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MR. ONNOV

por Ricardo Gallipoli

--¿Usted me asegura la calidad de este café?. –Sus manos descarnadas cruzadas sobre el mostrador, particularmente la derecha afectada por una extravagante anormalidad que parecía disolverla otorgándole a la extremidad un aspecto de arbusto gelatinoso, apenas se agitaron ante la turbación cascada de su voz. --¿Eh?... ¿Me lo puede asegurar?. –insistió con un rictus escéptico que afectó el balance de los enormes anteojos de acero sobre su nariz de cuervo.
Onnov, apareció en el bar con su chaqueta corta de solapas antiguas. Avanzó entre las mesas con la cautela insegura de quien debe soportar una enfermedad progresiva e inutilizante, o el devastador resultado de una penosa e interrumpida convalecencia. Sin embargo, y contrariando su apariencia enfermiza, la pequeña y frágil figura del hombre, irradiaba un halo de apariencia reflectante por oposición como el que puede verificarse en los eclipses. Su pantalón y chaqueta pardos. La camisa clara y la corbata violeta con nudo Windsor enlazada al cuello impecable, unidos a su inmaculado pelo blanco, peinado hacia atrás con las manos, daban a Onnov la apariencia de un esperpento escapado de una película muda. Estaba allí también, es cierto, esa lluvia luminosa que desde atrás lo resaltaba como una estampa en tres dimensiones.
Onnov dibujó un gesto de resignación cuando Rivarola, plantado detrás del mostrador del bar San Marco, lo observó avanzar a su encuentro. Onnov parecía aceptar con filosófica tolerancia la carga impuesta por su evidencia. La gente tendía a recelar de este pequeño engendro ni bien lo descubrían. Apenas lo sospechaban aproximarse a ellos con lentitud tortuosa. No resultó excepcional entonces, que seis o siete cabezas se alzaran inmediatamente cuando atravesó la puerta encristalada del bar y se dirigió resuelto al mostrador. Después, se acodó en la esquina mas iluminada de la barra y con la inmovilidad alerta de los pájaros, esperó que el grandote se le acercara.
--¿Se va a servir algo?. –preguntó Rivarola en tren automático.
–No Señor. –contestó Onnov. Rivarola le devolvió un silencio que luego se consolidaría filosófico. Un silencio que lo había preservado cuerdo detrás del mostrador más de veinte años. Una prudencia deliberada, instalada en la naturaleza de ese hombre corpulento de cara franca y rubicunda, expresada en su mirada serena y refractaria como una marca de fabrica. Rivarola examinó la grotesca figura de Onnov como quien contempla una pintura abstracta en un museo y espera con confianza que el significado aparezca al fin. De haberlo deseado habría descoyuntado al anciano con la fuerza de uno de sus dedos, y sin embargo, persistió en la sonrisa y el silencio. Arrastró la rejilla inmaculada alrededor de las manos juntas del viejo, practicó su mejor reverencia y se alejó hacia una cliente que reclamaba pagar su mesa.
Al rato, Onnov preguntó aquello; --¿Usted me asegura la calidad de este café?. ¿Eh?. ¿Usted puede asegurarlo?.
--Hagamos algo. –dijo Rivarola desde el otro extremo de la barra.
--Se lo sirvo, y si no le gusta, no me lo paga. ¿Qué le parece?. –Los ojos de Onnov parpadearon en un tic conspirativo. –Si lo tomo, y no me gusta, y no se lo pago, como correspondería, ¿lo paga usted, luego?. –Rivarola negó con la cabeza.
--Siendo así, acepto. – contestó.
Rivarola, comprobó desconcertado, mientras manipulaba con destreza las palancas y válvulas de la maquina expreso, que la luminosidad del viejo comenzaba a menguar en un flujo de disolución y contracción proporcional a la fulminante y sorpresiva soledad del bar. Solos, únicos y adheridos ambos al charco de luz ambarino que caía sobre la barra. El ritmo consolidado de las cosas, ese mismo que las hacia invisibles y por lo tanto confortables y predecibles, de manera inopinada parecía estar siendo modificado por ese hombrecito. Su querido bar poseía ahora, de improviso, la apariencia de un surco de penumbras colmado por sombras que se alargaban como serpientes hacia la vidriera para disolverse contra el cristal. Solo allí, algo del luminoso rumor de la calle, parecía detenerlas devolviéndoles el contorno de lo que fueran sillas y mesas, ahora desocupadas. En un instante, todo se constató mas lejos. Esa fue la única imagen que se le ocurrió aplicar a la impresión. Lejos. Lejanía e intrascendencia. Lejos e insustancial. Adelante; Como significado provisorio, destelló en su mente un segundo después fulgurando como un cartel luminoso incrustado en su cráneo. Adelante... Allá..., resplandeció a continuación.
--Mi comisión, ahora son los bares, los cafés. –dijo Onnov sorbiendo de un golpe la espuma efervescente que coronaba la tasa. –En otro tiempo. –dijo elevando unos milímetros la mano muerta. –eran restaurantes, parillas incluso. Mucho trabajo. –acotó alzando las cejas peludas. Rivarola observó con curiosidad como el viejo estiraba el dedo muerto hacia él con la ayuda de su otra mano. –Esto, –dijo Onnov contemplando con desdén el temblor forzado del colgajo. –es la consecuencia de ese exceso. –A su edad tendría que parar un poco. –observó Rivarola volviendo a sus tazas. –No se puede Rivarola. —dijo Onnov. –El mío es un trabajo de tiempo completo.
Rivarola dejó con cuidado la taza sobre el mostrador de granito. Contempló el reflejo de Onnov en el espejo que, apenas había movido la cabeza para decir aquello. Para pronunciar su apellido. Un escaso vaivén del cráneo que inmediatamente se hundió entre sus hombros de maniquí para vaciar la tasa apresada entre sus dedos deslaminados. Rivarola se dio vuelta y miró al viejo con curiosidad. Curiosidad seca, molesta. Una curiosidad que de golpe le dolía, y que no supo si debía llamar así. --¿Nos conocemos?. –preguntó sin quitarle los ojos de encima. –No, no. –respondió Onnov. --No había tenido el placer..., hasta hoy... Pero, es mejor así. Si uno conoce antes al.... Yo, si me preguntan, prefiero lo del café. –¿Antes de que?. –preguntó Rivarola decididamente enojado. Dejó el trapo y caminó hacia el viejo que acababa de depositar la taza sobre el platito. Onnov chasqueó la lengua saboreando el liquido remanente en su boca. –Muy bueno. Un buen café. Y muy bien hecho. ¿Cuánto es?. –Se lo regalo. –¡No!..., no se puede. No puedo deberle nada a nadie. Es parte del arreglo que he hecho.
–Mire Señor..... –Onnov. –Como sea, el café esta pago. –Usted. –comenzó Onnov quitándose los lentes. Sus ojos cansados y pardos resbalaron sobre la cara roja de Rivarola con una compasión que parecía asco. –Usted no entiende...
–¿Cómo que no entiendo?, si terminó, se tiene que ir. El bar esta cerrado. Haga el favor de retirarse. –Onnov se alisó innecesariamente las solapas de la chaqueta. En Rivarola el enojo y la furia habían dejado paso al terror mas crudo y elemental.
–Ese no fue el trato Rivarola. –comenzó a decir Onov. --¡Vayase ahora!, sino. –El viejo retrocedió hasta que su espalda chocó con una de las columnas que decoraban la barra. –No es lo correcto. --dijo sorprendido ante el obstáculo inesperado, pero sin perder la compostura. --Hay pactos Rivarola. Hay conciencias. Existen una serie de números que deben cerrar allá. –dijo Onnov señalando el cielo raso con la mano muerta. –Rivarola pasó debajo la barra. Le temblaba el pecho a Rivarola como si una racha de viento rabioso le soplara entre las costillas. –Si no te vas..., ahora, te saco yo viejo de mierda... O, quien seas.
–dijo furioso. Onnov alzó la mano sana frenando el envión del gigante. --No necesita todo ese derroche de violencia conmigo. –dijo con soplo agitado y desdeñoso y con precaución alineó su figura polvosa con la puerta.
–Tampoco sirve de nada resistirse. –agregó saliendo del bar.
El mareo de la bronca, se dijo Rivarola apoyando la mano de cíclope contra la columna. Ese hombre. Poca gente, muy poca se podía dar el lujo de asustar a Rivarola, carajo. Parecía un fantasma, consideró, un aparecido buscando algo, o a alguien. Hay que cerrar el boliche, se dijo, encaminándose a la barra. Y fue en ese momento cuando notó como su pierna izquierda entumida, golpeaba sin rumbo la silla, Después fue la puntada la que dibujó en la camisa ese filoso raspón de hacha. Un ardiente tajo liquido como de sangre enloquecida. Luego el ahogo gris celeste, particularmente agradable, e incontenible como una arcada. Como una tapa saltando, como una esclusa desintegrándose, detonando en algún distrito de su cráneo que ahora, no podía ubicar. El vació era bueno, delicioso, acogedor. Tranquilizador. Rivarola cayó estrellando la cabeza contra el escalón de la barra a la que no alcanzó a llegar. Pero no hubo dolor, ya no podía haberlo.
Onnov, a paso vivo, dobló la esquina aligerando aun más el tren. Extrajo del bolsillo interno de su chaqueta un paquete de cigarrillos y encendió uno con el encendedor descartable. Cien metros adelante se detuvo a esperar que el semáforo le permitiera cruzar la calle. Del otro lado, esperándolo, descubrió a Domínguez. Onnov, sin dejar de observar el cambio de luces, levantó la mano y lo saludó. Cinco minutos después, los dos hombre entraban al bar Las Delicias
--¿De donde lo conocías a ese?. –preguntó Onnov y llamó al mozo. –Antes sabia ir mucho al San Marco a tomar café. –dijo Domínguez.
--Buen café, pero caro. –aclaró. –Decime ruso; ¿Para qué querías saber el apellido del gordo Rivarola?. –Rivarola. –repitió Onnov pensativo. –Gordo cabron.... ¿por qué?...., por un café. ¡Mozo!. Che..., ¿y este como se llama?

(c) Ricardo Gallipoli , Lomas de Zamora 01-05-03
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