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 SERÁ DESPUES

Por Jorge Enrique Peredo

 

El cielo revuelto, era una pintura impresionista, densas espirales de azules y púrpuras se entremezclaban dando vueltas en las Alturas, y las nubes grises estallaban en jirones esporádicamente, bajo la furia de los relámpagos. Era noche de tormenta, pero sin agua, la lluvia era de cenizas y sangre. A los truenos se sumaban aullidos de furia, y el entrechocar del acero.

A orillas del gran foso de lava luchaban el caballero y  el ogro, encadenada al obelisco estaba la doncella. Gritando dolorosamente. Sus mejillas empapadas de lágrimas y sangre. Alrededor de ellos, esparcidos por muchas millas, los cadáveres de los soldados de su majestad.

 

Un hachazo del ogro Maak , hizo volar por los aires el Yelmo del paladín. La filosisima hoja alcanzo a rozar su cuello y unas gotas rojas brotaron, se tambaleo por un instante dando la espalda al atacante. Maak no lo dudo ni un momento, levanto el arma por sobre su cabeza, listo para asestar un golpe traicionero. Sus malévolos rasgos se torcieron para formar una sonrisa, 4 hileras de dientes  puntiagudos brillaron entre sus gruesos labios. El caballero percibió el movimiento detrás de el. Todo en cámara lenta como si en esa milésima de segundo tuvieran cabida todos los eones. En un charco de algo innombrable pudo ver su reflejo, sus ojos enrojecidos, derrotados y de pronto en ellos brillo el fuego. El hacha zumbo por sobre su testa, tres negros cabellos flotaron en el viento. El ogro se paralizo y se rasco la sien con el hacha.

-Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh- Sonó el grito, como si las gargantas de todas las huestes se sumaran en una sola voz. Un chorro de algo verde salio de la espalda de Maak, luego el metal azul. Los 20 ojos del monstruo dieron vueltas hasta fijarse sobre un punto borroso, a sus pies. Un hombrecito empuñando una espada de plata, bañándose en sus propias vísceras. Se fue de bruces cayendo sobre el héroe.

El bulto gris permaneció inmóvil durante algunos segundos, hasta que de entre los pliegues de piel inerte repto una mano enguantada en plata, a esta le siguió el brazo y poco a poco surgió de entre la carroña el caballero, bufando, casi llorando. Se puso de pie, cojeando se dirigió hacia su  princesa.

 

En los hermosos pero maltratados rasgos de la damisela casi podía vislumbrarse un esfuerzo por sonreír, las lágrimas seguían fluyendo. El caballero dio algunos lastimeros pasos, la cabeza gacha, su cabello chorreando. Se detuvo en vilo justo frente a ella, elevo la espalda y de un certero mandoble quebró las cadenas que la retenían, dejo caer el arma y la sujeto en sus brazos antes de que se derrumbara.

-Te amo.-Dijo el.

-Ni siquiera la maldad mas absoluto puede separarnos.-Fue la torturada contestación.-Y murió.

El caballero estaba en cuclillas sosteniendo entre sus manos la cabeza de su amada, sin dejar de acariciar sus cabellos, maldiciendo a todas las deidades. Sus labios se posaron suavemente en aquella tersa mejilla, y expiro. Así el asesino de niños llego a su fin llevándose entre sus garras a las más hermosas criaturas de la creación.

 

 

Adalberto Meza despertó súbitamente, con algunas imágenes frescas de espadas y castillos, el teléfono sonaba estridentemente.

-Ya voy, ya voy chingada madre.-Rumio mientras se ponía de pie. Se calzo las pantuflas y cruzo el pasillo. Su panza cervecera rebotaba con cada paso, levanto el auricular enfurruñado.

-Que?!

-Adalberto.-Era la voz de una mujer, quebrada. Ahogada por el llanto. Aguda y carraspeante.-Lucita, mi hija ha desaparecido.-El hombre reconoció de inmediato la voz de su vieja amiga Queta, y una garra de hielo le oprimió el corazón. Se olvido por completo de que estaba adormilado y todos sus sentidos detectivescos se afilaron.

-Calma, dime que paso.-La mujer dejo de hablar por unos segundos, Adalberto frunció el ceño  al escuchar el sorber de mocos.

-Esta.Esta noche, ella estaba aquí.Veíamos las telenovelas, bien a gusto.Se fue a dormir y beso mi mejilla.-Se detuvo, interrumpida seguramente por un nuevo ataque de llanto.

-Vamos mujer dime que sucedió.

-Escuche un ruido que me saco del sueño.Terrible.Corrí apresuradamente a la habitación de mijita.Y ya no.Ya no.Ya no esta! Vidrios y sangre! Su voz.La escuche, un grito lejano, desesperado.

-Hace cuanto sucedió esto?! Dime! De prisa!

-Hace solo unas horas.

 

El tintineo de las cadenas, era omnipotente en la oscuridad del sótano. Las cadenas y dos respiraciones, una pesada y maligna, la otra frágil, desesperada. Una rata chillo cuando una pesada bota le piso la cola.

Algunos cabos de vela brindaban una malsana iluminación, las paredes estaban tapizadas de recortes de periódicos y fotografías. "El  Ogro ataca de nuevo" Se leía en un encabezado. "Cadáver de pequeña degollada fue descubierto" Rezaba otro. "La cabeza ha sido encontrada" y

Asi.Las fotos eran un testimonio aun más crudo de estos horrores.

 

El  Ogro se paseaba desnudo entre los cadáveres colgados de sus victimas, palmeándolos de vez en cuando y riendo divertidamente. En su mano izquierda empuñaba un desarmador, lo aventó y lo sujeto con la otra. Lucita estaba en una vieja silla, atada con alambre de púas, con cinta aislante sobre su boca, sus cejas torcidas de angustia y sus ojos brillando de miedo, mas y mas abiertos con cada paso del Ogro. Incapaz de razonar correctamente había intentado soltarse las muñecas mediante la fuerza, sangraba profusamente.

El ogro se detuvo frente a ella en toda su corpulencia, su colgante panza estaba manchada de rojo, un atisbo de su boca chorreante.Lucita apretó los parpados, una bofetada le hizo ver.

-Mírame cuando te hablo putita.-Con dulzura-Se puso en cuclillas y apoyo las manos en sus rodillitas.-Las niñas maleducadas no se van al cielo.Si sabes lo que es el cielo, verdad pequeña?...Contesta cerda!-La golpeo con el puño. La niña intentando chillar asintió con un gesto, estaba amordazada-Así esta mejor bonita.Las personas buenas cuando mueren van al cielo con diosito.Pero yo no se si tu puedas ir. Cuando te clave esto en el cuello.-Jugueteando con el desarmador frente a la atormentada mirada.

 

-No te preocupes la encontrare.-Dijo con toda seguridad Adalberto.-La respiración de la mujer al otro lado de la línea pareció tranquilizarse.

-Gracias-Y colgó.

  Adalberto corrió hacia su habitación, se puso unos pantalones viejos y una camisa blanca raída,  se olvido de los calcetines y  metió los pies toscamente en los zapatos, en el camino hacia la puerta se puso una gabardina negra y sobre su cabeza un sombrero de ala ancha. Antes de salir se detuvo frente a uno de sus cuadros, heredado de generación en generación; un apuesto guerrero luchaba contra pavorosas criaturas en un paisaje urbano medieval.

-Ni lo pienses.-Se dijo así mismo.

Afuera llovía torrencialmente, las obesas nubes detenían a la luz nocturna. Adalberto miro hacia arriba y refunfuño, dio largos pasos hasta llegar a su auto, un vocho destartalado. Abrió la portezuela y se metió a los trompicones, su respiración era una onda blanca y helada. Refunfuño una vez más y arranco.

-Al  Barrio de San Luz.-Si lo pensó y lo hizo, obedeciendo a sus instintos detectivescos.

 

La punta de metal presionaba contra la yugular de la pequeña de 12 años, la boca del ogro estaba muy cerca de su cara y el aliento fétido calentaba su mejilla, se metía en su nariz y ardía en su sistema respiratorio. Así habían estado durante largos minutos, el instrumento girando y girando levemente sin  llegar a perforar la piel. Lucita apretó sus parpados con fuerza durante un segundo y sus pupilas regresaron con una luz de esperanza. El ogro lo noto y su sucia sonrisa se desvaneció.

Arranco con furia la mordaza que había puesto a la niña.

-Dime que tramas, ranita sucia? Vamos dile al tío Badayo, lo que hay en tu cabeza.

-Tu no eres mi tío.Adalberto lo es. El vendrá a salvarme.

-Adalberto?-Soltó un par de carcajadas.-Crees que el ciclo puede ser interrumpido? Siempre será la muerte muñequita fea y esta vez.Nadie me detendrá.Yo, su sirviente continuare esparciendo la plaga Y todos los tiernos retoños del señor serán tronchados por mis manos, la dulce sangre nunca dejara de alimentarme.

Lucita no escuchaba, intentaba llenar su mente con cosas más bellas, repasaba una y otra vez el cuento del tío Berto, el de la atormentada princesa y el apuesto caballero que la salvaba.

-Eso crees? Eso te dijo..No.Estas muuuy mal.-Su garganta emitió un gorjeo, su cuello se tenso y su boca disparo, la flema callo sobre la mejilla de la niña.

- Flemas es lo que merecen los sueños. Tu sobre todas las cosas deberías de saberlo. Tu vida se ha vuelto muy corta, no hay lugar para ellos.Y sabes? Aun así, haré todo lo posible para que no se hagan realidad.- Se alejo, sumergiéndose en las sombras, el eco lo siguió como una cola. Lucita logro escuchar unas palabras difusas provenientes del fondo de la habitación.

-.Viene hacia acá.

-Ordene.

-.Vivo.Pueden mayugarlo un poco.

Las huestes del ogro estaban listas para el ataque.

 

Los faros del auto proyectaban un río de luz distorsionada sobre el asfalto mojado. Era difícil ver nada, con cada metro las calles se volvían mas torcidas y las sombras de los edificios se iban cerrando amenazadoramente. La electricidad que Adalberto había empezado a sentir en su espina, era ahora una corriente de miles de voltios. Abrió la guantera, tanteo con su mano el interior; metal,  no, no buscaba la pistola.Un envoltorio de papel, si, eso era. Tomo un cigarrillo y se lo puso entre los labios, no lo encendió porque estaba bastante enfermo del corazón y fumar le hacia daño , aun así necesitaba relajarse, mantener sus sentidos alerta, así lo lograba. Siguió manejando, ya no podía ver nada, todo era la misma pasta negra.

Una fuerza invisible impacto el automóvil, la cabeza de Adalberto latigueo estrellándose contra el volante, un hilillo rojo empezó a fluir, la  lluvia de cristales cayo sobre el. El vehículo se detuvo en seco. Humo, chispas, calor. Callejón sin salida. Adalberto reacciono de inmediato, se despabilo y se presiono la herida con un jirón de su gabardina, en ese momento el rugido corto el silencio. El susurro de una bestia proveniente de todas direcciones, resplandores rojos y azules iluminaron la escena; era un callejón sin salida. Las motocicletas habían aparecido de la nada. Sus jinetes,  encorvadas imitaciones de hombres, embutidos en cuero negro clamaban la sangre. La mano derecha de Adalberto se arrastro temblorosa, hasta encontrar  la guantera, tomo la pistola. Con la mano libre intento abrir la portezuela, estaba atorada. La primera bala rozo su oreja,  estrellándose en el asiento, el relleno voló por los aires haciendo piruetas. Desesperado dio una patada al azar sintiendo el roce de las balas en cada palmo de su piel, la portezuela salio volando. Repto para escapar, disparando sin control, dio un giro en el asfalto deslizándose por debajo del auto  y se coloco en el lado opuesto, utilizándolo  como trinchera. La banda sonora era la del plomo. "Ping! Ping!" Sonaban las balas contra el metal. El detective dejo de atacar, bajo la cabeza y la mantuvo escudada, la agresión no se detuvo. Era incapaz de ver,  mas todos sus sentidos eran muy agudos. Su oído siguió la trayectoria de cada uno de los disparos, de cada paso. Se puso de pie de un salto y jalo el gatillo 4 veces en un mili segundo. El cráneo de uno de los atacantes reventó, el pecho de otro comenzó a sangrar, de otra cabeza salio volando un ojo, y un cuello lanzaba chorros espesos, los 4 bailaron la misma danza, al mismo ritmo y cayeron juntos. Ahora solo había dos de ellos, cruzaron miradas y dispararon nada, se habían quedado sin municiones. No importo, tiraron las pistolas y tomaron un par de escopetas de alto calibre que llevaban en las motos-Ya no querían simplemente dañarlo sino dejarlo sin piernas, sin brazos, con los intestinos arrastrando y aun vivo- Lo que quedaba del carro se desmorono bajo los poderosos impactos, las llamas anaranjadas enfurecieron,  un perro chillo dolorosamente, mas de Adalberto nada. Después de unos minutos de furiosa metralla, los secuaces ya cansados, abandonaron. Con pasos confiados, se dirigieron al armazón flameante.

-Si esta muerto? El amo nos destripara.

-Si es así.Mejor nos suicidamos. La neta no hay bronca, ese porquería ya pago por nuestros herma.

-Mejor pagame con tu hermana pendejo.-Dijo una voz a sus espaldas. Su boca se partió en dos, los dientes volaron en todas trayectorias, los ojos en blanco, los rasgos congelados en el dolor. El otro empapado por su hermano, se dio la vuelta aullando para toparse con el cañón de un arma entre sus cejas, y la mirada  intranquila de Adalberto.

-Yo no perdono.

-En el calor del infierno...-La vida del esbirro.-Espera-.Fue cortada.

 Las palabras y las imágenes se arremolinaron en la conciencia de Adalberto, dándole la nueva pista.-Calor, Acero, Fosos, El infierno, Fuego.

-La vieja fundidora.-Murmuro.-Se dirigió con pasos cansados hacia una de las motocicletas.-Ya no estoy para estas cosas.-Farfullo-Encendió el vehículo, arrancando raudamente.

 

 

Los engranes rechinaron mientras la niña se alejaba del suelo, la cadena oscilo de un lado hacia el otro. Los deditos de sus pies se movían desesperados en búsqueda de algo firme. Ardientes chispas empezaron a tocar su piel, mientras la grúa la balanceaba sobre el acero fundido. El Ogro manejando las palancas del mecanismo lucia muy divertido como si estuviera jugando con una maquinita de pinball. Finalmente detuvo el descenso dejándola suspendida a unos cuantos metros.

-Como te sientes linda? Que tal el calorcito?-Se mofo..-Como eres mala, te ahorrare el largo viaje al infierno.

Lucita intento no mirar. Sus pies empezaron a arderle, así que finalmente volteo hacia abajo. En sus pies surgían ampollas que reventaban y volvían a salir, una tras otra, el dolor subio  por sus nervios como un enjambre de hormigas carnívoras.

-Ambos.Si los dos, por fin sumergidos en la muerte eterna y a mis pies.La esencia de la vida se doblara ante mi, y el universo será testigo de cómo el amor se inclina ante la muerte.El amor desaparecerá, y yo perpetuare.

La luz que se filtraba por el ventanal se veía sucia, distorsionada y de pronto fue clara, la marejada de cristal reventó contra el suelo, una sombra en movimiento se proyecto sobre el Ogro.

La moto aterrizo con un chirrido. Una silueta humana salto y de su mano surgieron balas, manchas rojas crecieron y desaparecieron en el aire. El ogro se tambaleo,  Adalberto soltando el arma se acerco seguro, soltó un poderoso golpe y le volteo la cara.

-Ah estas aquí.-Gorgoteo el ogro entre la sangre que salía de su boca.-Detente, es tiempo del acero.Adalberto detuvo sus golpes, de pronto todo estuvo claro.

-Amor mío-Surgió una nueva voz de la garganta de Lucita.-Matalo.-Un grito-Hazlo pagar!-Y toda la furia  reencarnada de la princesa, salio a la luz.

El caballero abandono en ese instante su carne vieja y cansada,  y lo que había estado dormido se convirtió en renovado poder.

-Olvídalo.-Adalberto asesto un poderoso cabezazo en la cara del ogro, partiéndole el puente de la nariz. El Ogro se tambaleo, llevándose las manos a la cara, un fluido verde resbalo entre sus dedos.

-Que paso con el honor?-Dijo con voz chillona.-Con la nobleza.?

-Son otros tiempos. he aprendido. nuevos trucos.-Su respiración estaba muy acelerada, habían sido demasiadas emociones para el.Metió la mano en el bolsillo de su pantalón buscando algo, se distrajo. Un puñetazo en el estomago le saco el aire, el bote de píldoras salio volando y luego tintineo contra el suelo metálico, giro y giro. Adalberto callo de rodillas tembloroso, tanteando el suelo, buscando su medicina en vano, alejándose, girando. La grúa empezó a chirriar, gritos agudos, desesperados.A unos centímetros de las llamas. Adalberto tosía, apretaba su pecho, era un espíritu joven y valiente, lo malo era el cuerpo anciano.

El Ogro, olvidándose de sus heridas, reía a voz en cuello, blandiendo en el aire una gigantesca hacha, cada vez más cerca de su enemigo. Pequeñas llamas se prendían de las ropas de la princesa. La crispada mano del Caballero se arrastraba en vano. La sombra de la muerte se proyecto sobre su cuello. Encontró lo que buscaba. El acero corto el aire. La princesa aulló cuando el calor abrió su piel. Era ya demasiado tarde para medicamentos-Sesos desparramados-Mas no para las balas. Milésimas de segundo antes de que el filo penetrara el músculo, Adalberto jalo el gatillo y puso su última bala justo entre los ojos del Ogro.

-Rrrrup.-Gorgoteo el  Ogro y se fue de espaldas.

- Amado mío.Salvador.- Dijo la princesa, olvidando por un instante del dolor, segura de su rescate. El Caballero se puso de pie trabajosamente sin dejar de oprimir su corazón, se dirigió al panel de control y detuvo la grúa.

-Es- s -s -stoy muriendooo.

-Te esperan los placeres de la realeza.

-No, es-taremos jun-tos.-Reactivo la maquinaria.

-Que haces.Mi amado? Tío Berto?!-El acero fundido toco sus piernas.-Ya no pudo hablar, su voz se convirtió en un prolongado alarido que se intensificaba conforme se sumergía. Adalberto intentando no escuchar dio algunos cansinos pasos hasta llegar a orillas del foso ardiente, del que sobresalían 3 deditos. Una duda comenzó a torturarlo; había segado una vida inocente? O había salvado su amor? Con esto en mente, salto.

-Será después. 

(c) Jorge Enrique Peredo

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