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LIMPIEZA


Por Marcos G. Buljubasic


Alejandro Favo conducía su automóvil hacia el centro de recolección correspondiente a su área. Sería la última vez en manejar su bien cuidado Fiat "Tempra", de hecho, no volvería a manejar jamás un vehículo de combustión interna. Y, pese al entusiasmo que, como todos sentía por la Limpieza, no pudo evitar ser presa de cierta tristeza por el hecho de tener que entregar su "Tempra". Realmente quería a ese automóvil, tanto que había desistido de cambiarlo cuando el año anterior se le había presentado una magnífica oportunidad para acceder a un nuevo modelo de la línea. Pero en el acto aquella tristeza fue reemplazada por un renovado entusiasmo hacia la nueva obligación.

- - La Limpieza es fundamental - pensó.

Intentó, como tantas otras veces en los últimos cuarenta días, reflexionar acerca del porqué de aquella melancolía que se presentaba cada vez que había debido desprenderse de algún objeto valioso o apreciado y que se esfumaba tan pronto como aparecía. Pero aquellos pensamientos también fueron hechos de lado y sintió la enorme satisfacción de estar cumpliendo a conciencia con su parte. Y otra vez su mente no pudo terminar de procesar un sentimiento de duda, el cual había sido despertado por la palabra "conciencia".
Estaba llegando al portón de entrada de lo que, hasta hacía unos cuarenta días atrás, había sido el estacionamiento de un gran supermercado. La mujer de mediana edad, parada junto al portón con su computadora manual en forma de agenda, ya estaba registrando el número de chapa de su automóvil y, seguramente, la hora de llegada. Alejandro consultó su reloj de pulsera y sonrió satisfecho. Estaba en horario. Estacionó en el lugar asignado para él. Había muchos automóviles en el lugar y gente descargando diversos objetos de los mismos. Dos empleados del otrora comercio se acercaron empujando un carro de malla de alambre mientras Alejandro se bajaba.

- Buenos días muchachos.
- Buenos días - respondieron a coro los otros.
- ¿Cómo va todo?
- Muy bien - respondió uno de ellos mientras el otro, con una computadora similar a la de la mujer de entrada sujeta a su cinturón, recibía de manos de Alejandro las llaves del "Tempra" y se disponía a abrir el baúl.
- ¿Esto es lo último que le queda? - Preguntó el que había abierto el baúl del auto mientras desenfundaba la computadora.
- Sí, salvo por las cosas de mayor tamaño que fueron retiradas hace un mes por el equipo de recolección. Aquí está la constancia - respondió Alejandro.
- De acuerdo, comenzaremos a descargar y a inventariar. Mientras, Ud. vaya a comer. Su certificado de control estará listo para cuando haya terminado de almorzar. No se olvide que la inspección final de su área se realizará mañana.
- Lo tengo bien presente. ¡Todo sea por la Limpieza! - Exclamó Alejandro.
- ¡La Limpieza será total! - Corearon los otros.

Alejandro se encaminó hacia la entrada del gran edificio e ingresó al enorme salón donde antes había funcionado el supermercado y que en su mayor parte, allí donde solían exhibirse productos químicos tóxicos (insecticidas, la mayoría de los artículos de limpieza y los cosméticos, baterías, electrodomésticos y objetos de plástico en general), ahora hacía las veces de comedor. Solo habían dejado algunos artículos de tocador y buena parte de los productos alimenticios, lo imprescindible. Pero aquellos que atentaban alevosamente contra la Limpieza habían sido retirados. Eventualmente todos serían eliminados debido a su composición sintética o a la de sus envases. El comedor estaba casi lleno de personas, la mayoría de cuyos rostros le resultaban familiares porque vivían en su sector. Al resto los conocía pues pertenecían a su vecindad. Todos estaban concentrados en sus respectivos platos, se hablaba poco.

Roberto Heller le hizo uña seña y sonrió mesuradamente al notar que Alejandro lo había visto. Este se sentó junto a Heller, su amigo quien vivía a una cuadra de distancia.

- ¡Que tal Roberto! ¿Cómo va lo tuyo?.
- Bien - respondió Heller, e inquirió: - ¿has logrado completar tu parte?. - Mañana será la inspección final.
- ¡Claro! Mi esposa, mis hijos y yo hemos trabajado duro pero lo hemos conseguido. ¿Acaso pensaste que no podríamos cumplir?.
- Discúlpame, no quise insinuar tal cosa. Es que no me hubiera gustado ver que les hagan lo que a los Ramorez. ¡Fue tan lamentable!.
- No necesitas recordármelo - dijo Alejandro mientras comenzaba a comer del plato que habían puesto en su lugar - Vivían casi al frente de mi casa. Lo vi todo. Más que lamentable, fue patético.
- Pero... ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo es posible que Pedro haya comportado de forma tan egoísta? Siempre fue un tipo muy solidario y de repente... se opuso. ¡Nada menos que a la Limpieza! - el rostro de Heller mostró una expresión de incredulidad - no lo entiendo.
- Yo tampoco, pero creo que se debió a... - Alejandro pareció dudar quedándose por un segundo con el tenedor a medio camino entre su plato y su boca. Luego continuó almorzando como si nada.
- ¿A que? - preguntó Heller, pero de inmediato olvidó su pregunta y se concentró en terminar su comida.

Si Alejandro hubiese sido capaz de seguir con su línea de razonamiento habría podido decirle a Heller que Pedro Ramorez tenía una placa de aleación de platino y titanio que reemplazaba buena parte de su cráneo, la del lóbulo frontal, como resultado de la operación a la que había sido sometido tras un accidente que por poco le había costado la vida hacía un par de años atrás. Luego, Ramorez se había recuperado por completo y, hasta que se instituyó la Limpieza, no mostró signos de anormalidad. Pero cuando se le comunicó que debía sacrificar la mayoría de sus más preciadas pertenencias en beneficio de la Limpieza se comportó como un loco rematado. No cesaba de gritar ante los instructores que no entregaría ninguno de sus electrodomésticos y objetos de valor y mucho menos su automóvil casi nuevo. Llegó a esgrimir y disparar su escopeta cuando la escuadra de control fue a intentar hacerlo entrar en razón. Tuvieron que rociar su casa con gas adormecedor. Afortunadamente, su mujer y sus tres niños lograron evacuar la vivienda antes, tras burlar a Pedro. Nunca más se supo de él. Se rumoreaba que lo habían trasladado a un centro de recuperación y que evolucionaba favorablemente. Después del escándalo, la familia de Pedro fue reinstalada en su vivienda y se les asignó un joven soltero para ayudarles a realizar el desmantelamiento y eliminación de tóxicos de la casa. Todo el asunto les hizo atrasarse en la tarea y estarían en serias dificultades si no llegaban a cumplir a horario.

Ni bien Heller hubo terminado con su almuerzo, y sin importar si el otro hubiese concluido con el suyo, se levantó y, tras un breve saludo de despedida, se fue a cumplir con sus obligaciones, Alejandro contestó el saludo sin mostrarse ofendido por la rápida retirada de su amigo y siguió comiendo. Su horario de almuerzo estaba por expirar y su lugar debía ser ocupado por otra persona. El no era quién para robarle el tiempo a tal persona. La Limpieza no debía postergarse por nimiedades como una conversación de sobremesa.
Cuando Alejandro salió al estacionamiento su automóvil ya no estaba, seguramente iría en camino al centro de eliminación ¿Cómo se desharían de tantas cosas?. Bueno, eso no le incumbía. Sus obligaciones eran otras y las estaba llevando a cabo como debía. Uno de los hombres que había recibido sus cosas se acercó y le entregó una oblea magnética.

- Todo en orden. Aquí está su certificado de control. El ómnibus que está al frente lo llevará a su casa. Adiós.
- Adiós y gracias - respondió Alejandro y se encaminó al vehículo que le habían indicado, un colectivo estacionado a pocos metros.

Cuando subió el ómnibus estaba medio lleno. Saludó a los conocidos y ocupó su lugar al lado de una vecina. Después de unas frases de compromiso ambos callaron y esperaron a que el vehículo estuviese completo. No tardó en estarlo y salió a horario. Mientras recorrían su área dejando a cada persona donde vivía, Alejandro se alegró de saber que pronto estaría en su casa y se reuniría con su familia. Su esposa había ayudado a sus hijos con el descarte de tóxicos en la escuela y seguramente habrían terminado de almorzar en el comedor escolar. Como él, estarían camino a casa. Alejandro siempre había detestado viajar en colectivo, mas esta vez no parecía dis-gustado. Lo aceptaba pues era su deber. Pronto no habría ni siquiera un servicio de ómnibus. Estos también serían descartados en poco tiempo. De nuevo se preguntó como se desharían de un vehículo de semejante tamaño. ¿Y los grandes barcos y aviones?. Sin mencionar la maquinaria pesada de las grandes industrias. Pero tales cuestiones no eran de su incumbencia.

Gerardo Merilles estaba parado sobre la plataforma, situada por encima del acceso de carga superior de la gigantesca esfera de metal-plástico. Desde allí tenía una formidable visión de todo el amplio valle, incluidos los barrios que no quedaban ocultos por los cerros que limitaban esta cuenca con aquella donde se asentaba la ciudad. Pero Gerardo no le prestaba atención a tan espléndida vista. Estaba absorto en dirigir y verificar que el cargamento fuera acomodado en tiempo y forma. La eliminación tendría lugar pronto y su principal responsabilidad era impedir que se produzcan retrasos.
La gigantesca grúa dejaba caer los montones de cubos de metal, vidrio y plástico compactados que habían sido automóviles, electrodomésticos, embarcaciones, aeronaves y quien sabe más. A Gerardo le tenía sin cuidado el pasado de toda aquella chatarra. No entraban en sus obligaciones tales consideraciones. Los poderosos brazos mecánicos instalados dentro de la monstruosa esfera se desplazaban por los rieles adosados al interior mientras acomodaban con increíble precisión y rapidez los pesados bultos que caían. Era vital aprovechar al máximo todo el espacio disponible. Cuando la capacidad del singular contenedor estuvo colmada, Gerardo dio la orden de retirar las grúas de carga y accionó los sistemas de cierre de la colosal escotilla. Permaneció en la plataforma de control hasta haber chequeado que todo estuviese en orden y luego se comunicó con el personal del centro de operaciones. Como siempre que hablaba con ellos se preguntaba porque era necesaria su presencia allí si tenían cámaras de TV a través de las cuales podían observar todo el proceso y llevarlo a cabo apretando botones. Bien, eso no era de su incumbencia.

- Aquí Merilles, la operación ha sido completada satisfactoriamente.
- Comprobado - respondió lacónicamente uno de los controladores - proceda a evacuar la plataforma y el sector de eliminación. Estamos en T menos dieciocho minutos.
- Recibido y comprendido.

Gerardo se dirigió al ascensor de alta velocidad que lo dejaría en superficie en unos treinta segundos, ingresó, se acomodó en una de las butacas, ajustó el cinturón de seguridad y oprimió el botón marcado con una «S». El ascensor comenzó el descenso suavemente incrementando en forma progresiva la velocidad, hasta casi igualar a la de una caída libre. Gerardo cerró los ojos y experimentó brevemente el placer de una sensación similar a la ingravidez, la cual duró unos pocos segundos, hasta que los sistemas de desaceleración le hicieron sentir nuevamente su peso y la conciencia de la férrea disciplina que debía guardar. La incertidumbre disparada por el concepto de conciencia desapareció tan pronto como había surgido y tras liberarse del cinturón de seguridad, abandonó el ascensor y se digirió hacia el transporte que lo llevaría fuera de la zona de eliminación. No había tiempo que perder.

- Puntual, como siempre - le dijo el conductor - T menos diecisiete minutos.
- Sólo cumplo con mi deber - respondió Merilles.
- Desearía poder experimentar un descenso así, - dijo el conductor mientras ponía en marcha el vehículo -
- Ha de ser formidable sentir la ingravidez aunque sea sólo por poco tiempo.
- Sí, pero cuando se sube no es tan agradable. El aplastamiento
que se experimenta es de al menos un 35 por ciento del que
sufrían los astronautas durante un lanzamiento.
- Lo sé, si no fuera por mi corazón habría podido ser un controlador de torre. Pero lo importante es completar la Limpieza y me enorgullece lo que hago.
- Eres tan importante cono cualquiera - aseveró Gerardo.

Tras recoger el controlador de la esfera contigua, el conductor se dirigió velozmente a la zona de seguridad, donde se encontraba la sala principal, allí se encontraron con los otros dos controladores y el conductor que los había traído. Todos ingresaron al gran recinto, el cual casi se asemejaba a un modesto centro de control espacial, y tomaron asiento en lugares apartados del sector de los supervisores, quienes, sentados ante monitores de TV y computadoras, verificaban una infinidad de datos. Un gran ventanal ubicado en el muro frente a los monitores dejaba ver el área donde, sobre un complejo y robusto sistema de estructuras de base, descansaban los cuatro gigantescos contenedores en forma de esferas. La voz del jefe de la sala retumbó a través de los altavoces cuando preguntó hablando por un micrófono.

- ¿Está el área de eliminación despejada?.
- Area despejada - contestó uno de los supervisores.
- Conteo - requirió el jefe de sala.
- T menos 32 segundos - respondió otro de los supervisores.
- Hemos cumplido satisfactoriamente. ¡Todo sea por la Limpieza! - exclamó el jefe de sala.
- ¡La Limpieza será total! - corearon todos.
- T menos diez segundos - dijo un supervisor y, tras una breve pausa, reanudaron la cuenta - cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡Eliminación!.

Cuatro haces de tenue claridad descendieron desde el cielo hacia las esferas de un kilómetro de diámetro abarcándolas perfectamente y, a continuación, las cuatro bolas gigantescas se elevaron. Suavemente al principio, más rápido a medida que ascendían, hasta que, al llegar a los veinte kilómetros de altura, y viéndose como puntos en el cielo, aceleraron tan rápidamente que, salvo por la estela de fuego causada por la fricción, habrían dado la impresión de haber desaparecido en el lugar.
Uno de los otrora satélites militares de ultraprecisión, ahora a disposición de la Limpieza, midió la velocidad de salida de las esferas así como su trayectoria y envió los resultados a la sala de control.

- Contenedores en curso de colisión contra el Sol -dijo uno de los supervisores de la sala de control, y agregó: - idéntico curso para las demás esferas eliminadas desde otros puntos del planeta. No hubo postergaciones en ninguno de los centros de eliminación.

Todos se pusieron de pie y aplaudieron con entusiasmo al tiempo que exclamaban:

- ¡La Limpieza será total! ¡Pronto viviremos en armonía! ¡Demos gracias por esta nueva oportunidad!.

Mientras similares situaciones de júbilo se producían en los miles centros de eliminación diseminados sobre la Tierra, las Entidades, seres de energía pura quienes alguna vez conocieron la experiencia de la carne, observaron desapasionadamente como las esferas, tras abandonar la atmósfera obedeciendo a sus poderosas voluntades se agrupaban en un gran racimo y, siguiendo sus directivas mentales, se dirigían hacia la estrella que sus hijos llamaban «SoI».
Fue una sorpresa para los humanos de todas las latitudes el haber recibido instrucciones de seres muy superiores al entendimiento de sus primitivas mentes lo cual se constituyó en otra paradoja humana. Casi todos siempre habían deseado creer en alguien superior y, cuando tuvieron la confirmación de sus existencias, a muchos les costó asimilar el hecho. Entre estos últimos se contaron sacerdotes, pastores, monjes y guías espirituales de incontables religiones, cultos y sectas. Al parecer no tenían mucha fe en lo que habían profesado durante años. Su condición de líderes se fue por la borda y pasaron a ser soldados rasos del nuevo movimiento. Las Entidades no seguirían tolerando que ser humano alguno continuara hablando en sus nombres.

- Solo falta un cargamento - hizo saber una de ellas a las demás
mediante el simple ejercicio de la voluntad - y es el de mayor
importancia. ¿Creen que valga la pena reconsiderarlo?.
- No - respondieron las demás pensando al unísono - Sabemos lo peligroso que seria posponerlo.
- Bien, continuemos entonces.

Y tras las pocas diezmilésimas de segundo que duró la conferencia entre las Entidades estas volvieron a concentrar sus voluntades sobre las mentes de toda la humanidad.

El veterano campesino parado en la cumbre de un cerro respiró profundamente el aire del atardecer y sonrió complacido al mirar el monte y los sembradíos que se extendían a lo largo del valle donde él vivía. Por primera vez en muchos años la visión de tanta belleza no le provocó pesar. Ahora sabía que esas maravillas estaban a salvo. Durante tanto tiempo él había estado rezando para que Dios no permitiese que los de la ciudad siguieran estropeando el campo, cazando y pescando por deporte, en vez de hacerlo por necesidad. Cada vez que venían y se instalaban con sus carpas dejaban un montón de basura de plástico. Y la Entidad lo había escuchado, ya nunca volverían esos tipos. Debían estar muy ocupados en deshacerse de toda esa basura que llamaban confort.

- ¡Buenos para nada! - dijo en voz alta - ¡Y eso que la mayoría son doctores, ingenieros, abogados y gente de dinero!. Y pensar que al principio yo los admiraba porque los creía más cultos que yo. ¡Jhá! ¡Manga de borrachos! ¡Eso es lo que son! No traían agua ni para el radiador de sus demasiado bonitas camionetas. Camionetas de maricones, no como mi Ford del '72. Esa sí que es una camioneta de verdad, robusta, guapa y aguantadora. Nunca la cambiaría por esa basura japonesa. ¡Jhá! Ya me imagino cómo se me reiría mi Francisca, que en paz descanse, si me viera en una de esas.

Su perro, un hermoso ovejero alemán, gruñó como asintiendo, como si le hubiera entendido.

- ¿A vos tampoco te gustaría viajar en una de esas camionetas?
¿No? - le dijo el campesino a su perro. - No te preocupes Bravo, a la Ford la tuve que entregar porque la Entidad así lo quiso. Pero no creo que Ellos le den la concesión a los japoneses para fabricar autos eléctricos. Y, en cuanto haya una Ford eléctrica, yo voy ser el primero en comprarla.
- ¡Guaff! - ladró el perro por toda respuesta.
- Bueno, Bravo, va a ser mejor que vayamos volviendo al rancho. Hay que acostarse temprano, mañana tengo que ir a la ciudad. La Entidad así lo quiere. Perdoname, vos no podés venir. Pero voy a volver pronto y todo será como antes. Mejor que antes. Ya, vas a ver.

Verónica Campos observó como los últimos y enrojecidos rayos de sol teñían las casas y edificios con esa tonalidad que era privativa de la naturaleza. El día agonizaba bellamente y la joven se sintió repentinamente agradecida por haber completado sus obligaciones en tiempo y forma para así poder gozar del privilegio de contemplar semejante maravilla. Mirando por la ventana de su departamento ubicado en un séptimo piso, se preguntó a sí misma cómo antes había sido capaz de ignorar tal espectáculo por considerarlo siempre un hecho trivial y cotidiano. Suspiró profundamente y se sintió plenamente feliz y en paz. Los tonos naranja del cielo se fueron transformando en un gris acerado y luego en un azul profundo cuyo fondo le permitió apreciar las primeras estrellas que se dejaban ver en la textura de la Incipiente noche. Una brisa fresca, balsámica, inundó placenteramente sus pulmones como la justa compensación por los calores del día. Ella no pudo evitar un estremecimiento de placer, un placer que poco tenía que ver con lo físico, un placer proveniente de saberse en sintonía con el Universo todo.

El sonido de los pasos de su marido la hizo volverse. El se acercó sonriendo y la abrazó con ternura. Verónica recostó su cabeza en el hombro del joven y reanudó su contemplación del anochecer. Ambos permanecieron extasiados durante varios minutos mirando las estrellas cuyo número aumentaba a medida que el cielo se tornaba negro. Hacía tiempo que no se sentían tan apegados, tan auténticamente juntos. El hecho de que hasta unos cuarenta días atrás habían estado a punto de separarse ahora lo consideraban como un mal sueño.

- ¿No es hermoso? - dijo ella volteando en rostro sonriente hacia el de su esposo.
- Sí, mucho.

Y ambos se besaron cálidamente, profundamente. El sonido del timbre fue obsceno dada las circunstancias, pero ninguno de los dos se sintió molesto.

- Traen nuestra cena - dijo él.
- Yo la recibiré - se ofreció Verónica y se dirigió a la puerta.

Mientras ella cruzaba el living camino a la puerta de entrada, vio con satisfacción a sus dos hijos, Esteban de ocho; y Sebastián, de nueve años, muy concentrados jugando ajedrez. Era una suerte que el tablero fuera de cartón y las piezas de madera. Si hubieran sido de plástico habrían tenido que deshacerse del juego como de casi todos los electrodomésticos y demás pertenencias.
La organización de la Limpieza había pensado en el alcance de esas carencias, ellos se encargaban de distribuir raciones de alimentos para la población hasta que se fabriquen nuevos aparatos domésticos basados en principios ecológicos. Y había sido un milagro que el clima haya sido cálido aún cuando estaban en pleno invierno ya que tuvieron que deshacerse de casi toda vestimenta de abrigo entre los demás artículos.
Verónica abrió la puerta y el distribuidor de alimentos le entregó la cuádruple ración envuelta en papel y aún caliente. Tras darle las gracias al joven cerró la puerta sin llave y exclamó entusiasta:

- ¡A comer, familia!

Sus hijos ya habían despejado la mesa y su marido acomodaba el mantel. No harían falta platos ni cubiertos. Todo estaba incluido en el paquete de ración: vasos, bandejas de cartón (las cuales harían las veces de platos) y cucharas de madera para comer una especie de guiso que, en distintas variedades, constituían la dieta estructurada. No faltaba agua, pan ni fruta fresca. Todos se dispusieron a comer con ganas y sin ninguna ceremonia. La misma escena se repetía en todo el mundo, aunque de acuerdo a los diferentes husos horarios. Y aquellas familias cuyos miembros solían acostumbrar a decir una plegaria antes de cada comida, habían dejado de hacerlo.

Fernando y Silvia se aprestaron a acostarse tras haber hecho dormir a su pequeño hijo. Por primera vez en el último mes y medio tuvieron buena parte de la tarde y la noche libre. Deseaban disfrutar de un momento juntos, a solas. Ambos sentían que se lo habían ganado tras completar el descarte y la eliminación de los tóxicos de su casa. Al día siguiente sería la inspección final pero estaban tranquilos, nada quedó pendiente. Tras ducharse juntos, entregándose a escarceos amorosos como bastante tiempo no lo hacían, se apresuraron a ir a la cama y se amaron con una pasión que ambos creían extinguida. Cuando terminaron y mientras permanecían entrelazados ella dijo:

- Fue hermoso, vida. Hace tanto que no me hacías el amor así que llegué a pensar que ya no me amabas.
- Yo nunca dejé de quererte - dijo él. - Creí que tú eras la que habías dejado de amarme.
- ¡No! En ningún momento.
- ¿En qué estuvimos pensando todo estos años, cariño?
- No importa. Tenemos todo el tiempo del mundo de ahora en adelante - y Silvia se puso sobre él besándolo. Fernando no tardó en excitarse e hicieron nuevamente el amor. Luego se durmieron casi de inmediato, profundamente.

La inspección comenzó en la zona de influencia del meridiano de Greenwich en cuanto los rayos del sol iluminaron tales áreas y continuó en los lugares donde el amanecer se iba produciendo sucesivamente. El operativo se cumplió con una precisión admirable y no hubo ningún habitante o familia que tuviesen que ser sancionados. Todo resultó según lo planeado y las Entidades se sintieron satisfechas pero de ninguna forma sorprendidas. Lo grave hubiese sido que alguien no hubiera cumplido con el mandato. Ahora todo estaba listo para la Limpieza final.

Gustavo González casi se puso furioso, pero recuperó la compostura antes de perderla del todo. En cambio le preguntó mesuradamente a su esposa:

- ¿Porqué tenías que ser tú otra vez?
- Porque soy ingeniera metalúrgica. Me necesitan y debo ir. Esta fase debe completarse en la mitad del tiempo usual.
- Las otras Mujeres descansan y a ti te hacen trabajar. Sin siquiera poder volver a dormir.
- Y ellas deben privarse de la compañía de sus hombres como tú de mí. Y no todos descansan, sólo aquellos que no califican para este tipo de trabajo.
- Pero debe haber algo en lo que todos podamos colaborar, de esa forma se terminaría antes y no tendríamos que separarnos, - insistió Gustavo.
- No mi amor. Los que no tienen experiencia en construcciones siquiera como obreros se convertirían en una molestia, por tanto, en un factor de retraso. Y la Limpieza no puede esperar. Tú eres abogado, en nada nos puedes ayudar.
- Tienes razón, discúlpame por haber sido tan egoísta.
- Pronto habremos terminado, y entonces, tendremos todo el tiempo de un mundo nuevo para disfrutarlo juntos.
- Si, será maravilloso querida mía.
- Debo irme, adiós. - y lo besó apresuradamente en los labios.
- Será la semana más larga de mi vida - dijo él en voz baja mientras su mujer subía al transporte.

En los centros de eliminación la actividad era febril. Decenas de miles de hombres y mujeres cuyas profesiones o habilidades estaban relacionadas con la metalurgia, la mecánica, la electrónica y la organización laboral de establecimientos de industria pesada, trabajaban duramente en turnos de quince horas. Comían y dormían allí. Su trabajo consistía en la construcción de nuevas esferas de aleación metal-plástico. La materia prima para tales fines se había obtenido, como en las anteriores oportunidades, de los innumerables objetos descartados de los hogares, comercios e industrias de las poblaciones cercanas.
Ingenieros, arquitectos y dibujantes con grandes cualidades creativas tenían a cargo los diseños de todas las partes y el estudio de la distribución espacial en el interior de las esferas. Matemáticos y físicos se abocaban al cálculo de resistencia de materiales y estructuras entre otras cuestiones. Otros ingenieros y técnicos, con mayor capacidad en el manejo de personal, se ocupaban de dirigir a los operarios y obreros afectados a las diferentes etapas del modelado, construcción y montaje. Mecánicos, electricistas y técnicos electrónicos estaban destinados al mantenimiento de todas las herramientas, maquinarias e instalaciones. Expertos en organización decidían quien era más idóneo para cada tipo de tareas y evaluaban el rendimiento de todo hombre y mujer afectados al proyecto. Médicos, instrumentistas, paramédicos y enfermeras controlaban la salud de cada persona que trabajaba en la planta, estando alertas para cualquier tipo de eventual emergencia. Cocineros, camareros y personal de limpieza completaban el impresionante staff. Lo curioso es que no había ninguna persona destinada a vigilancia y seguridad. Tampoco existía arsenal alguno, ni algo que se le parezca. Más extraña todavía era la total ausencia de periodistas, fotógrafos o camarógrafos. La inactividad de éstos últimos no sólo se verificaba en los centros de eliminación, sino en todos los ámbitos desde la llegada de la Limpieza. No obstante todos estaban informados de sus obligaciones.
Las instituciones gubernamentales habían quedado reducidas a una minúscula expresión poco influyente. Los puestos de mayor relevancia eran ocupados por científicos y expertos profesionales de diferentes disciplinas, tanto técnicas como humanísticas. Las fuerzas policiales, militares y de inteligencia ya no funcionaban como tales, salvo por un reducido grupo de hombres y mujeres quienes ejercían un limitado trabajo de control sobre aislados casos de rebeldía o indisciplina. Asombrosamente ya no existían conflictos internacionales y la tasa de criminalidad se vio reducida a cero. Más aún, los reclusos de las diferentes penitenciarias también cumplían diversas funciones según sus habilidades y capacidades, por muy limitadas que fueran. Muchos trabajaban codo a codo con las demás personas sin que se hubieran producido incidentes. Hasta las organizaciones criminales se unieron a la causa de la Limpieza dejando de lado sus turbios negocios y poniendo todos sus recursos al servicio de las nuevas autoridades. Las organizaciones con fines de lucro directamente habían desaparecido.
El mismo régimen se había establecido en todo el planeta manteniendo más o menos intactas las divisiones políticas por cuestiones de conveniencia práctica (empresas postales, redes viales, diferentes tipos de organizaciones distribuidoras, idioma, idiosincrasia, conocimiento del terreno por parte de la población, etc.). Por lo demás las fronteras estaban abiertas a la cooperación entre los habitantes de los diferentes países y/o regiones. Los problemas de idiomas y dialectos se solucionaron afectando a Lingüistas y traductores a las instalaciones de los medios de comunicación antes pertenecientes a los extintos ámbitos periodísticos.
Tras diez días de continuo y arduo trabajo, las nuevas esferas estaban listas y se le permitió al personal afectado a los centros de eliminación comunicarse mentalmente con sus familiares. Singular concesión por parte de las Entidades. Un típico ejemplo de los diálogos que tuvieron lugar en tales «conversaciones» podría ser este:

- ¡Hola mi vida!, ¿ Cómo has estado?
- ¡Amor! ¡Por fin!. Te extrañé mucho. También los niños, ¿Cuándo volverás?.
- En cuanto se realice la eliminación final.
- ¿Es que hubo algún retraso?
- ¡De ninguna manera! Todo se hará según lo planeado. ¿Y adiviná qué?.
- Ya sé, los necesitan para controlar la eliminación.
- ¡Mucho mejor que eso!. ¡Nos quieren a todos aquí a la hora del
despegue! Incluyéndote a ti y a los niños, ¿Te das cuenta?. ¡Por fin todos presenciarán una eliminación!.
- ¿Cómo? ¿Significa que podremos participar?. ¿Yo y los niños?.
- ¡Eso es lo que dije!. ¡Todos pueden participar!.
- ¡Las Entidades son magnánimas!
- Sí, amor. ¡Y luego llegará la reiniciación!.
- ¡Al fin!. Y entonces comenzaremos a reconstruir el mundo que les debemos a nuestros hijos.
- ¡Por supuesto!. Todo será diferente. ¡Nos espera una nueva
Tierra!. Ahora escucha, el transporte los recogerá en menos de
una hora de modo que deben alistarse cuanto antes.
- Descuida, no les fallaremos.
- ¡Perfecto!. Nos veremos en la planta. Adiós, amor.
- Hasta pronto, vida.

Y así, en todo el planeta se verificaron diálogos similares al mismo tiempo e independientemente de la hora local. De forma tal que, aun cuando en ciertas latitudes eran las tres o cuatro de la mañana, los familiares de quienes habían trabajado en los centros de eliminación y toda la población en general de la zona, estuvieron preparados esperando a los transportes que los llevarían a presenciar tan magna ceremonia. Nada menos que la eliminación de los últimos tóxicos de la Tierra. Supremo acontecimiento, sin dudas.
Todos estuvieron presentes. La humanidad entera se concentró en unas pocas docenas de miles de centros de eliminación. La mayoría ubicados en las cercanías de las grandes capitales o en centros geográficos, los cuales, abarcaban la zona de influencia de distintas localidades donde, desde hacia dos meses, se habían congregado habitantes de los parajes más remotos. Para recibir a tan colosal afluente de per-sonas se construyeron amplias playas y rampas en torno a las esferas. En esos lugares, las más numerosas multitudes nunca antes vistas, se congregaron en espera de presenciar y ser testigos para las futuras generaciones del mayor hito en la historia humana.

Nadie pudo ser consciente del momento en que la poca voluntad y la autodeterminación sobrante en sus mentes fueron anuladas por competo. Nadie supo que caminaba como ganado hacia el matadero cuando las Entidades les ordenaron ingresar a las esferas y amontonarse como bultos en su interior, dejando sus pulmones de respirar y sus corazones de latir tan pronto como se recostaban en perfecto orden. Uno al lado de otro, como pegados. Estos encima de aquellos, y así sucesivamente. Hombres, mujeres y niños.
La Humanidad entera fue empaquetada en las esferas. Los que ingresaron después de la primer tanda ya no eran capaces de darse cuenta de lo que estaba sucediendo y tampoco los que faltaban. Fue cuestión de pocas horas para que todos, ingresando por los accesos ubicados a diferentes alturas, llenaran los contenedores.
Luego, los sistemas automáticos de cierre que los mismos condenados habían diseñado y construido, taparon herméticamente los accesos a las esferas. Los haces de claridad de energía antigravedad descendieron sobre ellas, el resto de las instalaciones y los últimos vehículos elevándolo todo, suavemente al principio, más rápido a medida que ascendían, hasta que alcanzaron los veinte kilómetros de altura. Entonces, dejando las últimas estelas de fuego que surcarían la atmósfera terrestre provocadas por objetos ascendentes, durante mucho tiempo, o nunca, con su carga de humanidad muerta y los últimos restos de su tecnología, se proyectaron al espacio a increíble velocidad en una órbita de colisión contra la estrella que la raza difunta conoció como "Sol".

Las Entidades observaron el episodio con cierto pesar. Después de todo, ellas habían sido en gran medida las responsables del despertar de los humanos.

- Hemos fracasado una vez más aquí - pensó una de las Entidades. Y debo admitir que no me agrada tal circunstancia.
- Sabes que a nosotros tampoco - respondieron las demás - pero tuvieron todas las oportunidades y las desperdiciaron. Habría sido peor que hubieran permanecido vivos. Lo sabes tan bien como nosotros. Nuestras proyecciones nos indicaban una inminente y cercana situación de autodestrucción debido a sus juguetes nucleares ó por su incapacidad para conservar el medio ambiente.
- Es cierto, y no habría sido justo que los otros seres vivos paguen por la necedad de los humanos. De hecho varias especies se han extinguido ya por su culpa. Fuimos excesivamente tolerantes al perdonarlos en tantas oportunidades.
- Es la segunda vez que tuvimos que arrancar mala hierba en este planeta. No debemos tolerar un próximo fracaso. Otra civilización agresiva que surja me dará la razón y tendré autorización para destruir la Tierra por considerarla un ambiente nocivo para el desarrollo de vida Inteligente racional. En realidad, es lo que debimos hacer cuando descubrimos a los velociraptores, en vez de enviar ese ridículo asteroide hace casi setenta millones de años para destruir a los dinosaurios y darles el mundo a los mamíferos.
- No comparto tu concepto. Afortunadamente la Entidad Superior tampoco. Ella ordenó preservar este planeta de por lo menos dos líneas evolutivas deletéreas.
- Pues bien, ya tuvimos dos fracasos. Queda una sola oportunidad para este mundo. Ahora debemos ponernos de acuerdo en la elección de la especie a la cual le daremos el impulso evolutivo.
- Ya sabes cual es mí parecer y el de la mayoría.

- Pero los delfines están demasiado bien adaptados físicamente a su entorno. No parece que sus extremidades se modificarán a tiempo para el proceso de retroalimentación.
- No lo creo así. Por otra parte evidenciaron un mayor y más firme sentido social. Han demostrado un singular respeto por la vida, no solo la de ellos. Tienen un nivel superior de inteligencia de la que tenían los homínidos cuando decidimos ayudarlos. Tengo grandes esperanzas puestas en su especie. Pienso que lograrán salir adelante y el Universo se beneficia-rá de tenerlos entre las comunidades inteligentes.

- ¿Todos están de acuerdo?.

Los que hasta ahora habían tenido sus reservas sobre los delfines, deliberaron durante una milésima de segundo. Ninguna de las demás Entidades se entrometió mentalmente. Por fin los otros contestaron.

- Estamos de acuerdo.
- Sea entonces.

Las Entidades se fundieron en una y ésta se sumergió en los océanos. Buscó la variedad más prometedora entre los delfines y procedió a estimular sus mentes. Muy sutilmente, les dio un empujón evolutivo. Los delfines elegidos no lo advirtieron siquiera, pero la semilla había sido sembrada. Pasarían millones de años para comenzar a ver los frutos, si es que habría tales, y hasta entonces, ni siquiera la Entidad sabría si la elección resultó acertada.
Antes de partir, una de las Entidades esenciales se desprendió de la Entidad fusionada y quedó flotando en órbita alrededor de la Tierra. Desde allí observaría los progresos de la nueva especie sin intervenir en forma alguna durante su evolución, a menos que se repitiera el fracaso. Entonces informaría a la Entidad Superior y ella decidiría qué hacer. Y con seguridad ordenaría destruir aquél mundo verde azulado. Pero la entidad vigilante tenía fe en sus nuevos hijos. Era cuestión de esperar lo suficiente.

Y tres o cuatro millones de años pasarían pronto.

(c) Marcos G. Buljubasic

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