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EL AYUDANTE DE PIRANESI

por Armando Boix

Sí, ya sé que diez cafés son muchos, pero sírvame, ¿quiere? ¿Nervioso? ¡Claro que estoy nervioso! Llevo tres días sin pegar ojo, deambulando de aquí para allá, sin detenerme mucho tiempo, ni atreverme a descansar. Por eso necesito otra taza. No entiende, claro. Es imposible... Si me deja, le explicaré. Me hará bien, me ayudará a mantenerme despierto. Me ayudará... Usted vaya preparando ese café, por favor.

Soy abogado, y bastante bueno, aunque no lo parezca con este traje arrugado y sin afeitar. Seguramente huelo fatal. Tendría que haberme visto hace sólo unos días, cuando el mayor de mis problemas era un juez molesto o el inesperado aplazamiento de alguno de los juicios. Mi especialidad es el derecho sucesorio. Debo compartir ingresos con un socio de bufete y, aunque no tenemos una clientela muy amplia, sí es lo suficientemente selecta como para permitirme una vida cómoda. Algo ayuda, además, el no perder la cabeza por los lujos. No echo de menos un coche potente o una casa en la costa, ni cuento con esposa o hijos a quienes deberme. Sin embargo, tengo una debilidad a la que no me importa rendir buena parte de mis ingresos: me encanta el arte. Siempre me ha gustado y no sé porqué: nada en mi educación me predispone a ello. Tal vez me sirva para compensar tantas horas entre autos y ordenanzas, para poner algo de poesía en mi vida... Colecciono pequeñas cosas. No soy un Thyssen, entiéndame. Dibujos, grabados, alguna acuarela; casi nada anterior al XIX... ¡Ah, gracias! No, no quiero azúcar.

¿Por donde iba? ¿Le he dicho que soy abogado? Sí, claro. Todo empezó con un cliente satisfecho... ¡Maldita sea! Si se me permitiera retroceder, si pudiera volver a aquel momento... Parece un siglo y hace sólo una semana que al llegar a la oficina Beatriz, mi secretaria, me dio un tubo de cartón traído por un mensajero. Me lo llevé al despacho y abrí el sobre adosado al paquete con cinta adhesiva. En su interior encontré una nota en la que uno de mis clientes, Alfredo Gozzi, renovaba su agradecimiento por mis servicios y me rogaba aceptase aquel presente.

Alfredo es uno de los sobrinos del difunto Domingo Gozzi, patriarca de una saga de financieros barceloneses. Al morir dejó una fortuna enorme en acciones, bonos e inmuebles que sus tres sobrinos se iban a repartir a partes iguales. El viejo Gozzi poseía también una importante pinacoteca acumulada por su familia a lo largo de los siglos, una colección que por sí sola vale cientos de millones. Todos presumían su división, como con el resto de los bienes; pero, para su sorpresa, descubrieron que la voluntad última del patriarca fue que la colección permaneciese unida. La había legado en exclusiva a Alfredo, su hombre de confianza en los negocios. Como no hacía ni un año de la redacción del testamento, los restantes herederos lo impugnaron, argumentando que la larga enfermedad había mermado las facultades mentales del anciano... Creo que le aburro. Perdóneme; pasaré sobre los detalles legales e iré al meollo del asunto.

La batalla ante los tribunales resultó dura. Ambas partes tenían suficiente dinero como para costearse lo mejor de lo mejor en su defensa, y nadie quiso dar el brazo a torcer. Por suerte su argumentación estaba traída por los pelos y logramos resistir los embates. El juez dio la razón a mi cliente.

Alfredo Gozzi creía necesario demostrar su contento con algo más que el pago de las minutas. Bienvenido fuera. Los regalos de los clientes suponen una agradable prima, que, encima, no debemos reseñar en los libros de cuentas. Quité curioso la tapa a uno de los extremos del tubo y extraje de su interior un papel enrollado. Lo desplegué.

Se trataba de un dibujo realizado a la aguada, de unos cincuenta centímetros de largo, evidentemente antiguo por el tono sepia que la tinta había adoptado con el paso de los años. Me gustó inmediatamente.

Al primer golpe de vista lo creí un típico paisaje con ruinas del romanticismo. Cuando me fijé mejor vi que, aun siendo un dibujo arquitectónico, no representaba la imagen exterior de un edificio, sino la de su interior. Un interior enorme; de ahí mi error inicial.

Parecía un vestíbulo gigantesco, lóbrego, levantado con sillares, con unas claraboyas en su cúpula lejana que apenas servían para diluir la oscuridad con suaves pinceladas de luz. Cuerdas y cadenas pendían de poleas como restos de una tramoya desvencijada, y sin razón aparente se tendían en las alturas algunas pasarelas que acababan por cortarse de forma brusca o conducían a un muro vacío. A nivel del suelo, bocas de oscuridad sugerían subterráneos de acceso olvidado. Varias escalinatas se retorcían hasta perderse en una perspectiva de pilares, arcos y galerías, aparentemente infinita...

El conjunto era atractivo y aterrador a un tiempo. Me recordaba aquellos grabados de Piranesi, las Carceri d'invencione. ¿No las conoce? Son una serie que ese artista italiano del siglo XVIII dibujó representando laberínticas mazmorras y salas de tortura. Una obra maestra. Busqué la firma en mi dibujo, esperanzado. En la esquina inferior derecha se leía: «G. Cordiani fecit. Anno Domini 1744». ¿Un discípulo de Piranesi o el simple ejercicio de copia de un estudiante de arte aventajado? La memoria me fallaba y no estaba seguro de si las fechas se correspondían. Lo dejé correr. No me sería difícil encontrar más tarde cuándo había estampado Piranesi sus aguafuertes. Con un suspiro de resignación volví a enrollar la lámina y la guardé; mis deberes profesionales me reclamaban.

A las once debía defender un caso. Concentrado primero en la preparación de la vista y, después, en la exposición de nuestras razones ante el magistrado, llegué a olvidar el regalo de Alfredo Gozzi. Comí deprisa en un restaurante del Paseo Sant Joan y regresé por la tarde al bufete para atender mis citas con un par de clientes. Hasta las nueve de la noche no puse por fin los pies en casa con el tubo bajo el brazo.

A pesar de morirme de impaciencia, me contuve de correr a la biblioteca. Estaba decidido a disfrutar con calma del placer intelectual de la investigación. Me puse cómodo, me serví un whisky y sólo entonces me arrellané en un sillón, rodeado de libros.

El primer dato que me interesaba consultar era la fecha de las Carceri d'invencione, y la obtuve en un ensayo de Kenneth Clark, La rebelión romántica. Giambattista Piranesi realizó dos versiones diferentes de sus cárceles: la primera en 1745 y publicada en 1750, y la segunda en 1760, con la inclusión de dos láminas nuevas. Resultaba evidente que la aguada de Cordiani, datada un año antes, no era una imitación sino completamente original. ¿Podía llegar a pensarse que la relación se estableció a la inversa, que fue Piranesi el influido por el trabajo del olvidado Cordiani? Para confirmarlo necesitaba conocer alguna cosa de su biografía.

En ninguno de los diccionarios de artistas lo encontré, ni tampoco en L'Arte Moderna, de Lavagnino, completísimo en cuanto a creadores italianos se refiere. No me extrañó, aunque resultara decepcionante. Por más que agradeciera mi trabajo, Alfredo Gozzi era un hombre de negocios y un inversor práctico. Jamás se habría desprendido de un Turner o un Gericault por complacerme. Sabedor de mi afición, un oscuro dibujante le bastaba para granjearse mi amistad sin mermar su patrimonio.

Recordé entonces un libro leído algún tiempo atrás, una selección de las cartas de Horace Walpole. Como era común entre los jóvenes aristócratas de su época, el fundador de la literatura gótica inició en 1739 un largo viaje por el continente, permaneciendo durante todo el invierno en una villa a orillas del Tíber. A raíz de su estancia había trabado amistad con importantes personajes de la sociedad romana, con los que mantendría una larga correspondencia. En aquellas cartas se intercambiaban anécdotas sobre los artistas locales y, por coincidencia de fechas, pensé en la probabilidad de hallar citado a Cordiani.

No recordaba dónde lo había guardado y tuve que remover un montón de volúmenes hasta que el libro de Walpole apareció tras una pila de catálogos. Me senté a hojearlo. Pasaba páginas rápidamente, atento sólo a localizar el nombre del dibujante. Finalmente tropecé con él, en una epístola que el novelista inglés dirigía a su padre, Sir Robert, narrándole nuevas de sus corresponsales italianos. Satisfecho, proseguí la lectura con mayor cuidado.

Al parecer Giacomo Cordiani había sido un personaje bastante famoso entre sus colegas: una especie de bufón del que todos tenían algo que contar, entre chismes reales e inventados. Aunque admiraran su técnica con los buriles, nadie acababa de tomarle en serio, con su fama de excéntrico que, curiosamente, parecía halagarle. Su devoción por el dibujo, la escolástica y los viejos tratados de alquimia sólo encontraban rival en su apego al vino. Cuando se excedía en su uso, cosa que sucedía casi a diario, gustaba de insultar tanto a los practicantes de la pintura galante como a los artistas modernos que tomaban la imitación servil del legado griego como una revolución. Avanzándose al espíritu del Romanticismo, Cordiani dirigía sus preferencias hacia el arte medieval. En lugar de dibujar el enésimo estudio del Coliseo, prefería hurgar en la sacristía de Santa María la Mayor para leer los viejos códices que ni siquiera los clérigos estaban ya interesados en estudiar; y mientras sus contemporáneos se extasiaban ante los restos de Herculano o un Apolo de Praxísteles, él defendía como modelo de belleza las tallas de las catedrales góticas y la melodía gregoriana del Dies Irae.

Sólo parecía comprenderle Piranesi, recién llegado a Roma desde Venecia y autor de melancólicos grabados de las antigüedades también distantes del gusto común. A pesar de la mala fama de Cordiani, le dio cobijo en su taller y lo empleó como ayudante, antes de que sus desvaríos les distanciaran. Durante mucho tiempo había caminado por la estrecha franja que divide genialidad y locura, y al final acabó por caer en el lado equivocado. Algo aprendió en los viejos pergaminos... algo que había cortado las últimas hebras de las que pendía su razón. Decidiendo que sus investigaciones precisaban de otros maestros, Cordiani abandonó al grabador y se encerró en el ático de una casa de comidas, a pocos metros de la puerta del Pópolo, con un anciano cabalista al que frecuentaba desde hacía meses. Bajo la dirección de su nuevo compañero trabajaba sin cesar en dibujos que luego destruía furioso, en busca de una forma perfecta e inasible. Sólo se concedía un descanso al anochecer, para desentumecer sus miembros, vaciar una botella y respirar algo de aire puro. Durante semanas se vio vagar su silueta alta y desgarbada bajo los contrafuertes del Castel' San Angelo. Una y otra vez cantaba una endecha sobre las mentiras de Ovidio y el verdadero rostro de los dioses, y si, llevado de la curiosidad, algún otro paseante se le acercaba para preguntarle el porqué de esa insistente tonada, Cordiani callaba un instante, miraba a su alrededor, y musitaba en voz baja, como quien revela un secreto, que aquello era su estratagema «para vencer los engaños de Hipnos».

Pero un día no apareció; ni lo hizo al siguiente. Sus escasas amistades empezaron a temer que hubiera tropezado con un mal encuentro durante sus paseos nocturnos. Encabezados por Piranesi, fueron hasta su buhardilla en busca de algún indicio de su paradero. Desde la calle no se distinguía ningún movimiento en el interior. Subieron las escaleras del figón, lúgubres y embebidas del olor a col y frituras. Llamaron. No contestó nadie; tras la puerta creyeron oír un quejido. Dudaron un momento si marcharse o forzar la entrada, y estando inmersos en esa discusión estalló en el desván un grito desgarrador. Ninguno había oído nunca nada igual. Parecía concentrar dolor y horror como ningún ser humano ha conocido, en una queja que no expresaba demanda alguna de auxilio, sino la más absoluta desesperación. Los recién llegados se estremecieron. ¿Qué estaba sucediendo allí dentro? Alguien había enloquecido: aullaba, gimoteaba y, de tanto en tanto, se arrojaba contra la puerta haciendo temblar sus tablas, preso de la furia o del más absoluto terror. Piranesi fue el primero en reaccionar y bajó a grandes trancos hasta la casa de comidas, en busca de un hacha con la que derribar la puerta. El dueño se la facilitó y le acompañó escaleras arriba. Tres golpes astillaron las maderas y les abrieron paso. Apunto estuvieron de caer bajo el envite del anciano, pues una vez abierta la puerta se lanzó hacia delante como una bestia rabiosa, los ojos desencajados, totalmente fuera de sí. Con su grueso cuerpo, el mesonero le cerró el paso y entre todos lo derribaron para sujetarle mejor, no encontrando modo de hacerle atender.

El grabador entró en la buhardilla, descubriendo una imagen espantosa.

Sobre la cama un cuerpo mutilado se entregaba a los últimos estertores. Las sábanas no podían absorber tanta sangre y ésta formaba charcos que, una vez colmados, se vertían en largos chorretones hasta el suelo. Piranesi se acercó; Cordiani -pues era Giacomo Cordiani aquel trozo de carne cortada y palpitante- levantó una mano e intentó hablar. Tosió, vomitó un espeso cuajarón... Murió.

Las autoridades no dudaron ante las evidencias: el crimen era obra del cabalista, que en un rapto de locura había atacado a Cordiani. No cabía otra conclusión. Aunque Piranesi, como testigo, les hizo observar que muy poca sangre manchaba las ropas del anciano para considerarle responsable de tal carnicería, era inverosímil que un extraño hubiera podido atacar al artista y desaparecer, con la puerta atrancada por dentro y la única ventana de la buhardilla elevándose a más de diez metros sobre el suelo. El cabalista subió al patíbulo sin recobrar la razón, ni dar explicación cabal de lo sucedido.

Enterraron a Cordiani dos días después de su asesinato, el día de reyes de 1745. Sin un céntimo en su haber, tuvieron que vender sus pertenencias para sufragar el sepelio, y el propio Piranesi, por colaborar, compró alguno de sus últimos dibujos, eximidos del destino de sus predecesores. El horrible final de Cordiani había sido suficientemente comentado como para que la ceremonia resultara multitudinaria. Muchos, que antes sólo habían mencionado su nombre para mofarse, asistieron con rostro contrito y palabras pesarosas en sus labios.

Cerré el libro de Horace Walpole excitado. El mito del genio, del artista como ser diferente a los demás hombres, siempre ha tenido extraordinaria fortuna. Con todo y ser un pintor excepcional, buena parte del éxito actual de Van Gogh, pongamos por caso, se funda en su trágica existencia. Otros contemporáneos, no menos brillantes aunque de vida más reposada, pueden ser prestigiosos entre los conocedores, pero jamás gozarán del reconocimiento popular. Yo no era menos sensible a tal atracción y el relato había redoblado mi interés, por más que fuera consciente de que no debía dar completo crédito a lo leído. Quizá Walpole se había dejado llevar por la imaginación. Su novela El castillo de Otranto es muestra evidente de su gusto por la fantasía y los cuentos macabros; no sería extraño que hubiera cargado las tintas para dar mayor emoción a la historia. De todos modos, le daba consistencia el dato de la relación de Cordiani con Piranesi y que éste se hubiera quedado con su obra. ¿Era mi aguada uno de aquellos dibujos? La familia de mi cliente, los Gozzi, eran de origen italiano. Según me había contado en una ocasión, el primero en llegar a España fue un diplomático pontificio, a finales del siglo XVIII. Probablemente la aguada debió llegar con él desde Roma y, tras tantos tumbos, había acabado por recalar en mis manos.

Volví a cogerla. La sujeté delante mío, estirando los brazos, y la estuve contemplado así un buen rato. Me perdí en la exploración de sus oscuros rincones, recorrí con la vista escalinatas y puentes, intentando descifrar el plano de su laberinto. Sentí una desazón, una impaciencia, como la que te invade cuando estás a pocos pasos de solucionar un rompecabezas y temes que la clave se te escape. No entendí por qué. Debía ser sólo producto del cansancio; había tenido un día muy duro. Efectivamente, me dolían los ojos y una enorme pesadez me abrumaba. Dejé a un lado el dibujo de Cordiani y me encaminé a mi habitación. Apenas me introduje entre las sábanas me quedé dormido.

 

Vamos a la Segunda Parte de EL AYUDANTE DE PIRANESI

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(c) Armando Boix
 

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