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JUSTICIA MACABRA

por Isabel Ricardo Osorio


Las calles de la ciudad quedaron silenciosas. Los festejos terminaron y sólo aquí o allá rondaba algún pequeño grupo que poco a poco se diseminaba. Tres amigos se dirigieron a un bar, compraron sendas botellas de aguardiente y con ellas, emprendieron el regreso a sus hogares.
Avanzaban por la amplia carretera cantando a voz en cuello alegres canciones de borrachos y brindaban sin parar, entre largas risotadas por todos los santos del calendario. Así recorrieron varios Km., entre tumbos y tropezones en medio de la mas densa oscuridad, prestándose mutuamente apoyo e hiriendo la noche con blasfemias, que eran celebradas con mas tragos y gritos soeces.
Tímida, entre las nubes, asomó la luna, una luna pálida y casi sin brillo, que apenas les permitía a los tres ebrios ver lo suficiente para evitar los accidentes del terreno.
De pronto se detuvieron. A pesar de la escasa luz, divisaron una forma blanca, que en medio de la solitaria carretera se acercaba a ellos. Caminaba en forma cadenciosa, y a pesar del alcohol que llenaba sus cerebros, oliscaron una mujer. Su masculinidad embotada emergió de lo mas profundo de sus nubladas conciencias y una lujuria feroz se apoderó de ellos ante la vista de un joven cuerpo femenino. Cuando estuvo mas cerca divisaron sus bellas facciones.
- Buenas noches, preciosa- dijo uno de ellos, al tiempo que le daba un "amistoso" codazo a otro, y se le acercaba, tratando de tocarla, riendo lascivamente- ¿ No te da de miedo caminar de noche tan solita? yo puedo hacerte compañía, -añadió entre burlonas carcajadas, al tiempo que sus manos hacían presa en la delicada piel.
- ¡No me toquen, no me toquen, por favor- imploró una y otra vez, al ver que se acercaban.
- Vamos, muñeca, vamos, si solo queremos divertirnos un poco. ¿Verdad muchachos? Seguro que a ti también te va a gustar.
La joven se defendía, mas, el fin de su lucha era totalmente previsible.
Mientras uno la sujetaba, los demás desgarraban sus ropas arrancándosela del cuerpo. Preparaban una fuerte mordaza que le colocaron desmañadamente, para luego lanzarla con brutalidad sobre la tibia hierba. Ella luchaba con manos y pies, arañando, pateando, mas todo en vano.
- Así me gusta, así- gritó el primero que se le había acercado, es bueno tratar con fierecitas como tu, eso le da mas sabor. Y se lanzó de bruces sobre ella, lacerando su piel blanca y suave con sus ásperas manazas, hundiéndola en sus carnes, restregándolas y tomando violentamente posesión de su cuerpo con toda la furia de la embriaguez, ahogando sus gritos con besos bestiales.
La disfrutó a plenitud hasta el final de sus espasmos, momento en que sus compañeros lo apartaron riendo para tomar su lugar y verter a su vez toda su brutal lascivia, lastimando embrutecidos la gracilidad de su encanto.
Tiempo después, sentados en suelo, saciados ya sus bajos instintos, contemplaban el cuerpo que como una masa exánime, yacía a su lado.
Se levantaron despacio, desperezándose con lentitud. Uno de ellos se acercó a la joven y levantándola en vilo la recostó al tronco de un frondoso árbol y le quitó la mordaza. Un alarido de espanto rasgó las tinieblas de la noche. Hilillos de baba sanguinolenta, fluían sin cesar de una boca enorme y desdentada, donde la carne, antes fresca y seductora, caía a pedazos carcomiéndose sin cesar. A este grito le hizo eco el primero que la violó, quien, desasiéndose desesperado de su ropa mostraba a sus aterrados compañeros los genitales que, llenos de manchas negras se desprendían a pedazos, pudriéndose instantáneamente. El segundo, enloquecido de terror vertió sobre si mismo lo que quedaba de una botella de ron, buscando desesperado, alivio a su dolor.
El tercero, con los ojos desorbitados miraba sin comprender aquella alucinante escena, sintiendo que comenzaba la desintegración en su propio cuerpo.
Alaridos, aullidos, gritos inarticulados rasgaban el silencio de la noche, brotando de seres ya deformes, de los cuales las carnes caían a pedazos llenando de hedor el aire. Sentían desesperados, lo terrible de sus torturas, y observaron aterrorizados el cuerpo de la muchacha, que después de descomponerse totalmente, comenzó una nueva integración. Sólo entonces comprendieron su trágica equivocación y llenaron la noche con inútiles juramentos, que paulatinamente se fueron apagando.
Al fin todo quedó en silencio. Sólo tres montoncitos húmedos y pestilentes que la tierra iba absorbiendo con rapidez. Después, nada.
La luna iluminó con sus pálidos rayos un desolado paraje, donde una joven de bellas y juveniles facciones miraba despectiva la tierra, frotándose unas manos extrañamente descarnadas.

(c) Isabel Ricardo Osorio
 
 

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