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(Nota del Webmaster: Voy a publicar este prólogo tal como me llegó, vía mail. Siempre dudé de la cordura y sentido común de mi buen amigo Darío Lavia. Hoy no tengo dudas.)

 

Hola Jorge:

Te mando este material que creo que es interesante para publicar en tu antología virtual fantástica, aunque no es un cuento tradicional. Te cuento como lo conseguí y vos evaluarás si vale la pena. El pasado viernes 31 salí a almorzar por el centro (trabajo en la zona). Estaba caminando rumbo al trabajo, de vuelta, cuando, pasando por la esquina de la Avenida Corrientes y Sarmiento, encontré un paquete de libros viejos y medio ajados, en una bolsa de basura abierta. Quizás los dejó el mismo acopiador que abrió la bolsa (a muchos no les interesa las cosas que no pueden revender) o bien la bolsa fue abierta por algún perro hambriento, el caso fue que agarré el paquete (no tendría más que cuatro o cinco libros y algunos papeles viejos tales como recibos, facturas, etc.). Esa noche, repasando el material en la tranquilidad de mi casa, descubrí las páginas que te transcribo a continuación. Pertenecen al prólogo del tomo I de "El Gato Negro", una selección de poesía universal compilada por el tal Edgar Allan Moe (sic). Los demás libros eran: "Más Allá del Bien y del Mal", "Trópico de Cáncer", "Guerra y Paz" (de encuadernación bastante deteriorada), "El Triángulo de las Bermudas" de Charles Berlitz y una colección de cuentos eróticos de varios autores para mí desconocidos.

Mi duda con respecto al material que te transcribo es que he buscado en varias enciclopedias el nombre de este autor, incluso he indagado en la Red, sin mayores resultados. Creo que vos, con tu gran conocimiento de autores ignotos y de ciencia ficción, seguro lo vas a ubicar más correctamente que yo, que en el tema bibliográfico tengo un conocimiento más bien limitado. En caso contrario, será un enigma propio de la Dimensión Desconocida.

Saludos

Darío



PROLOGO PARA EL GATO NEGRO DE EDGAR ALLAN MOE


por Norris Brainschild

He sido invitado por el editor Ferenc Capote para redactar un prólogo a una de las obras más difíciles de la literatura en inglés. En un principio intenté redactar algunos párrafos subjetivos citando otras obras del genial Moe, pero abollé todos los borradores. Decidí que lo mejor era comenzar dando breve información sobre la vida de su autor. Nacido en 1861, durante décadas trabajó en la sección necrológica de varios periódicos ingleses. Hacia finales del siglo XIX dedicó algún tiempo a la composición de poemas y una gran novela caballeresca titulada El Señor de los Ramillos, que permaneció inédita. No fue hasta 1908 en que publicó su primer cuento, titulado La Oreja Delatora (The Tell-Tale Ear), en el volumen especial de primavera de la hoy olvidada revista Weird Short Stories, dirigida por Dernon Vent. Siguió participando en la revista hasta 1910, y nunca jamás volvió a publicar nada (en vida), a excepción de su folletín El Fantasma de la Zarzuela, dado a conocer en España en 1915. Moe fue un literato finísimo y cada una de sus obras superó a la anterior, tanto en complejidad, como en hermetismo. Un Moe de 1900 es sumamente complejo (tanto para el lector de la época como para el de la actual), así que imagínense como sería un Moe de 1915 o peor, luego del final de la Gran Guerra Europea, cuando se iba generando en su espíritu ese sentimiento de rechazo hacia el género humano que marcó los últimos treinta años de vida, cuando escribió Los Misterios de la Calle Corly (finalizado en el verano de 1922). Moe ha sido un autor escasamente valorado en vida, esto debido a que publicó algunos pocos cuentos en revistas de pulp en los años '10, pasando más tarde a vivir como un ermitaño, permanentemente encerrado en su casa. Su final llegó en 1954, cuando falleció por causas naturales, ya nonagenario. Su vida está plagada de oscuridad y neblina; su obra está plagada de oscurantismo, excentricidad e influencias de otras ramas literarias, que luego serían recogidas por autores tan disímiles como H.P. Lovecraft, J.L. Borges y quizás Ray Bradbury.

Pero pasemos a la obra que intentamos prologar, una verdadera colección de escritos de la más variada índole, diría el neófito e incluso aquellos críticos temerarios y aficionados que se atreven a reseñar cualquier tipo de lectura sin siquiera haberla leído o entrado en contacto con los detalles de la vida de su autor. Según investigaciones propias que no voy a explayar aquí más que diciendo que se hallarán próximamente publicadas en el grueso volumen de 450 páginas que he estado preparando (que se titulará Edgar Allan Moe: Intento de Biografía *), veremos que El Gato Negro es algo más que una mera colección. Todo comenzó en 1925 con la escritura en un pequeño papel de una frase que quedaría en la historia:

«El hombre que supo ser lo que fue»

El Gato Negro es una extensión, si se quiere, de esta eterna contradicción. Moe, que había realizado numerosos estudios de lenguas (vivas y muertas), tenía como propósito desarrollar su idea del mundo, y comenzó a escribir a toda máquina para ensamblar su propio universo. A lo largo de cientos de apólogos, frases célebres, epítetos, prolegómenos, cuentos sin final, capítulos huérfanos de extensas novelas, dudas morfológicas, sacrilegios semánticos, cuantiosos adornos verbales, intríngulis chíngulis, neologismos, parcas profanaciones semánticas y poemas del más bello y puro horror, logró esbozar una interesante teoría que solo tiene sentido si el probable lector pudiera abstraerse de todas las historias en particular, teniéndolas frescas en la mente al mismo tiempo y elevarse por encima de todas las partes para ver el todo.

En total son más de 8.000 páginas, repartidas en cuarenta tomos, cuyo capricho proviene de la clasificación en carpetas en que las ordenó y dividió el autor. El tomo XII tiene cien páginas, en tanto en tomo XIV llega a las 300. Pero más adelante, el tomo XXXIX tiene solo diez páginas (Moe nunca quiso revelar el porque de tal excéntrica subdivisión, aunque, según él, de su lectura se obtienen las respuestas). Finalizada en 1948 (según Moe, por problemas de salud), la obra permanece incólume al paso del tiempo y desafiando a cualquier avezado lector que intente desentrañarla. Cualquiera que desee abordarla, tendrá que vérselas primero con las transcripciones de los versos "xenócratas", que ocupan las primeras ochenta páginas. Su particularidad es que, quien no halle el secreto de los versos, puede llegar a considerarlos incomprensibles.

Son, en su totalidad, extractos de poemas de diversos autores de la Literatura Universal, sin orden cronológico, estilístico o genérico más que el azaroso o algún oculto que Moe haya vislumbrado.

Y echemos un vistazo a un ejemplo, a través de esta letrilla de Quevedo (en la página 74 de nuestra obra):

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias puro
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es continuo aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero

Es honrado y es como un oro;
tiene quebrado el color,
persona de gran hermosura,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Pero he aquí que el verso original de Quevedo tiene pequeñas diferencias con el citado por Moe:

Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es hermoso aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero

Es galán y es como un oro;
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Veamos ahora otro ejemplo, esta vez de Walt Whitman (cito en la página 34):

¡Una hora de alegría y de locura!
¡Oh furiosa alegría! ¡Oh furiosa alegría!
¡Oh, no me retengáis!

Corazón de las tempestades, ¿qué es lo que late en ti para desencadenarse en mi ser de esta suerte?
¿Qué son mis clamores en medio de los relámpagos y de los vendavales?
¡Ah! ¡Beber el delirio furioso más que hombre alguno!

¡Congojas místicas y místicas! (Os las dejo en herencia, hijos míos, os narro por muchos motivos.
¡Oh esposo y esposa!)
¡Oh, abandonarse a vos, quienquiera que seáis! ¡Abandonaros a mí, con desprecio del mundo!

Sin embargo, vamos a consultar la obra completa de Whitman y nos encontramos con que este es el verso original:

¡Una hora de alegría y de locura!
¡Oh furiosa alegría! ¡Oh furiosa alegría!
¡Oh, no me retengáis!

Corazón de las tempestades, ¿qué es lo que late en ti para desencadenarse en mi ser de esta suerte?
¿Qué son mis clamores en medio de los relámpagos y de los vendavales?
¡Ah! ¡Beber el delirio místico más que hombre alguno!

¡Congojas tiernas y salvajes! (Os las dejo en herencia, hijos míos, os narro por muchos motivos.
¡Oh esposo y esposa!)
¡Oh, abandonarse a vos, quienquiera que seáis! ¡Abandonaros a mí, con desprecio del mundo!

Quienquiera que se detenga a revisar cuidadosamente estos versos notará que los cambios son nimios y casi imperceptibles. Ahora revelemos el secreto de la técnica:

"Los adjetivos de cada estrofa se refieren al sustantivo de la siguiente"
"Los adjetivos de la primera estrofa de un poema quedan intactos"

Moe se divirtió transcribiendo poemas de los grandes autores de todas las naciones, llegando en un momento a automatizar tanto su tarea que desarrolló nuevas técnicas (y perfeccionó otras sugeridas por otros autores). Es así que como, ya desde el principio, Moe espanta al público ortodoxo y simula ser una especie de compilador de momentos sublimes de las letras universales apócrifas... pero esa no fue (siempre según mi propio estudio) su intención (*).

Luego de estos versos (que finalizan con el Tomo I), se inicia su larga serie de "Pequeños Cuentos". En realidad son como gérmenes de argumentos que bien podrían servir como novelas aparte. Examinemos el primero, sin ir más lejos.

«El científico Kapler ha llegado a la conclusión que el dolor solo ocurre en el presente.
Por consiguiente decide eliminar con algún procedimiento no revelado, la existencia del presente.
El resultado es una especie de mapa en el cuál el futuro y el pasado no tienen sentido. Hay una suerte de puntos (como paralelos y meridianos) que son las fechas, presentes y futuras. Y hay otro eje de coordenadas inimaginable que es el espacio. El pasado no es atrás y el futuro no es adelante.
Toda la existencia del hombre y del Universo está volcada en el mapa.
El científico es dios y el ser humano desconoce la muerte.»

Moe continuó desarrollando este tipo de pequeñas narraciones, llegando a ocupar casi cien páginas, totalizando unos doscientos cuentos. Todos ellos no más intrascendentes en extensión que una carilla, y cada uno con historias tan prometedoras como para iniciar una novela. Sin embargo esta no era su idea, sino la de propiciar diversas narraciones ocurrentes en lugares símiles pero paralelos. Veamos otro ejemplo:

«Un científico, llamado Åhajos Æneas, cree que el secreto de la predicción del futuro se basa en el concienzudo análisis de los hechos pasados.
Estudiando los acontecimientos de la Batalla de Waterloo, descubre que, bajo determinadas circunstancias y luego de ciertas decisiones estratégicas, Napoleón pudo haber sido el ganador, y no Wellington.
El científico decide analizar de la misma manera hechos todavía no acaecidos, y luego de un proceso científico no revelado, logra discernir las causas antes que se conviertan en consecuencias. El resultado es que puede anticipar no tomar tal camino por que nos espera la muerte, o no comer ese último bocado de pollo, ya que nos atacará un parásito.
Æneas se convierte en dios y el tiempo no tiene sentido para él; se suicida. Pero como ya se ha convertido en dios, no puede morir.»

Pero todavía hay más, a lo largo de los cuarenta tomos, tendremos ocasión de enfrentar una saga tan desigual de letras, que parecería que su autor ha ensamblado su creación casi por azar, sacando palabras o frases en forma aleatoria, quizás probando ordenamientos de tramas y situaciones; ¿una búsqueda? ¿un intento por lograr alguna instancia no prevista ni imaginada por la literatura? ¿escribir la historia más original jamás leída?

Personajes que son apenas esbozados en la página 8 (del Tomo I), regresan en mayor detalle en la 6.009 (del Tomo XXXII), hechos a los que se hace referencia como un recuerdo del pasado en los primeros tomos, son realmente narrados como sucediendo en la actualidad narrativa durante las páginas postreras del Tomo XXIV... En el Tomo XX hay una pequeña obra de teatro llamada LA INCONSTANCIA DE LLAMARSE EDUARDO en obvia alusión a la obra de Wilde. Son tres actos, en el primero la acción transcurre en un altillo en Londres en 1927. Allí, dos personajes, un inglés y un alemán, quedan atrapados por un descuido. El inglés, llamado Edward, decide esperar la llegada del ama de llaves, dentro de un par de horas, para pedir auxilio y salir. Ambos son amigos. El alemán, llamado Kurl, ha estado en la Guerra, lo mismo que su compañero británico. El alemán, teniendo ocasión por vez primera de observar los adornos y cuadros de la habitación, nota que hay un cuadro firmado con apellido alemán. Cuando pregunta el origen de tal obra, el inglés le contesta que fue un obsequio. Pero el alemán le recuerda que en su casa a orillas del Rhin, tenía ese mismo cuadro. El inglés, que se comienza a poner nervioso y que también era veterano de guerra, dice que debe ser una reproducción, y se pregunta si la casa de su amigo no era la misma que cobijo a unos traidores que vendieron secretos al enemigo, en 1916. Pero el alemán, palideciendo, le sugiere que debe ser su imaginación, que todo es una confusión. El ambiente se tensa más y más, hasta que se trenzan a golpes. En medio de la gresca termina el primer acto. Cuando se inicia el segundo acto, los personajes están en el frente occidental, en 1917, es decir diez años antes. Cada uno de su bando (una trinchera a cada extremo del escenario) y se propician entre ellos algunos insultos y diatribas. Las granadas matan a dos coprotagonistas que la providencia de Moe no les otorgó diálogos. El acto dura exactamente la mitad del tiempo que el primero, y cuando se abre el telón por vez tercera, estamos en una fiesta en la embajada Rusa en París, a la que asisten nuestros amigos. Es el año 1907, y ambos se presentan a sus respectivas esposas. Los personajes secundarios, más numerosos y ornamentados en este tercer acto, carecen también de diálogos.
La obra es un conjunto de contradicciones. La pregunta es: ¿tienen algún sentido estas contradicciones?

Su secuela se llamó LA INCONSISTENCIA DE LLAMARSE EDUARDO y ocupa el Tomo XXI. También son tres actos. El primero está protagonizado por estos dos personajes, Edward y Kurl, y la acción está ambientada en Londres, en 1897, durante la época escolar de los dos camaradas. El acto dura siete minutos y medio, que es la mitad de lo que duraba el tercer acto de la primera parte, que a su vez duraba la mitad de lo que el segundo acto, que a su vez duraba la mitad de lo que el primer acto. El segundo acto nos muestra un episodio de la vida del joven Edward en 1887, a los diez años. El acto dura muy poco tiempo, apenas tres minutos y un cuarto, que es lo tarda en enunciar un razonamiento teñido con la inconsistente lógica infantil. El tercer acto es una farsa de casi minuto y medio que es sumamente confusa, dado que tiene lugar en 1877 en un hospital de Berlin, donde la madre de Edward está por dar a luz, siendo acompañada por su esposo, por entonces oficial de la embajada inglesa en Berlín. Ahí, brevemente, se nos sugiere que Kurl habría sido compañero de incubadora de Edward, y que debido a la confusión de una enfermera, los padres de Edward se llevaron a Kurl y viceversa. Así es como comprendemos que en realidad Edward es Kurl y Kurl es Edward, aunque durante los siguientes años, el intercambio de identidades haya provisto a cada uno con la personalidad del otro... Cada uno se crió con los padres del otro, y cada uno recibió la cultura de sus respectivos padres erróneos, culturas y padres cruzados, con lo que Edward dejó de ser Edward para convertirse en Kurl, y el Kurl original dejó de serlo para ser Edward... Solo recapacitando en la primer obra del ciclo, recordamos que el destino los unirá en la guerra y en el final, encerrados en un altillo en 1927, cuando Kurl (Edward) pelea con Edward (Kurl) defendiendo el honor y el orgullo cultural erróneo (o sea el propio). En este caso la pluma maestra de Moe ha ido hilando la historia en reversa para comprender en toda su potencia el error de la enfermera. ¿Qué sentido hubiera tenido desarrollar la historia en sentido cronológico? Probablemente el público jamás hubiera atribuido tanta importancia a la confusión, de no ser por la cantidad de actos transcurridos hasta que se devela. Por otra parte, el amor de Moe por su hipotético público (recordemos que la obra jamás se llegó a estrenar mientras vivió Moe), le hizo abreviar la extensión de cada acto a la mitad de su precedente, para no aburrir ni quitar el interés sobre el verdadero eje de la trama, que en realidad no es la vida de dos amigos de diferente país sino la vida de una misma persona (recordemos que Kurl es Edward y Edward es Kurl) dividida en dos cuerpos y dos culturas distintas.

La pregunta sobre si todo este andamiaje de ficciones tiene algún significado nos remite a la interpretación que nombré anteriormente, que podrá encontrarse más detallada y desarrollada en mi libro de próxima publicación.

Veamos, el comienzo, con "El Hombre que supo ser lo que fue", donde está haciendo alusión de manera maravillosa a, ni más ni menos a Dios. Recordemos las palabras que oyó Moisés que representan el nombre de Dios: "Soy el que Soy", las que hacen referencia a un ente autorreferente para quien el tiempo no tiene más sentido que el de ordenar acontecimientos pasados, presentes o futuros que sabe que ocurrieron o van a ocurrir. El misterio debatido mil veces sobre el momento anterior a la Creación nos remite al tiempo: un antes y un después; pero si Dios no está circunscripto al tiempo, jamás hubiera tenido ocasión para realizar su Obra. Entonces, tendríamos que concluír, recapitulando con aseveraciones oscuras de las Sagradas Escrituras que separan el tiempo de los hombres del tiempo de Dios (un día para los hombres son como mil años para Dios), que Dios es el único capaz de proyectarse a sí mismo, su Obra Creadora y el final que esta tendrá (a riesgo de caer en la herejía). Y un hombre que pudiera saber lo que sería, o mejor dicho que sepa ser sí mismo, pero en pasado, sería de inmediato elevado al escalafón de dios absoluto.

Los versos "xenócratas" son el comienzo. Así como la primer línea de nuestra titánica obra nos refiere a Dios, los versos subsiguientes nos refieren claramente a "La Palabra", "El Verbo", "El Espíritu Santo" o como diantres quiera denominársele. Pero hay diferencias con los versos originales, son minúsculas, ¿son errores del copista? No, son el resultado de una técnica matemática. ¿Qué representan, entonces? Ellos nos comienzan a transmitir el comienzo de la narración: estamos en un Universo Paralelo en el cual, por lo pronto, tenemos la diferencia en las obras poéticas de ciertos autores. Sus versos no son exactamente iguales a los escritos por sus originales. Pero esas diferencias son, como vimos antes, apenas perceptibles. Moe tiene el cuidado en transcribir los versos con la técnica aplicada, de manera que solo los lectores cultos y vastos puedan darse cuenta del detalle. Obviamente el autor no nos revela la técnica ni proporciona un prólogo que nos ayude a comprender el motivo de la inclusión de tales versos.

Los "Pequeños Cuentos", tercer eslabón comprensible en nuestra cadena, nos hacen referencia al tercer personaje en la Trinidad: el Hijo. Notemos el aspecto que cada uno de los protagonistas en algún momento está cercano a lograr la deificación o bien directamente se convierte en una divinidad. Pero su significado es aún más complejo. Las historias se hacen tan repetitivas que, finalmente nos damos cuenta. Moe intenta hilvanar los distintos mundos paralelos insinuados en cada uno de los anteriores poemas, asignándole un cuento a cada universo. De ahí que este científico Æneas reaparezca en otros cuentos, bajo la apariencia de granadero, panadero o dios arquetípico. Su evolución es clara, y quizás Moe nos está sugiriendo la posibilidad de una metempsicosis multiuniversal, o bien nos explica su funcionamiento: cada vida es vivida independientemente, y cada vez se pierde la memoria de la anterior; claro, estando en Universos Paralelos, esta memoria se anula y repele...

Obviamente no voy a explicar el sentido de toda una obra basándome en las primeras tres páginas, en una pequeña parte de su todo. Digamos que nuestro intento es admirable desde el punto de vista que se aplica perfectamente a los primeros dos o tres tomos de la obra (que recordemos tiene 40)... Pero, dejemos al lector y no lo apabullemos con más razonamientos e interpretaciones, de manera que podamos alentarlo a extraer las propias de la lectura de estos volúmenes. Ante sí tiene una tarea titánica y suave, tan contradictoria como enfrentar la lectura del tomo III, de tan solo tres páginas, o el voluminoso tomo IV de más de trescientas. Su comprensión, si bien sugerida, no está asegurada. Su gran broche de oro, el propósito final de Moe, es que cada lector pueda tener su propia, irrefutable, válida opinión.


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(*1) Editorial Saeta es la empresa que lo está por publicar
(*) Nota del editor: Brainschild es uno de los pocos que mantiene que El Gato Negro tiene algún sentido global.

(c) Darío Lavia,  2001.

 
 

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