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LA OCTAVA ESFERA

por Antonio Mora Vélez



Más allá del horizonte visible desde La Tierra, la astronave "Kalamarí" del Centro Espacial "Tayrona" suspendía misteriosamente sus emisiones de radio. Atraída por la fuerza gravitatoria de Marte, había iniciado minutos antes el giro hacia su parte externa, que se decía ocultaba la presencia de una gran estación orbital extraterrestre. Los populares "ovnis" --que presuntamente salían de dicha estación-- eran en la imaginación de los comunicadores de entonces, el verdadero objetivo de la misión y no las moléculas fósiles detectadas por la "Explorer 5" en la región austral de "Hellas".

Desde la fecha de la tragedia en que perdió la vida el cosmonauta Yoshiro Takeba en las aguas del mar de Ojotsk, no se producía entre los terrícolas una tal expectación, un sentimiento de angustia por la suerte de una expedición interplanetaria. Pero esta vez la causa no era la frustración por no poder escuchar de viva voz, en los labios de Takeba, los detalles de su enfrentamiento con la "ameba" gigante que casi lo devora en las cercanías de Titán, sino la gran desilusión de no poder confirmar la existencia de la ciudad subterránea descrita por el vidente taoísta Samael Ort Issaí con ocasión de la pérdida de la sonda "Mars observer" en el 2.020.

Después de la muerte de Takeba en ese año turbulento de la guerra del Pacífico, la Dirección Espacial de Sudamérica había decidido no enviar más tripulantes en misiones de exploración, y en su defecto reemplazar a los astronautas por robots adiestrados en las difíciles labores de recolección de fósiles y materiales de construcción, y del análisis de los mismos en las inhóspitas condiciones de los planetas exteriores.

En la moderna cosmonave "Kalamarí" --y casi que me atrevo a decir, al mando de ella-- iba el famoso robot Roby, construido a imagen y semejanza del diseñado para el filme "Forbidden planet" de 1.956. El manejaba todo el complejo instrumental de la nave y los controles del sistema de investigación que tenía como misión descubrir la existencia de una civilización anterior en Marte y de la cual nosotros seríamos descendientes, herederos de los náufragos del espacio que llegaron a nuestra superficie luego del estallido del planeta situado en el cinturón de los asteroides.

Samael sabía, porque así lo había leído en la novela "Asentamiento en Sirio" escrita por su tío, que Marte bien pudo haber sido un enclave de la expedición de Dzhin que visitó este mundo por los tiempos en que la India era una gran isla a la deriva en el océano del sur. Y sabía también, porque conocía los libros de Danniken, que la Razón en La Tierra no es un hecho casual, ni tampoco consecuencia directa de la evolución sino una obra de ingeniería de los "dioses" (léase: extraterrestres) en los genes de nuestros antepasados primates. De modo que sí. Todo el orbe esperaba que las emisiones de la astronave caribeña levantaran el velo del misterio y que a los ojos de los hombres aparecieran las exóticas construcciones predichas por Samael Ort en su célebre entrevista radial de agosto del 2.025 y en la que sostuvo que "Las casas marcianas tienen el techo en el lugar en donde las nuestras tienen el piso. ¡Y no crecen hacia arriba sino hacia abajo!".

La nave "Kalamarí" había perdido todo contacto con el Centro Espacial y otra vez, igual que veinte años atrás, la televisión Amat especulaba con el tema de su destrucción por una brigada marciana de defensa. No era, no podía ser casual --decía el periodista-- que varias expediciones se hubiesen perdido justo al pasar por el mismo sitio, como si en ese lado del planeta rojo existiese una base militar que defendía su tranquilidad.

En la sala de comunicaciones del Centro --cuatro paredes llenas de botones, diales, clavijas y foquitos de todos los colores-- los ingenieros hacían esfuerzos por lograr la reconexión, convencidos de que se trataba de una avería en el módulo de energía o una imperfección en algunas de las persianas térmicas de la nave. En la cabina de mando de la "Kalamarí", Roby se rascaba su brillante cabeza de acerilio y se preguntaba qué le había pasado a La Tierra que no le contestaba. Entretanto, la astronave viajaba por un silencio negro que era como un viaducto de entrada a otro mundo carente de luz. "Según mis sensores estoy y no estoy en órbita alrededor de Marte", dijo para sí. Miró hacia el cenit y no vio el enjambre de estrellas de nuestro firmamento, ni la sinfonía rítmica de los anillos de Saturno, ni la imagen brumosa de La Tierra, y pensó que había sido capturado por un agujero de gusano que pelechaba en esa zona del cosmos.

Durante mucho tiempo la ciencia ficción estimuló la fantasía con el tema de los "mundos paralelos" y puso a vivir en varios de ellos a los mismos personajes pero en otras circunstancias y relaciones. Años después la llamada "Teoría de Cuerdas" comprobaría que, además de las cuatro dimensiones de nuestro universo, existen veintiséis más y que es posible que existan mundos de cinco y más dimensiones. El taoísmo de Samael Ort, por su parte, confirmó que el espíritu del hombre no es otra cosa que energía sutil con una frecuencia de los dos trillones de hertzios y que Dios no es más que la suma de todas las energías y dimensiones del Metauniverso, tal y como lo sostuviera Giordano Bruno frente al joven matemático Galileo Galilei, una tarde de febrero de 1.593 en la librería veneciana de Andrea Morosini.

Roby ignoraba todo aquello porque había sido programado para enfrentar las contingencias de un viaje de rutina al vecino rojo y por ello, frente al inesperado viaducto negro, se dejó llevar como barquillo de papel por el agua de una acequia. En cambio el cosmólogo Joseph Serrano sí lo sabía. Profundo conocedor de la Cábala y consultor permanente del libro "Estancia de Dzyan" (traducción del senzar hecha por Madame Blavatsky) Serrano aseguraba que la nave había encontrado un agujero de Guth y que se dirigía por él a otro universo compuesto de materia con más de cuatro dimensiones.

Roby no podía dar crédito a lo que sus ojos electrónicos miraban. En algún lugar de ese nuevo cosmos encontró un planeta gaseoso que cambiaba de forma azarosamente y que albergaba unos seres burbujas que se estiraban como hilos de energía cuando se movilizaban y que actuaban como ordenadores de la masa restante. En uno de los astros más parecidos a La Tierra, Roby se maravilló con sus paisajes, idénticos a los pintados por Dalí y el Bosco. En otro cuerpo con atmósfera, conoció unos seres inteligentes de apariencia ovoide que dormían colgados en nidos luminosos que se columpiaban en las ramas de unos árboles fantásticos que cambiaban de sitio y que simulaban hablar con la ayuda del viento. Y comprobó también, al posarse sobre un asteroide enojado, que los escritores de ciencia ficción poseen el don de la clarividencia, ya que el asteroide lo rechazó con los movimientos de su epidermis de silicio y las erupciones de grafito líquido de sus pequeños volcanes, tal y como le ocurrió a los cosmonautas del crucero estatocolector "Sinú" en la novela "Asentamiento en Sirio" arriba citada. Pero nada pudo hacer para comunicar su asombro a los ingenieros del Centro Espacial "Tayrona". La nave estelar "Kalamarí" --entretanto-- atravesaba los predios de otro universo y se aprestaba a viajar, utilizando otro agujero de ese espacio cada vez más retorcido, a la tercera esfera, la que ya sabía estaba compuesta de materia con cinco dimensiones.

Los años cubrieron con una capa de olvido la pérdida de la cosmonave colombiana en los cielos de Marte. La Tierra avanzó en la dirección de la "Tabla periódica de la historia" descubierta por Boris Cristoff y vivía en la era de Thal, el "Mesías electrónico". Nada escapaba a la voluntad y al control de éste, ni siquiera el sexo. Los hombres dependían de Thal y no tenían sino que plantearle un problema que él, con su sapiencia y su espíritu de padre recto y justo, se encargaba de resolverlo. Pero había problemas y problemas. Del mismo modo que en las llamadas "sociedades cerradas" de los siglos XV y XX, a Thal no le gustaban las interpretaciones científicas que ponían en tela de juicio su poder y su infalibilidad.

Una noche lluviosa de octubre del año 2.l56, J.J. Roy, un ingeniero mental del Zenú, trabajaba en su laboratorio de Montería con la mente fija en las inmensidades cósmicas. El y sus colegas de investigación de la Academia "Ron Hubbard" de Mocarí, orientaban la antena del sicoscopio hacia la región de Pegasso en el firmamento. Al cabo de varios minutos de barrido por todas las frecuencias, el poderoso receptor de ondas mentales cósmicas produjo el sonido indicador de encuentro. Un eco distante se hizo entendible y produjo un salto de alegría en todos los científicos que estaban esa noche en el laboratorio, entre ellos el ya citado Joseph Serrano y el astrobiólogo Galo Velázquez. El eco se convirtió pronto en voz humana, una voz metálica que salía de los labios de J.J. y que habló así a los demás:

"Soy Roby, el comandante de la nave interplanetaria "Kalamarí" de La Tierra. Estoy atravesando la octava esfera y no alcanzo a divisar otra imagen distinta a la de la luz que copa todo el espacio. Nada hay aquí que recuerde al Hombre y sin embargo lo siento; es como si su pensamiento me cubriera todo el cuerpo y entre él y la luz que me rodea no existiera separación ni diferencia. Se me ha informado que aquí, en esta cámara de entrada a la morada del Absoluto, reside Cibeles-Maya, el alma del mundo, y que el último cruce de gusano me llevará a la fusión con la energía en estado puro, vale decir, con Dios..."

 

(c) Antonio Mora Vélez. Montería- Sincelejo, 1.993
 

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