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LO QUE ACECHA EN EL PORTAL

Por Martín Brunás

 

2 de Junio de 1980

 

Eleonore captó la premonición: El herrumbre de la puerta marcaba su infecto destino.

Sus huesos se sacudían al compás del castañeteo de sus mandíbulas. Y una voz carente de toda emoción

(terminarás dentro de mí, tarde o temprano estarás acá)

se escurrió por los oídos, ensordeciéndole hasta los sentidos del alma.

Quiso llorar y ni una lágrima emergió. Sus ojos estaban secos como dos pasas de uvas abandonadas en el Sahara. Intentó llamar a sus padres, y las palabras se negaron a poner un pie en esa habitación.

De no ser por los rayos de sol que se colaban a través de la ventana, habría creído estar muerta. ¿O quizás lo estaba y ese era el famoso calor del infierno del que hablaba el Padre Julián todos los Domingos?

Al fin, el llanto acumuló mayor fuerza, escapó de su prisión corporal y rompió la parálisis en que la niña estaba sumergida.

Escuchó una voz lejana, esta vez femenina, preguntándole qué sucedía y cayó al piso. Su mente infantil no había logrado soportar tanta fatalidad y, para preservar la vida, le había nublado la conciencia.

Santiago la levantó en peso y se dirigió corriendo al hospital público que estaba a dos cuadras.

Dentro, los doctores la reanimaron sin problema. Y, ni la presión o los análisis de sangre mostraron anormalidad alguna. Era una chica muy sana.

-Parece ser un desmayo nervioso, -dijo el doctor. -¿Qué sucedía en ese momento?

-Nada -respondió Santiago. -Hace una semana compramos una casa, una verdadera ganga, costó quince mil dólares menos de lo que en realidad vale... -tragó saliva para tranquilizarse y prosiguió- Bueno, le mostrábamos lo que iba a ser su próximo dormitorio y se desmayó.

-¿Se mudaron hoy?

-No, recién la estamos reparando. Está medio tirada abajo.

-Comprendo, ¿es la primera vez que ella actúa así al entrar a esa casa?

-Es la primera vez que la llevamos.

-Quizás fue producto de los nervios. En cualquier otra circunstancia habría aconsejado dejarla un día para control pero creo que el estar en su casa actual le hará mejor.

Santiago sentó a su hija en el asiento trasero de su coche y Julia le frotó los cabellos rubios. Eleonore ni le hizo caso. Aún no entendía porqué el Diablo

(Tarde o temprano terminarás dentro de mí)

la quería.

Una vez en la casa, los objetos familiares y los olores de siempre la tranquilizaron al igual que un animal una vez que escapa del territorio enemigo. Se sentó en la cama y, mientras cantaba junto al casete de Telejuegos, la amnesia desterró de su espíritu al necrófago ser llamado Tortura.

 

.................................

 

Con los meses, la tranquilidad hogareña sepultó los recuerdos de aquel día en capas más profundas de su conciencia. El ente había regresado al fango que lo había engendrado. Pero, al igual que un viscoso gusano, aún continuaba retorciéndose, horadando el manto de la felicidad.

Sus padres le preguntaban todos los fines de semana, cuando iban a reparar la casa nueva, si los quería acompañar. Pero ella siempre prefería quedarse acompañada por la insípida programación que irradiaban los canales de aire.

Así que sus siguientes fines de semana transcurrieron entre viejas películas de ciencia-ficción protagonizadas por Godzillas de goma que destruían edificios de cartón corrugado, robots de lata provenientes de OVNIS de un latón aún más berreta que intentaban destruir a la humanidad, o programas musicales como el de Badía&Cía.

Prefería morirse de aburrimiento antes de poner un pie en aquella casa. Eso era lo último que deseaba hacer en su vida.

Eleonore intuía que la puerta

(Acércate, crúzame)

la quería. Necesitaba alimentarse de ella, inyectarle la droga de la fatalidad que corrompería cada célula de su cuerpo adolescente y convertirla en el platillo principal de una cena tétrica. La Parca, La Locura y La Ausencia serían las invitadas de honor. Y sus putrefactos dientes estarían deseosos de arrancarle la tierna carne mientras se extasiaban con el estreno de su histérica sinfonía de dolor.

Esa misma certeza le prohibió responder a sus padres la clásica pregunta diaria: "¿Qué te pasó esa tarde?". No malgastaría su escasa vida con gente que transformaría la puerta en un producto de su imaginación.

 

8 de Enero de 1981

 

El momento tan temido arribó bajo la forma de un camión de mudanzas estacionado en la puerta de lo que, en horas, sería su antigua casa.

Eleonore ya podía vislumbrar el oscuro sendero plagado de buitres que la miraban incisivamente. Su mente se transformó en una peonza que giraba a la velocidad de la luz hacia el precipicio que se encontraba a una distancia muy corta.

"Pero me he portado bien y Dios me va a protejer", se dijo. "Ayudé a mi mamá, me esforcé para sacarme las mejores notas en el cole y hasta mi profesora de catequesis me felicitó por el hermoso poema que escribí sobre Jesús". Sin embargo el escepticismo se expandió por su cuerpo como un cáncer. El sendero por el que rodaría no era de doble mano y los carriles alternativos no aparecen de la nada.

Elenore agarró el osito de peluche que su madre le había regalado al cumplir los nueve años y le mordió el hombro. Una sustancia lacrimosa empañó sus retinas.

Se peguntó porqué, de entre todas las chicas del mundo, esto le sucedía a ella. Pero su conciencia religiosa la intimidó: "Si soy así de mala, Dios no me va a salvar"

Lloró unos minutos como lloran los condenados que han perdido su alma y se quedó dormida aferrada a su oso de moco y felpa.

 

............................................

 

La nube de algodón estaba cerca. Varios ositos multicolores la esperaban con los brazos abiertos. Una gran fiesta se iba a producir a su llegada. Y allí había de todo: Piñatas, orquesta, papeles picados...

-Despertate Eli. -El paisaje fue destruido por un terremoto-. El camión ya se llevó todo. Sólo faltamos nosotras. -Insistía Julia mientras zarandeaba a su hija.

-¿Mmmm? -respondió Eleonore perdida por el sueño. -¿Ya nos tenemos que ir?-. Se refregó los ojos con las manos hasta enrojecerlos.

-¿Qué son esas gotitas en tu oso? ¿Estuviste llorando bebé?

-Si. Voy a extrañar a mis amiguitos y a mi habitación -mintió.

-No te preocupes, mi nena. El nuevo dormitorio es más grande y papi lo hizo decorar con algunos dibujos de Disney. También le dimos la nueva dirección a tus amiguitos para que te visiten. -Julia creía saber el verdadero significado de esas lágrimas. Aún recordaba el desvanecimiento de aquel día pero no sabía cómo tratar el tema. Por lo tanto, prefirió tomar la seguridad de la circunvalación.

-Pero no va a ser lo mismo...-. Un bombardeo de cosquillas maternas la hicieron contornearse como una lagartija epiléptica, borrando de esa manera el oscuro provenir. Eli logró zafarse, hizo una mueca de niña consentida y, luego de sacarse los mocos con la manga de la remera, inundó la cara de su madre con besos.

 

.........................................

 

Madre e hija entraron al trailer del camión y se acomodaron en un recoveco entre la cama matrimonial y un armario. El vehículo comenzó a transitar a través de una serie de calles que unían el viejo barrio con el nuevo.

Una hora después llegaron a destino y Eleonore descendió con ayuda de su madre. Estaba toda entumecida por la posición incómoda adoptada durante el viaje y le dolía el culo por los golpes contra la madera producido por las caries que infectaban las aceras. Así que estiró sus brazos y movió su cabeza de lado a lado.

Eli miró la puerta de madera que le daba la bienvenida a su tren fantasma privado. Aspiró profundamente. El miedo comenzó a ser expulsado por la valentía. Al final, su madre la empujó al interior de su hogar.

La casa apenas estaba reconocible. Todas las paredes habían sido pintadas de un color rosado y los pisos cubiertos con alfombras lilas. El mobiliario de su casa anterior le ofrecía una sensación de familiaridad que, por un momento, confundió a Eleonore.

La intención de la niña era visitar su dormitorio lo más tarde posible. Pero Santiago la tironeó hacia el lugar donde dormiría. Estaba ansioso por saber qué opinaría su hija sobre el trabajo ornamental que había realizado allí.

Al entrar, su mirada infantil indagó lentamente el lugar: Los muebles conservaban un orden similar al de su anterior dormitorio, unas inmensas figuras de Mickey, Donald y Tribilin jugaban al béisbol en las paredes, la ventana mostraba la ropa colgada en la terraza de los vecinos y....

Eleonore cerró los ojos rezando para que hubiera desaparecido. Y la plegaria pareció funcionar. Los párpados comenzaron a abrirse haciendo aparecer a la puerta. Aunque la zona que había sido carcomida por el tumor maligno había sido eliminada por varias manos de pintura roja. El miedo no estremeció a Eli y ella se alegró. "¡Dios se apiadó de mí!", pensó ella. Creyó que los carriles alternativos que tanto ansiaba habían aparecido. Y que el nuevo destino era llamado Hogar, dulce hogar.

 

20 de Abril de 1981

 

Eleonore conducía una nube-móvil por las carreteras invisibles del viento. Su destino era la casa del osito azul, su preferido, para comer cosas ricas, jugar y salir a galopar entre las estrellas con su caballo púrpura. El cielo le irradiaba alegría y las nubes formaban figuras de casas, castillos y caballos. Todos los habitantes de esa tierra de fantasía la saludaban con una mano mientras con la otra continuaban regando unas flores multicolores parecidas, sólo en forma, a las margaritas o jugaban con sus mascotas, unos pequeños ponis de colores irreales. El Sol le acariciaba la cara y la lluvia exhibía su lenta batucada.

Cuando faltaban sólo cuatro nubes para llegar a la casa, vislumbró a la figura osuna saludándole, haciéndole señas para que apresurara la marcha. Eleonore pisó el acelerador.

Las nubes comenzaron a mutar en nuevas formas. Ahora eran cruces, cuchillas, ataúdes... El cielo se tornó desértico. Y los juguetones habitantes se habían evaporado, incluso el que la saludaba a lo lejos. Eleonore trató de frenar, de cambiar su dirección. Y no pudo. Los controles de mando habían desaparecido.

Estaba atrapada sin posibilidad de escapar ya que, si saltaba de la nube, se caería al piso y moriría. La niña intentó serenarse con la idea de que se encontraba en el país de la ternura. Aunque no podía sacar se su mente la idea de que el Señor Frío también habitaba por esos lares.

El vehículo se detuvo detrás de un osito con un gorro que le cubría las orejas. Eleonore caminó hacia él y le tocó el hombro. El oso giró poniendo su cara frente a la de ella. El sombrero se le cayó dejando al descubierto una imagen fantasmagórica. La piel de felpa que debería haber cubierto la parte derecha de su cara estaba ausente, exhibiendo un pedazo de alambre con algo de espuma de relleno. El ojo derecho saltó de su cuenca ocular y quedó colgado por los nervios como un balancín. Varios gusanos con partes humanas y colores chillones le salieron de la oreja izquierda y comenzaron a tejerle una túnica negra.

En poco tiempo fue envuelto, adquiriendo el parecido a un ninja. Un ninja oscuro, pensó Eleonore mientras trataba de envalentonarse un poco para poder huir.

Sólo la panza osuna quedó al descubierto. Mostraba la clásica figura que los identifica. Pero esta no era ni un corazón, ni una flor, ni nada remotamente "cariñoso". Sino un tatuaje muy familiar para Eleonore.

El cielo se tiño de marrón. Montículos de Zinc comenzaron a apoderarse del oxígeno. Eleonore quiso pegar un grito de desesperación. Pero el polvo le penetró la garganta. Ella sintió ahogarse. Trató de vomitar para despejarse la garganta. Pero sólo pudo toser entre las estériles arcadas.

La expresión de alegría del osito se transformó en una bestial mueca de odio. Y su ojo se levantó quedando como un pene grotesco.

Las nubes se tranformaron grilletes de fango

(valles de estiércol)

que le sujetaban las piernas. El osito se acercó más.

-¿En serio creíste que había sido un sueño? -Le preguntó escupiéndole en la nariz su olor putrefacto y dulzón.- ¿En serio pensaste que iba a dejar escapar a un alma tan tierna y rica como la tuya? Vos estás loca, pendeja de mierda. -Y la abofeteó.

Ella sólo atinó a articular expresiones de terror.

Al final comenzó a llorar y el osito se le rió en la cara mientras acercaba el hocico hacia su boca de infante. Elenore giró la cabeza y las garras la volvieron a su lugar original, apretándola con fuerza. El oso unió sus labios de sangre coagulada a los de ella. Inspiró con toda su fuerza como queriéndole robar el poco aire de sus pulmones. Luego metió el seco pedazo de costras que tenía como lengua.

Eleonore forcejeaba inútilmente. La lengua raspaba todo el interior de su boca haciéndola llorar del dolor. El osito la atragantó con un torrente de saliva con sabor a menta y la mordió con todas sus fuerzas.

Cuando se cansó de besarla, le arrancó el camisón rosado y comenzó a jugar con los indefinidos pechos de niña-adulta. Los apretó y amasó con tanta fuerza que la dejó ciega durante unos segundos.

-¿Te gusta ser ordeñada? -gritaba mientras aumentaba la presión. -¿Qué pasa, sos tan chica que no das leche? -Y lanzó una carcajada sólo comparable a la locura de varias constelaciones plagadas de madres que paren eternamente niños muertos.

Luego pasó sus garras bruscamente por el abdomen hasta llegar a la cintura. Le bajó los shorcitos, arañándole las piernas en el proceso. El desmayo estaba a punto de nockear a Eleonore. Ya no soportaba más las sobrecarga de electricidad que irradiaban sus terminaciones nerviosas. Pero un fuerte tirón la hizo volver en sí. El osito le había tironeado tan fuerte de sus pezones que le había arrancado uno, formando una diminuta catarata sanguínea.

-¡Acá está la leche! -Aulló y comenzó a succionar como si fuese un bebé hambriento. -Hacía tiempo que no probaba comida tan deliciosa. -Le comentó una vez coagulada la sangre y le abrió un tajo superficial en el abdomen.

Eleonore estaba muda. El dolor y el asco la habían paralizado.

-Ahora vas a probas la mía. -Le dijo con tono irónico y, a la vez, amigable.

En el abdomen del oso, la puerta tatuada comenzó a abrirse, quedando en forma horizontal como la de los castillos cuando los batallones parten hacia la guerra. Detrás del umbral, Eleonore divisó una serie de insectos con grandes mandíbulas y formas geométricas muy simples.

Las piernas de Eleonore se juntaron instintivamente y dos manos heladas germinaron del suelo, se las separaron y la acercaron lentamente hasta que sus infantiles labios vaginales succionaron con suavidad el oxido de la puerta.

Eleonore comenzó a llorar. Veía como una parte de su niñez era asesinada con cada penetración.

El osito la miró fijo a los ojos, mostrándole dos cuencas llenas de muerte, y le besó los párpados con suavidad.

-¿Te es placentero? ¿A que no pensabas que los ositos éramos tan cariñosos? -Y otra carcajada retumbó en el paisaje ovacionando su juego de palabras.- ¡Hacía siglos que no tenía una buena cogida como esta! -Y lanzó un gemido parecido al de los perros rabiosos durante los últimos instante de su vida.

Siguió metiendo y sacando la puerta con una velocidad cada vez mayor. Las piernas de Eleonore, con sus moretones ocasionados por jugar a la mancha y los raguños provocados por las caídas de la bicicleta, se ensuciaban por los ríos de sangre oxidada que rebosaban por su vagina, ahora roja y ardiente.

 

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Santiago abrió los ojos cuando unos sonidos guturales resquebrajaron sus sueños. En seguida se dio cuenta de que provenían de la habitación de su hija y se hundió a toda velocidad en la oscuridad de la vivienda. En un momento se tropezó con un sillón, y se hubiera caído de no haber extendido sus brazos para sujetarse a la escalera caracol.

Ya en el dormitorio de su "querida nena", como le gustaba llamarla, tanteó la pared para encontrar el interruptor y, cuando prendió la luz, una mueca de asco y sorpresa reconfiguró las facciones de su cara.

Su hija, totalmente desnuda, apoyaba las palmas de los pies contra la pared. El pelo rubio estaba entumecido por la transpiración, la cara sucia por lágrimas, moco y baba. Los pezones apuntaban al techo como si fueran volcanes a punto de estallar. Y el abdomen estaba manchado con hilitos de sangre proveniente de su vagina. El dedo índice entraba y salía de allí.

La incredulidad paralizó a Santiago quien sólo tuvo la fuerza para gritar horrorizado. Su hija y esposa se despertaron al unísono.

Eleonore abrió los ojos e intentó cubrirse con la sábana, pero no la encontró. Al fin, como última recurso, atinó a cubrir sus partes íntimas con sus manos, también llenas de sangre.

La madre llegó y corrió con arcadas al baño. No pudo soportar la escena.

Eleonore se largó a llorar. No sabía lo que era una violación. Sin embargo su instinto comprendía lo ocurrido. Se sentía víctima de una aberración perpetrada por la puerta. Comprendió que pintura solo había sepultado la verdad y ésta, cuan zombie que escapa de su ataúd, había regresado a la superficie. Las desviaciones habían sido circunvalaciones hacia la carretera original y la cuenta regresiva hacia la extinción estaba en marcha.

Eli se agarró los pelos con la mano derecha, manchándolos de sangre. Y, en medio de un ataque de histeria, comenzó a tironearlos. A mismo tiempo, comenzó a golpearse de manera repetitiva la cabeza con la otra mano.

Su padre se le acercó. Intentó consolarla pero ella lo alejó a patadas mientras lo insultaba. Él sujetó las piernas de Eleonore y le expresó en susurros todo su amor paterno.

Cuando Eleonore se estaba tranquilizando, regresó la madre quien sabía que lo presenciado no era una simple escena de masturbación. Por un lado, su hija era muy chica para eso, ni siquiera había tenido su primera menstruación. Además de que la ruptura del himen no provocaba tanta sangre. Así que asumió que era daño auto-inflingido.

Julia le mostró el osito que siempre acompañaba a su hija y Eleonore reanudó con los gritos. Apartó a su padre con un puntapié en la cabeza y saltó como un gato salvaje hacia su madre para arrebatarle el oso.

Ambos padres no daban crédito a lo que veían sus ojos. Su adorable hija estaba desnuda en el piso con pedazos de costras pegadas a su vagina, rompiendo con furia casi primigenia a su muñeco preferido mientras farfullaba sonidos casi inteligibles, de los cuales sólo se entendían las palabras "Puerta", "Diablo" u "Oso", las cuales se repetían de manera constante.

 

.................................

 

El timbre repercutió por toda la casa. Era el psiquiatra quien había llegado una hora después de que Julia hubiese telefoneado al Centro de Emergencias de la obra social.

Para ese momento, Eleonore había quedado en un estado de letargo que la hacía parecer una autista. Balanceaba su cuerpo de adelante hacia atrás, apuntando sus pupilas hacia el oso descuartizado pero con la mirada atrapada en ninguna parte del interior de ser.

El médico fue atendido por Santiago y, apenas entró en la habitación, sintió que su pene se endurecía. Por suerte, agradeció a los cielos, los pantalones de Jeans evitaban esa penosa exhibición. Saludó a Julia y se presentó como Esteban mientras ella intentaba en vano ocultar la desnudez de su hija, quien la alejaba a los empujones. Depositó el maletín sobre el piso y, pateando con suavidad los miembros de peluche, se arrodilló frente a Eli. En ese momento, el líbido instó a los ojos a recorrer el cuerpo infantil. El orgasmo comenzó a acrecentarse cuando su vista pasó por las tetitas aún erectas. Pero cuando vislumbró las manchitas de sangre

(¿Hace cuanto que mi mujer no me hace sentir así?)

su intensidad aumentó hasta desfigurarle la cara.

-La artritis me está matando, sobre todo cuando está tan húmedo... -mintió.

Acto seguido intentó de mala gana iniciar un diálogo con Eleonore sin ningún éxito. Le costaba pensar con claridad. Sentía la transpiración de sus manos y su cerebro girando como si hubiera sido succionado por un poderoso tornado que se dirigía hacia el interior de la cavidad de Eli. Toda su carne quería comprobar cómo sería ese interior.

Debía hacer un esfuerzo para que el rubor no tiñera su blanca tez. Pero debía utilizar todas sus fuerzas para no saltar encima de la niña con la intención de ser el primer hombre en disfrutar el interior recién estrenado de esa concha.

Las primeras gotas habían comenzado a rebosar del pene cuando Estaban se levantó, acariciándole a la cara a Eleonore. Quería alzarla así se daba el gusto de poder manosearla un poco, aunque no debía abusar de su suerte.

-Necesito inyectarla. -Tosió para camuflar la risa ocasionada por el doble sentido de la frase.

Santiago se apresuró a alzar a Eli y Esteban, aprovechando que la madre se encontraba perdida en sus pensamientos, lo ayudó, no sin antes manosearle la entrepierna y los senos. En ese momento, lo que suele llamarse instinto maternal hizo reaccionar a Julia, quien corrió de manera cortante a Esteban.

Cuando el valium hizo efecto, Esteban facilitó a Santiago un formulario para ser llenado y sugirió pedir de manera urgente un turno en el centro de psiquiatría.

-Internarla hoy sólo empeoraría las cosas ya que la familiaridad del hogar ayuda mucho en estos casos. -Sus propias palabras no terminaban de convencerlo. ¿Porqué decía eso cuando su pija delataba que lo más hermoso para ese momento sería poder internarla? ¿Qué no daría por enseñarle que una pija era más gozosa que un dedo?. Sólo poseía la leve intuición de estar siendo manipulado por algo. Pero porqué o por qué, estaba fuera de entendimiento.

Finalizada la visita, saludó a los padres y se introdujo tan rápido en el auto que pareció haber sido engullido. Al encenderlo, el motor rugió con la potencia de una bestia furibunda, provocando que varias ventanas de las casas aledañas se iluminaran. Apretó el acelerador.

El barrio era un laberinto cargado de diagonales y encrucijadas con cinco salidas posibles. Esteban no recordaba por dónde agarrar la avenida Pavón y cada vez que doblababa en alguna esquina, mayor era su sensación de ser un ratón vagando en un laberinto. Pero, al fnal, luego de 15 minutos de elegir caminos mediante el método de la prueba y error, se desembocó en una plaza sin ninguna luz. Se estacionó enfrente y comenzó a acariciar su miembro.

La descarga le había producido el orgasmo más poderoso de sus últimos quince años, cuando aún estaba de novio con su esposa. Además de haberle devuelto cierta claridad a su mente. Entonces comprendió que había sido usado. Algo ancestral había impedido el alejamiento de la niña. La palabra "Iniciación" retumbaba en su cabeza como si quisiese escaparse del cráneo utilizando un ariete.

Cerró los ojos y contuvo la respiración. Intentó recitar un mantra de relajación pero fue interrumpido por un recuerdo de la universidad: Todos los ritos comenzaban con la sangre y el himen era el centro máximo de poder.

La adrenalina hizo temblar su cuerpo en frenesí y atisbó a recoger el celular para advertirle a la familia el peligro que estaban corriendo. Que lo creyeran demente, pensaba. Pero, por lo menos podría seguir mirando a sus dos hijos con la misma dignidad de siempre.

Metió la mano dentro de la guantera y extrajo el revólver. Esteban se dio cuenta de su error pero nada pudo hacer para subsanarlo. La mano se movía temblorosa hacia el ojo derecho. Por más que trató de mover su cuerpo, éste lo ignoraba. Se limitaba a esperar pasivos el momento final.

Click, Clic era el ruido que emitía el martillo de la .22 cuando el dedo apretaba el gatillo. Quince disparos se produjeron y Esteban volvió a respirar. Había esperado su muerte con temor y con los ojos cerrados. Pero, cuando se percató de que aún no había sangre ni masa encefálica adornando el asiento trasero, largó una carcajada histérica.

-Por suerte nunca la cargo- gritó antes la culata golpeara su nariz, quebrándole el tabique. Lo cual provocó que una descarga eléctrica recorriera su espina dorsal y varias lágrimas lubricaran sus ojos.

Su pie apretó el pedal del acelerador, haciendo que su coche comenzara a moverse. El camino que recorrió fue recto. Pasó a cincuenta kilómetros por hora entre unos toboganes de madera, destrozó la paredcita que delimitaba los bordes del arenero. Transitó a cien entre el arco de las hamacas para bebés, esas que parecen sillitas. De las cuales una destrozó el parabrisas dalantero, permitiendo que una corriente de aire frío lo golpeara con la misma intensidad que un guante de hierro.

Metros después, el coche colapsó contra dos mujeres pétreas que se danzaban desnudan en medio de una fuente, quedando la trompa aprisionada en forma de bandoneón.

 

.................................

 

Julia estaba realizando la primera guardia cuando escuchó algunos sonidos de detrás de la puerta. Parecían rasguños. Así que se levantó con la intención de abrirla. Pero, apenas lo hubo hecho, el silencio resurgió.

-Deben ser ratas-dijo para sí y regresó a sentarse a la silla.

Minutos después, sus párpados cayeron y su mente la condujo al almacén de la esquina de su casa. Ahí estaba el almacenero. Era un hombre de baja estatura, mirada cansina y pelo negro cortado al ras como si fuese una especie de colimba. Había sido camionero y eso se notaba por la prominente barriga de cerveza que se escondía detrás de su delantalito blanco y por los musculosos antebrazos.

Julieta no entendía porqué se sentía tan excitada con un individuo de esas características. No había nada más alejado de su tipo de hombre que él, se decía. Sin embargo, comenzó a correr hacia el almacenero.

Cuando llegó, lo abrazó y comenzó la lamerle las gotas de sudor que embadurnaban su peluda garganta. El almacenero la alejó de sí y le arrancó la blusa. Los botones se desparramaron por el lugar como si se tratasen de diminutos meteoritos, dos pechos vírgenes de sol quedaron expuestos y...

Se despertó de un sobresalto, como lo hacen las personas que sufren una pesadilla. Aunque en vez de sentir miedo, ella estaba caliente como hembra en primavera.

El cerebro la acuchillaba con un doble sentimiento de culpabilidad. Quizás, sentía ella, era vergonzoso el engañar al marido con un amante onírico que le resultaba repulsivo en el plano de la realidad. Pero, lo imperdonable era el haber pensado en eso luego de lo sucedido esa noche.

Se dirigió hacia el baño. Se lavó la cara con agua fría y se sentó sobre el bidet con la intención de calmarse. En ese instante, una sensación que no había experimentado desde hacía más de 16 años germinó en su cerebro. Sus manos comenzaron a bajar por su vientre. Los dedos se infiltraron en el interior de su bombachita marrón.

Mientras acariciaba su clítoris con suaves movimientos circulares, la furia se adueñó de su ser. Furia hacia su hija que le reprimía los deseos. Furia hacia los ojos acusadores de su marido que la acusaban de adúltera. Pero, sobre todo, furia hacia su persona por esos pensamientos bochornosos.

Maldijo con toda su alma el haber parido a su carcelera y el haberse casado con el asesino de su libre albeldrío. Miró hacia arriba y rogó a Dios que murieran.

La semilla de la matanza germinó, adornando su mente con una extensa heterogeneidad de frutos genocidas.

(¿Les abriría el cuello con el cuchillo de la cocina? ¿Los asfixiaría con la almohada?)

Las imágenes saturaban su cerebro hasta el punto de que Julieta no podía entenderlas de manera separadas. Sin embargo cada una de ellas confluían hacia el mismo estado de éxtasis que significaba el ver a su familia con la lengua fuera, observándola con la incomprensión de quien le han quitado todo por mero capricho.

Emitió una risa aguda y caminó lentamente hacia la cocina. Más exactamente hacia el cajón de los cubiertos.

 

Vamos a la Segunda Parte de LO QUE ACECHA EN EL PORTAL

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