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SI ME HUBIERAS ESCUCHADO

 

Por Eduardo Poggi

Jamás pensé que debería convivir con lo peor de mi vida, mamá.
Miro tu cuerpo en el cajón y pienso: si hubieras asumido otra actitud, todo habría sido tan diferente.
¡Si me hubieras escuchado!
Podríamos habernos evitado tanto dolor, tanta angustia.
Ahora que cumplí los dieciocho, ver tu cadáver me resulta una imagen tolerable. Pero, hace siete años, cuando murió tu Betito, fue distinto.
Distinto por muchos motivos.

 

Aquella vez, el Beto había muerto desangrado. Yo no quería ir. Pero vos, mamá, como siempre, me convenciste a pura paciencia:
—Tenés que ir, Elsa.
—No ma, no quiero. Me da asco.
—Asco de qué, si es Betito.
—Asco, ma.
—¡Vas! Es Betito, tu primo.
Betito para vos, mamá. Para mí: el Beto.
Yo tenía once, y él diecinueve. ¿No te dabas cuenta de esa diferencia?
Cuando me levantaste y lo vi en el cajón, un jugo ácido me subió hasta la boca en una arcada, y vomité.
Igual que cuando lo había visto reflejado en el espejo.
La imagen del Beto en el espejo.
Fue espantoso, mamá. Más espantoso que ver su cadáver.
Pero... ¿cómo contártelo? ¡Cómo decirte lo que había sucedido!
No podía. No me escuchabas. No me creías.
—Embarrate la pollera —me había ordenado el Beto.
—Mamá se va a enojar.
—Dale, ponete barro. ¿Qué te va a pasar?
—Si me pongo, ¿le decís a mamá que vos me lo pediste?
—Claro, tonta, yo le digo.
Todavía hoy me pregunto, mamá: ¿cómo pude obedecerle? La pollera llena de barro. Las manos y la ropa embadurnadas con un fango cremoso. No sabía cómo haría para sacármelo.
Lloraba. Corría con los brazos abiertos por los baldosones que bordeaban la pileta.
—¿Y ahora cómo me limpio?
—Sacate la pollera y lavala en la pileta —me dijo el Beto—. Si no, te van a retar.
—Nene: ¿te creés que soy estúpida?
Entonces, mamá, me fui metiendo en la pileta por la escalerita del borde. El barro ensuciaba el agua que vos acababas de filtrar, la pollera flotaba. Y el Beto ahí, mirándome la bombacha.
—Pero qué pasa, Elsa.
Eras vos, mamá. Vos que entrabas en acción. Mejor no lo hubieras hecho: me sacaste de los pelos —siempre pensé que mis pelos servían para desahogo de los demás—, me diste un bife de revés, sentí los nudillos como cascotes en la cara.
Y, mientras protestabas porque tendrías que lavar la ropa, me desnudaste.
Delante del Beto me desnudaste.
No te puedo explicar lo que sentí. Yo intentaba hablar, contarte todo… y recibía otro revés tuyo, otro tirón de pelo. Sólo puedo decirte que, cuando vi los ojos del Beto tocando cada parte de mi cuerpo, cerré los míos para no ver lo que hacía con la mano en el bolsillo.
En aquel momento traté de sobreponerme. Y ahora... ahora ya es demasiado tarde.
Te miro tendida en el cajón y pienso cómo hubiera sido mi vida si hubiese podido contarte todo, mamá. ¿Te acordás? Aquella vez que marqué la pierna del Beto con una vara arrancada del sauce, fue porque me había levantado la remera y pellizcado ahí. Me había dolido mucho, pero me sentía ultrajada más que dolida. Y vos, mamá, vos no me escuchabas. A veces te odiaba más que al Beto. ¡Cómo pudiste ser tan bruta! ¡Cómo pudiste, mamá, por arreglar unos papeles de mierda, echarme al patio con el Beto aquella otra vez! ¿No te dabas cuenta? Se armó una discusión con el Beto: yo no quería jugar al gallito ciego ni a nada. Y vos, mamá, siempre tan comprensiva, solucionaste la disputa:
—¿No ves que estoy trabajando, Elsa? ¡O jugás con Betito, o salgo!
Entendí ese “o salgo”, mamá. Lo entendí. Por eso jugué a la escondida con el Beto.
Conté despacio hasta veinte en el patio, fui por el corredor buscando al Beto, revisé detrás del filtro de la pileta, detrás del sauce, subí por la escalera de atrás que llevaba a la terraza —habían construido la habitación de servicio—. Abrí la puerta, y lo vi al Beto reflejado en el espejo.
Desnudo. Desnudo me esperaba.
Me agarró del pelo y me tiró al piso. No quise gritar. Por miedo. Miedo a que vos escucharas, mamá.
—Date vuelta, arrodillate y poné las manos en el suelo —me ordenó—. Y mirate en el espejo, perrita, que te vas a divertir.
Me levantó la pollera, mamá. Me bajó la bombacha, y de un empujón llevó mi cuerpo hacia el espejo: mi cara pegó contra la asquerosa imagen reflejada del Beto. Y él atrás, y sentí un horrible dolor entre mis piernas y un líquido caliente chorreándome.
Un jugo ácido me subió hasta la boca, y hubo una arcada y vomité.
No pude evitar un grito.
—Calmate, idiota, que tu vieja te oye.
Me agarró otra vez de los pelos, me giró y caí.
—Chupala.
Otra náusea, y el Beto aprovechó y metió en mi boca esa porquería: una pasta de sangre pegajosa me obligó a vomitar de nuevo.
—¿Dónde estás, Elsa? ¿Qué pasa?
Vos que venías, mamá. Oí tus malditos pasos. Subías por la escalera de atrás, mientras el Beto se iba por la de adelante. Con el dorso de la mano me saqué la asquerosidad que colgaba de mi boca, me limpié en la pollera.
Asco, mamá. Eso sentí. Asco.
Entraste.
—Mamá...
—¡Elsa, qué pasó!
—Mamá, qué asco...
—¡Pero vos sos boba, Elsa! ¡Te viene la regla y te la ponés en la boca!
—¿La qué, mamá? Fue el Be...
—¡Andá a bañarte, cerda!
Me bajaste de los pelos separando tu cuerpo del mío para no mancharte.
—¡Siempre ensuciándote, asquerosa! ¡Siempre manchando la ropa para obligarme a lavar!
¿No te diste cuenta de que aquello no era regla? ¿Te acordás de que me vino un año después? Un año había pasado desde aquel hecho. ¿No te diste cuenta, mamá?
Te odié. Te odié mucho más que al Beto.
Nunca supe cómo, pero siempre pensaba que lo mataría. Y todo, mamá, por no tener tu cariño.
¿Siempre el Beto entre vos y yo? ¿Por qué?
Y, pocos días después, Dios estuvo de mi lado. Se apiadó de mí.
Yo andaba con la bicicleta en la calle de tierra, a punto de entrar por una de las dos verjas del portón: la entornada. Del otro lado venía el Beto gritando:
—¡Yo entro primero, yo entro primero!
Lo viví en cámara lenta. Fui dejando el lugar suficiente para hacerle creer que él llegaría primero. Y Dios lo fue llevando por donde yo quería, y la rueda delantera de mi bicicleta pegó un empujoncito a la puerta, y el Beto terminó incrustado. Incrustado en las puntas de la verja que hacían de tope: una le entró en el estómago, la otra en el pecho.
Clavado quedó. Penetrado. Justa forma de morir.
Su bicicleta cayó a la zanja. Yo me tiré al suelo, y empecé a gritar enloquecida.
Nadie supo qué hacer.
El Beto, colgado de la verja, se desangró como un pollo.

 

Te miro otra vez en el cajón, mamá. Pasaron siete años. Siempre presentí que algo sabías. Por tu congoja. Tu congoja ante mi situación. Pero nunca lo supe con certeza. Y nunca pude olvidarlo.
Por eso me cobijé en vos, mamá. Ahora que el Beto había muerto, yo trataba de conquistar tu cariño.
Fueron, para mí,  siete años de horrenda culpa, de cariños intensos, de pesadillas, de sueños esperanzados, de sobresaltos al escuchar el timbre o el teléfono, de alegría al compartir una compra.
Esperanza. Eso era, mamá. La esperanza de pensar que tu silencio había sido urdido para protegerme. La esperanza de poder, por primera vez, ganarme tu amor.
Sólo me molestaban los espejos que colgaban en cada cuarto, en cada pasillo de la casa.
Pero, al fin, en la última Navidad, todo quedó claro.
—¡Arriba ese ánimo, mamá!
Te lo dije tratando de alentarte, tratando de superar el peso de mi culpa, tratando de conquistarte.
—¡Ay, Elsa! —me dijiste con desconsuelo—. ¡Si supieras que esta congoja me está matando!
Qué alegría sentí, mamá. ¡Sufrías por mí! ¡Por primera vez en la vida sentías algo por mí! Aunque no tenía tu cariño, tenía tu dolor: una forma de acercarte a mí.
Y entonces fue que lo dijiste, mamá:
—¡Si supieras que desde la muerte de Betito esta congoja me está matando!
—Yo te voy a ayudar, mamá. Yo te voy a ayudar.
Y te ayudé, mamá. Te juro: ¡te ayudé! Yo sé cuánto me costó entender que tu vida sólo aumentaría el sufrimiento tuyo y el mío. Al menos, muerta, mamá, vos dejarías de sufrir.
Y yo también.
Ahora te miro tendida en el cajón, y sé que nuestra angustia ha terminado.

 

Ya pasó mucho tiempo. Todo aquello quedó atrás.
Quise vender la casa, pero fue inútil: muchos recuerdos.
Hoy, ya no estoy sola. La casa se ha poblados de gritos, de risas.
Durante la noche, no. Durante la noche impera el silencio, el insomnio.
Pero, con las primeras luces, la casa vuelve a vivir.
Gritos y risas.
Gritos y risas en cada cuarto, en cada pasillo.
Como si los espejos quisieran devolverme la alegría y el gozo, la imagen reflejada y sonriente de Betito me acompaña cada día.
 

Eduardo Poggi , 2009.


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