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EL PAISAJE

Por Guillermo Rossini



La bienvenida fue la misma que la de todos los años: el imponente cóndor planeando bien bajo, acompañándola casi los últimos kilómetros hasta la entrada de la ruta que la llevaba hasta la casa de la montaña.

(El Paisaje sabía cuando la mujer llegaba; sabía que tenía que reconquistarla todas y cada una de las veces que ella aparecía por allí. La corporización en un ave tan hermosa era una de sus tantas formas de acercarse a ella y poder atisbar dentro de su alma......)

La primera vez que lo vio, a María José le quedó grabado el momento para el resto de su vida: ella venía manejando por el camino de cornisa que derivaba en el último tramo de la ruta, escuchando música de Bach, cuando después de una curva, se abrió un panorama impresionante: el cerro Itelquen en el fondo, allá abajo el valle bien verde, y, recortado entre las nubes más bajas, el vuelo en círculos del magnífico pájaro. Recuerda que en ese momento pensó: "¿será esto, Dios mío, lo más hermoso que mis ojos podrán ver?"

Eran casi las siete de la tarde.
La camioneta se detuvo al costado de la cabaña. Por un momento pareció como que nadie descendería de la misma, pero la puerta del conductor se abrió, y María José posó sus pies en el camino de entrada.
Cansada por el viaje desde la capital, pero con ganas de reencontrarse con ese lugar mágico, estiró un poco las piernas, se quitó los lentes de sol, y dejó que sus ojos empezaran a transmitir al cerebro las imágenes del paisaje de alrededor de la casa.
Una vez incorporado a su mente, el paisaje empezaba a relajarla. Había sido un año demasiado duro, con un trabajo de locos, problemas con Juan Pablo, su actual pareja, y encima había postergado sus vacaciones por distintas exigencias laborales.
Pero ya estaba ahí, donde ese paisaje tenía la virtud de calmarla apenas tomaba contacto visual con él, y el malhumor de los últimos días empezó a desvanecerse.

(el Paisaje la vio llegar, y de inmediato corrió unas nubes bajas alrededor de las montañas de enfrente para que ella pudiera empezar a disfrutar de esa vista. )

Entró en la casa.

(Federico, el encargado de cuidar la casa mientras estaba vacía, cumplía con el encargo de todos los años, y previo aviso, más o menos una semana antes que ella llegara, ya empezaba con la limpieza y el aprovisionamiento de la despensa, para que hubiera tres o cuatro botellas de vino, una de brandy, un poco de carne ahumada y alguna trucha en el congelador, aparte de otras mercaderías.)

María José nunca necesitó comprobar si estaba todo limpio con el típico gesto de pasar el dedo sobre algún mueble: solía confiar en la gente que trabajaba para ella.
Dejó el bolso en un rincón del salón y se dirigió al bar.
Cumplió con el ritual de todos los años: se sirvió una copa de brandy, se sentó frente al gran ventanal, encendió un cigarrillo, lo dejó en el cenicero y fijó la mirada en el paisaje, que, enmarcado por los pesados cortinados de la sala de estar, y dividido en porciones por los vidrios repartidos de las ventanas, parecía un hermoso puzzle recién armado.
(Desde siempre, ella había elegido la montaña como lugar de descanso. Viajaba a otras partes del mundo, conocía lugares diferentes, pero...
Ni el mar ni otro tipo de lugares le producían lo que la montaña. Y El Paisaje lo sabía muy bien)


Como siempre, un rato después de su llegada, apareció por el camino de entrada a la casa, aquel ciervo.
Caminaba despacio, como cauteloso, pero sin miedo. Mirándola fijamente a través de los vidrios, se detuvo a unos pocos metros de la casa.
Los primeros años, ella salía para tratar de acariciarlo, pero el ciervo se espantaba y se perdía entre los árboles. Con el correr del tiempo, María José entendió que ese momento se convertía en bienvenida, si cada uno mantenía su lugar.

(El paisaje se transformaba también en un animal dócil y de apariencia agradable para poder acercarse a ella... Necesitaba observarla de cerca todos los años a su llegada, para apreciar su hermoso rostro, y notar a través de sus expresiones, si había sufrido, si había sido feliz...)

Después de la segunda copa de cognac, y ya con fuego en la chimenea, subió a su habitación.

(El ciervo se perdió en la espesura, desvaneciéndose entre la niebla que ya cubría gran parte del lugar. El paisaje ya tenía los datos del estado de ánimo de la mujer. Como cada vez que la veía, ya sabía lo que tenía que hacer.)

María José acomodó la ropa, tomó un largo baño de inmersión y se dispuso a esperar la noche; cocinaría unas truchas, abriría un buen vino y esperaría la llegada de Juan Pablo; él no llegaría desde la capital hasta bien tarde.
Su relación con Juan Pablo tenía ya casi un año; era esta la primera vez que lo llevaba a la casa de la montaña, y tenía cierta ansiedad.
A él le gustaba mucho el mar, y había costado convencerlo de ir a pasar esos días allá en las montañas; aparte, las cosas entre los dos no estaban muy bien.
Sus diferencias se marcaban cada vez más con el correr del tiempo, y la relación parecía estar llegando a su fin. Las discusiones eran cada vez más frecuentes y ninguno de los dos aceptaba ya las disculpas del otro.
María José quería brindarle y brindarse una tregua; unos días juntos y lejos de todo, tal vez acomodarían las cosas de una vez por todas.





Al verlo llegar, ella pudo leer en el rostro de Juan Pablo que no había sido una buena idea hacerlo venir hasta la casa de la montaña.
Espiándolo desde las ventanas, lo vio bajar del auto. La expresión de su cara era como de haber cumplido con un trámite; había cansancio y fastidio en sus gestos.
Por supuesto que él no sabía que estaba siendo observado por María José; cuando ella salió a su encuentro disfrazó su cara con una sonrisa y la abrazó tan fuerte como pudo.
Ella sintió el abrazo y en ese momento quiso creer que lo que había visto por la ventana en la cara de Juan Pablo era sólo producto de su imaginación, de sus miedos, de su inseguridad.......

(El Paisaje percibió el humor del forastero y una señal de alerta se diseminó por los alrededores: una vibración apenas audible por los seres humanos, un silencio expectante. Pero si El Paisaje pudiera expresarse con palabras diría: " Ella no debe sufrir aquí, porque ella eligió este lugar como propio, y este Lugar sólo le brindará sosiego y tranquilidad, alegrías tibias, tardes soleadas, inviernos nevados, en fin, un refugio inmenso contra la ciudad, contra la gente, hasta a veces contra sí misma. Pero NADIE en este lugar la puede hacer sufrir.")

Entraron y ella le mostró la casa, la mesa que había preparado, la gran sala de estar con sus amplios ventanales...(ya desde mañana lo llevaría a recorrer los alrededores y los lagos próximos, le enseñaría todos los lugares que ella conocía, le hablaría de las leyendas y los mitos del bosque). El entusiasmo de ella contrastaba con el esfuerzo por prestarle atención que él hacía, mostrándose cortésmente interesado en cada cosa que María José contaba, pero obviamente con la mente puesta en otro lado, muy lejos de ese sitio.





No hubo paseo nocturno por el bosque, ni caricias ni besos bajo las estrellas, ni promesas de que todo va a ser distinto...... La noche siguió su rumbo con Juan Pablo dormido en el enorme sillón de la sala de estar, y con María José arriba, en la habitación grande, recostada sobre la cama matrimonial, vestida, fumando el enésimo cigarrillo y mirando el paisaje nocturno a través de la pequeña ventana del cuarto.



En la pequeña mesa de la sala, había una nota.



El amanecer fue un bálsamo para los dos.
Él se fue y María José se quedó con la sensación de que las cosas estaban rotas definitivamente.
Vio perderse el auto por el camino, y cada vez más lejos veía irse su felicidad.
Respiró hondo, dejó la nota sobre la mesa, y salió al sendero.
Una vez afuera de la casa, tomó conciencia que lo que se estaba alejando por el camino no era nada más que el hombre que había sido su pareja: también se iban algunos sueños, algunos proyectos....y por la misma ruta, en vez de irse, se acercaba cada vez más la soledad, la tristeza, el desengaño.....
Empezó a llorar. Primero eran sólo lagrimas cayendo por sus mejillas, pero después explotó un llanto poderoso y profundo. Había sido un año tan malo...

(El paisaje comprendió. Al verla sufrir, surgió la ira.. Ráfagas de viento helado cruzaron los bosques; oscuras nubes taparon el cielo, una lluvia feroz azotó el lugar......)

Entró corriendo a la casa, maldiciendo, empapada, furiosa.
Se desvistió, se envolvió con una manta y se acurrucó junto al hogar. Todavía temblando, se acordó del cognac y se levantó para buscar la botella y una copa. Dejó caer la manta a sus pies.

(El cóndor apareció entre la lluvia y se posó en uno de los pilares de entrada. A través de los ventanales y de la tormenta, el Paisaje, ya cóndor, pudo verla desnuda, ahí, de pie, junto al fuego. Por un momento, el viento se detuvo y la lluvia se hizo llovizna)

Volvió a su lugar con la copa llena en una mano y la botella en la otra. Apoyó ambas cosas en el piso, cerca de ella, se envolvió nuevamente con la manta, y miró por la ventana hacia el bosque... y vio al gran pájaro, inmóvil, atisbándola. En ese momento deseó que empezara a nevar. Pensó cuanto se gratificaba viendo ese paisaje nevado, tal vez en ese momento le haría bien, quizás se olvidaría de todo, quizás no, quien sabe. No sabía ni lo que quería.

(Sintió lo que ella deseaba y se dedicó a complacerla, como había hecho todos los años desde que supo que ella lo había elegido para siempre.)

Empezó a nevar, y María José no se sorprendió. Otras veces había tenido la sensación que lo que deseaba fervientemente, se cumplía (por supuesto que cuando estaba en la casa de la montaña).
Esa vista de la nieve cayendo sobre el bosque empezó a relajarla, y , ayudada por el brandy y el calor del hogar, se quedó dormida.


El ciervo se acercó a ella silenciosamente, apareciendo entre los muebles del salón.
La vio dormida y se acomodó a su lado, casi tocándola con su lomo.
En sueños, ella se sintió acompañada, cobijada, protegida. Sintió tranquilidad; sosiego; y eso le permitió dormir profundamente.
Allá afuera, un centinela con forma de ave, cuidaría que nada ni nadie perturbarán ese sueño.

(c)Guillermo Rossini, 2000.
 

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