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SPOCKY, EL GUARDIAN

Por Jorge Oscar Rossi

 

Spocky estaba excitado. Veía a la Cosa y eso lo ponía terriblemente nervioso.

Martín, en cambio, solo tenía ojos para Mercedes.

Mercedes, a su vez, se limitaba a gemir penosamente.

La Cosa, por su parte, se sentía feliz.

 

Otras veces, muchas veces, Martín tenía ojos para otras mujeres. Ojos y palabras. Tenía la mente de llena de otras mujeres. Primero pensó que quería sexo. Después se le ocurrió que buscaba una amistad clandestina. Más tarde creyó que en realidad necesitaba las dos cosas. Ahora no tenía la menor idea de porqué, constantemente, patéticamente, trataba de conseguir que una mujer que no fuera su esposa le prestara atención. Tal vez, más que sexo, necesitaba sentirse deseado por una hembra ajena, porque jamás se le ocurrió pagarse una puta.

 

Martín buscaba mujeres por Internet desde hacía seis años sin otro resultado que el fracaso. Su mayor logro fueron dos encuentros en sendos bares con distintas mujeres. Una era hermosa y tal vez loca y la otra era una gorda mentirosa.

La hermosa y loca lo hizo calentar y, antes que pudiera pasar nada, desapareció del ciberespacio y, recién ahí, él se dio cuenta que ni siquiera tenía su teléfono y se sintió muy estúpido.

La gorda le dio el celular la primera vez que chatearon y luego hablaron varias veces y quedaron en encontrarse. Cuando la vio tuvo ganas de huir pero se comportó como un caballerito tonto y no le pasó por la cabeza decirle que las fotos que ella le había mandado no reflejaban sus muchísimos y pésimamente distribuidos kilos. Esta vez se sintió engañado.

No obstante, siguió chateando y fracasando e ilusionándose y desilusionándose una y otra vez. Era persistente en esa desgraciada rutina y a veces pensaba que, en el fondo, disfrutaba con la previsibilidad de sus fracasos.

Mercedes era una buena mujer, una gran mujer, casi demasiado para él, se decía, pero Martín necesitaba “otra cosa”.

Los chateos clandestinos habían aumentado su ración de Culpa de manera desproporcionada. Era un marido fiel muy culposo por sus sueños de infidelidad.

Ahora Mercedes se moría.

 

 

Spocky no lo soportó más y tiró unos cuantos manotazos en dirección a la Cosa.

Martín, al lado de la cama, siguió mirando a su mujer,  tan impotente como ya era costumbre.

Mercedes pareció morirse, pero en realidad, esa era la forma en que últimamente se quedaba dormida.

La Cosa se habría estrujado las manos de placer, de haber tenido manos.

 

 

Ahora una parte de la mente de Martín sufría por Mercedes. Otra parte pensaba en Viviana. O viviarg, su nick en Odigo, o vivi, según usaba en el msn. O Monica Viviana, como le había dicho por mail. Era hermosa, si la foto no mentía; y era muy agradable al chatear. Tenían gustos comunes.

Martín sabía que se encontraba en su ya muy conocida fase de “ilusión”, a la que con seguridad seguiría la de “fracaso total”. Viviana o viviarg o vivi o Monica Viviana desaparecería pronto o le confesaría que pesaba ciento cincuenta kilos o que era un hombre. O peor, no le contestaría sus mensajes.

Siempre pasaba, siempre.

Pero era su fase de ilusión y por el rabillo de la mente imaginaba que Viviana o viviarg o vivi o Monica Viviana (¿cómo llamarla?) pensaba en él.

Mientras tanto, Mercedes seguía muriendo.

 

 

Spocky, desesperado, soltó algo que, más que el típico maullar al que los tenía acostumbrados, pareció un largo y furioso rugido.

Martín, molesto, echó al ruidoso gato, amagándole una patada.

Mercedes, sobresaltada, se despertó.

La Cosa, a pesar de no tener ojos, contempló la escena con deleite.

 

 

Su mujer muriendo de cáncer de pulmón y él pensando si una desconocida lo extrañaba. Martín se retorció por dentro. Se sentía sucio, asqueroso, vil, cobarde y repugnante. Deseaba que Viviana viviarg vivi Monica Viviana lo consolase, lo que lo hacía sentir todavía más sucio, asqueroso, vil, cobarde y repugnante.

 

- Tenés que dormir, mi amor...te hace bien. - sugirió Martín. A Mercedes hacía meses que nada le hacía bien. Estaba extremadamente delgada, pálida y con las huellas de la fallida quimioterapia a flor de piel. Cuando en el hospital lo autorizaron a llevársela a la casa, ni Martín, ni los padres de Mercedes, ni nadie pensó que le estaban dando el alta. “Dos días”, le dijeron, y hoy era el segundo.

El dormitorio semejaba una habitación del hospital, con el suero, el tubo de oxigeno y las persianas bajas. Su mujer había querido volver a casa y así se hizo.

 

- ¿Qué fue eso?- preguntó Mercedes. 

-         Spocky, nada más...está aburrido y hace lío.

La Cosa se alegró de que la bestia se fuera de la habitación. No le gustaba ser observada mientras comía.

 

Spocky se estremecía en la cocina. Todo vibraba más que de costumbre y el olor de Mercedes era cada vez más parecido al olor de la Cosa. Un olor malo, demasiado picante, demasiado salado, demasiado caliente. El olor de Martín tampoco estaba bien. Toda la casa vibraba y olía raro y eso lo inquietaba.

 

El cáncer de Mercedes y la culpa de Martín tenían un sabor parecido, pensó la Cosa, mientras veía la enorme excrecencia violeta que salía del pecho de la mujer y de la cabeza del hombre, extendiendo algo como tentáculos (la excrecencia, la Cosa no tenía tentáculos, era absolutamente informe).

Los tentáculos del cáncer y la culpa crecían y se retorcían, maduraban y engordaban, se desplegaban y endurecían y ahí, precisamente ahí, la Cosa se abalanzaba para comer las puntas mas suculentas, más picantes, más saladas, más calientes y ahí, precisamente ahí, Mercedes gemía de dolor y Martín gruñía de vergüenza.

 

 

Spocky sentía el placer de la Cosa, sentía el dolor de Mercedes, sentía la culpa de Martín y temblaba, cada vez más nervioso. Quería huir y quería atacar. El olor malo-picante-salado-caliente era cada vez más fuerte y se le pegaba a la nariz y a los bigotes.

 

Martín había llevado la notebook al dormitorio, para estar cerca de Mercedes...y de Viviana viviarg vivi Monica Viviana. Miraba alternativamente la cama, donde su mujer dormía con un sueño que parecía la muerte; y la pantalla, donde el messenger le decía que vivi (ahí era vivi) estaba desconectada. Estaba solo...eso creía.

 

La Cosa esperaba nuevos y jugosos tentáculos. Siempre tenía hambre. Estaba en el lugar perfecto, salvo por esa bestia blanca y de ojos celestes que de tanto en tanto la hostigaba. A diferencia de los humanos, la bestia podía verla, podía olerla; la Cosa lo sabía.

 

Los tentáculos del cáncer, de la culpa, del fracaso, del miedo y del deseo crecían lentamente. Los que salían del pecho de Mercedes eran un poco más grandes que los que emergían de la cabeza de Martín. Violeta oscuro con algunos manchones claros, como tumores, parecían flamear, mecidos por un viento suave y cambiante, como tallos de una planta enferma, como brazos podridos de una criatura asquerosa. Flotaban en el dormitorio y se enredaban,  tentáculos del cáncer y tentáculos de la culpa, en una danza al son de una melodía inhumana.

La Cosa cantaba.

Su canción era vieja como la propia Cosa y como el Universo mismo y no estaba hecha para ser escuchada por hombres o mujeres. Su Ritmo era obra de Dioses que eran inmensamente antiguos hace cientos de millones de años, si es que se puede hablar de antigüedad para aquellos que viven fuera del tiempo.

 

 

viviarg  se conectó, quedó no disponible y tres segundos después se desconectó, para absoluta furia de Martín, quien no podía creer lo que esa puta le había hecho.¡Siempre igual, todas eran unas putas y el siempre era el mismo pelotudo!. Tenía ganas de gritar y de llorar de la bronca.

Los jadeos de Mercedes lo sobresaltaron.

 

La mujer se ahogaba y el hombre no sabía que hacer, excepto gritar. La Cosa devoraba gordos tentáculos violetas. La excrecencia aumentaba sin control, cubriendo el techo y las paredes, atravesando muebles y seres.

 

 

Spocky entró al dormitorio a la carrera y se lanzó contra la Cosa. Martín solo vio cuando el gato aterrizó en la cama, sobre el pecho de Mercedes, que agonizaba. Lo sacó a manotazos, en medio de puteadas.

Spocky se quedó al pie de la cama, su blanco pelo erizado, la boca abierta y los ojos celestes mirando fijamente a la Cosa y resoplando con ferocidad.

Para Martín, el gato de Mercedes se había desquiciado y ahora parecía una estatua que contemplaba el vacío con las orejas pegadas al cráneo y rostro desprovisto de expresión, de cuya boca salía algo como un fuerte soplido.

Para la Cosa, la bestia entonaba el Himno Arquetípico, el Sello que le ordenaba retirarse, la canción que los humanos no podían oir.

Spocky vio que la Cosa se encogía hasta desaparecer. No lo atribuyó a su bufido pues solo era un gato casero. De vez en cuando tenía necesidad de hablar así, especialmente cuando algo lo ponía nervioso y lo hacía enojar. ¿Qué puede saber un gato de Sellos y canciones?. Solo sintió que la casa ya no vibraba tanto y que el olor se había ido. Quedaban si, los tentáculos violetas saliendo de la cabeza de Martín, como ya viera muchas veces. En cambio, los tentáculos del pecho de Mercedes también se habían ido. Tenía hambre.

 

Mercedes estaba muerta. “Dos días”, dijeron los médicos, con toda su ciencia, y fueron dos días. Había querido morir en su casa, en su cama y así fue.

 

Martín pensó que se había quedado solo. No tenía a nadie, ni padres, ni hermanos, ni primos. Ni gato tenía, porque Spocky siempre fue el gato de Mercedes. A él no le gustaban los gatos. Hablando de padres, tenía que llamar a los padres de Mercedes, tenía que hacer algo...

 

Fue hacía el teléfono y al pasar frente a la notebook vio el mensaje:

 

vivi: holaaa...se me cayó la conexión...como estas?... te extrañó...”

 

Al leerlo, (¡ella lo extrañaba!), Martín no pudo evitar un estremecimiento de placer.

 

© Jorge Oscar Rossi, agosto de 2007

(Este cuento fue publicado en el Nº 3 de “La Estela de Luveh-Kerapt”, Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo.)

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