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LA MASACRE DE LAS MARIPOSAS

Por Balaoo Leroux

Intentos de la cosa...

Los vi a todos juntos, a todos los putos juntos, refregandose entre sí. A los malditos putos que miraban con asco a mi pareja. Claro en este mundo de mierda ellos se creían muy normales. Los más normales. Los elegidos de Dios. Las criaturas más perfectas y límpidas del Universo. ¿Qué digo? De toda la creación. Los muy putos. Ahí estaban. Chupados. Drogados. Mezclados con toda la bosta de este planeta. Todo en un mejunje incalificable de escoria humana y corrupción. Los muy putos. Mirando con asco a mi pareja y a mí. Revueltos como larvas en un cuerpo podrido. Y yo estaba ahí, en ese lugar de mierda, lleno de mierda. Aspirando los mismos pedos que aspiraban ellos. Ese olor penetrante de la diarrea, del vómito y de toda la porquería. No los soporto. Me quiero ir. Para qué me llevó. Me dijo que eran normales. ¡Los putos no son normales! ¡Tienen sexo contra natura! Se la dan por el orto. Se chupan la pija entre sí. No son normales, son unos degenerados de mierda.

Hoy estaba enojado. No quería ver más a toda esa mierda. No me resultaba divertido. ¿Y qué carajo tenía que ver que yo haya sido puto? ¿Eh? ¿Qué tenía que ver eso? Fui puto, pero no me gustó. Me arrastró el mundo y mi propia bazofia interna. Ya nadie distingue la normalidad de la anormalidad. Todo es válido. Todo da lo mismo. Es malo prohibir. Es malo respetar las leyes de la Naturaleza. ¡Ah! ¿Qué? ¿Tiene leyes? No, nadie sabe eso. Todos ignoramos los que queremos ignorar.

Y, ¿por qué tengo que aguantarme a estos putos? ¿A ver?

Hace tanto que no sonrío. Tomá, ahora sonrío. Me pone contento saber que te voy a matar. ¿Está mal que te mate? Igual, tengo la cabeza bien hundida en el barro, para que me ataque la consciencia. Tomá. Pum-Pum. Como de mentira.

-¡¡Qué hacés, loco de mierda!! -ladró mi pareja.

Pum-Pum, contesta mi arma. Le gusta hablar. Ah, cómo salen, salen cagando como perros. Con la cola bien metida en el ojete. Mirá como rajan. Pum-Pum. A la espalda. Al pulmón. Dos menos.

-¡¡Qué hacés, qué hacés, qué hacés...!! -gritó la yegua de mi pareja.

Pum-Pum a los que van saliendo. Se escapan como cucarachas. Se filtran por las ranuras más estrechas. Los muy putos. Pum-Pum al aire. Me desahogo. Y largo todo el aire que tenía en los bofes. ¡Fuffff!

-¡¿Estás loco?!

Me siento en la primer silla que encuentro. ¡Mierda! Me olvidé. Siempre las limpio antes de sentarme. Están llenas de los flujos internos de toda esta caterva de depravados. Empiezo a fijar la vista. Veo todo más claro. Se me escapa un pedo con el relajo. Huele mal. Me siento mal. Nunca había matado a nadie. Y es tan común. Tan catártico. El dueño del antro se hace el boludo, espera a que me vaya para llamar a los lovis. Para qué, si no hay leyes ¿Qué leyes? ¿Me pueden decir qué leyes? ´¿Tres? ¿Dos? ¿Cuatro? ¿Cuántos muertos?

Se rajó mi pareja. Ella me trajo acá y se fue. Yo también. Me voy despacio. Soy el dueño, soy el que manda. Los maté a los tres o a los dos... Yo mando. No es cosa de ellos. Los que quedan. ¿Qué serán los que quedan?

No quiero salir, siempre agarran al que no tiene la culpa. Estos lovis de mierda. Creo que hoy me voy a quedar acá. No. Mejor salgo a ver la bosta. Si pudiera salirme de este planeta. Escapar como todos esos que se fueron y después ni palabra. Ni pío. Se fueron y chau, olvidate. ¿Quién va a salir a buscarlos? Una vez que se fueron, listo. Te jodés. Pero para eso eligieron a los mejores, eso sí. Total, dejan que la escoria se pudra entre sus propias heces. Está bien. Que se vayan, pero no van a encontrar nada ahí afuera. El hombre persigue eternamente sus sueños para huir eternamente de sí mismo.

"Miau, miau, miau..." Me dice el gato. Quiere morfar... "Ya va, ya va": me dice el hombre.

-Vení... msshhh.... msssh..., ¡a comer!... Acá estás...¡tomá! Ojalá pudiera darte algún cacho de esos muertos que virtualmente entierro. Pero no te gustaría comerte un chip, ¿no? ¡Masticá, animal! Como si estuvieras muerta de hambre, bicho de mierda.

"Bueno, me voy a poner a trabajar". Que boludo que queda darme órdenes a mí mismo.

Los putos...

Entonces dejé al gato y me puse a trabajar, como un autista, como si nada. Me pasaba horas y horas trabajando, llenando de datos la máquina. Como si nada hubiese pasado. ¡Ya está! ¡Lo pasado pisado y a otra cosa! Y ahí estaba, ni se me ocurrió, pero tenía a los putos frente a mí....

Los putos...

Tenía que escribir los epítafios... Tenía que hacerlo. ¿Era o no era mi laburo? ¡Bum! También los putos... ¡También son hombres! Son híbridos en vida, pero son hombres cuando se mueren. Bien machitos. Vamos, con la muerte no se jode. Y ojo con lo que iba a poner, que no se repitiera, que el cerebro central de la biblioteca del cementerio lo clasificara, que le pusiera el código de barras. Único e i-rre-pe-ti-ble. Que los familiares no se escandalizaran, que todo pareciera muy normal. Gente buena. ¡Una pérdida enorme! La huella dáctilar de los muertos, el epitafio. Y ya saben... Todo esta cagada, para que los vivos no muevan su culo, para no atestar más a la Tierra con nuestros cadáveres, que no desborde. ¡No hay más lugar!. Cartón lleno. Para que los vivos visiten a su abuelito a través de la red. "Vamos cualquier día, todos juntitos". A visitar la fosa... el código de barras que fue un hombre, un puto, un adán, un trabuco, un desastre. Pero, por suerte, la erosíón cibernética es tan real como la natural y de tanto en tanto se pierden los códigos, la memoria humana es frágil y la mayor parte de nosotros no dejamos ni un sólo vestigio de nuestro paso sobre este planeta perdido. Pero así son las cosas y yo hacía lo mío, la familia me daba un pérfil del fiambre, cómo era y esas cosas y yo le hacía el epitafio.

Pero, ¿y los revertidos, los andróginos y todos esos?.

Los putos...

Los que maté... "Aquí yace XXXX. Fue una hermosa mariposa que murió en la primavera de la vida. R.I.P." A veces me ponía a pensar, a esos que les cambiaban el sexo, cuando aún flotaban en la barriga de su madre, por un simple capricho de sus padres. Pero qué culpa tenían los que nacían así, nada de nada. Si eran varones y los revertían, nacían con la mentalidad de un hombre y con el cuerpo de mujer, la mayoría terminaban siendo lesbianas. Creo que es el único caso en que la anormalidad es una búsqueda de la normalidad. Pero lo peor eran los que se revertían de grande, porque querían tener un hijo decían. Y, tijera acá, tijera allá, gen por aquí, gen por allá, y pluck... Un hombre de una mujer o una mujer de un hombre. Dios la hizo más fácil. Ni ellos sabían eso, se cambiaban hasta la memoria. Nunca los entendí. Bueno, pero yo no podía abrir el pico, la familia, muy dolida, me pedía que guardara discreción sobre ese asunto. ¡Claro! ¡No fuera que se vaya a enterar la ciudad! ¡No, qué va! El epitafio era decente y maravilloso. Si juzgáramos a las personas por sus epitafios, tendríamos que admitir que el ser humano es un animal celestial, bondadoso, ¡perfecto! Al menos cuando está muerto.

Bueno, ese día me puse a laburar, como siempre, ya dije. Pero sentía a los lovis sobre mi nuca. No me podía zafar tan fácil, ya sabía que les importaba un carajo que haya matado a cuatro, cinco o veinte putos, . Tenían que justificar su sueldo, ¿sí o no? Tenían que hacerlo. Entonces yo no podía sentarme a laburar como siempre, porque me iban a agarrar, ¿sí o no?. Y cuando me agarraran me iban a hacer mierda, y otro escribiría maravillas sobre mí en mi epitafio y yo sería maravilloso para todos, hasta que me borrarían del sistema y chau. Me tenía que ir. Agarrar cosas de valor, salir sin identificación y perderme ahí abajo, bien abajo; donde antes estaban los muertos y ahora están esas ciudades, atestadas de escoria. Llenas de desodorante para ambiente que no dañan, ni explotan a altas temperaturas. La gente civilizada. Pero los gusanos se quedaron y siguen reptando bien abajo, yo me tengo que ir con los gusanos, por un tiempo, largo o corto, quién sabe, hasta purgarme de mis faltas. Irme ahí, ir exactamente al ombligo de lo que más odio. No sé si es una huída o una búsqueda. Irme, hasta que vuelvan los que se fueron a buscar el grial espacial. Todo sideral y de plástico. Dicen que se fueron hace siglos y por eso ya les empezaron a cantar poemas épicos a Los Hombres del Cielo. A sus conquistas espaciales, que llevaban nuestro mensaje a las estrellas. La "Esperanza", el "Avance", la "Sabiduría" y la "Paz". Y a quien no le guste, se la hacemos tragar por la fuerza o se la encajamos por el culo. Así somos. La búsqueda de la verdad. Seguro que los hicieron poronga ahí arriba. Todos vemos cada tanto a un loco que dice descender de los naúfragos de las naves de la gran conquista, que cuenta que los hicieron poronga. Ahí nomás, a la vuelta de Marte. Poronga. Se salvaron dos o tres locos, y nos vienen con el cuento de que la conquista continúa, que debemos llevar la civilización y el progreso al resto de la galaxia.

Toc-Toc...

Tenía que buscar algunas cosas, ir a hacer pis e irme. Todo rapidito. Primero las cosas...

Toc-toc...

Las cosas, tengo que encontrar las cosas... ¿Dónde está?

Toc-toc...

¡Acá! Me voy, me voy...

Toc-toc...

Los lovis...

-¿Sí?

-Abra la puerta inmediatamente...

-Bueno...

Firme, con el brazo bien firme, apunté a la puerta y a las paredes, que traspasara todo. Que mi arma buscara a los vivos. Los huele. Puede olerlos...

-¡Está armado, disparen!

¡¡Brummm!! Nada, no veo una mierda, disparo como loco, a todos lados, pasan cohetes sobre mi cabeza, bengalas., ruedo, están por todos lados... No, son pocos... están asustados... Todo huele a quemado... Disparan... Destruyen las paredes... Tomen... ¡Brum! A un lovi, le hundo el rostro. A otro ¡Pum! Reventá también, le abro un boquete en el estómago... ¡hijos de puta! Siguen las bengalas... El que queda arruga, se va... Me deja solo. Casi me la dan, por los putos detectores de calor, no me avive a tiempo. Ya me puedo ir, tengo todo lo que necesito y me piyé encima.

Y ahora bien abajo, bien abajo, antes de que me chapen. El edificio está desierto, nadie se mete. El lovi se fue para arriba. A buscar refuerzos, pero yo me voy para abajo, más bajo que los muertos. Hacia Nueva Pellucidar.

¡Cómo los escuchaba! Los gritos, los alaridos, la locura que se iba sucediendo a medida que descendía y descendía por los niveles, hacia ese infierno bochornoso que me aguardaba.

Bueno, la cosa es que bajé, me daba la sensación de que me estaba escapando en pelotas. Lo único que me llevé fue mi matatipos, con la que maté a los putos; lo cual no le hizo honor al rimbombante título de mi arma. No tenía idea de si tenía que matar a otros más, lo importante es que los lovis no la descubrieran, no quería enterrarme más. Aunque, sabía que al bajar me estaba enterrando. La cosa era que bajaba como hipnotizado, me temblaba todo el cuerpo y castañaba los dientes. Estaba como fuera de mí, como poseso. Daba la impresión de que la vida que hasta entonces había llevado estaba agonizando. ¿Era una agonía o un nacimiento?

Y entonces el estruendo del edificio quedó atrás y yo seguía bajando, como si me deslizara por el recto canceroso del ano hasta la cloaca de la humanidad. Y ahora estaba todo calladito, no decía ni pío, y no había un sólo ruido alrededor mío. Afiné el oído todo lo que pude, pero lo único que escuchaba era el balanceo de los cables viejos, el chirriar de la caída y el herrumboso sonido que provocaban las cadenas al golpear contra las chapas del descensor. Y de repente subió, como una ola, un vaho horroroso, que casi me hace vomitar. Me tapé la boca y la nariz con la mano y di tres arcadas, una tras otras, después fruncí la jeta. Estaba actuando, exageraba, para hacer más evidente la distancia que me separaba a mí de ese mundo subterráneo y marginal. Y desde ese momento, comenzó a gestarse la tácita certeza de que yo no huía de nada, sino que iba en la búsqueda de algo, que huía de un mundo que se consideraba real, para buscar un mundo paralelo al real, que no era el reflejo de mi mundo, sino el que lo producía.

Y como era de esperar, de repente: ¡¡Brumm!! El descensor del orto se quedó atascado entre dos pisos. Tuve que forzar las puertas y salir por el piso de abajo, en eso me desgarré una manga de mi saco y casi olvido mi sombrero adentro del descensor. Me escapé como pude y bajé el último tramo por las escaleras. Me quedaron los gemelos de las gambas hechos bolsa, tuve que bajar escaleras durante media hora y algo. Escaleras sucias y mal iluminadas. No muy diferentes a las de mi edificio, el que estaba encima de ellas.

Y cuando llegué abajo, me dieron ganas de subir, como si se me hubiese acabado la bronca. Me quería ir para arriba y seguir la vida de siempre, seguir escribiendo epitafios para todos los que están acá abajo.

Al final me puse a caminar, la novedad del asunto me despertó curiosidad y decidí quedarme un buen rato, paseando por ahí, vagando a la deriva. Mis pasos desembocaron en una calle principal, o que había tenido importancia en algún tiempo, porque ahora estaba media abandonada y llena de papeles, de mugre. Los autos pasaban al lado mío despacio, como pispeando. Yo iba con la mirada al frente. Cada tanto se me acercaba un travesti viejo y me pedía lismona. Yo seguía. El libertinaje del ambiente, aún no había entrado por entero a través de mis ojos, como si yo me negara a abrir completamente mis párpados, a despertar del sueño de mi vida anterior. Caminaba como un ciego. Ajeno a las atrocidades e infamias que me rodeaban. Fue, justamente, un elemento irreal el que me despertó de mi trance. Digo irreal, porque ver a otro hombre en esa zona, era como ver una ballena nadando sobre las dunas de un desierto inmenso. Me quedé mirándolo fijamente hasta que lo perdí de vista. Atrás mío una tribu de travestis y adanas se reían de mi apariencia, mientras me gritaban guarangadas. Me agarré el nabo y lo sacudí frente a sus jetas, pero ellos estallaron en carcajadas aún más atroces.

Yo seguí por el camino amarillo como si nada. Palpaba mi arma, para sentirme seguro o demasiado hombre. Al final enfilé para donde estaba el subte y me mandé a los baños, antes de ir a donde quería ir. Porque tenía una vaga idea adónde tenía que ir, no recordaba dónde lo había escuchado, pero tenía idea de que en Pompeya había zonas bastantes decentes. Pero antes de viajar, pasé al baño a echarme un meo. En la entrada estaba el cuidador que era un traba gordo, con ojos color turquesa, ni se dio vuelta para ver quién había entrado, estaba mirando la televisión, que hablaba sobre unos gusanos gigantes que habían descubierto en el polo. Cuando enfilé para los megitorios, seguí mirando de reojo la televisión, para ver si hablaban sobre mí o sobre la masacre de las mariposas. Pero no. Después que terminé, me fui a lavar las manos y me acerqué hasta donde estaba el traba y le pregunté:

-¿Puedo preguntarle una cosa a la tv?

-Dale... -me dijo con desgano.

- ¿No sabe si hubo muchas muertes en los boliches de constitución? Tengo entendido que acribillaron a mucha gente, allá arriba.

Pero me mostró noticias antiguas de dos días atrás, que yo ya conocía. No pude refrenar una sonrisa de triunfo, pero no estaba muy seguro, porque tal vez los lovis le dijeron que no anuncie mis asesinatos, para que yo subiera de vuelta y ellos me pescaran. No quería que eso pasara. Así que decidí continuar mi camino.

Nunca había estado en la estación central de subtes, era enorme. Los techos eran muy antiguos, tenía como cuatro siglos, y realmente su altura te dejaba culo para arriba. Me quedé un buen rato con la nuca mirando el techo, embobado. Y al lado mío, desfilaban como en un ballet todos los depravados habidos y por haber. A veces sacudía la cabeza para despejarme. A veces cerraba el puño con fuerza y apretaba la palma de mi mano hasta clavarmes las uñas, esas uñas largas y esbeltas que con tanto cariño cuidaba, limpiaba y esmaltaba yo mismo. Con todo este asunto se me iban a quebrar, eso seguro, pero no podía andar preocupándome por semejantes boludeces. Pero es raro, en ese momento no podía hacer otra cosa que pensar en mis uñas, en que debía cuidarlas sobre todas las cosas, que tenía que comprarme un buen esmalte y cosas así.

Y es así, es así, es así y así no más. La cólera del caracol, dicen algunos para definir nuestros tiempos.

Al final me metí en el subte y viajé hasta Pompeya, que si tenía alguna ceniza era la de los cigarrillos. Ahí me encontré con muchas mariposas y demás seres entomológicos. Lo que no sé es para qué carajo había bajado, si finalmente estos maracas, estos travestis, a fuerza de ser tantos dejaban de darme asco. Me acostumbraba fácil. Los vemos a todos juntos, durante mucho tiempo y el asunto deja de ser un circo. Pierde su originalidad, su condición. El único depravado era yo, que tenía la perversión de mantener mi normalidad. Quiero decir.

Me puse a caminar por una de las peatonales, viendo ese submundo del pasado. Que permanecía incólunme a los avances vertiginosos que se producían allá arriba. Y de repente escuché un grito:

-¡Volviste, cagona! ¡Puta del orto!

Y como es normal que tenga mala leche, dio la puta casualidad de que el gargajo, que iba dirigido a esta señorita [ignoro si lo fuera o no, porque no vi a quien iba dirigido el insulto] terminó estampado en el medio de mi jeta. Como ya venía con bronca, busqué con la mirada a quién había escupido, pero el gentío que transitaba esa calle era tanto que, a pesar mío, muy pronto me vi arrastrado lejos del lugar donde había recibido el escupitajo, sin oportunidad de volver atrás.

Y lo vi venir de frente, un adán, con toda la furia, me agarró de los huevos, y me tiró al piso. No pude decir ni "a", cuando quise agarrar mi arma, el adán me estrujó los huevos, se me caían las lágrimas. Así de simple.

-Quedate mosca, sé quién sos y qué hacés acá.

-Pero... -el adán me miraba a los ojos, y con la mirada me señalópor sobre su hombro izquierdo. Había unos lovis, estaban olfateando todo. De fija que venían por mí.

El adán aflojó, dejé de llorar, me dio la mano y me metió en su coche, salimos pirando.

Aún sentía un nudo en la garganta y una debilidad extrema cuando el adán se presentó.

-Me llamo Roberto. Vos no sabés quién soy, pero no importa. Sé mucho de vos.

-No sabía que había depravados justicieros, acá abajo. ¿Qué van a hacer? ¿Me van a castrar? ¿Me van a operar? ¿Me van a dejar preñado? ¿Todo porque maté a unos putos de mierda?

-Forro, te hago zafar de los lovis y vos me puteás. Si querés bajate acá.

-¿Qué? Encima querés hacerme creer que me querés salvar... Andá a cagar... Boluda del orto.

-Te salvé porque te conozco, antes no erás tan mierda...

-Antes era un enajenado social, hacía lo que me dictaban. Eso no es ser bueno, es ser un pelotudo.

-Escuchame, yo voy a ser claro... Si vos querés zafar de los lovis, vas a tener que hacer lo que te digo... Acá no vas a durar ni un día, cualquiera te va a agarrar, para cobrar la recompensa. te están buscando por todos lados...

-Escuchame, yo no te conozco, no sé quién mierda sos. Dejame acá. O te juro que te hago mierda...

-Haceme caso, trata de confiar en mí, si te bajás te agarran. dejá que te lleve a una clínica que conozco y que te operen, que te cambien...

-¡A mí nadie me cambia nada, adana de mierda! ¡Frená o te mato!

-Esta bien, no hay caso. Nunca tuviste que haberlo hecho, nunca sale bien...

-Yo hago lo que quiero...

Me bajé, la tuve que haber matado. Pero, me fue útil. Me alejó de los lovis, estaba pirada. Está bien. Estaba pirada. Pero me ayudó. Me dejó cerca de unas fábricas carboríferas y me perdí en los callejones.

Y de la nada escuché que gritaban.

-¡¡Para qué mierda volviste! ¡Sí ya te mandamos arriba!

Pum-pum. Dos piñas en medio de la trompa. Me caí al suelo con la vista totalmente nublada y mareado por los golpes. En el suelo me doblé como un bicho bolita, para amenguar la lluvia de golpes que estaba recibiendo, acompañados de un griterío histérico e incomprensible. Yo le gritaba que se detuviera, que me estaba matando. Intenté sacar la matatipos, pero apenas pude sostenerla en mi mano, cuando la vio y me pegó tal patada en la muñeca que la pistola voló a la concha de la lora. El muy hijo de puta no paraba de pegarme, yo no me podía hacer el muerto, porque los golpes me dolían y eran tantos y tan continuos que sentía náuseas ante semejante violencia injustificada. Al final me desmayé. Y después me morí. El corazón se detuvo y a otra cosa.

Era la cólera del caracol totalmente emancipada.

Me morí y fui al Cielo, en el Cielo hablé con unas cosas que me decían muy indignadas que yo no tenía el derecho de mancharles su piso, que eso no podía ser, que patatín y que patatán. Yo les dije: ¿por qué? Y ellos me decían que no, que no. Yo insistía: ¿por qué? Y me decían que estaban cansados de tanta mierda y que patatín y que patatán y que Dios iba a ser poronga el Mundo y que esto no iba más. Y yo les dije que nada que ver, que yo era bien macho y que no pusieran a todos en la misma bolsa, porque no tenía nada que ver. Y las cosas se fueron, me quedé solo, hasta que todo se empezó a oscurecer hasta que se quedó negro, negro puro. Tan negro como cuando apagamos de noche la luz y todo queda negro, negro puro. Y me dije: Ahora sí que estoy muerto. No había un puto sonido. No había nada. Ni siquiera esto. Yo no pensaba, ni soñaba. ni sabía que todo estaba negro o que yo estaba muerto. Había perdido consciencia de mi existencia, o más sencillamente, había dejado de existir.

Hasta que desperté de la muerte.

Al final no estaba muerto. Alaraca baladí.

Pero el tipo me había pegado tantas piñas que no me podía mover, no podía mover ni un pelo del culo. Nada. Pasaban las cosas y no me ayudaban. Ni siquiera podía pedirles ayuda, no podía hablar. No podía hacer nada. No había almas. No había nada. Quería estar muerto, quería volver a la muerte, volver a meterme en esa bolsa negra y sofocante. Volver a ahogarme en la Nada. Pero no podemos dejar de existir, estamos condenados a la existencia, repitiéndonos unos a otros, en el pasado, en el presente, en el futuro y en el otro mundo. Toda la misma mierda, invertida o no, todo es la misma mierda.

Y vi como llegaban los lovis, como se acercaban. Los veía de coté, yo estaba reclinado, los veía de coté. Habían bajado con toda la orquesta. Con unos trabucos que ni te cuento. Las miras láser desfilaban por todo mi cuerpo. Y ahora sí. Ahora sí se apiñaban todos. ¡¡Uh!! ¡Qué escándalo! ¡Atrapen al asesino! ¡Al matador de hombres! ¿Qué hombres? ¿Dónde? Y ¡pum! De una patada, de una sola patada, el lovi me voló toda la dentadura. ¡Pum! <<Por los lovis>>. ¡Ah! ¡Con dedicatoria! Me la mandaban los lovis que yo había fleteado. ¡Gracias!

¡Brumm! Cae el telón

Negro.

Y ahora me despierto, y veo a un juez gordo, cerdo tetudo que me dice, como quien se tira un pedo:

La señorita, Eliana Buccelli, es condenada a pena de muerte por el crimen de ocho personas, dos de ellas oficiales de policía. La ordenanza 21976 obliga a que el/la condenado/a le sean reinjertados sus condiciones sexuales propias como así también los recuerdos almacenados durante este período de su vida en el día a efectuarse la ejecución.

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Epitafio:

SM-2543676543-AM-E. Buccelli-Fue una gran persona.

(c) Balaoo Leroux
 
 

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