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EL MEJOR AMIGO

por Marcelo Choren

La abuela entra al comedor, su sala de torturas favorita. Golpea el bastón contra el suelo, estira el cuello y revisa la mesa. Bajó temprano de su habitación y el gesto de disgusto es más rabioso que de costumbre. Se acomoda la dentadura masticando como una vaca.
—¡Nene! —me dice —. Poné la mesa, no te olvides de mis remedios, y sacá a ese perro inmundo de mi vista.
Me hago el distraído, y mamá me da un cachetazo.
Gateo por debajo de las sillas. Buck, con el pelo encrespado, me esquiva. Consigo abrazarme a su lomo y lo llevo al patio. Le hablo, le rasco las orejas hasta que me lame las manos. Su ojo ciego parece una moneda. A veces, creo que con él ve mejor que con el otro, el sano.
Después de desplegar el mantel, acomodo los platos y los cubiertos. La cara me late. En el sitio de la abuela ordeno las tabletas: blanca, verde, roja y celeste, ese es el orden.
Detrás de mí, la abuela me observa. Y no hace falta que me vuelva para saberlo.
Hoy, la abuela tiene hambre.
—A ver, vos— le ordena a mamá—¡Ocupate de la cena! ¡Quiero una buena sopa con mucha verdura y pocos fideos! ¿Entendiste, Emilia?
Mamá se apura a llenar la sopera.
—¡Y el pan! ¡Dónde dejaron el pan¡
—Pan no puede comer, Matilde, el médico se lo prohibió.
—¡Ja! El médico —dice, y se sienta con el bastón a su lado—. El médico. El fulano que trajiste vos, dirás. ¿Quién sabe si es médico, ése?
—Matilde, por favor —le ruega mamá, mientras le llena el plato—, tome la sopa que está rica, como a usted le gusta.
Cuando la abuela revuelve las verduras con la cuchara huele la sopa, y la nariz se le ensancha.
—Qué sabrás vos de lo que me gusta —dice—. Si ni sabés lo que te gusta a vos; por lo menos, lo que te conviene. ¡Mirá al marmota de tu marido!
—¡Matilde, es su hijo!
—¿A mí me lo vas a decir? Yo solita lo crié, cuando el inservible del padre se mandó a mudar, ¡en buena hora! Y así y todo, Leandro salió igual a él: un pusilánime.
La abuela prueba la sopa estirando mucho los labios.
—¡Aj! ¿Qué hiciste, Emilia? ¿Escurriste el trapo de piso, acá? —y a mí:— Alcanzame la sal, nene.
—No podés ponerle sal, abuela —me atrevo a decir—, te hace mal.
—¡Callate, nene! ¡Ya parecés tu madre, dándome consejos sin que se los pida! Y dame ese salero.
Lo empujo a través de la mesa con la punta de un dedo.
Siento que Buck se echa entre mis pies, pero no digo nada. ¿Habré cerrado mal la puerta del patio?
Un gruñido, tan bajo que no se oye, me llega como una vibración.
—¡Qué! —dice la abuela—. ¿Ya apareció ese bicho asqueroso? Nene, sacalo de acá que me agarra la alergia. Y no te lo digo más, un día de estos le doy vidrio molido y a otra cosa, ¿entendiste?
Preguntándome cómo supo la abuela, empujo a Buck con suavidad, parece de piedra.
—Vamos, Buck —digo. Tironeo del collar y lo saco a rastras, con las uñas arañando las baldosas. Para mí que la abuela siente a Buck como yo.
—¡Nene! Cuando vuelvas traé el vino tinto.
—Matilde, no —dice mamá.
Busco la botella y le sirvo.
—Poné más. Ni que tuvieras que pagarlo vos. ¡Hasta el borde no! ¿No ves que con el temblor de la mano se me derrama?
Empiezo, yo también, a tomar la sopa. Me quemo los labios y la soplo.
—No hagás ruido, nene. Che, Emilia, ¿no podés educarlo a éste? Es más bruto que un ladrillo.
Mamá toma un poco y deja la cuchara.
Al levantar la vista, me encuentro con la doble mirada de Buck, agazapado en el pasillo. Su ojo sano y el nublado se clavan en mí.
Un eructo de la abuela rompe el encantamiento.
—Je, je. ¿Se creen que no sé por qué me aguantan? Para quedarse con todo, por eso.
Oigo la llave girando en la cerradura. Para variar, Buck no corre a recibir a mi viejo. Tendido como está, retrocede hacia las sombras.
Papá besa a mamá en la frente, y se acerca a la abuela.
—¡Uf! —dice la abuela, y lo espanta con un gesto—. Salí. ¿Querés matarme? Venís apestando a cigarrillo. Emilia, ¿vos no te das cuenta? Este muchacho ya debe tener los pulmones podridos.
—Mamá —se disculpa papá—, fumo cinco por día.
—¡Cinco atados, dirás! —lo corrige, y se vuelve hacia mamá—. Empezó a fumar cuando te conoció a vos, Emilia. Antes, no sabía ni lo que era.
—Mamá, de nuevo con la cantinela —dice papá y mira el cielorraso.
—Quedate tranquilo, Leandrito —le dice la abuela, y lo espía por arriba de los anteojos—. Ya sé cuánto te asustan las verdades. A propósito, ¿por qué llegás tan tarde? ¿No tenés casa, vos?
—Hice unas horitas extra, mamá —dice papá. Agarra un pan y rompe trocitos que va dejando caer en la sopa, después la revuelve.
—Ya me imagino tus horas extras —le dice, pero mira a mamá— Horas extra muy cansadoras, deben ser. Por suerte Emilia es una santa, una inocente, es. Una mosquita muerta.
Mamá se mira las manos.
Me fijo en la oscuridad del pasillo y me parece desierto, hasta que advierto dos manchas de luz. Una brillante y una opaca.
—¡Nene! Alcanzame el otro vaso.
—¿Qué, abuela?
—Emilia, a este chico hay que llevarlo al médico: si no le repetís las cosas no entiende —y a mí:— ¡El otro vaso!
—Matilde —dice mamá—, en la mesa no. Mejor llévelo a su dormitorio.
—En el dormitorio hay poca luz, la mesita es muy baja. Si me hacen vivir como una pordiosera en mi propia casa.
Traigo el vaso grande y se lo acerco de la misma manera que el salero, con un dedo.
La abuela encoge los labios y empuja la dentadura hacia afuera. Una gota de saliva cae en el mantel. Lava los dientes como cuando moja las galletas en el té con leche. El agua se enturbia con pedacitos de verdura. Entre los incisivos, una hilo de puerro me parece un alga, moviéndose en un arrecife de acrílico.
—Pero, mamá —dice papá.
—Ya sé que sobro —dice la abuela. Se calza la dentadura dando mordiscos en el aire—. Ayudame a subir, nene.
—Hasta mañana, Matilde —dice mamá.
—Hasta mañana, mamá —dice papá.
La abuela ni les contesta.
Cruzamos la sala y llegamos a la escalera. Primero apoya el bastón, después un pie. Yo acompaño el movimiento del otro pie.
—Dale, caminá. ¿O tenés miedo de herniarte? ¡Más despacio!
Así, los veintisiete escalones.
El dormitorio de la abuela. Ni el alcanfor, ni los sahumerios alcanzan para tapar el olor a pis, a encierro.
Desde el cuadro, mi bisabuelo nos vigila. En un ángulo del marco, cuelga un rosario, las cuentas como nueces.
—El hombre de la familia —dice la abuela, como si nombrara al Presidente—. El último hombre de verdad que pisó esta casa. Ahora andate, nene. Andate de acá.


Al volver al comedor, descubro a papá y mamá: se miran en silencio. Papá le sostiene una mano entre las suyas. Parecen dos maniquíes. En los platos, se enfría el arroz con aceite.
Juego un poco con el tenedor, pero yo tampoco tengo hambre.
—¡Nene! ¡Nene! —retumba la voz de la abuela—. ¡Asomate a la escalera, querés!
La encuentro de pie, allá arriba, al filo del último escalón, por encima de todos. El camisón de franela le roza las pantuflas.
—Traeme las gotas para el corazón, que me las olvidé en el aparador.
Buck.
¿Qué hace Buck ahí, detrás de la abuela? Si aprendió, a fuerza de golpes, a no subir. Lleva las orejas hacia atrás, pegadas a la cabeza; el pelo rígido, como de alambre.
—¿Otra vez en Babia? Dale, buscalas. ¡Y movete de una vez, que me enfermás, mirá!
Buck se enreda en los pliegues del camisón. La abuela gira al borde del peldaño con una energía que no le conozco, y los talones le quedan en el aire. Levanta el bastón por encima de su cabeza, demasiado por encima, pero Buck no retrocede y esquiva el bastonazo. La abuela se va para atrás, hacia el vacío. Hay un momento de equilibrio en que la abuela parece colgar de un hilo invisible; de pronto sube una pierna muy alto, pateando la nada, y empieza a caer de espaldas.
La pantufla pasa a mi lado dando vueltas. El bastón la sigue, rebotando en los escalones.
Un chillido corta el aire en dos. Parece durar cien años, mil, hasta que se interrumpe de golpe. En medio de una neblina, veo la cabeza de la abuela, que se estrella contra un escalón, la pared, otro escalón. La dentadura superior se trepa al barandal, resbala un metro, y aterriza a mis pies.
Detrás llega la abuela, como un bulto de ropa sucia. Las manos se le sacuden dos veces, nada más.
Mamá es la primera en entrar. Se tapa la cara y se vuelve. Papá la ataja y la aprieta contra sí.
—Dios mío —dice en voz baja—. Dios mío, mamá.
Mareado, me siento sobre mis talones. El cuello de la abuela se ve torcido.
Como si viniera del pasillo, Buck se aparece a mi lado y frota su cuerpo contra mí. Me pasa la lengua por donde, todavía, me arde la cachetada. Le rodeo el pescuezo y le acaricio el pecho. Levanta el hocico hacia papá y mamá. Sigo su mirada y, entonces, vuelvo a sentir que el pelo se le eriza. Vuelvo a sentir ese gruñido raro, esa reverberación de su cuerpo que sólo yo y la abuela percibíamos.
Y el ojo ciego, clavado en mamá y papá, relumbra.
Relumbra.

(c)Marcelo Choren, Buenos Aires setiembre de 2003

 

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