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EL DULCE Y ENGAÑOSO SABOR DEL AMOR

Por ALEJANDRO MARIATTI



Ella se había dejado llevar con algo de inocencia. Era suave, fresca y felina. No caminaba, se deslizaba. Sus labios como dos frutillas maduras cada tanto dibujaban una sonrisa, asintiendo a mis expertas proposiciones. En definitiva, esa misma noche la lleve a mi cama. Comencé como se debe con una niña tan deliciosa, con la delicadeza de una hoja mecida por la brisa en un estanque. No había resistencias, pese a ello fui abriendo delicadamente sus llaves, demorándome en cada rincón de su cuerpo. Ella se fue incendiando, retorciéndose en gemidos, dejando la dulzura y sudando salvajismo, ardía para mí y así me recibió.

Visto desde afuera, cualquiera hubiera podido pensar que ella se partiría en dos, no fue así. Se adaptó a la perfección, sincronizada se amoldaba a los golpes rítmicos de mi cuerpo. Yo sentía ya despertar "La Fuerza" en mí. Sabía que vendría, para eso la había traído a la quinta en Escobar.

El fuego volcánico iba subiendo por mi columna, pronto sucedería lo que sabía. Ella se agitaba gimiendo, se abría invitándome. Yo golpeaba con mayor salvajismo, sin piedad. El fuego de "La Fuerza" ya estaba al borde del estallido y ella seguía gritando frenética, ahogada en su placer, quería más y entonces ... el fuego completó su camino por la columna. ¡Estallando en mi cerebro! Reventé en aullidos sobrehumanos, arqueado, clavado en ella, la invadía con el derrame de mi fuerza, debía completar el círculo de fuerzas, debía cerrar el círculo. Su cuello estaba palpitando ansioso, listo. Me lancé aullando y cerré mis mandíbulas sobre él, mientras seguí embistiendo su cuerpito con mis movimientos taladrantes, derramándome y recuperando esa energía de su cuello, ella a su vez se derramaba en mi boca cerrando el círculo de energía. Atenazó apasionada sus piernas en torno a mi cintura agitándose frenética y hundió las uñas en mi espalda y todo mi cuerpo. Al fin luego de unos minutos la pasión se consumió y se abandonó laxa, con la mirada sorprendida pasó al otro lado. El pasaje final.

Yo ya completado mi ciclo también me desprendí de su abrazo de niña inexperta. Me sentí henchido de fuerzas, empapado y satisfecho, pero inmediatamente me invadió la melancolía. Ya no la volvería a tener del mismo modo. Era imposible y aunque parezca mentira, me había enamorado. Verla allí a mi lado, pálida, con la forma de mi pasión abierta en su cuello aún sangrante me entristeció. Ya se estaba enfriando y sus ojos permanecían abiertos en una tierna expresión de sorpresa. Era la primera vez que me sucedía, quería retenerla. Desde la primera vez que la vi intuí que esta vez sería diferente.

Debía tratarla en forma apropiada. Con las demás aventuras siempre había procedido a despedirme mediante la caldera o el ácido. Ella con su ternura se había metido muy dentro de mi corazón. Así que me decidí a conservarla e incorporarla a mi ser.

Delicadamente, con la habilidad de un artesano le quité toda su piel a fin de poder conservarla. Corté todos sus miembros y los coloqué en el freezer. Ese mismo día en el almuerzo comencé a comulgar con su cuerpo. Era un fin de semana largo así que tendría bastante tiempo para dedicarme a mi amor.

No tenía límites, me entregué con dedicación y ardor, día y noche dediqué a incorporarla a mi ser y en los pocos respiros que me permitía, iba tratando su piel para ponerla a salvo de toda corrupción, luego la rellenaría con perfumes, especies y otros materiales nobles, dignos de su delicado cuerpo de princesa.

Llegado el lunes aún no había saciado mi pasión, quedaban demasiados recuerdos de ella en el freezer. Llamé a la oficina y di una excusa, creo que inventé un viaje de último momento a Brasil. Eso nos daría más tiempo para la pasión. Conservé sus huesos, los usaría para mantener la estructura de su cuerpo.

Toda la semana estuve entregado a ella y veía con angustia que cada vez quedaba menos, pero mis ansias amorosas no se consumían. Comulgué en todas las formas posibles, al horno, a la plancha, estofado, puchero, guiso, etc. Mi cuerpo estaba indigestado. No resistía tanta pasión, pero mi espíritu no tenía fondo. En ese momento pensaba que no podría haber nada mejor que morir indigestado de amor. Nos tendríamos el uno al otro, pero eso no llegó a suceder.

Diariamente había despedido los fragmentos de su ser, transformados por la mágica química de mi cuerpo y mi espíritu. Y esos fragmentos de comunión pasional viajarían por el río para irse incorporando al resto de la naturaleza y sus ciclos. Así nos estábamos uniendo para siempre. Cada fragmento que mi vientre paría era un voto de matrimonio ante el Universo.

El viernes probé postergar la despedida comiendo mucho dulce de membrillo, pero era inevitable el fin de esta etapa de nuestra relación. Todo se transmuta, la pasión también y a mí solo me quedaría el recuerdo de su piel ya seca y rellenada con sus huesos, varias esencias y algodón.

El domingo cayó y con el se acabarían mis excusas para faltar al trabajo. Solo quedaban unos pocos bifes blancos y tiernos, recuerdo de su preciosa cola de adolecente.

Trataba de retenerla en mí, pese a las crueles contracciones de mi vientre, exigiendo implacable el parto de los restos de la comunión. Debí al fin ceder al empuje incontenible de la naturaleza.

Luego de despedirme con lágrimas de los últimos vestigios de esta pasión tan dulce, acerté a encender la televisión por primera vez en toda esa larga semana de amor y pasión.

¡Que crueles son los desengaños! ¡Cuan mentirosas pueden llegar a ser todas! Apenas uno deja aflorar sus sentimientos más nobles y tiernos, ellas hunden su daga en el lugar preciso.

En la televisión un informativo se encargaba de mi amada. En la pantalla resplandecía su imagen de niña ávida de experiencias, junto a su prontuario. El locutor con sus palabras iba desgarrando mi corazón. Hacía una semana que se la buscaba intensamente sin tener pistas. Así supe la verdad, habían caído las máscaras. Ella no se llamaba Denise, como me había dicho al conocernos, sino Juana y no tenía esos inocentes dieciseis años que me hizo creer sino diecinueve y hacía ya tres años que la conocían en varios boliches y pubs de la Recoleta y Costanera, siempre jugando el mismo papel con sus "víctimas".

Todo mi cuerpo se rebeló feroz. Corrí al baño a vomitar los restos de la muy pérfida. Terminadas las convulsiones de mi divorcio, me lavé la boca, fui al freezer, saqué los pocos bifes que restaban de ella, los corté en pequeños pedazos y se los di de comer a los perros de mi quinta; no a la pareja de doberman, sino a los otros dos que son de raza indefinida. Durante un buen rato contemplé a los dos sucios cusquitos consumir los restos de mi desengaño, luego me encargaría de ellos y servirían de alimento a las ratas. Nada debía quedar de ella.

Encendí el fuego de la caldera. Allí eché sus pertenencias. En el galpón de herramientas con una maza rompí sus huesos y los arrojé junto a su corrupta piel al fuego, estuve una hora con el atizador removiendo, asegurándome que nada quedase. Sus últimos restos se perdieron en volutas de humo que barrió el viento. De la misma forma la saque de mi mente. Aunque aún ahora cada tanto me asaltan recuerdos de los momentos felices y me dejo llevar por raptos de melancolía que me obligan a detener mi Mercedes Benz frente a algunos colegios secundarios a la espera de descubrir entre las dulces niñas a aquella que me haga olvidar por completo.

Pero eso sí, nunca volví a enamorarme.

(c) Alejandro Mariatti,  2000.
 
 

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