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ALGO POR SOLUCIONAR

Por Matías Orta

No hay nada más divertido que estar en mi habitación y jugar con Coco y con Pluto. Coco es mi monito de peluche, siempre sonriente. Pluto es el perro naranja, de ojos grandes. Como el de los dibujitos. Hago que son soldados. Les pregunto si están listos para luchar contra el enemigo. No pueden mover la boca, pero sé que están listos. Dicen que son unos muñecos feos y sucios, pero para mí son mis mejores amigos. Los únicos amigos que tengo en el mundo.
Ruido de llaves.
Seguro es papá, que viene del trabajo. ¿Estará contento o enojado? Por si acaso, dejo a mis amiguitos en la cama y cierro la puerta.
—¡Otra vez arroz! —dice la voz de papá. Sí, estaba enojado.
—Es lo que rinde —contesta la voz de mamá.
—¡Me importa un carajo si rinde! ¡Yo quiero comer como la gente una puta vez!
—Es que lo demás está caro. La carne aumentó a...
Ruido de la olla al caerse.
—¡Pará, Eduardo! —dice mamá—. El nene debe estar escuchando.
—Que ese mocoso escuche lo que quiera. ¿Dónde se metió ahora? ¿Otra vez anda con esos muñequitos de mierda?
—No hables así. Él no te hizo na...
Cachetazo.
Cierro la puerta, agarro a Coco y a Pluto y nos acurrucamos en la cama.
—Ustedes dos me tienen harto —grita papá—. Yo me rompo el culo laburando, y cuando quiero sentarme a comer...
—¡No me tomes por boluda, Eduardo! ¡El nene y yo sabemos que te rajaron y que ahora te la pasás en ese boliche inmundo, chupando con tus amiguitos, cagándote en tu fami...!
Otro ¡paf! de cachetazo.
—¡Cerrá el culo, hija de puta!
—¡Pero si es la verdad! —contesta mamá, con tono valiente—. ¡Sos un borracho de mierda!
Más cachetazos. También se escuchan ruidos de pasos, como si corrieran una carrera. Alguien tira las sillas. Más golpes. Puedo oír que mamá empieza a llorar y a gritar.
Yo también lloro.
Todas las noches lloro.
Pero no siempre es así. Cuando los tíos y las tías vienen de visita, papá es divertido, simpático. Y todos los quieren mucho. A mamá también se la ve contenta, como si las cosas estuvieran bien. Una vez el tío Claudio le preguntó cómo se hizo esa marca en el brazo. Yo sabía que papá la había lastimado de un tacazo; pero ella dijo, con una sonrisa: "Me accidenté con la plancha. Es que a veces ando medio boluda". Tiene mucho miedo, la pobre.
Yo tampoco nunca cuento nada. Nunca hablo mucho. Ni en casa ni en la escuela cuento nada. Por eso mis compañeros me cargan y me dicen "mudo" y me quitan las monedas y me pegan a la salida.
—¡Y vos, pendejo, vení para acá!
No quiero. Ya debe tener el cinto en la mano. El cinto de papá es peor que los golpes de mis compañeros. Abrazo a Coco y a Pluto con más fuerza.
—¡Dale, mocoso! ¡Que no tenga que ir a buscarte!
Aprieto contra mi pecho a Coco y a Pluto. Ojalá pudieran defenderme.
Papá entra dando un portazo. Me hago un bicho bolita, pero no puedo evitar los golpes. ¡Cómo duele!
—¡Ahora sí vas a aprender a escucharme, pelotudito!
Y sale de mi habitación. Oigo más golpes y otros chillidos de mamá.
Me arde todo, no puedo levantarme. Veo a Coco y a Pluto también en el piso.
Y veo algo raro.
A Coco...
¿Coco se mueve?
Coco me mira y abre la boca:
—Te tiene harto, ¿no?
Quiero hablar, pero es imposible. El muñeco parece más vivo que yo.
—¿Te gustaría que dejara de pegarles a vos y a tu mamá?
Sólo alcanzo a decir que sí con la cabeza.
—Porque yo tengo la solución.
Miro bien a Coco.
—¿Cuál? —le pregunto. Y me siento un estúpido, como hablando solo. Pero no estoy hablando solo:
—Andá a la cocina, agarrá el cuchillo...
—¿El cuchillo?
—El grandote —interviene entonces Pluto—. El que tu mamá usa para cortar la carne... usaba, mejor dicho; cuando comías carne, tu mamita usaba ese cuchillo.
—El cuchillo grandote —repito—. ¿Y qué hago con el cuchillo grandote?
—Darle a tu papá lo que se merece —dice Coco—. Castigarlo bien castigado. Así no te pega más a vos ni la golpea más a tu mamá.
—Aprovechá —dice Pluto—. Aprovechá ahora, que él no está en la cocina.
Me parece buena idea. Sí, Coco y Pluto tienen razón. Me levanto como puedo y salgo al pasillo. Miro a todos lados. Por los ruidos, papá tiene a mamá en el dormitorio. Los gritos me hacen temblar, pero voy a la cocina.
Tengo que andar con cuidado. El piso está enchastrado de arroz y de agua caliente. Las sillas también aparecen tiradas. Busco el cuchillo en la mesa, pero no lo veo. Camino hasta la mesada. Por poco me resbalo con el arroz, pero consigo sostenerme de la pared. Abro el cajón. No hace falta revolver mucho: el gigantesco cuchillo está ahí, brillando a la luz de la lamparita.
Mamá grita y llora cada vez más fuerte.
Quiero agarrarlo tan rápido que me lastimo el dedo gordo. Duele, pero no tanto como el cinto de papá. Me chupo la herida y otra vez agarró el cuchillo, ahora por el mango de madera, la parte que no corta. Voy al cuarto de mis papás. La puerta está entreabierta. Lo veo pegándole en la cara. A mamá le sale sangre de la nariz y de la boca.
Levanto el cuchillo bien alto, con la otra mano empujo la puerta, entro.
Papá no le va a pegar a nadie.
Nunca más.

Cuando vuelvo a mi habitación, Coco y Pluto me están esperando.
—Lo oímos todo —dice Coco—. Parece que te fue bien.
Veo que todavía tengo el cuchillo. La sangre oscura de papá mancha el piso.
—Te felicito —dice Pluto.
Mamá corre por el pasillo. Oigo que empieza a usar el teléfono.
—No entiendo —digo—. Mamá debería estar contenta. Papá no nos va a pegar más.
—Es que a mucha gente no le va a gustar nada lo que hiciste —dice Pluto—. Acordate que a tu papá lo querían todos.
—Lo importante es que vos y tu mamá ya son libres —dice Coco—. Si los demás te dicen algo, no les hagas caso. Ellos no saben nada.
Suelto el cuchillo, sonrío. Levantó a Coco y a Pluto, los abrazo.
—Pero... —digo de pronto, cuando una idea negra se me cruza—. ¿No era que mamá me quería más a mí que a él?
—Lógico —dice Coco—. Pero a veces hay mujeres que...
—... que quieren más al marido —interrumpo, con el fondo de los gritos de mamá llamando a la policía.
El cuchillo grandote brilla en el piso. Casi me encandila.
—Pasa —dice Pluto.
Coco, pensativo, agrega:
—Pero eso es algo que podés resolver vos solito.
Coco tiene razón.
Es la primera vez que veo las cosas claras con tanta facilidad.
—Ahora vuelvo —digo, agachándome—. Todavía tengo algo por solucionar.

© Matías Orta

 

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