitaciones del piso superior, llegué a una de las ventanas que, al igual que todas las demás, estaba tapiada con dos o tres maderos. Sin embargo, las tablas estaban bastante flojas ya que sus clavos se habían oxidado y estaban podridos, y cuando forcé los maderos, se disolvieron. Al asomarme vi el bosque ennegrecido y solo pude distinguir las formas y contornos de los árboles, no así sus follajes o detalles. Todo estaba en quietud. De pronto hubo un rayo, y, por un segundo o dos, toda la casa y el bosque se iluminaron. El fogonazo me permitió ver en detalle aquellas zonas que permanecían en sombras. A pesar que la luz duró poco, pude distinguir una figura extraña allá abajo, en el suelo. Era un rastro como de tierra oscura, en medio de la maleza. El rastro zigzageaba proveniente de la espesura. Pasaron dos o tres minutos que me parecieron una eternidad. Mil pensamientos rondaban mi cabeza, todos eran de alarma. Sin embargo mi sano juicio los acallaba a todos, uno por uno. Un segundo rayo volvió a quebrar la negrura absoluta y cuál fue mi sobresalto al comprobar que el rastro avanzaba... en dirección a la casa.

Luego la oscuridad volvió para quedarse. El miedo comenzó a invadirme, pero traté de calmarme. Después de todo, tal vez y solo tal vez, aquello fuera el producto de mi imaginación. Pero por más que mi mente estuviera segura de la irrealidad de todo aquello, la influencia de mis sentidos era demasiado fuerte como para abstraerme.

Un tercer relámpago iluminó todo por un segundo. Mi mente se negó en un principio a procesar las imágenes que mis ojos captaron. Pero cuando la luz ya se había extinguido, mi retina aún guardaba aquella imagen que la había herido. Allá abajo, en el parque que rodeaba la casa había algo... eran sinuosos, cuan meandros, pero todos confluían en un mismo punto. Parecían las raíces sarmentosas de un árbol. Pero eran docenas de caminos de tierra negra que se habían abierto entre el follaje y las hierbas verdes, y todos apuntaban a la casa. Esa visión fue demasiado para mí. Por un momento intenté apaciguarme en búsqueda de una explicación lógica. Pero no pude olvidar la leyenda: "sus pasos hacían secar la vegetación." ¿Sería que estos demonios estaban ya dentro de la casa? Y si así fuera, ¿cómo podría escapar?

Pero aquí comenzó a surgir mi instinto de supervivencia, y quebré una de las maderas con clavos. Un arma contundente me daba algo de seguridad, pero, claro, ante un demonio ¿qué arma sería útil? Cerré la puerta de la habitación y traté de percibir cualquier ruido o movimiento, pero, en un principio, solo escuchaba el eventual ulular de la brisa por los numerosos huecos y grietas de la casa. Mi cordura estaba a punto de quebrarse y no podía dejar de pensar que afuera, en la más absoluta oscuridad, había un sinfín de caminos negros cuyos caminantes se dirigían a la casa. Adentro... ¿quién sabe que habría?

Mientras estaba ensimismado en estos pensamientos pude escuchar el primer ruido. Fue un crujido y provenía de la escalera. Tal vez aquel o aquellos seres estuvieran ya subiendo por la escalera en mi búsqueda. Preparado para dar pelea, me escabullí en un rincón oscuro de la habitación. No hubo más relámpagos y en un instante de lucidez me pregunté porque no había escuchado los truenos. Pero los siguientes sonidos me hicieron olvidar esta importante cuestión. Ya no eran crujidos aislados de la madera, sino que se oían pasos frenéticos. Los pasos resonaban fuera de donde estaba, con demencial agitación. Cada vez se acercaban más y a medida que pasaba el tiempo comenzaba a creer con más fuerza que estaban ya detrás de la puerta. Un sudor helado y seco me empastó la boca y manos. El corazón me daba tumbos furiosos y amenazaba salirse de mi pecho a cada instante. Las venas y las sienes me latían como si por su interior corriera lava ardiente.

Creí que si no me mataban los demonios, lo haría la inacción, así que salí de mi escondrijo y me erguí, sin soltar en ningún momento mi arma. Caminé en silencio hacia la puerta y tomé el picaporte. Al tenerlo en mi mano sentí algo inexplicable. Una sensación de asco y repugnancia como nunca antes había experimentado.

Intentaba abrir la puerta, pero tal era la viscosidad del picaporte, que continuamente resbalaba de mi mano. Mi pecho parecía a punto de estallar. Sentía como vibraba mi abdomen y como el cuello se henchía para facilitar la circulación de la sangre. Solté el picaporte y, como esperando despertar de la alucinación, volví a intentar abrir la puerta, ya con una furia exacerbada que me iba a llevar a golpear lo primero que se me pusiera enfrente, por más que fuera ser humano o demonio. La sensación de asco seguía igual, pero se acrecentó cuando sentí una humedad que pasaba por debajo de la puerta y me mojaba los pies. Eran cauces de agua que adoptaban distintas formas y que avanzaban reptando por el suelo de madera y trepando por los zócalos y el marco de la puerta. Ingresaban por todas las hendijas (inferior y laterales) y, a pesar que no me atreví a tocarlos, podía apostar que eran de igual o superior viscosidad que la del picaporte. Retrocedí enloquecido y casi al punto de la locura, sin quitar la vista de la puerta, que comenzaba a contraerse y a hincharse. Miré hacia los lados en busca de algún madero más destructivo que el que tenía a mano, o de alguna vara de metal. Si la puerta no estallaba en aquel instante, la furia haría explotar mi cabeza. No había nada, nada, nada que pudiera utilizar contra aquello que estaba detrás de la puerta. Cuando volví a mirar noté con horror que aquellos cauces líquidos estaban uniéndose y elevándose dentro de la habitación. Una gruesa capa de sudor helado me empañó la frente. Cerré los ojos con fuerza para darme una última oportunidad de despertar (mi razón seguía escéptica) y al abrirlos distinguí claramente la forma de aquello que se estaba edificando frente a mí: no era una figura humana, sino el contorno de algo horroroso, algo a lo que siempre había tenido aversión, algo que palpitaba y cambiaba de forma constantemente, algo que carecía de huesos, algo que vivía en un medio marino, algo que rodeaba a sus víctimas y las devoraba de manera cruel, algo que abrazaba y que tenía ventosas. Lo último que hice fue cerrar los ojos y correr hacia la ventana por la que salté al vacío.

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- El sujeto falleció - dijo un doctor con la mayor de las naturalidades. El quirófano, antes un hervidero de ayudantes y doctores, comenzaba a vaciarse y sus máquinas a desconectarse.

- Está bien - replicó el doctor Pironi -, ya no podemos hacer nada, quítenle los electrodos. ¿Hay algún resultado valedero en el encefalograma?

- Es lo que estaba estudiando - replicó el primer doctor -. Cuando le acercamos el ácido sulfuroso a la nariz, casi diría que su olfato lo percibió y que su sueño se vio levemente alterado. Más tarde, cuando le aplicamos las tres descargas el sueño también se vio alterado. Hay varias líneas muy raras ante los demás estímulos, pero la más importante surge luego que el sujeto le tomó con su mano, doctor. A partir de ahí entró en paro. En medio del mismo, el sujeto le vuelve a asir con la mano; luego de esto pierde control de sus esfínteres y fallece. Nos sigue quedando poco claro que pasó en la segunda parte del sueño, ya que las variaciones son muy marcadas y están al tope del límite.

El doctor Pironi estaba con la vista perdida en el vacío. Oía pero no escuchaba.

- Doctor, ¿está usted bien?

- ¡Eh! Sí, disculpe - Pironi emergió como de un letargo -. Es que pensaba que a pesar que en la teoría es muy claro que el ser humano incorpora en su sueño los estímulos, asignándoles causas y construyendo vivencias ficticias para justificarlos, es muy complicado comprobarlo científicamente. Jamás vamos a poder describir como el cerebro convierte estímulos externos en sueños y menos como funciona esa construcción interior. ¿Para qué necesitan justificar la existencia de esos estímulos? ¿Por qué realizan esa conversión y la adaptan al sueño? Si están durmiendo, descansan, no necesitan percibir los estímulos externos. Un estímulo mortal no los hace despertar, sino que los mata en el sueño... ¿no es algo ilógico? Dejar los canales de percepción abiertos, pero no como alerta, sino para tergiversar sus sueños. Y como si todo esto fuera poco, se inventan motivos y causas de esos estímulos convertidos... Este es el décimo sujeto que perdemos en lo que va de la semana. ¿Valdrá la pena seguir intentado buscar el último secreto de una especie que se extingue?

- Creo que tiene razón - asintió el ayudante y tomando a su colega por una cavidad de sus tentáculos, dijo: - pero ¿qué le parece si vamos al café? creo que lo necesitamos.

Un silencio elocuente respondió a esa pregunta y ambos cefalópodos se marcharon a beber una taza de tinta negra.

(c) Darío Lavia, 2004
 
 

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