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MANUSCRITO HALLADO EN EL DIARIO DE UNA MÉDIUM


Por Darío Lavia

"De todas las veces que había intentado salir de la casa, siempre había fracasado. Claro, no tenía urgencia de salir, pero como hacía varios meses que estaba confinado a ese lugar, ya tenía deseos de regresar a mi propia casa.

Había otras personas en la casa, así que no me sentía tan solo. Por ejemplo, en una ventana había siempre un niño que miraba desde fuera; debajo de la escalera principal solía verse una anciana, que lloraba y movía los labios, aunque ningún sonido era percibible; en el jardín había un pequeño montículo de tierra, del que eventualmente surgía un joven con aspecto estrafalario y vestimenta fuera de moda, que luego de pasearse por la casa, solía arrojarse por una ventana (la del altillo); había otros, pero no les veía muy a menudo. Por ejemplo, una vez por mes del dormitorio mayor (aquel que se hallaba en una inhóspita zona del ala derecha), surgía un hombre afeitado, con peluca empolvada y vestuario añejo. Saludaba vaya a saber a quienes y salía caminando directo a la calle, donde gritaba y caía al suelo, como atravesado por algo filoso. Luego de esto se esfumaba.

Tal grupo humano, por muy pintoresco que pareciera, era mi único contacto con otras personas, y a pesar que no podía intercambiar palabras ya que no los oía ni ellos a mí, me había acostumbrado a sus presencias. Además, no pasaba mes que no descubriera nuevos inquilinos. Los últimos que descubrí no provenían del interior de la casa, sino del exterior. Un día bajé al sótano, en uno de mis eternos paseos, y descubrí una bodega y un mueble con libros. Mientras estaba allí, escuché un ruido, como que la puerta principal se abría. También escuché pasos como de varias personas. Acostumbrado ya a los ruidos raros, no presté mucha atención. No había pasado ni media hora que me vi atraído por una voz. Era una voz dulce, como de una mujer madura. Subí las escaleras lentamente y miré en la sala principal, pero no había nadie. Recorrí todas las dependencias, la biblioteca, el salón de juegos, el comedor... estaba todo como es usual: vacío. Volví a oír el llamado. Ahora lo oí más claro; provenía de alguna habitación superior, así que comencé a subir las escaleras. Al llegar al pasillo pasé cerca de una ventana y al mirar al exterior algo me llamó la atención. En la calle había un vehículo estacionado. Era parecido a un carruaje, pero no tenía caballos ni conductor. Supuse que pertenecería a las personas que habían ingresado al interior de la casa.

En ese momento volví a oír el llamado. Ahora sí podía darme cuenta desde que habitación provenía. Estaban en el dormitorio del ala izquierda. Caminé lentamente hacia esa puerta, como con desconfianza. Luego de tantos meses de profunda indiferencia, por parte de todos... ¿por qué ahora esta mujer de voz madura me llama por mi nombre?

Puse la mano en el picaporte y lo giré. A medida que iba abriendo la puerta se veía la habitación iluminada tan solo por velas. Una vez que la terminé de abrir, escuché de nuevo la voz femenina:

- Está aquí - dijo, con tono grave, a pesar de su dulzura.

Volteé hacia el lugar de donde provenía la voz. Era efectivamente una mujer de cabello cano, madura, vestido oscuro y rostro esbelto a pesar de tener ya algunas arrugas. Estaba sentada con las manos extendidas en una mesa. Tenía los ojos cerrados y a su alrededor había cuatro sillas vacías, cosa que me llamó mucho la atención.

- Está aquí - repitió la mujer de cabello cano, pero esta vez susurrando. Las velas en la mesa llameaban de manera irregular, como si hubiera alguien respirándoles encima. ¿Y si eran espíritus?

La visión de la mujer me erizó los cabellos de la nuca. Aún así le contesté.

- ¿Qué deseas? - dije, pero extrañamente esas palabras no provinieron de mi boca, sino de la de aquella mujer. ¿Había hablado ella pero imitando mi voz? No podía ser... había tenido la voluntad de hablar y lo había realizado, pero las palabras no surgieron de mis cuerdas vocales sino de las de ella.

- Guiarte hacia la luz - respondió ella, esta vez con su propia voz. Las llamas de las velas realizaban una danza atroz. El ventanal de la habitación se nubló y luego se desfiguró. Ya no era un ventanal, era un hueco sin fondo, iluminado desde el interior. Extrañamente esa luz no invadía la habitación.

La mujer volvió a hablar.

- Ya puedes descansar - dijo nuevamente con su propia voz.

- Pero no estoy cansado, tengo miedo - repliqué. Ella pronunció nuevamente esas palabras con mi voz.

- No temas - continuó, ahora con voz femenina - no tienes nada que temer. Debes dirigirte a la luz, ahí están tus seres queridos, la felicidad, la respuesta a todas tus preguntas.

Sonaba convincente, pero aún no podía comprender del todo la situación. No tenía idea quien era esa persona y porque me instaba a atravesar esa luz. Hacía muchos años había oído hablar que después de la muerte surgía un túnel con una luz blanca. Nunca nadie supo que había más allá de esa luz. Unos suponían que era el camino hacia el cielo. Otros se planteaban cuestiones metafísicas más complejas. Pero nadie tenía nada por seguro.

Estuve quieto durante varios minutos. La mujer levantó sus párpados y comenzó a poner los ojos blancos. De a ratos balanceaba su cabeza. Las velas seguían ardiendo. Las sillas a sus lados crujían como si soportasen el peso de entes incorpóreos.

Me acerqué a la abertura de luz. Era insondable. Algo me llamaba. Algo así como un murmullo, que incesantemente repetía mi nombre. Una y otra vez. Una lágrima rodó por mi rostro. Tenía que abandonar esa casa, que me había cobijado durante tantos meses, años o décadas. Di una mirada a la mujer, aún sentada en la mesa. Las velas proyectaban sombras pero no solo de ella, sino de aquellos espectros que no podía ver, pero que adivinaba ocupando esos asientos.

- Cruza la barrera, se feliz - dijo la mujer, en tono maternal - descansa en paz.

En ese momento perdí pie y caí. Luego del primer par de segundos de caer sin dar con el suelo, me di cuenta que esta caída era algo serio. Los segundos pasaban y mi descenso continuaba. Moví los brazos y piernas pero no pude asirme de nada. Grité, pero ya no escuchaba ni mi voz ni la de aquella mujer.

A medida que caía trataba de asirme de algo pero la inconcebible blancura continuaba y continuaba... tiré patadas pero no lograba impactar nada. Cada vez caía con más rapidez, de hecho el aire me rasgaba el rostro, y no pasó mucho hasta que comencé a notar que tenía la cara manchada de sangre. Los ojos se me secaron y quería cerrarlos, pero era tal la fuerza con la que caía, que me costaba mucho trabajo. La boca también se me llenaba de aire y solo luego de grandes esfuerzos podía cerrarla.

Habrían pasado uno o dos minutos cuando comencé a sentir fuertes tirones en mis músculos y huesos. Traté de agrupar mis extremidades, pero era imposible. Hasta que sentí un crujido y luego otro, y otro, y uno nuevo... ambos brazos y piernas quebrados en un maremagnum de dolor que embotó mi mente. Ya no sentía los miembros y luego de unos minutos, perdí los brazos, que se desprendieron debido a la fuerte fricción, de mala manera.

Mismo destino corrieron las piernas. Y el horror a esa altura era máximo. Al propio de la inexplicable caída debía sumar el de no poder cubrirme instintivamente el rostro. Al quedar reducido mi cuerpo a una masa sin forma, comencé a rotar sobre mi propio eje, y a dar extrañas vueltas. Siempre hiriente, el aire se había convertido en una suerte de finas tijeras que iban trazando líneas en mi piel. Estas líneas eran acompañadas por fuertes abolladuras que también laceraban mi carne.

A lo largo de otros minutos noté con pavor que el constante choque con al aire iba redondeando mi cuerpo. Los muñones sangrantes no solo se habían cauterizado por el calor, sino que se habían pulido y reducido.

Me estaba convirtiendo en una bola de carne, con lo que si bien era mucho más aerodinámico, también aumentaba mi velocidad de caída libre. El exceso de golpes terminó por doblegarme y provocó el hundimiento de mi caja toráxica. Expulsé la mayoría mis vísceras por los orificios mayores y, aún seguía conciente. Con la rotura de las costillas, el isquion se partió en varios trozos. La carne se doblegó en los huesos y se contrajo rápidamente. El torrente sanguíneo estalló y se volatilizó en millones de gotitas minúsculas que desaparecieron al instante, difuminadas en la aún horrible blancura.

En los últimos segundos de mi caída pude darme cuenta de que aquello que solía ser mi cuerpo se había reducido a... una escoria, una parodia de esas cabezas reducidas por salvajes. Un pedazo de carne, cartílago y hueso... pero no duró mucho.

Impacté contra algo, no pude darme cuenta que. Mi cabeza no estalló, sino que directamente se convirtió en partículas. No sentí dolor (ya había sentido todo el dolor posible anteriormente). Por el contrario, me sentía aliviado, ya que, al menos, no seguía cayendo.

Quedé en medio de cientos, millares, incontables seres que estaban en mí misma situación. Individualidades descarnadas, incapaces de moverse por sí mismas, entidades que solo podían moverse a través de la marea que las iba sacudiendo. Innumerables, estaban unas encima de otras. No tenían una posible explicación, era así. Tal era el destino que corren nuestras almas luego de la desencarnación.

Por más que lo intenté, no he podido hablar con estos seres; no solo que no me escuchan sino que yo sigo siendo incapaz de hablar. Son como conchillas en el mar, moviéndose de un lado a otro en este océano de seres. No envejecen, no mueren, no reencarnan, no van al encuentro de su creador... No voy a continuar con esta descripción, solo voy a hacer una recomendación: deja de jugar con las almas de las personas... a no ser que desees hacerme una visita."

Nota: Este manuscrito fue hallado en el departamento de Irma Belladoux, el texto fue escrito por ella misma la noche previa al hallazgo de su cadáver en la acera de su edificio. Había saltado desde su ventana, en el piso 14. La última persona que la vio con vida fue el rematador Louis Patein, quien había contratado sus servicios como médium y ocultista para "limpiar" de espíritus una casa supuestamente "encantada".

(c) Darío Lavia, 2003
 
 

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