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MUNDO INTERIOR

Por Manuel Puentes Rojas

 

CAPITULO I

Soy demasiado viejo para los horrores que he visto en esta vida, un comisario de policía retirado que ejerce de investigador privado, ha removido durante demasiado tiempo los intrincados motivos que llevan a la gente a cometer los mas increíbles actos de barbarie, pero, aunque pensaba que lo había visto todo, nada mas lejos de la realidad. Os ahorraré tiempo hablando de mí, solo os diré que trabajé en asuntos de terrorismo, narcotráfico y homicidios sin resolver, y que mi nombre es Arturo Marvizón.

Cuando dejé el servicio opté por dedicarme a la investigación privada, pensando en resolver ingenuos casos de infidelidad, conyugal, o económica. Imaginé que seria fácil para mí desenmascarar los cuernos y los talones sin fondos, tal vez alguna niña de bien, fugada de casa con un pintor abstracto, que tan solo aspiraba a ser capaz de rellenar de gotelé, el mismo, los pocos metros cuadrados que su miseria le había regalado como hogar, uno de estos, que tienen su mejor pincel entre las piernas.

Pero la suerte y yo, somos tan incompatibles como la política y la sinceridad. Una mañana de resaca, en la cual la prosperidad consiste en un café bien cargado, y en la esperanza de que no termine la jornada como miembro del honorable club de la cirrosis, se presentó en mi despacho de Ciudad Vella una señora que ya había alcanzado la madurez, es decir, como la fruta estaba en su más sabroso punto. La contemplación de su divina estampa hizo que intentase olvidar los excesos de la noche anterior, de la misma manera en que un levantador de pesas intenta ganar la gloria en contra de la gravedad.

Después de aceptar mi invitación a tomar asiento, me obsequió con un cruce de sus esbeltas piernas, que borraron todo síntoma de discreción en mis ojos, acudiendo como polillas a luz que emanaba de su discreta falda. Un gesto de sus labios, y sus ojos penetrantes, me hicieron saber que era dueña de la situación, como el niño que da de comer a las hambrientas palomas.

-Mi nombre es Alicia de Armiñán, me a sido recomendado usted por el inspector Fabián Aguilar, creo que fueron compañeros durante algún tiempo.

-Así es, ¿puede decirme de que conoce a Fabián?.

-Era compañero de colegio de mi marido, Agustín Casál Bermúdez.

La pronunciación de aquél nombre, consiguió acelerar mis pulsaciones, como las señales de un contador geiger metido en el corazón de Chernobil.

El tipo en cuestión era un magnate de la construcción, un rey Midas que ampliaba su fortuna, construyendo urbanizaciones solo aptas para gente que consideran de mal gusto mirar los precios de las cartas de los restaurantes mas lujosos.

-Digame, doña Alicia, ¿porqué recurre a mí, teniendo oportunidad de trabajar con Casál, y gratis?

-Nuestra vida privada merece ser tratada con discreción, evitando los corrillos de las comisarías y las filtraciones a la prensa.

-¿Duda usted de la profesionalidad de la policía?

-Dudo de su capacidad de salir adelante con su menguado salario.

-¿Quiere decir que está corrompida por el dinero de la prensa?

-Quiero decir que donde no llega la mano, lo hace la necesidad. ¿Pondrá atención a mi oferta, o intentará el psicoanálisis conmigo?.

-Soy todo oídos.

-Cinco millones de pesetas libres de impuestos, el plazo, dos semanas, el objeto, encontrar a mi marido, tan solo encontrarlo, e informarme de ello, después su memoria quedará anulada por los dos millones en dietas que le asignaré, no creo que sea tan estúpido de gastarlos en tan poco tiempo, y el sobrante, sigue siendo suyo.

Reconozco que, a pesar de mi edad, el sofisticado encanto de esta dama, hizo florecer mi libido como semillas caídas en la ribera de un río.

Pero la personalidad que moraba en tan hermoso templo, estaba habituada a ser dominante, desde luego lo mamó desde la cuna, manejaba su autosuficiencia como un cowboy maneja la yunta de los bueyes, y así me hizo sentir, como un buey, al que ella fustigaba con el yugo del dinero.

-Generosa oferta, sin duda, pero digame, ¿que se oculta debajo de tan exquisita cantidad?.

-Pago para que siga debajo, oculto, es cuanto debe saber, ahora lo toma o lo deja.

-Lo tomo, desde luego, ¿extiende usted un cheque para las dietas?, mientras, redactaré el contrato.

-Tengo el dinero en efectivo, en mi bolso, doscientos billetes de diez mil, el contrato consistirá en que me acompañe a la puerta, dentro de dos semanas, volveré.

-Puede cambiar de idea y no volver.

-Habrá ganado más que si nunca hubiese estado aquí.

-Cierto. Me quedé contemplando su esbelta figura apoyado en la puerta, era tan intrigante como una "mantis religiosa". En el corto paseo de mi oficina al vestíbulo, me entregó información para poder trabajar con alguna base.

- Aquí tiene todo lo que necesita para encontrarle, descifre y será merecedor del precio acordado. Medio kilo por día, dos semanas, siete millones, cinco de principal, dos de dietas.

Si hubiese cobrado igual durante mi vida profesional, hubiera sido capaz de invitarla a cenar sin desmerecer, el dinero es una bendición cuando contamos lo que sobra, no lo que falta. Indagué lo que pude, mientras mi lamentable estado post-etilico, me lo permitió. Pero la consciencia abandona al cansado, como el labriego la hoz, para comer. Los sueños comenzaron a rondar por mi cabeza, primero sutiles y agradables. La infancia, recuerdos del primer amor, el calor de la familia. Después, graves y dramáticos, la primera experiencia de la muerte de un familiar, el haber enterrado a mis padres y a mis tres hermanos, la intensa soledad que me quedó después de que Elena, mi esposa se durmiera durante el parto de nuestro primer hijo, para no despertar jamás, junto con él.

Después, aceptando todos los trabajos que implicaban riesgo, con la esperanza de reunirme con ellos, como el hijo que quedo atrás en una evacuación forzosa. Y por fin la vi a ella, de espaldas, alejándose entre las calles de Ciudad Vella, la alcanzo, le pongo mi mano sobre el hombro, y cuando se da la vuelta, su cara se ha transformado en una mascara demoniaca, sus ojos son como dos pozos sin fondo, y su lengua bífida, como una serpiente, me dice, "atrás, despierta". Y me despierto bañado en sudor y con la convicción de que todo era fruto de la resaca. Pasé la primera semana entrevistando a todas las personas que le trataban consuetudinariamente. Este tipo era sin duda adicto al trabajo. Si hubiese empleado todas esas horas en la lectura, hubiese ensombrecido al mismísimo Menéndez Pidal. Su vida privada era tan insondable como el universo para una cabra.

Mas allá de su interminable jornada laboral se extendía el desierto de la ignorancia. A buen seguro, conversar con aquel tipo era tan divertido como hacerlo con un cajero automático. Pero mi olfato me dejó entrever una curiosa afición. Visitaba con una frecuencia mensual un viejo inmueble del barrio gótico. Era un caserón ruinoso en la calle Perót Lolladre (Pedro el ladrón). Lo compró hace más de quince años y nunca lo empleó, para nada. Un tipo tan poéticamente enamorado por el dinero le hubiese sacado tajada en cuanto hubiese obtenido los permisos municipales, por ley o por las fotos del rey ( las que guardan en los bancos). Conseguí que mis antiguos colegas de la policía introdujeran los datos de fechas y visitas al lugar, por establecer alguna relación con algo que las explicase.

Esoterismo, utilizaba el calendario lunar para decidir cuando visitaba el caserón. ¿Seria un licántropo?, desde luego que no, ese tipo había matado mas obreros por no asumir los costes que significaba la seguridad en el trabajo, de los que había matado Paul Nashy en las pantallas de los cines de Barrio. Si se hubiese convertido en lobo, sé hubiera sentido tan culpable de su vida anterior que se hubiese suicidado mordiéndose los órganos genitáceos. Seguramente se invento su propia religión, a salvo de los donativos que la oficial tenía por costumbre reclamar. ¿Para que pagar comisión a un intermediario, cuando el mismo podía dar una buena imagen a Dios?.

Han transcurrido ya doce días, y lo único que me queda por hacer es inspeccionar el lugar. El magnate parece haberse esfumado. Es de noche y he conseguido pasar inadvertido en este pasillo angular que llaman calle, mientras desarmo el anticuado cerrojo. La puerta al fin cedió y del interior del caserón, ha salido a mi encuentro un olor que seria capaz de conjurar al mismísimo Satanás. Si intentase cortarlo, mellaría un cuchillo de monte.

Ahora, por fin, veo la luz, puedo sentir como viven los ciegos. La linterna que guardo en mi chaqueta es como un chaleco salvavidas para un naufrago.

Veamos en que me he metido, el miedo tira de mi espalda y la codicia por el dinero ofrecido lo hace, todavía con mas fuerza, para este siniestro mundo interior.  

 

Vamos a la Segunda Parte de MUNDO INTERIOR

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 (c) Manuel Puentes Rojas, 2001.
 
 

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