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El siguiente texto corresponde al libro Excursos de Pablo Capanna.

VISIONES, APARICIONES Y ARREBATOS

(La formación del mito ovni )

 

 

"Tenemos aquí la oportunidad de ver cómo se forma una leyenda:

 una fábula maravillosa sobre la invasión,

o por lo menos la aproximación,

 de potencias "celestes" extraterrenales,

en una época oscura y difícil de la historia humana."

 

-C.G. Jung, Un mito moderno (1958)

 

Es poco común que los mitos tengan fecha de nacimiento.

Este mito sí la tiene. Tras una prolongada gestación, vio la luz el 24 de junio de 1947.

El acta la extendieron dos periodistas de un diario norteamericano de provincias, el East Oregonian. Ese día, Kenneth Arnold, un empleado del servicio forestal que viajaba en una avioneta por el estado de Washington, al norte de Oregon, había avistado nueve "flashes" luminosos (esa fue la expresión que usó) sobrevolando el monte Rainer* .

Arnold nunca supo precisar la forma de aquellos objetos (más tarde hablaría de un enorme malentendido), pero cuando tuvo que describir lo que había visto, dijo que se desplazaban como lo haría un platillo saltando sobre la superficie del agua.

Bastó esta metáfora para que los autores de la nota acuñaran la expresión "platos voladores" (flying saucers). El 26 de junio, dos días después, el Examiner de San Francisco ya titulaba  "Misteriosos 'platos voladores' avistados sobre Oregon". Casi desde el comienzo, se los identificó como naves espaciales extraterrestres, argumentando que ningún vehículo terrestre podía alcanzar tan altas velocidades, aunque oficialmente fueron definidos como UFOs (Unidentifyed Flying Objects) u ovnis (Objetos Voladores No Identificados).

Desde entonces, los testimonios nunca dejaron de sucederse, y periódicamente hay etapas en que se intensifican. El "fenómeno ovni" figura en los presupuestos militares, genera grandes negocios, inquieta a las ciencias humanas, influye en la cultura popular, y ha acabado por crear su propia religión.

Recordemos que los primeros testigos veían objetos en vuelo.

Pronto los vieron posarse, y aparecieron otros que aseguraban haber tenido "encuentros cercanos" con sus tripulantes, a quienes describían como humanoides venidos del espacio.

Luego, aparecieron personas que juraban haber sido arrebatados por los extraterrestres, quienes los habían devuelto tras estudiarlos, para que transmitieran un mensaje a la humanidad.

Según la clasificación de Allen Hynek, se llama "encuentros cercanos" a los casos en que el testigo dice haber estado a menos de 150 m. del ovni. En el Primer Tipo, el fenómeno no afecta al sujeto ni al entorno. En el Segundo, se registran modificaciones en el ambiente (por ejemplo, fenómenos electromagnéticos) o en el sujeto (alteraciones fisiológicas, quemaduras). En el Tercero, se observa el comportamiento de humanoides procedentes del ovni.

            Existe también un cuarto tipo, que Hynek llama abduction, cuando el testigo es secuestrado por un ovni y tiene experiencias a bordo de éste. Los "contactados" (contactees) y "arrebatados" (abductees) son tantos que suelen reunirse en convenciones anuales, como los profesionales y empresarios.[1]

Asistimos hoy a la proliferación de cultos seudorreligiosos, generalmente apocalípticos, vinculados con los ovnis: las llamadas "sectas platillistas". La New Age, suerte de Internet del esoterismo, también les ha hecho un lugar en su promiscuo credo.

En su seno, ha surgido una escuela de psicología transpersonal que no vacilan en equiparar estos "encuentros" con otras "iluminaciones" como el satori, el chamanismo, el espiritismo (channeling) o la experiencia de revivir "vidas anteriores"[2].

Me atrevo a asegurar que el lector, sea creyente o escéptico en cuanto a los ovnis, estará familiarizado con "encuentros" como estos:

 

El piloto

 

Un piloto inglés es interceptado por una flotilla de discos voladores que rodean su aparato y lo inmovilizan en el aire. Descubre que están tripulados por seres humanoides de gran talla, quienes lo llevan a bordo de una de sus naves. Se reúne con ellos en una luminosa sala circular donde le explican sus intenciones pacíficas, antes de devolverlo a su avión y proseguir viaje.  

 

Los científicos

 

Algunos miembros de una expedición cartográfica norteamericana que trabaja en los Andes peruanos, sorprenden las operaciones de un grupo de extraterrestres, de grandes cabezas y tez amarilla. Los intrusos acaban de reaprovisionar  su nave de combustible nuclear y recolectar especímenes vegetales y animales. Proceden de Júpiter, y suelen visitar periódicamente nuestro planeta.

De regreso, los cartógrafos optan por ocultar su descubrimiento, pero la noticia termina por trascender.

 

El elegido

 

En  un descampado de Brabante, un viajero belga ve aterrizar un "cigarro volador" del cual desciende un hombre alto y de largos cabellos. Está vestido con ropas ceñidas y le habla en francés, pues es telépata y puede leer la mente.

Dice venir de una estrella lejana, y explica que su pueblo no desea hacer contacto con los terrestres, para no interferir en su evolución. Lo conduce hasta su nave espacial, donde el belga se encuentra en medio de una sala circular, iluminada con luz difusa, donde sólo hay una mesa y una silla.

El testigo se despierta más tarde en medio del campo, sin poder recordar nada de lo ocurrido. Aunque tiempo después, tras sufrir un grave accidente, revive súbitamente la experiencia.

 

Estas historias son tan comunes que no sólo todos las hemos leído alguna vez sino que nos hemos hartado de verlas en el cine, la televisión, las revistas o las historietas. Cualquiera de ellas podría estar en el diario de la mañana o en el noticiero de la noche. Por supuesto, se trataría de historias recientes, posteriores al año 1947, o de testimonios históricos que recién ahora cobran sentido.

Pues bien, ninguna de estas historias ha ocurrido jamás.

Las tres fueron concebidas como cuentos o novelas, es decir como ficciones literarias, casi cuarenta años antes de la aparición del primer ovni.

La historia del piloto fue pensada y escrita en 1911. La de los científicos es de 1919, y la del elegido de 1934. Todas pertenecen a escritores totalmente olvidados, y fueron publicadas en revistas populares como los feuilletons franceses o las dime novels inglesas*. Sin dificultad, podrían encontrarse muchos ejemplos más, como bien saben los eruditos en ciencia ficción: Jacques Bergier menciona la descripción de un plato volador movido por energía atómica que aparecía en una novela del británico James Rock en una fecha tan temprana como 1909.

De la misma manera, la iconografía del ovni aparece en las ilustraciones de revistas, folletines y novelas de ciencia ficción varias décadas antes de 1947, fecha de aparición oficial del "fenómeno".

La forma standard de la nave extraterrestre, tal como puede vérsela en el film Close Encounters de Spielberg, o en los afiches de la secta Lineamiento Universal Superior, es un disco combado en su cara superior. A veces, muestra alguna protuberancia en la inferior y generalmente emite haces de luz.

Una ilustración de Frank R. Paul, el gran dibujante de los pulps, publicada en 1929, muestra un disco luminoso con esas características, cerca del cual revolotean discos más pequeños, suspendidos sobre un paisaje montañoso. Si se lo usara como test muy pocos lectores de hoy serían capaces de reconocer su  antigüedad.[3]

Este estereotipo era tan común en los años Veinte que las revistas de ciencia ficción Science Wonder Stories y Amazing Stories lanzaron en 1927 sendos concursos literarios, donde invitaban a sus lectores a imaginar historias basadas en dos ilustraciones de Frank R. Paul y Geo Fox: ambas incluían la forma inconfundible del "plato volador".

Podríamos remontarnos aun más lejos, y encontraríamos algo muy parecido en Los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift,  bajo la forma de una sátira dirigida contra la Royal Society de Newton. Allí el marino visita la isla volante de Laputa, que viaja suspendida en el aire por fuerzas magnéticas y es habitada por científicos experimentales. Lemuel Gulliver relata así su "encuentro cercano":

 

"Volví la cara alarmado, descubriendo entonces, entre el sol y yo, un cuerpo opaco y enorme que se adelantaba hacia la isla: parecía estar a una altura aproximada de dos millas y ocultó el sol completamente durante seis o siete minutos [...] Conforme este extraño cuerpo se iba acercando hacia el lugar donde yo me encontraba, me pareció que era de base plana y lisa, formado por una sustancia sólida y que brillaba bastante con el reflejo del mar."[4]

Ficción y realidad

 

Resulta inquietante descubrir que un fenómeno del mundo físico, al cual se considera capaz de dejar huellas tangibles, haya sido "anticipado" en varias décadas ( o quizás siglos ) por escritores de ficción. ¿Existirá alguna relación causal entre lo imaginario y la experiencia vivida por una multitud de testigos, que en general podemos considerar sinceros? ¿Habrá que suponer que los escritores han sido "visionarios" capaces de anticipar intuitivamente los fenómenos que otros habrían de ver más tarde?

En lugar de esta causalidad invertida, que carga con demasiados supuestos como para ser una buena hipótesis, ¿no habrá que pensar que la imaginación de los artistas modeló el imaginario colectivo, sugiriéndole inconscientemente al público la forma de aquello que tenía que ver?

Sin abrir juicio sobre la "realidad" del fenómeno ovni, y aun aceptando que detrás de él pudiera haber algún hecho físico o psíquico desconocido (incluso eventuales naves extraterrestres) lo primero que tenemos que admitir es que la forma  que ofrece no es nada original. Tiene toda una historia literaria que podemos reconstruir con facilidad.

Suele alegarse que estos fenómenos no se iniciaron en 1947, sino que ya habían sido registrados en el pasado, especialmente a partir de la Modernidad. Los más audaces, se remontan a los "escudos voladores" observados por Plinio o la visión de "ruedas dentro de ruedas" del profeta Ezequiel.

Siguiendo a Jacques Vallée,  otros evocan las "naves aéreas" medievales. Se apoyan en un pasaje del tratado sobre las supersticiones del arzobispo Agobardo de Lyon (siglo IX). Allí el autor criticaba una creencia  popular, los "navíos" capaces de navegar sobre las nubes que aparecían después de las tempestades, procedentes de Magonia, el reino de los magos[5].

Quienes creen que los ovnis son naves extraterrestres suelen presentar estos relatos como un argumento a favor de su tesis. Hace siglos que nos observan, dicen.  La intensificación de los "contactos" en las últimas décadas coincidiría con algún acontecimiento apocalíptico o mesiánico, que puede ser tanto la liberación de la energía atómica como el comienzo de la  Era de Acuario, según sea el "ufólogo" de orientación materialista o esotérica.

Pero lo sugestivo del caso no está en la constancia histórica de tales fenómenos, sino en las características que presentan en cada época. Su descripción, como parece obvio, siempre aparece encuadrada dentro de las categorías culturales y la imaginación tecnológica de la época.

Carl Gustav Jung ha rescatado un testimonio del siglo XVI. Según el documento, muchos habitantes de Nuremberg vieron en el cielo de la ciudad gran cantidad de "esferas del color de la sangre, cruces negras y dos grandes tubos que lanzaban esferas, acompañadas por una forma alargada, parecida a una gran lanza negra": "platos" y "cigarros" voladores, diría el lector actual.

Pero sea lo que sea aquello que vieron esos contemporáneos de Gutenberg y Lutero -observa Jung- no es casual que hayan "organizado" su imagen conforme a una gestalt familiar: cruces, cañones y balas, una pica y el rojo ominoso de la sangre, el color de los cometas que presagian desgracias.[6]

Los "ufólogos" también han dado mucha importancia a la gran oleada de objetos voladores que aparecieron en los Estados Unidos entre 1896 y 1897, y  suelen presentarla como evidencia de la antigüedad del fenómeno ovni.

Los testigos de entonces aseguraban haber visto una "nave aérea" (airship) con forma de dirigible o globo, provista de navecillas, hélices, rotores y alerones. Todo muy parecido a los proyectos y prototipos que dibujaban por entonces los precursores de la aeronáutica.

Mayor aun es el parecido con la nave aérea de Robur el conquistador (1886), la novela de Jules Verne, que ya llevaba diez años en circulación. Esto, sin tener en cuenta un conocido folletín norteamericano de Lou Senarens y Harry Enton (Frank Reade, Jr. and his Air-ship, 1883) en el cual según se dice se habría inspirado Verne, o las novelas del inglés George Griffith (Olga Romanoff y The Outlaws of the Air, 1894)

Por si esto no fuera suficiente, los "encuentros cercanos" de 1896 no se efectuaban con marcianos, sino con individuos de aspecto normal, que hablaban inglés,  dejaban caer mensajes firmados con nombres americanos corrientes, o robaban terneras de las granjas. Sus naves solían estallar, aterrizaban para hacer reparaciones, perdían un ancla o un trozo de hélice. Parecían tan extraterrestres como un dibujo de Albert Robida.

En las novelas europeas de "fantasía científica" de los años Treinta también fueron bastante comunes los "aviones fantasmas", capaces de efectuar maniobras increíbles. Invariablemente, tenían por base una "isla volante" discoidal, gobernada por un "sabio loco" que aspiraba a dominar el mundo. En una de sus andanzas, hasta Mickey Mouse había estado en una de ellas.

No resultará pues demasiado sorprendente saber que en vísperas de la segunda guerra mundial los gobiernos escandinavos se alarmaran ante los continuos avistamientos de "aviones fantasmas", que sospechaban como armas secretas de los alemanes. Del mismo modo los pilotos aliados, durante la guerra, solían declarar que habían sido perseguidos por los misteriosos foo-fighters, una suerte de aviones fantasmas que, a posteriori, pasaron a ser identificados con los platos voladores.

El imaginario cultural de cada época no suele nutrirse de las obras que luego serán "clásicas", sino de una subliteratura que con el tiempo será olvidada, aun que no sin dejar huellas en los clásicos. Lo curioso es que comiencen a aparecer ciertas percepciones (alucinadas o no) cuando madura una generación cuyo imaginario ha sido alimentado con esos temas.

Si existe una realidad objetiva detrás del fenómeno ovni,  ¿por qué las experiencias vividas muestran siempre el cuño de un imaginario previamente codificado por la ficción?

De la credulidad al escepticismo

No es difícil probar que la ciencia ficción ha sido un importante vehículo cultural del siglo XX, a cuya inspiración le deben mucho la conquista del espacio, la energía atómica y las revoluciones tecnológicas.

La evolución de la ciencia ficción y su comunidad de lectores ha sido semejante a la que atravesó la investigación del fenómeno ovni y sus creyentes.

En el siglo que va de Jules Verne a John W. Campbell, la ciencia ficción sistematizó ciertos códigos y mitemas que se fueron incorporando al patrimonio cultural general. Gillo Dorfles los rastreó hasta en la arquitectura, para no hablar del cine, la literatura y  la música.

Imbuida del mito del progreso indefinido, la ciencia ficción soñó con máquinas perfectas e imaginó la realización de todos los sueños míticos en un contexto técnico: la inmortalidad, las entidades superiores al hombre, el origen y el destino de la especie.

A medida que se iba volviendo más crítica y menos optimista -cuando no decididamente apocalíptica- la ciencia ficción fue desarrollando una escritura más elaborada y desde los años Sesenta comenzó a acercarse a las corrientes de la gran literatura.

Mientras lo hacía, iba progresivamente renegando de la ingenuidad de sus orígenes. El mito ovni, originado en la ciencia ficción más arcaica, dejó de interesar a los lectores del género  en cuanto comenzó a figurar en la prensa diaria, de la misma manera que la conquista del espacio perdió su encanto a partir del sputnik de 1957. Algunas de las grandes figuras de la ciencia ficción como Isaac Asimov adoptaron una actitud combativa hacia el mito. En cuanto a Carl Sagan, quien también se nutrió de ciencia ficción, prefirió depositar sus expectativas mesiánicas más en la radioastronomía que en las visitas de "hombrecitos verdes"[7].

Por su parte, aquellos que se interesaban sistemáticamente por el fenómeno ovni sufrieron una evolución similar. Al punto que hoy existe una patente enemistad entre la ufología (que nunca renegó del método científico) y la ufolatría, que hace del ovni un objeto de culto.

A medida que crecen los cultos sincréticos que vinculan al ovni con el esoterismo y la psicología transpersonal se interesa por los "arrebatados", la ufología se vuelve más escéptica. En cambio, aquellas personas que jamás se habían interesado en el fenómeno, pero crecieron en contacto con el mito, son las que se rinden ante el "mensaje de los astros". Llegamos así a una paradoja: las dudas de los especialistas crecen en proporción inversa al dogmatismo de los legos conversos.

Desde sus comienzos, la ufología fue construyendo una vasta comunidad de investigadores, unos procedentes del campo científico y otros apenas movidos por el entusiasmo. Su amplitud ecuménica sólo es comparable con la de otra red, la de los fans de la ciencia ficción, que también están institucionalizados a nivel mundial.

Como si recapitulara la evolución de la ciencia moderna, la ufología se inició con una fase empírica e inductivista: acopio y clasificación de datos, búsqueda de correlaciones estadísticas. Como Bacon, los ufólogos aspiraban a construir tablas de presencia, ausencia o grados, que le permitieran descubrir relaciones causales o leyes generales del comportamiento de los ovnis. Algunas grandes figuras de esta etapa, como Allen Hynek, sistematizaron las observaciones o bien propusieron hipótesis falsables, como las "líneas ortoténicas" de Aimé Michel.

Su gran supuesto era, sin embargo, la llamada "hipótesis extraterrestre". Todos daban por sentado que los ovnis eran artefactos, generalmente tripulados, que procedían del espacio exterior.

También existía una corriente psicologista, cuyo iniciador fue Carl G. Jung. El gran psiquiatra suizo -que a la vez debe ser considerado como uno de los responsables del reciente renacimiento esotérico- se había ocupado de los ovnis ya en 1958, con el ensayo Un mito moderno, escrito cuando el "fenómeno" recién estaba naciendo.

En la visión de Jung, los ovnis encarnaban arquetipos procedentes del inconsciente colectivo, actualizando procesos de simbolización ya conocidos en el arte fantástico y en los sueños. Su encuadre era netamente esotérico: el ovni anunciaba "la Era de Acuario". Quizás por esta deliberada confusión no prosperó su iniciativa -en sí fecunda- de estudiar el fenómeno a la luz de la psicología de masas. Los ufólogos no lo entendieron, los psicólogos sociales lo desestimaron, y sólo los ocultistas se regocijaron.

Una década más tarde, el ufólogo francés Jacques Vallée (Passport to Magonia, 1969) volvió a proponer que se relacionaran los ovnis con el folklore y el mito, pero sólo tuvo un eco limitado entre los especialistas. Su hipótesis, que hacía provenir a los extraterrestres de "otras dimensiones" y mundos paralelos, estaba demasiado cerca de la ciencia ficción.

En la década del 80, la ufología clásica entró en crisis, precisamente en el momento en que se extendía el culto de los extraterrestres. Su metodología sufrió nuevos ataques de corte epistemológico, en el marco de la crítica de las seudociencias. Una respuesta positiva a estas críticas fue la obra de Barthel y Brucker, La grande peur martienne (1979) que apuntaba a demoler las evidencias de la gran oleada histórica de avistamientos registrada en 1954.

Pero la mutación fundamental había de producirse en el seno de la propia comunidad ufológica, cuando una nueva generación de investigadores se atrevió a plantear la "hipótesis psico-sociológica".

Hasta ese momento, la alternativa era "naves extraterrestres o fenómenos físicos desconocidos". Ahora se sugería que el ovni podía ser un hecho cultural, un mito y quizás un complejo fenómeno que combinara parapsicología con mito. Los nuevos ufólogos eran básicamente popperianos, y sostenían que su hipótesis era falsable, o por lo menos fecunda.

La figura más audaz de esta nueva corriente fue Michel Monnerie, con sus libros Et si les ovni n'existaient pas? (1977) y Le naufrage des extraterrestres (1979). Detrás de la polémica desatada por Monnerie, vinieron Jacques Scornaux (A la recherche des ovni, 1977), Thierry Pinvidic (Le noeud gordien, 1979) y Bertrand Méheust, de quien nos ocuparemos más adelante.

Monnerie recuerda haber perdido mucho tiempo buscando correlaciones, hasta que logró salir del "universo paranoico" de la ufología para plantear su hipótesis "psicosocial".

Esencialmente, la hipótesis parte de reconocer que el "mito ovni", está instalado en nuestra cultura. Es un "gran relato" que se ha impuesto por ser perfectamente congruente con las pautas de nuestra civilización, ya que es tecnológicamente creíble y resulta compatible con la imagen científica del mundo.

Los testigos, cuando son sinceros, perciben escenas u objetos reales y los interpretan según las categorías del "mito ovni", que conforma el imaginario colectivo. En ciertos estados confusionales (como la angustia o el pánico), llegan a la alucinación.

Méheust caracteriza este cuadro como "efecto Tartarin". Alude a ese episodio del Tartarin de Tarascon, la novela de Daudet, cuyo quijotesco héroe despierta en un campo de alcauciles junto a un borrico agonizante, tras haber creído durante toda la noche que estaba en la selva africana, luchando contra un feroz león. Del mismo modo, no han faltado testigos convencidos de que su auto había sido perseguido por un ovni, el cual no resultó otra cosa que la luna llena.

Cada nuevo testimonio, añade Monnerie, fortalece el mito y lo realimenta en "un infernal círculo vicioso"[8], obligando al adversario a la enorme tarea de refutar los casos uno por uno.

Méheust ha sido el primero en buscar los orígenes del mito ovni en la ciencia ficción (Science fiction et soucoupes volantes, 1977), señalando cómo cada tipo de "encuentros" se corresponde con situaciones imaginadas décadas antes por los escritores del género.

En esta obra, Méheust dejaba a salvo un núcleo de efectos físicos (brújulas enloquecidas, motores detenidos, radares engañados, huellas en el suelo), que consideraba irreductibles al mito. Para explicarlo, arriesgaba una hipótesis "mítico-psíquica", comparando las manifestaciones físicas del ovni con fenómenos psicosomáticos al estilo de las estigmatizaciones o parapsicológicos, como el poltergeist.

Más audaz resulta la tesis del psicólogo transpersonal Stanislav Grof, quien acuñó el término "experiencias psicoides" para caracterizar estos fenómenos como una convergencia de lo subjetivo y lo objetivo[9].

 En una obra posterior (Soucoupes volantes et folklore,1985) Méheust fue más lejos, rastreando las similitudes entre los "encuentros cercanos" y ciertos mitemas conocidos en el folklore rural europeo (que están presentes también en el latinoamericano): visiones sobrenaturales, hombres arrebatados a los cielos, encuentros con el demonio, fuegos fatuos,etc. Haciendo una relectura no esotérica de la hipótesis junguiana, Méheust ve al mito ovni como una mutación de lo fantástico tradicional (folklórico) que ha encontrado un nuevo código en la imaginería tecnológica y científica.         

Del mito al culto

 

La evolución de la ciencia ficción y la de la ufología han seguido caminos paralelos. Escritores y lectores de ciencia ficción se horrorizan de tener que admitir que de sus filas haya surgido una figura como Lafayette Ronald Hubbard, fundador de la siniestra Iglesia de la Cienciología, cuyas actividades delictivas han sido comparadas a las del narcotráfico[10].

Por su parte, los ufólogos más consecuentes parecen haberse pasado al bando escéptico, de no ser porque no se conforman con las explicaciones positivistas y reclaman para sí el mérito de haber abierto todo un nuevo campo de estudio. Al igual que los viejos lectores de ciencia ficción, también parecen estar asustados por la proliferación de supercherías que inundan librerías y quioscos, cabalgando en la ola de esoterismo que está ocupando el espacio dejado por las ideologías.

Uno de los responsables de la difusión del "mito ovni" en su versión más explícita ha sido el cine, desde las modestas producciones de los años Cincuenta hasta los shows de efectos especiales más recientes.

Pocos años después de Arnold, El día que paralizaron la Tierra y La cosa que vino de otro mundo (ambas de 1951) delinearon respectivamente la imagen del extraterrestre como ángel o demonio. La tradición demoníaca se mantuvo vigente con filmes como Alien (1979) o Día de la Independencia (1996) pero la angelical experimentó un cambio cualitativo en la década del Ochenta, volviéndose mesiánica.

El mesianismo se haría patente en algunos filmes de Spielberg. Recordemos la montaña sagrada donde descienden los seres superiores que vienen a salvarnos (Encuentros cercanos del tercer tipo, 1976). E.T., el extraterrestre (1982) es una parodia de Cristo que predica a los niños, muere y resucita. Starman (1983) de Carpenter, sería su versión "adulta". En Cocoon (Howard, 1985) los extraterrestres son los dioses que devuelven la juventud y dispensan la inmortalidad.

Las tendencias más recientes en el cine parecen abrevar directamente de las fuentes de la ufolatría, escenificando relatos de "arrebatados" prestigiosos, como en Comunión (Mora, 1989) y Fuego en el cielo (Lieberman,1993)[11]

El contenido mítico de estos filmes se puso de manifiesto en una experiencia. Una antropóloga que organizó un cine-debate sobre Encuentros cercanos con miembros de una tribu Sioux, encontró que, para los chamanes, el film no decía nada que ellos no supieran ya, y se limitaba a reproducir las técnicas extáticas de los hechiceros.[12]

El extraterrestre, que aparece por primera vez en la imaginación del siglo XVIII como el arquetipo de un ser puramente racional, paulatinamente fue ocupando el lugar de  ángeles y demonios, por obra de la ciencia ficción.

 

(c) Pablo Capanna, 2001.

 



*  Debido a una confusión con el film El día que paralizaron la Tierra, ciertos periodistas suelen repetir que el primer OVNI fue avistado en Washington, D.C., que está en el extremo opuesto de los Estados Unidos.

* El aquí llamado "caso del piloto" se encuentra en el cuento "The Strange Case of Alan Moraine", de Bertram Atkey (Grand Magazine,1912). La historia de los científicos está en el cuento "The Green Splotches" de T.S. Stribling (Adventure Magazine, 1919). "El elegido" es el argumento de la novela Hodomur, homme de l'infini, Editions de la Revue Mondiale, 1934, cuyo autor es el belga Ege Tilms.

 



[1] En 1987, ya se habían realizado ocho Conferencias Rocky Mountain en Laramie, Wyoming.

[2] Cfr. Keith Thompson, "The UFO encounter experience as a crisis of transformation" en Stanislav Grof & Christina Grof, eds., Spiritual Emergency. Los Angeles, Jeremy P.Tarcher 1989.

[3] Se trata de una ilustración de Frank R. Paul para la novela Cities in the Air, de Edmond Hamilton, aparecida en Air Wonder Stories de noviembre 1929.

[4] Jonathan Swift. Viajes de Gulliver. Trad. de Julio del Prado, Buenos Aires, Ed. Sopena 1944. Tercera Parte, cap.I

[5]  Cfr.  Jean-Louis Brodu, "La Magonie n'est plus ce qu'elle était" Ovni-Présence nº53, julio 1994

[6] C.G. Jung, Ein Moderner Mythus. Von Dinge, die am Himmel gesehen werde (1958). Versión castellana: Sobre cosas que se ven en el cielo. Trad. de A. Bixio. Ed. Sur, Buenos Aires 1961, pág.156.

[7]En 1967, cuando Jocelyn Bell, de Cambridge, detectó la señal del primer púlsar, se evitó dar a publicidad el descubrimiento hasta efectuar las corroboraciones del caso. La señal fue denominada "LGM", es decir Little Green Men, los hombrecitos verdes.

[8] Michel Monnerie, Prefacio de Le naufrage des extraterrestres, Nouvelles Editions Rationalistes, París 1977.

[9] Cfr. Stanislav Grof, The Holotropic Mind. New York, Harper-Collins, 1992, P.III, cap. 10.

[10] Cfr. Scientology, the Cult of Greed, en Time International del 6 de mayo 1991.

[11]Nigel Watson. Seeing and Believing. UFOs and Aliens in Film and TV. Valis Books, 1993.

[12] Danièle Vazelles, "Quelques aspects du chamanisme des Indiens Sioux-Dakota", en L'Ethnographie, Voyages chamaniques nº2, T.LXXVIII. (citado por Méheust)

 

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