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BIOPIROGÉNESIS

por Agustín Francese


Me hierven las entrañas sin cesar, me han sobrevenido días de aflicción.
La piel ennegrecida se me cae, mis huesos arden por la fiebre.

Libro de Job, Cap. 30, vs. 27, 30.


Un hecho monstruoso, inhumano, aberrante; un hecho que repugna nuestra naturaleza de seres libres y racionales; un evento perverso, concebible tan sólo por una mente enferma o por la diabólica labor de un piromaníaco; y, sin embargo, un hecho real, tan real como contundente, que ha sido constatado infinidad de veces y que, por sobre todas las cosas, nadie ha sabido explicar...

Se sabe de algunos que han perecido en cuestión de minutos, consumidos por el fuego casi invisible que surge de su interior y llega a pulverizar hasta los huesos. Otros, calcinados a temperaturas del orden de los 1000 grados centígrados, se han ido convirtiendo poco a poco en un horrible montículo de desechos humeantes. Hay quienes aseguran haber visto llamas azules surgiendo de narices, bocas y oídos; quienes observaron cómo se derretían cerebros; quienes han recogido, de entre un montón de cenizas blancuzcas, los restos apenas chamuscados de lo que fueron pies y manos humanos.

Curiosamente, la gran mayoría de los casos parece respetar un mismo patrón: se inicia un fuego de una potencia inaudita, se propaga rápidamente "desde adentro hacia fuera" y, ante el estupor de todos (incluida la propia víctima), el cuerpo se convierte en una execrable pavesa de residuos. Se ha verificado, también, -más a menudo de lo que se cree-, que los pies, las pantorrillas o las manos del incinerado resultan ilesos, lo mismo que sus vestidos y el entorno del lugar en el que se encontraba, como si todo ello debiera quedar registrado como un macabro indicio de lo que ha ocurrido.

Sin embargo, todo lo que se dice acerca de la biopirogénesis me causa gracia.

"Polvo eres y al polvo retornarás" ha dicho Aquel que domina el fuego, el agua, el aire, la ceniza; pero de los cuatro elementos que componen el orbe y la totalidad de los seres ¿no es acaso el fuego el que guarda el mayor de los secretos?

Se sabe que el principal castigo de los hombres consistirá en padecer eternamente ateridos por las llamas, muriendo y resucitando una y otra vez para que sus dientes rechinen por siempre y sus tejidos sufran las quemaduras dignas del condenado. Muchos afirman, incluso, que Dios mismo es un fuego devorador. Blasfemia por blasfemia, yo demostraré la verdadera naturaleza del fuego sagrado, la realidad de un fenómeno que la humanidad no ha podido comprender... y que acaso nunca comprenderá.

La sabiduría proviene de los libros sagrados o de las esferas celestiales: yo fui instruido directamente por los gloriosos serafines que arden por siempre en la presencia del Señor. Así como Elías subió en el carro de fuego tras haber degollado a los profetas de Baal, del mismo modo yo seré elevado a las alturas una vez cumplida mi obra. Vulcano y Hefesto serán mis testigos; Nínive y Troya, mi herencia perpetua; y cantaré como Daniel, en el foso flamígero, pisoteando leones y dragones, escorpiones ardientes y míticas salamandras.

¿Realmente creen que una inusual acumulación de gas metano puede causar la combustión humana espontánea? "Tal vez los pedos fosfínicos, combinados con las extrañas fluctuaciones del campo magnético de la Tierra." ¡Idiotas! ¿Tan ciegos están que creen ver más allá de sus sentidos?

Dicen que el fenómeno se produce a razón de un caso cada cuatro años terrestres... ¡Los muy científicos! Y sin embargo, yo mismo he conocido tres casos en estos últimos meses. Como siempre, los necios intentan negar la existencia de aquello que los aterroriza; pero yo no puedo culparlos por manejar unas estadísticas tan disparatadas. Hay muchos incendios, muchos escapes de gas en la vía pública, muchos misiles cayendo sobre nuestras cabezas...

En el pasado, en los célebres casos cuidadosamente estudiados por expertos, los verdaderos causantes se cuidaron muy bien de no ser descubiertos por nadie. Sucede, amigos míos, que somos muy pocos los que poseemos el don del fuego, y sabemos que si la humanidad se diera cuenta del poder que manipulamos, trataría de destruirnos antes de comprendernos.
Lucifugo fue quien acabó con la vida del notable alquimista Girodano Bruno en 1600, en una aparente hoguera decretada por la Inquisición. Eleuretti quien carbonizó a la condesa Bandi, en Italia, en el otoño de 1739. El barón de Gurfunken, en 1883, sufrió una de las más exquisitas deflagraciones a manos de Belial, el ominoso príncipe de las sombras. Miss Dewar, en Escocia, a principios de 1908, fue presa fácil del gran Sargata-nás. Más cerca en el tiempo, en la convulsionada Inglaterra de los años '80, Mr. Henry Thomas se convirtió en una bola de fuego gracias a la sutil intervención de Nebiros; y el mago Rigoberto, en Buenos Aires, a fines de los '90, estalló en mil pedazos por imperio del sutil Astaroth. Por supuesto, hay muchos casos más, ignorados por la prensa; pero en todos ellos mis colegas fueron tan astutos, tan avisados, tan precisos, que nadie se atrevió siquiera a imaginar su intervención. La única incógnita que siempre queda latente, flotando como una nube de humo, es el fenómeno ignífero, de por sí incomprensible.

Y sin embargo, existe una secreta armonía entre los hechos acaecidos durante los últimos 1000 años: una armonía que es una cifra y una cifra que, si los hombres se esforzaran, podrían conocer.

Ahora yo, Anagatón, sumaré un eslabón más a la gloriosa cadena de fuego iniciada antes de los siglos. Encarnado en el ser humano cuya débil voluntad tengo completamente sometida, concentraré la fuerza, dirigiré la energía y abriré las compuertas del erebo para vaporizar sin piedad al ser humano que me ha sido dado como "elegido".

Así como alguna vez alguien me eligió a mí y me hizo renacer a la vida por medio del fuego y la energía -no por el agua y el espíritu, como han tergiversado las Escrituras- y he tomado un cuerpo para perpetuarme en el tiempo, del mismo modo yo haré renacer a otro para iniciarlo en los misterios herméticos, en la cadena de Isis y Osiris; el ciclo seráfico iniciado por Lucifer y que gracias a Orfeo arderá para siempre.

****

Cuando la policía llegó al lugar de los hechos la casa parecía una montaña de es-combros humeantes. Quedaban en pie, no obstante, algunas paredes y parte del mobiliario. Los bomberos habían acudido rápidamente, pero el fuego había sido tan intenso y fulminante que apenas les dio tiempo a intervenir. De lo que quedó de la casa, que era ocupada por un hombre anciano y enfermo, los investigadores lograron rescatar algunas extrañas piezas de metal tales como alambiques, calderos y redomas, además de un par de arcones antiguos y una enorme biblioteca con puertas completamente ennegrecida.

Dentro de la biblioteca se encontró, entre otros extraños volúmenes tales como el Necronomicón y el Bestiario de Swedenborg, un oscuro ejemplar del libro de los nombres satánicos conocido como "Tratado completo de la verdadera magia": un grimorio del siglo XIII que contenía, entre otros descabellados artículos, un pormenorizado detalle de las diversas misiones asignadas a los demonios que pueblan la atmósfera tenebrosa, ordenadas según sus respectivas especies. El libro, escrito en latín, poseía un capítulo dedicado a las "misiones igníferas".

La policía descubrió además algunos huesos humanos, todavía calientes, que reposaban dentro de uno de los arcones, pero que no pertenecían al propietario de la casa, de quien nunca se supo qué le ocurrió. Los vecinos lo llamaban "el brujo" y aunque era un ser repulsivo y extravagante, su desaparición en medio de aquel pavoroso incendio había causado una gran conmoción en el pueblo.

Cuando el humo se disipó, los investigadores se acercaron para estudiar los extraños objetos que habían sobrevivido a las llamas; pero algo increíble ocurrió cuando el inspector tomó el grimorio y lo depositó dentro de una bolsa plástica.

Ante la admiración de todos, el libro se prendió fuego, y en un abrir y cerrar de ojos se desintegró convirtiéndose en un montón de cenizas humeantes.


(c) Agustín Francese

 

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