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LABERINTO PERSONAL

por Lucas Argañaraz “Skar”


Cuando te fuiste, dejaste el rastro marcado. Te marcharte a paso lento, como insegura, pero nada te detendría. La ventana empañada por mi aliento enviciado no me dejaba ver del todo tu partida. Eras como un ángel para mí, pero la consecuencia llegó inexorablemente. Te fuiste y dejaste una marca en todos los que te amábamos. Y no encuentro la respuesta y dificulto qué la halle mientras viva. Tus cosas ya no están. Tu voz ya no se escuchará por los pasillos, ni en la cocina, ni en el comedor, ni en la habitación. Menos aún en el patio, cuando recuerdo, le dabas de comer al perro y le hablabas con tu voz cariñosa. Hasta el perro percibió tu ausencia. Los animales justamente son los que más perciben la ausencia de su amo. Ahora está sentado, mirando en dirección a la calle, un tanto cabizbajo, pero ni siquiera le sale un ladrido. Esperanzado en que quizás regreses. Pobre. Yo todavía no me doy valor de salir al patio y verlo tan triste. Solo lo contemplé por la ventana de la cocina y no quise ver más. Por que, ¡que triste resulta un animal cuando extraña! Es una imagen chocante y tremenda. No entiendo que pasó. Estoy tirado en la cama como un zombie, con la mente volando, preguntándome si hubiera arreglado las cosas a tiempo, todo hubiera culminado diferente. Pero uno, a veces tiene esa maldita costumbre de postergar las cosas, ciertos asuntos que merecen atención, pero no advertimos que puede resultar peligroso, por que mañana puede ser muy tarde. Yo no lo advertí. El tiempo irreversible me reprocha mi inacción. Siento un dolor emocional semejante al de un enfermo terminal. No tengo noción del tiempo. No tengo idea si es de noche, o está amaneciendo, o estoy en el atardecer. Oigo voces, la de los vecinos seguramente. El silencio me rodea, estoy mareado y con el estómago vacío y ardiendo. La cama deshecha, luce aún más deshecha, con el hueco que aloja tu ausencia. No tengo fuerzas ya ni para llorar, ni para salir corriendo tras tu rastro e implorarte que vuelvas. Que sentido tiene ahora llorar. Que estupidez. No se cuanto tiempo voy a estar tirado en este lecho maldito. En este lecho en el que hemos pasado preciosas noches de intenso amor, pero también en la que hemos entablado conversaciones, luego discusiones, y después la violencia. No quiero recordar por que me parte el corazón en mil pedazos. Todo es culpa mía. Yo siempre tuve el defecto de no saber escuchar y por eso me enfurecía. Pretendía tener todo el tiempo la razón. Recuerdo perfectamente la última vez que cenamos y te insulté sin sentido, por que se te había quemado la comida solo un poco. ¡Insultarte por eso! Cuando ni siquiera probaba bocado. Ahora me doy cuenta de cómo te trataba. ¡Por Dios! Soy una bestia. Soy como el minotauro en el laberinto, de la casa de Asterión. Recuerdo que te gustaba aquel cuento de Borges. Por eso me viene a mi mente Borges. Mi garganta está destrozada, me quema, es un horno. Anoche volví a romper otro vaso antes de que me amenazaras. Se hizo añicos y te grité que te callaras la boca. ¿Por que? Que débil era. Si, soy muy débil. Insignificante en aquellos instantes de ofuscación. Yo, que me creía tan fuerte. Ella era toda una mujer. Y se marchó. Me doy vuelta en las sábanas sucias. Me aferro a la frazada para aguantar el malestar estomacal. No puedo más. Las nauseas no me abandonan hace horas. Me torturan, trepando hasta mi garganta, pero me es imposible vomitar. La cabeza se me parte al medio. Cuantas veces la colmaba de vanas promesas, de besos, de disculpas, de juramentos de que iba a modificar mi actitud. Ahora estoy solo, yaciendo en esta cama que me parece gigantesca sin vos amor. Rodeado por el fantasma de los recuerdos. En la soledad más atroz del mundo. Apenas puedo girar un poco de costado y veo el espacio que vos ocupabas y me desespero aún más. El corazón me late a mil. Son palpitaciones intensas y amenazantes. Bajo la mesita de luz, alcanzo a percibir una botella de licor vacía y partida al medio. El piso está hecho un mar de vómito, papeles, medias roñosas y cajas de cigarrillos vacías. La ventana hace días que no se abre. Yo la cerraba a propósito en aquellos días, para que no se escucharan nuestras confrontaciones desde afuera, que yo las iniciaba y las tornaba agresivas. Ni tampoco se abrirá, carezco de las fuerzas necesarias para hacerlo. Ahora giro despacio boca arriba. Siento dificultad para respirar. La cama es un desastre, una maraña entre la sábana y el cubrecama. Del espejo solo quedan algunos pedazos. La puerta del placard caída de costado, y con un golpe dado como con un hacha. ¿Qué le pasó al placard? Perdí la memoria. Alguien grita afuera. Escuché la cadena del perro o ¿era el ruido de la puerta del vecino?, ¡que importa!, ¡que importa! No me importa nada ya. La casa está tan vacía y yo como un inválido acá. O quizás aún peor. Gimiendo como un chico que ha sido abandonado por su madre. Yo también he sido abandonado ahora. Pero existe una razón justa y yo la causé. No tengo nada que decir, no tengo justificación, ni en que escudarme. Se podrían haber hecho tantas cosas, tantas. Pero yo estaba convencido de que tenía el derecho a todo.

_¡Déjenme de joder, carajo! recuerdo que gritaba. Cuando todos me extendían la mano para ayudarme, e intentaban hablarme con paciencia, yo rechazaba cualquier tipo de ayuda, los insultaba, los mandaba a la mismísima mierda y daba la vuelta, obstinado en continuar con mi actitud soberbia e ignorante en parte. ¿Que argumento tengo ahora?, ninguno. Y aunque inventara uno ahora mismo de nada me serviría. Si me escuchara alguien justificar la partida de ella, sería un argumento carente de solidez, algo total y absolutamente inverosímil. Las nauseas de nuevo. ¿Porque? La habitación es un cubil repulsivo, impregnado de un hedor urinoso. Acabo de vomitar. Pero el alivio no me llega como en otras ocasiones. Me siento peor. Tengo que salir de esta pieza de porquería. Tengo que buscar ayuda, gritar que alguien me socorra. ¡Ya sé, ya sé!, me voy a ir arrastrando hasta el comedor y llamo por teléfono a alguien, a algún vecino, ¡ahí está! Voy a hacer eso. Doy la vuelta. Ahora caigo al piso boca abajo, como cuerpo a tierra. Me voy arrastrando, sorteando las botellas de licor y cerveza tiradas, papeles, ropa manchada, cigarrillos a medio fumar. ¡Llegué a la puerta! Me sigo arrastrando, con las manos sucias y sudorosas. Las palpitaciones me obligan a detenerme por momentos. Jadeo sin cesar y continuó el camino como una serpiente. Otra vez una arcada. Expulso el vómito que sale disparado hacia abajo, llegando a mancharme la camisa entreabierta y el piso lo inunda del repugnante líquido espeso. Trato de esquivarlo inútilmente. Me pongo de cuclillas, muy despacio. ¡Lo logré!, ahora voy a intentar pararme. Con las dos manos mugrientas y oloriento, me sostengo de las paredes del pasillo. Así voy caminando hasta llegar al comedor. Enseguida me aferro de la cabecera del sillón y me quedo un instante para tomar aire. El corazón me explota. De tanto latir. Intento sentarme. Despacio lo logro y me recuesto hacia atrás. El olor del vómito que tengo en la camisa y en el pecho es insoportable. Con los ojos cerrados jadeo profundamente, agarrándome del apoya brazos. Mi mente forja imágenes confusas y amorfas. Como rostros. Nuevamente el ruido de la cadena del perro. Levanto un poco la cabeza, miro hacia la ventana y veo que recién oscurece. Serán las siete tal vez o siete y media. ¡Que importa! El malestar me hace retorcerme de dolor. Me oprime la cintura, cual chaleco de fuerza. Me doy cuenta de que llegar hasta el teléfono se me va a hacer complicado así que renuncio a la idea. Mejor trato de dormirme. Alguien va a tocar la puerta o el timbre y me va a ayudar.

No se cuanto tiempo permanecí con los ojos cerrados, soñando o delirando, una hora, dos, cinco minutos, la cuestión es que dormitaba y se me mezclaban imágenes incomprensibles. Era como soñar despierto. Nadie acudía a auxiliarme. En ningún momento advertí el ruido de la puerta o el timbre. Se oían las voces de las vecinas, de esas chusmas de mierda de la casa de enfrente, que odiaba con toda mi alma.

_ ¡Viejas de mierda! Grité afónico, dudo que hayan escuchado mi insulto. ¿Y si ella vuelve?, ¿y si regresa?, ¡pero que estúpido soy! Ya no hay vuelta atrás. Lo de anoche fue una batalla feroz. Trataba de hallar consuelo en aquella casa en la que en algún tiempo había reinado la felicidad, ahora convertida en una cueva lóbrega, infectada de una monstruosa mugre, repleto de botellas, muebles rotos, utensilios desparramados, cortinas rasgadas, paredes manchadas, olores fétidos. Y el vacío inmenso presente, junto al silencio, se confabulaban contra mí. Y la ausencia de ella. Me abandoné en el sillón. Ya sin expectativas de esperar algo de alguien. Ya sin expectativas de nada. En mi cuerpo corrió un escalofrío y mis ojos se humedecieron. Exploté en llanto. Lloré con mi afonía. Toda la desesperación, todo el desastre producido por el demonio macabro que se alojaba en mí. Lloré con la culpa quemándome el corazón. Con la casa transformada en un pandemonio, en un sitio inhabitable. No se por que lloraba ya, no tenía noción de mis actitudes. Era puro desahogo, puro odio hacia mí mismo. Los mareos aumentaron. De nuevo otro vómito me dejó encorvado por unos minutos, posándome sobre el apoya brazos del sillón. Ya no podía soportarlo, aunque me consideraba merecedor de mi suplicio. Intentaba articular palabras sueltas, para escucharme y convencerme de que no perdía la cordura. Empero me salían con la voz trémula. Las manos me temblaban de forma impresionante. Apoyado con los codos en el respaldo del sillón, me sequé las lágrimas y putee a medio mundo, con mi voz rasposa.

Tuve una tentativa de llegar al teléfono, que se encontraba a unos pasos, me jugué y me lancé contra la mesita de vidrio. Con tanta mala suerte que di la frente contra el piso. El dolor de estómago, las nauseas, los mareos, la desesperación, sumado al golpe, me destrozaron por completo. Quedé tumbado boca abajo, inmóvil, sintiendo la tibieza de mi propia sangre. Pensé que estaba inconciente, pero me daba cuenta que estaba en el comedor. Extendí la mano todo lo que pude, hasta llegar al aparato, tomé el tubo, todo para descubrir que no tenía tono. Es mas, advertí el cable cortado. Me invadió una sensación de odio indescriptible. Con los puños cerrados golpeaba el piso enfurecido, gritando con la voz quebrada, preguntándome como o cuando iba a finalizar este infierno. Dormité otro instante más en el piso helado y sucio.

No tenía mas fuerzas. Ya había derramado todas las lágrimas que consideraba necesarias expulsar para mi catarsis. Era más que evidente que no había salida en mi laberinto, que yo había construido. El espiral sin salida que había forjado por idiota, por necio. Por sucumbir ante las garras de un vicio. Con los ojos entreabiertos acariciando la superficie del piso, manchado de suciedad, de vómito, de sangre, con la camisa rasgada, descalzo como estaba, tirado como un accidentado en la ruta, pensé en una sola cosa: tomarme el último trago. Lo necesitaba. Ahora mas que nunca. ¡Ya está! Sería el último y el más sabroso de todos. Sabía que en la cocina, en alguna parte de la cocina quedaban latas de cerveza. Entonces totalmente decidido a cumplir con mi inexorable objetivo, me arrastré haciendo un esfuerzo sobrehumano, hasta la cocina. Conseguí llegar hasta la mesada jadeando fuertemente, hablando alguna incoherencia. Me incorporé ayudándome con las manos. Muy despacio quedé de cuclillas. Puse las manos sobre la mesada y me paré totalmente. No se de donde saqué fuerzas para revisar la alacena, los cajones de los cubiertos, incluso el tacho de basura, revisaba todo lo que podía. Todo sin resultado. Caminando tambaleándome me dirigí sin más a la heladera. La abrí con una violencia feroz y hallé una botella de quilmes a medio terminar. La tomé con la desesperación de un hambriento que la dan un trozo de pan, y bebí unos sorbos, no lograba colocar el pico en mi boca, por mi falta de pulso, así que la cerveza helada se derramó por todo mi cuerpo. Lleno de un odio asesino, por mi torpeza estrellé la botella contra la pared, haciéndola añicos y llenando el piso de pedazos de vidrio. Repentinamente ante mis ojos vi la presencia de mi hermano y le grité:

_ ¡Vos! ¡Vos, hijo de puta te tomaste mi cerveza! Preparé mi puño para acertarle mi mejor trompada, empero di una vuelta completa, y caí de espaldas, sobre los pedazos de vidrio. Me incorporé de un salto poseído por la ira, pisando los pedazos de la botella que me producían tajos. No existía ya para mí, el dolor físico. Estaba furioso, loco, delirando por un trago. Pensaba en algo, mi mente alterada tramaba algún plan, me sugería y me incitaba a hallar alguna sustancia que me calmara. Increíblemente el enojo me dotaba de fuerzas y así a pesar de que me tambaleaba, con los pies ensangrentados, y la casa a oscuras, surgió en mí ser bestial, una idea mortuoria. Me dirigí directamente al baño. Patee la puerta. Apenas se filtraba la luz nocturna por la claraboya de plástico del techo del baño. Tiré shampoo, jabón, papel higiénico, cepillos de dientes, arranqué de un tirón la cortina de la ducha, revolee cremas faciales, destrocé a piñas el botón del inodoro, el botón de la luz y para coronar mi proceder violento, con los ojos desorbitados, partí el espejo de una trompada. Mi mano entre mugrienta y ahora ensangrentada, halló por fin lo que buscaba, en el botiquín estaba como esperándome: la botella de alcohol fino. La tomé con ambas manos, mirándola como a un tesoro y manchándola con la sangre que me brotaba a borbotones. Con una sonrisa demoníaca, babeando, la abrí desesperado y me aseguré con la mano temblorosa que el pico diera exactamente en mi boca. Una vez acomodada en mis labios, simplemente bebí todo su contenido, hasta la última gota. Quedé paralizado un breve instante ciego, impávido, casi al borde del colapso. Sentí una tremenda quemazón dentro de mí. Pero no grité. La imagen de mi hermano irrumpió nuevamente. Le dije:

_ ¡Te cagué boludo! ¡Tomé igual estúpido!
Me quité la camisa, a los tirones, apestada por la mezcla de olores. Los pocos botones que quedaban salieron disparados en todas direcciones. Contemplé mi tronco flaco, manchado del vómito seco. Me miré la mano tajeada, semejaba a un estigma, frente al espejo resquebrajado y sentí que el corazón se me salía, latía de una manera anormal. Dejé caer la botella vacía de alcohol que rodó hasta el bidet. Entonces ya esperando la muerte, imploré perdón vanamente en medio del silencio funesto. ¡Mi amor! ¡Perdoname, perdoname todo el sufrimiento que te hice pasar!, ¡yo solo quería…yo solo quería…!. No alcanzó a completar la frase de la agonía. Enseguida hizo una convulsión. Cayó de espaldas con los brazos abiertos, emitiendo un quejido final, rodeado de los elementos de baño y pedazos del espejo que había destrozado.
Y el último ruido que retumbó en toda la casa vacía, en su estado miserable, en medio de la suciedad extrema, en un ambiente tétrico y en plena oscuridad, fue el golpe seco de su cabeza contra el piso.

(c) Lucas Argañaraz “Skar” (2005)

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