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LA LLAMADA

Por Jorge Oscar Rossi

El hedor se anunciaba desde cincuenta metros, o más.
Primero era algo dulzón, después era insoportablemente dulzón.
Cuando llegué a la puerta me tuve que parar, en parte porque estaba aturdido por tanto ladrido de los perros y en parte porque ahora el olor era simplemente asqueroso, no hay otra palabra.
No soy de estomago delicado ni mucho menos, pero me vinieron arcadas.
Me sobrepuse, uno se sobrepone a casi todo, y abrí la puerta.
Todo estaba normal a la vista, me dije después de vomitar. Al olfato, en cambio, era “lo más podrido”, “la putrefacción”, no sé como definirlo.
Con un pañuelo tapando boca y nariz y tratando de respirar lo menos posible me metí en mi casa. Como dije, todo lucía normal a la luz de la tarde.
Bueno, no todo.

En la mesada de la cocina estaba la fuente de la putridez. Una cosa roja llena de gusanos blancos que tardé en reconocer como la carne que Silvia había sacado del freezer esa mañana.
No me pregunten de donde encontré la fuerza, pero metí la carne agusanada en una bolsa, fui al patio, puse la bolsa en un tacho que uso para quemar basura, le eché kerosén y le prendí fuego. Disfrute viendo como se quemaba.
Después abrí todas las ventanas y gasté un aerosol para ambientes y aún así no logré que el olor se fuera del todo.
Silvia lo notó apenas llegó.

-¿Qué es este olor de mierda?- Mi esposa no se caracteriza por los eufemismos.

- La carne que íbamos a comer esta noche- Le contesté.

Vivimos en una granja, pero la carne se compra en la carnicería del pueblo. Mi mujer y yo trabajamos en el pueblo, porque la granja apenas da para sobrevivir. Salvo gallinas y conejos, no criamos otro animal. De pronto, Silvia se acordó de algo:

- ¿Por qué no está en casa Tito? ¿Dónde está Tito?-

Buena pregunta: ¿Dónde estaba el tarado de mi cuñado?

No necesité contestarle a Silvia porque, como si esas palabras hubiesen obrado a modo de invocación, apareció el objeto de sus desvelos.

Tito es alto y gordo, una masa de 1,85 con 120 kilos, siempre vestido con pantalones vaqueros y camisa a cuadros, de manga larga y tela gruesa en invierno, de manga corta y tela fina en verano; siempre calzado con zapatillas baratas y siempre adornada su redonda cara de niño grande con esa expresión boquiabierta y de ojos entrecerrados que muestra, para el que quiera ver, la viva imagen de la imbecilidad.

Bueno, esto se los digo a ustedes. Con mi esposa no me expreso en estos términos. La ultima vez que le dije algo parecido fue hace cinco años.

Tito es un alma sensible, como la mayoría de los tarados. A veinte metros de la entrada de casa captó el olor. Lo demostró con un aullido acompañado de profuso baboseo y veloz carrera hasta terminar estampado a un viejo roble. Quedó abrazado al árbol hasta que mi esposa lo fue a buscar.

Mi cuñado tiene retraso mental de nacimiento. Hace quince años, cuando me casé, creí soportar su presencia. Todavía vivían mis suegros y ellos se hacían cargo del hijito. Los viejos murieron, hace cinco años, el día del ovni, y eso fue el comienzo del fin. Por lo menos, para mi.

Ahora no lo soporto y mi mujer cada vez me soporta menos porque yo no soporto al hermanito. Me haría borracho si me gustara el alcohol, pero tengo la desgracia de estar condenado a la lucidez.

Ver a Tito abrazado al árbol, berreando y llorando me hizo acordar al día del ovni.
Fue hace cinco años, creo que ya lo dije. Mis suegros volvían del pueblo en la camioneta y se mataron en un accidente idiota. Me avisó la policía por teléfono. Fuimos con Silvia y, a medio camino para llegar al pueblo, estaba la camioneta, dada vuelta y apoyada contra un árbol. El techo se veía aplastado como si le hubieran dado un mazazo. Los dos viejos estaban tan muertos como cabía imaginar. Silvia no quiso verlos, así que yo tuve que hacerme cargo del reconocimiento. Los velamos a cajón cerrado. ¿Alguna vez tiraron un zapallo contra el piso?: Así les quedó la cabeza a los dos.
Mi suegro andaba por los setenta y siete años y su vista no era la mejor como para manejar de noche, aunque fuera una noche despejada y con luna llena como esa. Igual, es difícil explicar como pudo volcar así, en un camino recto y sin ningún otro vehículo que lo moleste.
La explicación de Tito fue que la culpa había sido del ovni.

Ahora que lo pienso, olvidé contar que Tito también iba en la camioneta, en la parte de atrás, que no tiene techo. La policía nos dijo que lo encontraron al lado del vehículo, abrazado al árbol, berreando y llorando, como ahora.

Su explicación, como dije, fue que un ovni los atacó, lo cual no resultó satisfactorio para nadie y no hizo más que confirmar que el desgraciado era un completo idiota. Velamos y enterramos a los viejos, la policía olvidó el asunto, Silvia y yo nos hicimos cargo de Tito y así iniciamos un lustro de vida bastante miserable, para que negarlo.

Según Tito, el ovni era una cosa grande, ovalada y negra, “más negra que el negro de la noche”, son sus palabras, y con una estrella en el medio. Dibujó una estrella de ocho puntas para reafirmar sus palabras y solo confirmó que era un pésimo dibujante. No quiso dibujar el ovni entero, solo la estrella. Se exaltaba cuando mi mujer se lo pedía. Según Silvia, a su hermanito siempre lo habían “fascinado” (sic) los ovnis.
Lo único que puedo decir es que el muy infeliz estorbó con esa historia una semana, hasta que me harté y le grité que era un tarado y Silvia me gritó que no le dijera eso a su hermano y yo le grité que se lo decía porque era un tarado y Tito empezó a llorar y Silvia y yo gritamos y peleamos y no nos matamos por pura casualidad.

Desde esa vez me guardo mis pensamientos sobre Tito.

Ahora, Silvia volvió a calmar a su hermano, como lo calmó el día del ovni.

La cosa no hubiera pasado a mayores si no fuera por lo de las gallinas.

Dos días después de lo de la carne podrida me desperté por lo que creí era una pesadilla. Soñaba que me ahogaba en un barro inmundo y, cuando parecía que me moría, abrí los ojos y vi que estaba en mi cama. Lo que no desapareció fue el olor. De hecho, el olor me golpeó en la nariz como si fuera algo tangible, como si una masa de mierda se me abalanzara y me tapara, aunque no era olor a mierda, no sé si se entiende.

Los aullidos de Tito me evitaron el trabajo de despertar a Silvia. Por lo general, como toma sedantes o ansiolíticos o algunas de esas porquerías, ella duerme como un tronco. Sin embargo, tiene el oído muy sensible para los lamentos del hermanito.

Abreviando, el gallinero se había convertido en un deposito de pedazos de carne increíblemente podrida, con los gusanos mas grandes que nunca haya visto. En eso, en carne podrida se habían convertido mis treinta gallinas.

Para variar, Tito lloraba y baboseaba abrazado a un árbol.

Esta vez me asusté, lo confieso. Me importaba un carajo el ataque de mi cuñado pero lo de las gallinas me asustó. Me pasé toda la noche quemándolas, pero dejé una, a pesar del olor, de las protestas de Silvia y de los aullidos de Tito.

Apenas amaneció fui a buscar al veterinario. Lo saqué de la cama y me lo traje a la granja a las apuradas, los veinte kilómetros a cien por hora.

El veterinario es un tipo de confianza que trabaja hace mucho en el pueblo. Vio la carne podrida que alguna vez había sido una gallina bataraza, contuvo las arcadas, y con un gesto me indicó que la podía hacer desaparecer.

Cuando se recompuso me dijo la cosa más interesante que había escuchado en los últimos años:

- Es igual al perro del día del accidente de sus suegros.
- ¿Qué perro?-, Le pregunté casi como un autómata.
- Cuando la policía llegó al lugar del accidente, encontró como a veinte metros un perro en ese estado. Estaba medio oculto en unas matas de pasto, pero se dieron cuenta por el olor. Me avisaron, porque les pareció algo raro y lo fui a buscar.
-Nadie me avisó de eso.
-Nunca se lo relacionó con el accidente, tal vez por eso...
-¿Y que tenía el perro?
- A la vista estaba podrido como si después de muerto hubiera quedado expuesto al calor por días.
- Pero era invierno...
-Si, y dije “a la vista”, porque el olor que tenía no era el de la carne podrida. Olía...como esto de hoy de las gallinas. Además, los gusanos...
- ¿Qué pasa con los gusanos?
-¿Alguna vez vio gusanos tan grandes como estos?
Le contesté que nunca había visto carne agusanada, hasta unos días atrás. Me miró con cara de preguntar y le conté lo de la carne del otro día. No dijo nada, así que insistí:

- ¿Qué pasa con los gusanos?
-Ah, si. El tamaño. Nunca vi gusanos blancos tan grandes.
-Y, al final ¿qué hizo con lo del perro? ¿Aviso a alguien?
-No, es decir, lo comenté con algunos colegas, pero no pasó de ahí.

Después que se fue el veterinario tuve una corazonada, o una inspiración, o algo por el estilo.

Siempre que podía, evitaba hablar con mi cuñado, pero esta vez lo fui a buscar a su habitación, donde se solía encerrar. A veces pasaba horas ahí. Hacía dibujos o cortaba papeles o idioteces así. Abrí la puerta sin golpear y lo vi tirado en la cama, mirando el techo. En la pared donde pegaba sus dibujitos, vi varios papeles con algo que debía ser el famoso ovni: óvalos con estrellas de ocho puntas en versiones blanco y negro y a color, todas horribles. Antes no estaban. Tito ni me miró.
Me acerqué y sin mayores preámbulos le dije:

-Decime Tito, ¿el día del ovni vos viste algún perro por ahí?
Ahora si me miró. Me miró como si el retrasado mental fuera yo.
-Era un perro bueno.
-Si, claro...-¿Qué se puede responder a esa declaración?. Insistí:

- ¿Estaba como ahora las gallinas?
-Fue el ovni...es malo...
-Claro, claro, el ovni quiere matar animales- le seguí la corriente.
-No.
-¿No?
-No.
-¿Y que quiere?
-Quiere matarme a mi- Me lo dijo como un niño que cuenta una travesura, en voz baja y con una sonrisa picara que le sentaba tan ridícula como puede suponerse.
No me di por vencido:
-Ah, mira vos, ¿y por qué quiere matarte?
-Porque lo llamé.
-¿Y como lo llamaste?
-Lo dibujé- me dijo el tonto, señalándome los mamarrachos pegados a la pared.
En ese punto, estuve por irme, hasta que me acordé que después del día del ovni, mi cuñadito no había querido dibujarlo “de cuerpo entero”. ¿Cuándo habrá empezado a hacerlo de nuevo?

-A ver, ¿y por qué no te mató?- le repliqué, como un padre que se burla de su hijo medio idiota.
-Por el árbol.
Tengo que admitir que, a pesar de lo tonto que parecía todo, esto último me encendió una alerta en los pelos de la nuca.
-¿Qué árbol?
-Cualquier árbol...no le gustan los árboles al ovni.
-¿Cómo sabés?
-No le gustan los árboles al ovni.
-Si, pero ¿cómo sabés eso?
-No le gustan los árboles al ovni.
Era inútil, podíamos estar tres días, así que me fui.

Había una cosa que no me cerraba en todo esto, siempre y cuando estuviera en lo correcto:
¿Dónde estaba Tito el día de la carne podrida?
Volver y preguntarle no era lo conveniente. Ahora se había fijado en “No le gustan los árboles al ovni” y podía quedar monotemático unas cuantas horas. Opté por preguntarle a Silvia.
¿Alguna vez les pasó que sus esposas, novias o amantes les digan que ustedes no las escuchan? ¿Si? Entonces entenderán lo que sigue. Mi mujer, absolutamente ofendida, me comunicó que ya me había dicho que Tito le había contado que estaba en su pieza, dibujando, y el olor le dio asco y salió corriendo, pobrecito.
Silvia jamás iba a admitir dos cosas: que nunca me había contado esto y que escuchaba lo que le decía su hermanito como esas madres van con sus niñitos, sin prestarle atención a sus parloteos, pero “haciendo como” que los escuchan. Como no iba a admitirlo, dejé las cosas así y aproveché para alejarme de ella, de su enojo y de su histeria por lo de las gallinas. Lo que menos necesitaba era una loca a mi lado.

Me quedaban los conejos.

La primera noche, no pasó nada.
La segunda, tampoco, y ya estaba por renunciar a hacer guardia nocturna. Decidí un ultimo intento.

La tercera noche apareció Tito.

Yo miraba desde la ventana que da al jaulón donde están los conejos. Si Tito fuera alguien normal, diría que tenía insomnio y salió a caminar. A la noche dejamos una luz encendida en el patio, así que pude ver que mi cuñado tenía cara de asustado y hablaba solo.

Después sentí el olor.

No apareció tenuemente para luego ir ganando fuerza. Nada de eso. El olor vino como una vaharada violenta, todo de una vez, por decirlo de alguna manera.

Lo que siguió fue muy rápido. Tardaré mucho más en contarlo:

Tito aulló y yo salí al patio. Lo vi correr a árbol más cercano y, no me pregunten porqué, sentí que tenía que mirar para arriba.

Ahí fue cuando vi al ovni.

Era una cosa grande, irregularmente ovalada y negra, “más negra que el negro de la noche”, como diría Tito, y con una estrella amarilla de ocho puntas en el medio. Pero no era un ovni. Quiero decir, no era un objeto. Era un ser, era algo vivo que se agrandaba y se encogía, con el ritmo de una respiración. La estrella crecía y se achicaba, como un corazón latiendo. No digo que respirara ni que latiera, pero estaba viva. Podía sentirlo. En el centro de la estrella algo se abría...como una boca.
Supe lo que tenía que hacer y no le voy a echar la culpa a esa cosa que ahora había convertido a mis conejos en carne podrida.

Arranqué a Tito del árbol, lo pateé, lo empujé, lo golpeé y lo tiré al suelo, para que eso que estaba arriba se sirviera a gusto.

A mi no me hizo nada, venía por mi cuñado. Lo vi pudrirse y agusanarse en silencio.

Escuché los gritos de Silvia.
Mi matrimonio y mi vida se iban a la mierda, pero me sentí feliz.

© Jorge Oscar Rossi, noviembre de 2007

 

(Este cuento fue publicado en el Nº 4 de “La Estela de Luveh-Kerapt”, Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo.)

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