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EL MONSTRUO DE LOS CERROS

Bienvenido, amigo de lo extraño. La siguiente historia me fue contada una noche calurosa de agosto, a la luz de las brasas de una barbacoa, mientras degustaba una suculenta trucha acabada de sacar de la parrilla. El relato forma parte de las típicas leyendas urbanas que se basan en hechos reales, en donde se hace difícil distinguir la realidad de la ficción. Como suele ocurrir, uno comienza a escucharlas con cierto escepticismo, pero pronto comprendí que semejante historia nunca pudo surgir de la nada. A continuación, expongo el relato tal y cómo lo escuche en boca de un conocido.

Luis Domínguez era un ingeniero que había conseguido, pese a sus pocos años de experiencia, una gran reputación en el gremio industrial. Tenía talento con las máquinas, y no le importaba pasar horas y horas debajo de un armatoste en busca de la avería. Estaba casado y era padre de una hija de seis años, y acostumbraba a pasar sus días libres en un chalet ubicado en la urbanización Los Cerros, cerca de Montequinto (Sevilla). Tenían como mascota un gato negro al que llamaban Jhonsi, en honor a una famosa película de ciencia-ficción, aunque su futuro no iba a ser tan dichoso como el de su afín cinematográfico.

Era agosto cuando se desplazaron él y su familia a la urbanización, cuyas continuas cuestas era frecuentada por los ciclistas más avezados de la zona, y los calurosos días transcurrían sin mayor contratiempo que los de alguien que no tiene nada que hacer y mucho tiempo que gastar. Lo único que incomodaba verdaderamente a Luis era tener que ir a tirar la hedionda basura todos los días. No es que fuese un vago, simplemente tuvo la mala suerte de ir a vivir en el badén de la calle, teniendo que subir la empinada cuesta hasta poder llegar al contenedor.

Aquel verano se había propuesto hacer deporte para ponerse en forma y perder algunos kilos, pero hay trabajos para los que uno nunca está dispuesto, sobretodo en pleno verano. Por este motivo, Luis esperaba al ocaso para salir y cargar con las bolsas de basura. Lo único que igualaba tal suplicio era tener que soportar los fatigosos ladridos del pastor alemán que vivía en el chalet de arriba, tanto a la ida como a la vuelta. Nunca había visto en persona a los dueños de la casa, pero por su fachada externa no se hubiese sorprendido de encontrar en su interior a una anciana putrefacta como en "psicosis". Lo que más le llamaba la atención era el singular olor que desprendía toda la construcción, un miasma insano que penetraba en los alvéolos pulmonares y parecía enfermarlos. Luis siempre pasaba lo más rápido que podía, aunque un mal día, a la vuelta, decidió plantarle cara al infernal perro.

Como solía decir para sus adentros, ese perro no parecía normal. Cada vez que paseaba otro cánido enfrente del chalet, agachaba la cabeza y gimoteaba como temiendo lo peor, quizá debido a que los animales reaccionaban más al olor nauseabundo. Pero guiado por el aburrimiento, el ingeniero se paró delante del perro, y al otro lado de la reja comenzó a hacerle burlas al animal y a insultarle. Éste parecía que fuese a echar los hierros abajo de la cólera, pero lejos de cejar en su provocación, Luis le lanzó una piedra en toda la cabeza. No era muy grande, pero suficiente para hacer retroceder al perro más fiero. Sin embargo, aquel ser apenas se inmutó. Con una sonrisa en la boca, Luis volvió a su chalet y se preparó un tentempié antes de cenar.

A la mañana siguiente el astro rey dominaba el cielo y ninguna nube osaba arrebatarle su territorio. Una suave brisa refrescaba el ambiente, y todo parecía indicar que sería un día perfecto para hacer una visita al parque de Montequinto. Sin embargo, un suceso empañaría el día de tal modo que a Luis se le quitaron las ganas de hacer cualquier cosa. Estaba desayunando en la cocina cuando su mujer salió al jardín a buscar a Jhonsi. Le extrañaba que el plato de comida estuviese todavía lleno, así que decidió llevárselo en persona. Pero Natalia, que así se llamaba la mujer, gritó de horror al ver lo que yacía en medio del césped. Luis salió a su encuentro tan rápido como pudo, y vio con espanto los restos ensangrentados de su querido gato. Alguien o algo había atacado al felino durante la noche y desmembrado su cuerpo por la mitad, quedando sólo la parte inferior.

Sobran las palabras para describir lo apenado que se sentía de haber perdido a su querida e inofensiva mascota, pero también sentía rabia hacia el responsable de tal atrocidad. Lo que nunca pudo imaginar es que esa misma tarde encontraría al asesino, o por lo menos así lo parecía, mientras marchaba a tirar la basura. El perro de arriba no ladraba esta vez, sino que se limitó a observar al hombre fijamente a los ojos, sosteniendo algo brillante entre los dientes. Y Luis no pudo evitar gritar de cólera al ver que se trataba, sin dar crédito a ello, del collar de su gato. "Maldita bestia del demonio", le dijo, "como te pille solo en la calle juro que te mato". ¿De qué manera había conseguido aquel animal salir de su prisión de barrotes de hierro y entrar en su chalet? En un primer momento pensó que quizá alguien había arrojado los restos del gato dentro de la casa, y el perro cogiese el collar como si fuese un juguete. No obstante, algo había en la mirada del cánido que le hacía rechazar tal reflexión e inclinarse a creer que ese mal nacido era el único verdugo.

Las desgracias nunca vienen solas, y esa noche recibió una llamada del hospital informándole que su madre había sido ingresada por una angina de pecho. Cogió su Toyota Carina con celeridad y se dirigió a la clínica deseando que no fuese nada grave. Afortunadamente todo quedo en un susto y pudo volver tranquilo al chalet mientras su hermano pasaba la noche con la anciana enferma. Era ya tarde cuando regresó a la urbanización, aunque la gran tensión por la que había pasado le provocó cierta volubilidad en su carácter. Por esta razón, unido al enojo que sentía por la muerte de su mascota, hizo que no vacilase cuando se encontró al pastor alemán en la pequeña carretera que hay justo al entrar en Los Cerros. Cambió de marcha y, con un gesto de rabia casi demoníaca, atropelló al perro sin más miramientos. El sonido de la colisión fue seco, y el animal apenas tuvo tiempo de emitir un ligero gemido. Así fue como Luis Domínguez puso fin a la vida del que creía responsable del asesinato, aunque jamás llegaría a comprender una fracción de lo que realmente había atropellado, pues no está muerto lo que puede yacer eternamente.

De vuelta en casa, se dispuso a descansar y olvidar todo lo sucedido. No es que hubiese matado a una persona, pero no estaba tan convencido de sus actos como en un primer momento pensaba. A pesar de que odiaba a aquel perro, sentía un pequeño remordimiento que azotaba su conciencia. Puede que Jhonsi se colase dentro de la casa de arriba y el pastor alemán no hiciese otra cosa que defender el hogar. Después de todo ese era su trabajo, y de todos es sabido que los gatos y los perros no se suelen llevar bien. ¿Y si descubrían que él había matado al maldito chucho? Esto era algo que le preocupaba, pero se tranquilizaba pensando que la policía no se encarga de investigar tales cosas. Además, perros atropellados mueren todos los días.

Las semanas pasaban y Luis, poco a poco, iba volviendo a tener una vida más normal. A su madre ya le habían dado el alta, y su adorada hija le hacía pasar agradables momentos mientras nadaban en la piscina. Ya podía dormir tranquilo, aunque le resulta extraño no oír los molestos ladridos del fallecido perro mientras iba a tirar la basura. "Ya comprarán otro los dueños", pensaba, "que vuelva a ladrarme como lo hacía el anterior".

Pero la historia, por desgracia para el protagonista, no se queda aquí, y un día de los que es mejor olvidar, Luis comprendió el verdadero significado de la palabra pánico, cuando justo en la cima de la calle, al lado contenedor, se encontró de nuevo con el pastor alemán que había atropellado días antes. ¿Cómo consiguió sobrevivir a tal accidente? Temiendo que fuese a vengarse, le lanzó una de las bolsas de basura que llevaba, pero en un abrir y cerrar de ojos el perro había desaparecido. Tal vez sólo se tratase de otro perro muy parecido, o de una ilusión provocada por la luz del sol reflejada en la carretera. Pero era tan real... que Luis cerró esa noche todas las ventanas y puertas de su chalet. El terror había comenzado.

Antes de irse a dormir, sin poder guardar el secreto por más tiempo, le contó a su mujer lo que le pasó con el perro. Mientras, ella le escuchaba con la boca abierta y las pupilas dilatadas como platos. El miedo se apoderó de ellos, y optaron por traerse la niña a la cama para que no durmiese sola. La noche era calurosa, pero prefirieron cerrar las ventanas y encender el ventilador del techo.

Serían las cinco de la mañana cuando un extraño sonido despertó a Luis de un sobresalto. Todavía con la taquicardia encima, agarró el palo de hierro que tenía preparado y bajó al salón para ver de qué se trataba. Con sumo sigilo encendió las luces, pero allí no había nada, aunque un sonido viscoso hizo que mirase al suelo. Se trataba de una secreción pegajosa que estaba pisando y que conducía hacia fuera de la casa. Esto, unido al ladrido gutural que parecía venir del sótano, obligó al ingeniero a subir al cuarto para avisar a su familia y salir con el coche lo más rápido posible.

Sin tiempo a pensar sobre lo que había visto y oído, encendió su Toyota y puso rumbo a casa. Sólo llevaba puesto la parte inferior de un pijama corto, y un sudor frío comenzó a chorrearle por la espala y el cuello. No profirió palabra alguna, pero el pánico era algo que se notaba claramente en su rostro descompuesto. Pronto los chalés de Los Cerros dieron paso a los pinos de la entrada de la urbanización, pero justo allí, como semanas antes había sucedido, los faros del coche vislumbraron la velluda silueta del cánido, aunque había algo en él que lo hacía diferente del resto de sus congéneres. Luis no tuvo el valor de seguir adelante, y frenó en seco levantando una espesa humareda.

Conforme el humo se iba disipando, las mentes de aquella familia enloquecieron ante el espectáculo dantesco que se desarrollaba en la carretera. La piel del perro, como si se tratase únicamente de un traje, comenzaba a desprenderse de la carne, dejando al aire unos músculos putrefactos llenos de venas sanguinolentas. De los costados pronto surgieron unos tentáculos que se agitaban como serpientes en éxtasis, mientras de los ojos blancos empezaba a caer un sudor espeso. Los gritos eran ensordecedores dentro del coche, y Luis dio media vuelta dirigiéndose a la estrecha carretera que conduce al pueblo de Dos Hermanas. Miraba por el espejo retrovisor intentando atisbar a la criatura, aunque afortunadamente no conseguía ver nada.

La pequeña carretera estaba desierta a aquella hora, y la ausencia de farolas y viviendas hacía que la oscuridad fuese casi sólida, dejando sólo entrever las ramas de los olivos que crecían a ambos lados de la calzada. Luis pudo constatar cómo le temblaban las manos y los pies, pero no dejó que las fuerzas le abandonasen y reprimió estoicamente varios intentos de desmayos. El pueblo no estaba lejos, y una vez allí podría llamar a las autoridades para que le rescatasen. Iba tan rápido como podía, pero le llamaba la atención que el motor estuviese tan revolucionado, como si algo estuviese tirando de él. ¿Acaso era la infernal criatura? Luis miraba hacia todos lados intentando ver algo, hasta que sintió como una de las ruedas explotaba de forma brusca, haciendo que perdiese el control del coche. Dio varios tumbos en la carretera intentando volver a enfilar el vehículo, pero la escasa visibilidad hizo que no pudiese evitar caer por la cuneta y chocar contra un árbol.

Luis recobró el conocimiento preguntándose cuanto tiempo había estado en aquel estado. Su mujer y su hija continuaban inconscientes, pero pudo suspirar tranquilo al comprobar que seguían respirando y sus heridas no presentaban gravedad. Aquella maldita bestia casi acaba con su familia, aunque sabía en el fondo que sólo le buscaba a él. Así que, mirando quizás por última vez a Natalia y a su hija, salió del coche agarrando la vara metálica que cogió en casa y se dispuso a poner fin a esta grotesca cacería.

Ayudado de una linterna que tenía en la guantera del coche, anduvo por el olivar con la esperanza de poder vencer a la insana criatura. ¿De qué mundo podía venir semejante aberración de la naturaleza?, se preguntaba en susurros. Luis no quería morir así, pero no tenía elección si quería salvar a su familia, aunque peor que la muerte sería caer en un estado de locura perpetua y vivir encerrado en un cuerpo inútil. Lo único que deseaba era que el monstruo acabase con su vida de una forma rápida e indolora.

Los grillos no dejaban de sonar, y cada paso que daba le parecía que fuese a ser el último. Pronto, una respiración palpitante comenzó a seguirle, al principio de una manera lenta, y después a toda velocidad. Luis corría mientras las ramas de los olivos y matorrales parecían querer retenerle en aquel lugar impío, y un dolor en el pecho se le hacía cada vez más agudo. Ya le faltaba la respiración cuando, tras un frondoso arbusto, sintió el vacío sobre sus pies y cayó a un estanque lleno de agua. Intentando flotar en la superficie, escuchó a los pocos segundos caer algo al lado suyo que le hizo estremecer de terror. Con la linterna aún funcionando, iluminó el fondo para conseguir ver a la criatura, pero prefirió haberla apagado cuando atisbó bajo sus pies algo que se movía a una velocidad portentosa. Parecía un calamar de dimensiones grotescas, y un tentáculo suyo se agarró fuertemente a uno de sus pies.

Aquel animal, si es que merece tal calificativo, tiró de él con vehemencia hasta llevárselo al fondo del estanque, donde una boca llena de dientes alargados le esperaba junto a unos grandes ojos de sepia. Luis forcejeó lo más fuerte que pudo, pero pronto la asfixia comenzó a notarse y a acentuar la hipotermia de sus músculos. Poco a poco se aproximaba a la boca, y dirigió la cabeza hacia allí para que la muerte fuese lo más rápida posible."Este es el fin. Adiós Natalia. Adiós mi pequeña Isabel", dijo Luis mientras se disponía a dejar este mundo, pero en ese instante, sin saber por qué, sintió cómo los tentáculos comenzaron a perder fuerza y consistencia. El hombre pareció sacar fortaleza de la nada y consiguió partir los deleznables brazos que le aprisionaban bajo el agua. La criatura se hacía pedazos y se desvanecía repulsivamente, mientras Luis subía a la superficie a respirar aire. Se había salvado misteriosamente de morir a manos de un monstruo, y pudo sonreír una vez en tierra al contemplar los restos del engendro flotando en el estanque.

El cielo comenzó a clarear durante el trayecto que le separaba de su familia, y daba gracias a Dios del milagro ocurrido. Pero su mente de ingeniero hacía que reflexionara sobre las causas de la desintegración de la criatura bajo el agua. Quizá éste no fuese su medio natural y no pudiese vivir mucho tiempo fuera de la piel del perro. El porqué tuvo forma de cánido y de dónde venía era algo que no sabía responder. Pero un pensamiento hizo que le entrasen arcadas ante lo que supondría si fuese cierta tal suposición. ¿Y si éste era su modo de reproducirse, descomponiéndose en el agua a la espera de que un animal beba de ella, y de este modo introducir sus embriones dentro de él? Puede que la madre de esta bestia dejase sus huevos en un lago subterráneo hace eones, y sus larvas microscópicas durmiesen allí hasta hoy. Luis gritó y gritó, hasta que la garganta no le dejó más, pues de ser cierto lo que pensaba, él acabaría teniendo el mismo destino trágico del perro, pues había tragado parte de ese agua envenenada en la pelea.

Ni que decir tiene que a partir de esa noche no volví a beber agua corriente, al menos mientras duró mi estancia en Los Cerros. Me limité a refrescos de cola y agua embotellada. No sé si de verdad ocurrió aquella historia, pero de lo que estoy seguro es que los perros de aquella urbanización no ladran de un modo normal. Algunos días, sobre todo cuando se levanta el viento, los animales empiezan a aullar y gemir como temiendo algo que se escapa a nuestra razón, y es entonces cuando vuelvo a recordar esta leyenda.

(c)José María Climent Martínez. 5 de agosto de 2000

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