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SANGRE DE FAMILIA

por Carlos Sariñana


Después de toser un par de veces, suspiró. El bisturí cortó suavemente y sin dificultad el tejido para abrir una limpia herida por el frente. Una fina línea separó la carne en dos, pero nada salió por ahí; hacía varios días que el alma había escapado por otra herida, aquella provocada por algún novedoso juguete de baterías. La piel del cadáver, que ahora parecía un trozo de cuero teñido en lila, no se manchó de sangre.
León Azcona suspiró de nuevo y dejó la navaja sobre la mesa de disección. Lentamente se volteó, y dio la espalda al muerto. Una camisa de un horrible color amarillo estaba hecha bolas sobre un banco metálico. La tomó y la extendió frente a él. La espalda estaba casi cubierta por una mancha seca de color marrón, en cuyo centro la camisa estaba rasgada. Con manos temblorosas metió sus dedos índice y pulgar en la rasgadura, y tiró. Luego jaló hacía un lado y arrancó un trozo de tela. Con los ojos cerrados, se metió el tieso pedazo de fieltro a la boca, y sin masticar, tragó. La voluminosa manzana de Adán al frente de su cuello subió con rapidez, se mantuvo quieta por un momento, y luego bajó con la misma velocidad.
Con un amargo sabor a óxido en la boca, León dejó caer su delgado cuerpo sobre el banco, con los ojos como en profundo sueño. Sus largos brazos colgaban exageradamente; sus nudillos casi rozaban las frías losetas del anfiteatro. Su espalda se encorvaba hacia adelante para formar un doloroso arco, y su cabeza colgaba pesada hacia el frente. Las lámparas que pendían del techo reflejaban su luz amarilla sobre la calva de León, mientras que su bata azul tomaba un verdoso tono. Así, pálido y en incómoda postura, no parecía tener diferencia alguna con el hombre recostado en la plancha.
Sólo que León aún podía sentir dolor. Y vaya que lo sentía. Su cuerpo era una enorme bolsa de males. Si uno metiera la mano por su garganta -si su lengua no estuviera tan hinchada y abultada-, podría sacar cualquier enfermedad al azar. Cualquier infección, todo tipo de cáncer. En su interior se llevaba a cabo una terrible batalla: un obsceno Caballo de Troya cuyos soldados eran quistes y tumores que peleaban entre sí, en busca de un espacio para crecer. Y por lo general eran los órganos de León los que perdían. Los trozos de masa gris que eran escupidos en cada arranque de tos, la sangre amarillenta que vomitaba, la viscosa gelatina esmeralda que quedaba en el fondo del escusado: todos vencidos en el campo de batalla. Los ganadores ocupaban el espacio libre y seguían su lucha.
Un repentino ataque de tos sacudió el cuerpo de León. Sus ojos se abrieron. Sus dedos golpearon el suelo para luego recogerse en un puño. Sus piernas se sacudieron y su espalda se enderezó. Con pereza, León miró a su alrededor. Un sitio oscuro y frío: el adecuado mausoleo para los cuerpos que ahí se guardaban. Algunos intestinos colgaban de básculas como chorizos en un mercado; un mercado en donde el aroma a frutas se sustituía por una desagradable mezcla: olor a cloroformo y hedor a putrefacción.
Pero no era la muerte lo que molestaba a León; él ya era parte de ella aunque ésta lo rechazara. No, no le molestaba la muerte. Lo que le carcomía el alma, como la gangrena le pudría la carne, era la envidia. Envidiaba a cada muerto que llegaba a la morgue, a cada cuerpo que burlón le mostraba el descanso que él nunca tendría. Aún cuando su cuerpo dejara de funcionar, podría sentir el dolor agónico de sus extremidades inmovilizadas, de sus ojos al secarse, de su anatomía en descomposición. Sentiría el arrastrarse de los gusanos cavándole túneles en el estómago...Y aún así seguiría vivo, pues León Azcona era un vampiro.
Durante sus primeros cuatro meses de infección, varias cosas lo hicieron soportar el hambre: su educación cristiana, su cobardía, la depresión al ver su vida deshecha y sus sueños derrumbados. Había resistido a las atroces peticiones de su cuerpo, que por medio de agónicos espasmos demandaba comida. Su paladar aún recordaba el salado sabor de la orina que constituyó su alimento durante ese tiempo. Su metabolismo tomó los pocos nutrientes que aquel líquido ofrecía, y se aferró a la vida para mantener a León en su actual estado. Ahora se alimentaba de lo que podía sacar a los cadáveres: sangre seca que raspaba de las heridas o que aspiraba por las arterias. A veces, si el cuerpo estaba todavía fresco, podía exprimir algunas gotas...
Con un rechinar de vértebras y un crujir de tobillos, León se puso de pie y caminó despacio hasta una plancha de acero. Sobre ésta descansaba una bolsa negra de reducido tamaño, la cual examinó. Debía tratarse de un niño, y a juzgar por la fecha en su etiqueta, todavía debía estar fresco. Paseó la lengua por sus resecos labios, y con nervios abrió el paquete. Un golpe de aire caliente salió a su encuentro y le acarició los labios a manera de saludo. De la bolsa se asomó el rostro sin piel de un hombre que mostraba grotescas facciones de músculo quemado. Con ambas manos, León abrió la bolsa para mirar el resto. Al igual que la cara, el cuerpo del cadáver estaba severamente quemado. Al tronco le habían sido arrancados tanto brazos como piernas. De los hombros salían pedazos de hueso ennegrecido y tendones achicharrados, y la parte inferior del tórax estaba cubierta por una gruesa costra de sangre quemada. León miró la cara de nuevo y trató de imaginar el aspecto que habría tenido en vida. Y lo que imaginó lo llenó de terror; el rostro que su mente construyó trajo consigo sentimientos de odio y de tristeza. Con coraje trató de quitar la piel que su imaginación había colocado, pero la imagen permaneció en su cabeza. Ahí, cojo, manco, asado y empaquetado frente a León, estaba Fernando Lepé.

Con esta imagen, la mente de León dio media vuelta y viajó en espiral por el tiempo, hasta aquel día en la feria en que pensaba proponerle matrimonio a su antigua novia, y último día que la vería.
Nunca había subido a una montaña rusa -unas cuantas vueltas en el carrusel eran suficientes para revolverle el estómago-, pero ahora su memoria subía y bajaba velozmente por uno de estos paseos. León oía el rechinar de los fierros y sentía el paso del viento por la piel de sus mejillas. Después de pasar por una cerrada curva y de desplomarse por una muy inclinada pendiente, el carrito se detuvo. Sólo que no había carrito.
León estaba de pie frente a una carpa de coloridas franjas. La feria que hasta hacía unos momentos estaba llena de gente, de pronto se había vaciado. Su novia había ido a buscar un baño, por lo que León estaba solo frente a la tienda de lona. Miraba con detenimiento las grotescas pinturas que adornaban la entrada a la carpa. El retrato de un hombre que decía escupir fuego; de una asquerosa mujer cuyo rostro estaba cubierto por una gruesa capa de vello; de un joven que podía tragar espadas, y otra media docena de rarezas.
"Hombre curioso, ¿eh? ¿Le gustaría echar un vistazo adentro?"
León no había visto al hombre que ahora le hacía la invitación. Vestido con un largo saco de color magenta y un ridículo sombrero de copa, el merolico que mostraba los fenómenos de la carpa apuntaba su largo bastón hacia él.
"Le aseguro que no hay trucos, mi amigo. Todo lo que sus ojos ven es totalmente real," continuó, al tiempo que dibujaba una falsa sonrisa en los labios. El delgado bigote enroscado que brotaba de debajo de su nariz aguileña hacía su gesto aún menos amistoso.
León no se sentía a gusto con este hombre. Con nervios miró hacia atrás, con la esperanza de ver a su novia. Pero la feria estaba en completa soledad.
"Estoy...estoy esperando que..." Sus ojos encontraron a los del merolico, y comenzó a sentir una gran curiosidad. "Estoy esperando a alguien." Pero su mente ya no recordaba a quién. Sólo pensaba en las horribles pinturas de la carpa. Su novia desapareció entre los pelos de la mujer barbona; fue tragada por el Come-espadas.
"Fernando Lepé, mucho gusto." El hombre se había acercado a León y estrechaba vigorosamente su mano. Su piel era tan fría como su sonrisa. El Sr. Lepé separó entonces dos pedazos de lona y abrió la entrada a un costado de la carpa. "Pase, por favor."
León podría descubrir los trucos. No le agradaba el Sr. Lepé, y encontraría sus trucos. Desenmascararía al sonriente charlatán. Con este propósito entró a la Carpa de Fenómenos.
Y al hacerlo se convirtió en uno. El chivo con el cuerno de plástico en la cabeza, la contorsionista que podía meterse en una pequeña pecera, el hombre más delgado y el más gordo, el más enano y el más alto: todos fueron testigos de lo que sucedió. Mientras León admiraba las maravillas que se le presentaban y trataba de encontrar sus secretos, el merolico lo tomó de los hombros. Muy tarde se dio cuenta de que el Sr. Lepé también era un fenómeno, y muy tarde se percató de sus intenciones.
León Azcona despertaría tres horas más tarde, solo, mordido e infectado.

En el anfiteatro, Fernando Lepé abrió los ojos. "¿Llegué ya al Infierno?"
Durante su larga vida había tratado de imaginar este lugar. No porque quisiera visitarlo, sino porque sabía que si algún día fallecía, ahí es a donde seguro iría a parar. Quería estar preparado. Pero su imaginación nunca le anticipó lo que ahora veía. Aquí no había calor, ni llamas para producirlo. No había ganchos, ni cadenas, ni aparatos de tortura. Las cavernas que en su mente dibujó no eran más que paredes de mosaico amarillento, las estalactitas solo lámparas que colgaban de un techo no rocoso.
"Tú...," el Diablo lo llamaba.
León había retrocedido dos pasos cuando Lepé despertó, pero no tenía miedo. Todo parecía llegar a esto: la feria, los fenómenos y la mordida. La pérdida de su amor, de su vida y de su humanidad; la soledad y la tristeza que había sentido desde aquella noche. Las horas que había pasado llorando en el sucio baño de alguna cantina mientras esperaba con su frasco de cristal; las miradas de asco mientras bebía, y los favores con los que pagaba el sustento. Y ahora el clímax. Todo llegaba a este momento.
"El merolico..."
Sus ojos tardaron un poco en enfocar a León, pero cuando la imagen fue lo bastante clara, Lepé se dio cuenta de su equivocación. Este no era ningún demonio. Aquel frágil y enfermo cuerpo no podía ser el Amo de las Tinieblas. Si hubiera sido un ángel caído, seguro no se hubiera levantado.
"Tú no eres el Diablo."
León lo miraba en silencio.
"¿En dónde estoy entonces?" Lepé trató de sentarse para reconocer el lugar, pero las piernas no le respondieron. Primero pensó que estaba atado, pero cuando tampoco pudo sentir sus brazos comenzó a recordar. Recordó un pequeño pueblo, Del Carmen, y a sus habitantes. Recordó la persecución, las antorchas y los machetes. Y recordó el error que habían cometido. No lo mataron; no estaba...
"No estás muerto."
Lepé miró al falso Satán. "Sí, lo sé." Campesinos estúpidos. No recordaba ninguna estaca.
El frío que sentía León era expulsado por su mirada. "Pero quisieras estarlo."
Una intensa rabia invadió a Lepé al escuchar las palabras del hombre de la bata azul. Rabia porque tenía razón. ¿De qué le servía ahora ser un vampiro, si le habían quitado brazos y piernas? ¿Para qué querría convertirse en lobo o en murciélago, si no tendría alas, si no contaba con patas para echar a correr? ¿Y de qué le serviría volverse humo si al recuperar su mutilado cuerpo caería como costal al suelo? ¡Malditos campesinos!
Miró a León, enfurecido. "¿Y quién diablos eres tú?"
León se acercó, tomo con ambas manos la bolsa que contenía a Fernando Lepé, y la sacudió. Lepé gimió casi en silencio.
"¡¿No sabes quién soy?!" La velocidad con la que León sacudía la bolsa iba disminuyendo. "¡Mírame!... ¡mírame... ¿no me reconoces?! ¡Tú me hiciste, maldita sea!" Se detuvo y miró fijamente el rostro del hombre embolsado. "Tú me hiciste lo que soy ahora." Soltó la bolsa y la cabeza de Lepé golpeó el metal de la mesa. León dio media vuelta.
"¿Que yo te hice? Me revuelves el estómago. Ningún hijo mío andaría como tú..."
Al escuchar esto, León volteó ofendido. "Yo no soy tu hijo."
"¡Claro que no! Si lo fueras, estarías en la calle alimentándote, no aquí dentro como un cadáver más."
"¡Pero eso es lo que soy!... ¡Los dos somos cadáveres!" León respiró profundamente mientras Lepé lo observaba callado. "Antes de esto, yo tenía una vida. Tenía sueños. Ser un gran médico, casarme, tener una familia. Me creía invencible, imparable... ¡Y tú me quitaste todo!" El enojo que había sentido momentos antes regresó. "¡Me quitaste la vida, maldito!"
León empujó la mesa de disección, volteándola y mandando el cuerpo de Lepé al suelo.
Dos quejidos hicieron eco en el anfiteatro: el del hombre que golpeaba el piso y el del hombre que lo tiró. León se recargó en un estante: tal despliegue de fuerza le había causado gran agitación, e intentaba recuperar el aliento. Su pecho amenazaba con estallar y su cabeza palpitaba con escándalo.
De pronto, unas carcajadas.
El que reía era Fernando Lepé, quien estaba recostado boca abajo junto al mueble volteado. Su deforme cuerpo se estremecía con cada risotada. "¡Vaya! Parece que sí llevas algo de mi sangre dentro de ti..." Mostraba una sonrisa en su chamuscado rostro.
León cerró los ojos al escuchar a Lepé. Por supuesto que llevaba su infecta sangre dentro. Era como un gordo gusano que se arrastraba por sus venas, hinchándolas a su paso para recorrerlas mejor; una lombriz que iba alimentándose con velocidad de las últimas gotas de sangre humana que su débil corazón alcanzaba a bombear. Muchas veces, cuando sostenía en la mano el bisturí, León deseaba abrirse una muñeca, para que cuando la oruga de Lepé saliera por la herida y cayera al suelo, la pudiera pisotear y aplastar con la suela de su zapato. Abrió los ojos de nuevo y vio a Lepé tirado, su cuerpo sin extremidades semejando al del gusano que León imaginaba cavándole las arterias.
"¡Qué suerte la mía!" Lepé levantó la cabeza para mirar a León "¡Y qué afortunado eres tú también!"
León caminó hasta el bulto que era Fernando Lepé, incrédulo. "¿Qué dices?"
"Es el destino, ¿no lo ves? El destino nos puso aquí, juntos, para que nos ayudemos. Los dos." Lepé hizo una pausa aquí. Sus ojos brillaban como habían brillado aquel día en la Carpa de Fenómenos. "Después de todo, somos familia."
León pateó con fuerza al merolico, quién resopló un gemido al vaciársele los pulmones. Levantó el pie para asestar otro golpe, pero un calambre detuvo a León. Tropezó unos pasos hacia atrás y fue a recargarse contra una pared.
"No voy a hacer nada por ti."
"Oh, vamos. Me ofende lo que dices. No es todo para mí, te lo aseguro." Lepé hablaba con la misma pericia que convenció a tantos de entrar a su carpa. "Yo también te puedo ayudar. Piensa en todo lo que podría hacer por ti..."
León se llevó las manos a las orejas. No quería escuchar al merolico; ya una vez lo engañó, y era suficiente.
"Puedo ayudarte a sanar, y a salir de este asqueroso lugar. Te enseñaré a cazar, a buscar tu alimento..."
Las palabras de Lepé se filtraban por entre los dedos de León, por mucho esfuerzo que éste hacía por mantenerlas fuera.
"¡A ser como yo!"
Al dejar pasar esta útlima frase, los dedos de León se doblaron para formar puños.
"¡Yo no quiero ser como tú! ¡Es lo último que quiero en este mundo! ¿Qué es lo que puedes enseñarme? ¿A matar? ¿A ser un asesino?" León se acercó un paso a Lepé, y se detuvo. "Pues olvídalo. Nunca pedí nada de esto, pero, generoso, me lo diste sin preguntar. No quiero nada más de ti. Sólo quisiera morir."
Lepé esbozó una enorme sonrisa. Sus ojos estuvieron un momento fijos en León, y luego voltearon hacia el muerto que yacía sobre la plancha. Unos segundos, y de regreso a León.
"Dame lo que necesito, y te prometo la muerte que tanto anhelas."
León cerró los ojos un instante, y suspiró. Caminó a una gaveta, y sacó un nuevo par de guantes quirúrgicos. Estaba agotado, pero tenía muchas cosas por hacer. Al terminar podría descansar...

Dos semanas después, Lepé caminaba a tropezones por una oscura callejuela. Ya se había acostumbrado al nuevo peso de sus piernas, y el tamaño de sus brazos ya no le hacía perder el equilibrio, pero algo estaba muy mal. Había intentado ocultar el asqueroso hedor que producían sus extremidades con talcos y lociones, pero el olor no podía disfrazarse. Sus víctimas eran alertadas por el olfato y escapaban cuando Lepé aún estaba a metros de distancia. Los dedos de sus manos ya no apretaban, y eran incapaces de detener al niño más débil, al anciano más borracho.
Un tobillo se le dobló, y Lepé cayó de bruces sobre el pavimento. Quedó ahí tirado, pues sus manos no tenían la suficiente fuerza para levantarlo, y sus pies apenas podían moverse. Era como si estuviera de nuevo en el suelo del anfiteatro, como si otra vez fuera un tamal anclado al suelo.
No debió haberlo matado. León había cumplido a la perfección su parte del trato. Con quirúrgica maestría separó brazos y piernas al tronco de un cadáver, y cuidadoso las cosió al cicatrizado cuerpo de Lepé. Luego se había sentado paciente a esperar recibir su parte. A las pocas horas de la operación, Lepé ya estaba de pie. Sus recién adquiridas piernas se sentían fuertes, y los brazos llenos de vitalidad. Pagó a León sin dudar y con rapidez: un bisturí al corazón y luego la decapitación. Pero debió haber sabido que esto pasaría.
La poderosa sangre del vampiro no había logrado detener el proceso de descomposición de las extremidades. Las venas de los brazos no fueron engañadas por la sangre ajena; las piernas no olvidaron su muerte y se rehusaron a permanecer resucitadas.
Ahora estaba enmedio de un poco transitado callejón, a unas cuantas horas del amanecer. Tal vez alguien lo encontraría antes de que saliera el sol. Podría hacerse el muerto y esperar ser llevado a alguna morgue. Con algo de suerte, hallaría a algún familiar...

(c)Carlos Sariñana

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