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COMO UN POZO

Por Daniel De Leo

 

Una o dos veces al día, abuela sale de lo hondo de su pieza y, arrimada al hueco de la puerta, se pone a decir cosas raras. Siempre se asoma. Se asoma y espera. Como una estatua, espera el mejor momento para hablar. Entonces yo me le acerco y la escucho. Pero no me habla a mí ni a nadie, apenitas se planta ahí a soltar mensajes difíciles. Después, se mete de nuevo adentro.

Me gusta escucharla, aunque a veces me da un poco de miedo. No un miedo grande, como cuando estoy solo y siento ruidos en lo oscuro del jardín. Más bien es un miedo divertido, porque sé que abuela nunca va a lastimarme.

Desde hace un montón que la escucho hablar sola en el umbral. Antes la espiaba desde la cocina, escondido atrás de la heladera. Podía ver todo desde ahí. Me quedaba esperando y esperando. Y cuando después abuela volvía a meterse adentro, yo salía corriendo, muerto de risa, a contarle a mamá sus disparates. Después ya no. O sea, ya no me daban ganas de reírme ni de esconderme.

Yo no sé, a veces se me hace que abuela sabe mucho, que sabe más de lo que tendría que saber. Entonces se me ocurre que no debería estar ahí, tan sola en esa pieza tan oscura, con sus libros viejos. Pienso que tendría que volver a dar clases como antes, como cuando enseñaba en los colegios. Pero también pienso que ya no podría. Abuela está viejita.

 

Extraños pero hermanos, vamos tambaleantes por el hilo del destino. Hay promesas que huelen a podrido, y algo estalla en el borde de los sueños. Lo he visto. En el temblor del agua lo he visto: he visto a la rata más pesada escapar por la azotea de una Casa de Traiciones.

 

Papá dice que es medio bruja. En cambio, tío Pochi no cree lo mismo que papá: él directamente asegura que la abuela es de otro planeta. Si no fuera porque es la dueña de la casa, papá no soportaría que viviéramos todos juntos.

Hasta hace poco, papá hacía changas de albañilería. Pero fue teniendo cada vez menos trabajo. Ahora casi ni sale de casa. Dice que es inútil salir, que en la construcción está todo quieto.

Papá y tío Pochi charlan sentados a la otra punta de la mesa. Yo espero a que se me enfríe un poco el mate cocido que mamá me sirvió en esta taza que tiene la manija rota. Mamá les da de comer a las gallinas en el patio. Puedo verla desde acá, veo cómo va soltando los granitos de maíz y cómo las gallinas se pelean por atraparlos. Tres gallinas le quedan a mamá. El año pasado llegó a tener diecisiete. Yo las conté.

También desde acá puedo ver el bulto de la abuela recostada en lo oscuro de su pieza. La pieza no tiene puerta, sólo el hueco. La puerta se rompió y nadie se molestó en arreglarla. En su mesa de luz, la llamita parpadea. Cosa rara: tenemos electricidad, pero abuela usa lámpara a querosén.

La jarra azul viaja hasta la cara de papá. Por fin se le ahogó esa voz fuerte que él tiene. La jarra cruza hasta la boca de tío Pochi, y ahora vuelve a aterrizar sobre la mesa. Tío Pochi le carga combustible de la caja de cartón: Ma-no-jo de U-vas.

Seguro que el Manojo ése es mucho más rico que el mate cocido que me preparó mamá. Ernesto se tomó la poca leche que quedaba. Y por eso yo tengo que tragarme esta porquería. No quise esperar a que Ernesto volviera con más leche del almacén. Lo conozco, se queda por ahí paveando y aparece recién cuando se acuerda de que yo estoy acá, esperándolo como un tonto. Así que me la aguanto y pruebo un sorbito de esta cosa verde.

Papá y tío Pochi se miran sin hablar. Se les terminó el combustible. Nunca los vi tan tristes. Antes era diferente. A la tardecita, papá volvía de La Victoria, un lugar donde fabricaban pollos. Aunque en realidad no los fabricaban, más bien los criaban desde chiquitos hasta que se ponían gordos y después los mataban y los desplumaban. Él volvía cansado pero también volvía contento, y yo también me ponía contento cuando lo veía volver. Algunas veces traía un pollito escondido en el bolso, y mamá lo juntaba con los otros en el patio.

Pero un día La Victoria cerró. No por vacaciones, cerró para siempre. Y papá se quedó afuera. Mejor dicho, él y los compañeros, que eran como cincuenta, se quedaron afuera. Igual todos seguían yendo a La Victoria para protestar. Les debían un montón de plata. Así de plata, les debían. Pero no había nadie allá. Bueno, sí: adentro quedaban los pollitos. Yo y abuela lo vimos todo por la tele. Vimos a papá en la calle, alzando la pancarta que con Marisa le habíamos pintado. Y vimos a ese montón de gente que quería que todo volviera a ser como antes. Después, la tele se aburrió de la protesta y empezó a enfocar a los pollitos. Los pollitos eran más divertidos. Se movían como locos, como si las patitas les quemaran. Yo noté que algo les pasaba. Y sí, algo les pasaba: se estaban matando entre ellos. A picotazos se mataban. Yo le pregunté a la abuela por qué. Me dijo que tenían hambre. Tenían hambre y no había nadie que les diera de comer. Yo no quise mirar más y me fui con Ricardo a jugar a la pelota.

Y a la noche, abuela se puso a hablar raro.

Se asomó y dijo que los pollitos se iban a agrandar y que saltarían a la calle. Eso dijo, creo. Me dio mucho miedo, por eso me acuerdo. Y esta vez no era un miedo divertido. Después me fui a acostar y soñé que unos bichos gigantes como dinosaurios aplastaban casas y coches y personas por toda la ciudad. Pero por suerte los bichos no vinieron. Menos mal.

 

La tragedia de aquellas criaturas desbordará en el escenario de la patria. Voces que vienen de muy lejos me lo han dicho Y se enfrentarán unos a otros. ¡Cuánta muerte cabe en un instante! Triste, triste destino el de este pueblo.

 

Mamá me lo dijo. Dijo que la abuela se equivocaba, que las cosas mejorarían para todo el mundo. También me explicó que ya habíamos tocado fondo y que ahora sólo nos quedaba subir.

 

—Se viene la maroma, Pochi. Se viene.

—¿Te parece, hermano?

—Es que por algún lado tiene que reventar todo esto.

—Y sí, está todo podrido, todo mal. Pero pienso que se va a arreglar, que poco a poco se va a arreglar.

—Mirá que la jabru de mi suegra anda diciendo que se viene la maroma, eh.

—Vieja de mierda... ¿Nunca un pronóstico alentador?

—Sabés como es. Y si una bruja lo dice...

 

La gente se amontonaba en las entradas de los súper y de las tiendas. Empujaban hasta que conseguían entrar. Era un espectáculo: desparramaban todo, se peleaban por la comida. Algunos escapaban cargados como hormigas. Corrían y tropezaban y se les caía la carga. También a don Carlos le saquearon el almacén, acá a la vuelta. Hasta la balanza le llevaron. Los mismos vecinos fueron. Por todos lados había lío. Y algunos hasta se defendían con escopetas. Murieron muchos. Yo lo vi todo. Lo vi por la tele.

Al final resulta que el fondo del que hablaba mamá no era un fondo sino un piso falso, algo así como un tapón. Y como ese tapón se salió, ahora tenemos que seguir bajando. Hay que encontrar el verdadero fondo y después sí vamos a subir. Al menos eso es lo que ahora me explicó mamá. 

 

Estoy enferma, enferma de lucidez. Veo un amasijo de vísceras al borde del camino. La sumisión de los animales desata la matanza. Veo niños arrastrando carne. Son el centelleo de un país despedazado.

 

Yo no entendía nada. El gitano de enfrente salió disparando para el lado de la ruta. Tenía un machete en la mano. También lo vi a don Tito, con su pila de años encima, pedaleando a todo trapo sobre la bici. Iba para el mismo lado que el gitano. Yo salí de casa y vi que la cuadra entera se movía, como si la hubieran sacudido de una patada. En la vereda de enfrente estaba doña Dolores, la chismosa número uno. Entonces, fui y le pregunté. Me dijo que los hombres iban a buscar comida.

—¿Van a cazar?

—Sí, m´ hijito —dijo, y se rió como si hubiera dicho algo gracioso—. A cazar vaquitas, van.

Sin entender ni medio, entré en casa y le pregunté a mamá y después a Ernesto. Fui juntando pedacitos de noticias hasta armar todo el rompecabezas.

A mí me impresionó lo que descubrí, y eso que todavía no había visto a las vaquitas. Me las imaginé pataleando a un costado de la ruta, gritando como deben de gritar las vacas lastimadas... Hasta que no quise pensar más. Pero, cuando vi que papá empujaba la vieja Chevrolet, yo también me prendí y le ayudé a empujar. La camioneta arrancó y yo me subí con don Carlos y papá a la parte de atrás. Ernesto manejaba. Don Carlos llevaba una soga. Y también le vi un cuchillo.

—¿Para qué es? —pregunté señalando la soga, aunque yo quería preguntar por el cuchillo.

—Che, Arturo —le dijo don Carlos a papá—, Josecito quiere saber para qué es la soga.

Papá y don Carlos se rieron. También doña Dolores había reído, con su boca sin dientes. Yo me sentí como separado de ellos, de los grandes. Me sentí lejos de sus maneras de entenderse.

La villa 47 está pegada a la ruta. Para llegar teníamos que pasar por ahí. Yo siempre distraído: había viajado atrás, recostado; y, cuando llegamos, me levanté y casi me caigo del susto. El camión-jaula estaba vacío y volcado a un lado la ruta. Vi a las vacas, las que quedaban enteras. Lloraban como yo me lo había imaginado. Y vi también los cuchillos y los machetes. Los vi trabajando. La gente se mataba por la carne. Los reconocí: muchos eran de la 47. También reconocí a algunos compañeros del cole. Como habían llegado antes, se dieron el lujo de elegir las vacas. En el suelo dejaban las cabezas y las tripas. Lo demás lo cargaban en las bicis o al hombro y se lo llevaban.

Desde la camioneta, yo miraba. Papá y don Carlos ataban la soga al cuello de una vaca con manchitas marrones, recostada en el pasto. Me bajé y empecé a caminar para allá, esquivando a la gente. Papá parecía querer llevarse la vaca entera. Pero él y don Carlos no eran los únicos. Otros hombres y chicos la rodeaban también. Me acerqué y miré a la vaca. La miré adentro de ese ojo grandote que tenía, grandote y asustado. Entonces, me pareció como si la vaquita me estuviera rogando, no con la boca sino por el ojo. No sé cómo, pero me di cuenta de que por ese ojo redondo me pedía  que la salvase. A mí me lo pedía, y nadie se daba cuenta. Me rogaba y me rogaba, y el ojo cada vez más grande, como si creciera. Casi se le salía de tanto miedo.

Papá tironeaba de la soga, pero la vaca apenas podía moverse. Le sangraba una pata. En eso, un tipo saltó sobre ella y le encajó un cuchillazo en el cogote. Después, le encajó otro y después otro.

Y el ojo me seguía mirando. Redondo, grande, como desesperado. Yo le susurré a la pobre, le dije que no podía salvarla, que me perdonara. Como diez veces se lo dije.

—Ya está muerta, pibe —me explicó el hombre, y entonces me callé.

La vaca era una montaña de sangre. Papá agarró una de las patas y la arrastró hasta la camioneta. Ernesto también había conseguido carne, de otra vaca.

—Hay que sobrevivir, Josecito—me dijo don Carlos. Pero yo no quería oírlo.

Mientras volvíamos, me puse a pensar en toda esa gente y también en nosotros. Era como si no hubiésemos comido carne en años. Pensé también que, si hubiésemos ido a los campos a pedir una vaquita para comer, aunque fuese una muy vieja, de carne dura, nos la hubieran dado.

 

Viento, sueño, abismo, dilema. Hace falta que sucedan todavía muchas cosas para que tomemos conciencia. Perseguimos la imagen de una realidad que nunca se deja capturar. Lo que agarramos son cenizas, reflejos.

 

Papá y tío Pochi se levantan. Dicen que van a comprar. A comprar combustible. El mate cocido está frío y ya no lo quiero. Ernesto vuelve del almacén. Mamá entra en la cocina. Y Ernesto, al verla, se agarra la cabeza. Se olvidó de comprar la leche, ¡qué pavote!

Ahora me levanto y camino hacia la pieza de la abuela. Espío. Falta poco para que se apague la llamita en la mesa de luz. Abuela me ve y con la mano dice que me acerque. No quiero entrar, porque está recostada. Ella insiste. Entonces entro y me le planto al lado.

—El otro día, ¿qué viste en la ruta, Josecito?

—Vi a las vacas... se las llevaban en pedazos.

—Qué más

—Eso nomás.

—El ojo.

—Ah, sí, la vaca de manchas marrones tenía miedo. No sé cómo, pero ella sabía que la iban a matar. Yo lo noté. Lo noté por su ojo.

—Qué te dijo, Josecito.

—¿Quién, abuela?

—La vaca.

—Pero si las vacas no hablan.

—No hablan. Pero aquella te reveló algo, y le entendiste.

—Bueno, sí. Me pareció que me rogaba. La vaca tenía miedo, abuela, y quería que la ayudase. 

—Tenía miedo, y vos también.

—Sí, un poco.

—Mucho, Josecito, mucho. Porque lo que viste en el ojo de la vaca era un reflejo. El reflejo de tu miedo. Viste actuar al hombre primitivo, lo viste moverse por instinto, y tuviste miedo. ¿No es así?

—No sé, abuela.

—Sí, es así.

Abuela se señala un ojo... Mejor la dejo descansar. Pero ella quiere que le mire el ojo, entonces se acomoda y acerca la lámpara a su cara arrugada.

—Qué ves, Josecito.

No le contesto, solamente miro. Es un ojo más chiquito que el de la vaca aquella pero igual de redondo y de oscuro. O quizá más oscuro. Como un pozo. Como un pozo sin fondo.

—¡Vamos, qué ves!

—Nada, abuela —le digo—. Nada.

Y, muerto de miedo, me aparto despacio.  

 

© Daniel De Leo, 2006

 

(Este cuento fue publicado originalmente en versión digital en el sitio de la Abadía de Carfax. Puede verlo aquí . En papel, forma parte de "Cuentos de la Abadía de Carfax - Historias contemporáneas de horror y fantasía". Puede comprarlo desde el sitio de elaleph.com o desde cuspide.com )

 

 

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