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EL JARDÍN PROHIBIDO

por César Mallorquí


En ocasiones, la abuela se volvía transparente, igual que las figurillas de cristal que mamá guarda en la vitrina del salón, y cuando esto sucedía Anita y yo podíamos ver a través de ella con nitidez, como si su orondo cuerpo de anciana no fuera más que la proyección de una linterna mágica. Con el tiempo, aquel prodigio se fue convirtiendo en un juego para nosotras y solíamos competir enumerando en voz baja los objetos que lográbamos adivinar a través de la traslúcida silueta de yaya Julia.
Era un juego un poco tonto, lo admito, pero supongo que nos ayudaba a aceptar algo que, a todas luces, sólo podía calificarse de inverosímil. Al atardecer, la abuela prendía tres quinqués -uno por el Padre, otro por el Hijo y el tercero por el Espíritu Santo-, parapetaba el azul de sus ojos tras una gafas de lentes hexagonales y se acomodaba en un sillón de pana escarlata, frente al fuego del hogar; luego, abría su costurero y comenzaba a bordar en el paño blanco que un bastidor de madera mantenía tenso como la badana de un tambor, y mientras el hilo y la aguja trenzaban cadenetas y espigas, ella nos contaba viejos cuentos populares, antiguas leyendas de Umbría. Entonces, si la noche era fría y el viento soplaba fuerte del norte, yaya Julia se iba tornando diáfana, como si su imagen se desvaneciera, y Anita y yo dábamos comienzo al juego.
- El florero -decía mi hermana en voz baja, señalando disimuladamente el búcaro de porcelana que se traslucía a través del etéreo vientre de la abuela.
- Los cuentos de Perrault -replicaba yo, con la mirada fija en el libro que se adivinaba tras la inmaterial toquilla de yaya Julia.
- El marco de plata -contraatacaba Anita.
- Peter Pan -me defendía yo, sin abandonar el tesoro de objetos que me brindaban los estantes de la librería.
Mi madre me inculcó el principio de que no deben formularse preguntas indiscretas a las personas mayores, de modo que nunca me atreví a comentar con la abuela el incómodo asunto de sus desmaterializaciones, pero a veces mi hermana se comportaba como si careciera de modales y en una ocasión le preguntó a la yaya:
- ¿Por qué te vuelves de cristal, abuela?
Yaya Julia dejó de bordar, clavó la aguja en el paño e inclinó la cabeza para contemplar a Anita por encima de las gafas.
- Porque soy vieja -contestó con una sonrisa-, y conforme pasan los años a los ancianos nos cuesta más y más mantener firme la sustancia del cuerpo.
- ¿Es que te vas a morir? -inquirió Anita.
- ¡Oh, no! -yaya Julia se echó a reír-. Al menos, no por ahora. Me encuentro bien, no te preocupes querida; lo que pasa es que a veces se me va el santo al cielo y me vuelvo transparente.
Dudo mucho que la explicación de la abuela convenciera a Anita, y desde luego en mí sembró más dudas que certezas, así que al día siguiente, mientras mamá calentaba la leche del desayuno en la cocina, le conté lo que estaba sucediendo.
- No digas tonterías -me respondió sin apartar la mirada del cazo, pendiente de que la leche no se derramara al hervir-. La gente no se transparenta.
- La abuela sí -repuse con firmeza.
Mamá chasqueó la lengua, como siempre hacía cuando quería mostrar reprobación.
- Ya tienes trece años; eres demasiado mayor para esas bobadas -dijo al tiempo que echaba una paletada de carbón al infiernillo de la cocina-. Anda, lávate las manos, que el desayuno no tardará en estar listo.
Cuando me dirigí al comedor descubrí que mi padre ya estaba allí, sentado a la cabecera de la mesa, enfrascado en la lectura de El Mercurio. Papá no sólo era médico; parecía un médico, todo en él transpiraba el carácter de su oficio. Vestía siempre discretos trajes de franela oscura, sin más adornos que la cadena de oro del reloj que guardaba en el bolsillo del chaleco; sus camisas siempre estaban impecablemente almidonadas y siempre llevaba un lazo negro perfectamente anudado al cuello. Tenía el cabello castaño, peinado con raya al medio, y las canas comenzaban a blanquearle los aladares. Su rostro, enmarcado por una bien recortada barba, era tranquilo y sereno, y su expresión trasmitía confianza y sosiego.
Contemplé con desinterés el periódico que papá mantenía desplegado, ocultándole la cara; los titulares hablaban del fin de la guerra de Marruecos y de la erupción del Teide. Por lo usual, nunca le interrumpía cuando se hallaba absorto en la lectura, pero aquella mañana me sentía un poco preocupada, de modo que me senté a su lado, carraspeé para llamar su atención y le conté lo que sucedía con la abuela, pues a fin de cuentas era su madre y me parecía justo que él estuviera informado al respecto. Papá dejó el periódico sobre la mesa y me escuchó atentamente; cuando acabé, esbozó una sonrisa y me dijo:
- La abuela se está haciendo mayor y las personas mayores suelen adquirir manías. Ahora tu abuela tiene la manía de volverse transparente; bueno ¿y qué importa? No le hace daño a nadie y, en el fondo, tener una abuela de vidrio puede ser hasta divertido...
Supongo que bromeaba, pero no llegué a averiguarlo porque en ese preciso momento apareció mamá con una bandeja llena de pan tostado con mantequilla, y mermelada de arándanos, y cuatro tazas de leche con cacao bien caliente. Anita fue la última en bajar a desayunar, pues la noche anterior había tenido pesadillas y no pudo descansar bien. Mamá le había reservado la nata de la leche espolvoreada con azúcar y canela; a mi me daba un poco de asco, pero a Anita le encantaba. Sin embargo, aquel día mi hermana pequeña había perdido el apetito y se limitó a darle unos sorbos a su tazón de cacao. Parecía triste y preocupada, pero cuando le pregunté qué le pasaba me contestó que nada y se encerró en un reconcentrado silencio.
Últimamente, Anita estaba un poco rara; había comenzado a tener pesadillas por las noches y, aunque nunca recordaba sus malos sueños, estos le causaban un desasosiego tan intenso que ella, por lo general risueña y bulliciosa, solía sumirse ahora en prolongados raptos de melancolía, como si una pena secreta le hubiera robado la risa. Aquel día, sin embargo, a media mañana, comenzó a nevar; era la primera nevada del invierno y la visión de los copos cayendo mansamente más allá de los cristales de las ventanas pareció animar a mi hermana.
La hoja del calendario señalaba que hoy era jueves veintitrés de diciembre de 1909; acabábamos de iniciar las vacaciones de Navidad y la escuela era tan sólo un vago recuerdo perdido en la memoria. Cuando la nieve empezó a cuajar sobre los ligustros, Anita y yo les pedimos, les suplicamos a nuestro padres que nos dejaran salir a jugar. Mamá, tan celosa de sus deberes maternos como siempre, tan protectora, objetó que hacía demasiado frío y podíamos enfermar, pero papá se puso de nuestra parte -quizá para ahorrarse el jaleo que estábamos armando- y, aupándose al pedestal de su profesión médica, sentenció que un poco de aire fresco le haría mucho bien a unos pulmones jóvenes como los nuestros. Finalmente, mamá cedió, pero nos hizo prometer que no saldríamos del jardín; luego nos calzó con botas de cuero forradas de lana, nos cubrió con capotes, bufandas, gorros y manoplas, y finalmente, tras asegurarse de que ni un ápice de nuestra piel quedara expuesta a las inclemencias del tiempo, nos permitió salir al exterior.
Vivíamos a las afueras del pueblo, en un bonito edificio de tres plantas rodeado por un gran jardín. Nuestro hogar era lo que llaman una casa de indiano, pues la había construido, medio siglo atrás, un emigrante que regresó de América con una pequeña fortuna, pero sin familia ni amigos. Mas tarde, cuando murió, su mansión salió a la venta y papá la compró. A mí me gustaba vivir allí, porque la casa era grande y misteriosa y estaba llena de rincones secretos; pero, sobre todo, me gustaba el parque que la rodeaba, un jardín enorme cruzado por senderos de grava, con setos de ligustro y arrayán, y macizos de flores que ahora languidecían bajo los rigores del invierno.
Nada más salir al parque, Anita y yo nos enzarzamos en una animada pelea de bolas de nieve. Me agradó tanto verla reír de nuevo que permití que sus helados proyectiles impactaran contra mí con más frecuencia que los míos contra ella, concediéndole finalmente el honor de la victoria. Tras el combate, comenzamos a hacer un muñeco de nieve y, mientras nos afanábamos en la tarea, planeábamos cómo prestarle ojos y sonrisa a nuestro hombre de hielo mediante trozos de carbón, y nariz con la ayuda de una zanahoria. Entonces, llegó a nuestros oídos un alegre griterío; al otro lado de las elevadas tapias que circundaban el jardín sonaba un coro de voces y gritos infantiles, revelando que los muchachos del pueblo se habían embarcado, también ellos, en una blanca batalla campal. Al oír aquel estrépito, Anita dejó de dar forma al muñeco y ladeó la cabeza, como si aquellas voces le hubieran recordado algo. Tras permanecer unos segundos abstraída en sus pensamientos, me contempló con repentina seriedad y preguntó:
- ¿Por qué nunca jugamos con otros niños?
- Sí que lo hacemos -respondí-. En la escuela.
Anita negó con la cabeza.
- No, en la escuela tampoco. Siempre jugamos tú y yo solas, ¿por qué?
No sabía qué contestarle; o, mejor dicho, no sabía cómo explicárselo a una niña de diez años, pues la causa de nuestro aislamiento se debía a mamá, pero los motivos entraban dentro del tortuoso mundo de los adultos, un universo cuyas normas suelen ser complejas y nebulosas. Mamá había nacido en Oneira, en el seno de una familia de la alta burguesía. Según ella solía recordarnos, varios de sus parientes pertenecían a la aristocracia, y eso era algo que parecía causarle un gran orgullo, así como, supongo, la secreta vergüenza de no formar ella parte de tan selecta rama de su árbol genealógico. Papá, por el contrario, nació en Fuenteclara, el pueblo donde vivimos, y era el último vástago de una vieja familia de terratenientes rurales, gente de posibles, sí, pero por cuyas venas distaba mucho de correr la sangre azul que tanto admiraba nuestra madre. Después de aprobar el bachillerato, papá abandonó el pueblo y se dirigió a Madrid para estudiar Medicina. Tras acabar la carrera fue admitido en el Hospital de la Princesa, lugar donde ejerció su profesión hasta que, cuatro años más tarde, regresó a Umbría. Se instaló en Oneira y allí abrió una consulta particular que no tardó en obtener un sonoro éxito. Mamá nos hablaba con frecuencia de cómo era papá por aquel entonces, un médico joven, elegante y apuesto, orlado por el prestigio de haber vivido en la capital y, sobre todo, poseedor de la gran virtud de ser soltero. Al parecer, las jóvenes casaderas de Oneira comenzaron a frecuentar su consulta, aquejadas de toda suerte de imaginarios males, pero fue mamá quien, gracias a una providencial bronquitis, trabó conocimiento con nuestro padre y, un año más tarde, acabó casándose con él.
Supongo que durante un tiempo la vida fue de color de rosa para mamá; estaba casada con el médico más prestigioso de Oneira, gozaba de una envidiable posición social y la alta sociedad umbrilitana le había abierto las puertas de sus selectos salones. Entonces, poco después de que naciera Anita, sobrevino la catástrofe: el abuelo Melquíades, el padre de papá, sufrió un accidente mientras montaba a caballo y murió, dejando sola a Julia, su mujer. Después del sepelio, papá le suplicó a su madre que le acompañara a Oneira, que viviera con nosotros, pero yaya Julia podía ser muy obstinada cuando quería; dijo que había nacido en Fuenteclara, que toda su vida había residido allí y que allí moriría cuando le llegase la hora. Durante un par de años las cosas quedaron así, pero papá era hijo único y sentía un gran peso de conciencia al consentir que su madre viviera sola en un pequeño pueblo del interior. Por esa razón, y quizá porque nunca se había acostumbrado del todo al ajetreo de las ciudades y añoraba el sosiego del campo, papá decidió abandonar Oneira y establecer su consulta en Fuenteclara.
Para mamá, aquella decisión fue el fin del mundo, de su mundo. De estar casada con un prestigioso doctor pasó a ser la esposa de un simple médico rural; después de codearse con la crema de la sociedad se vio inmersa en un tosco mundo de campesinos y ganaderos, y los palaciegos salones se convirtieron en un recuerdo que, por grato, no podía ser más doloroso. Ignoro hasta qué punto aquella crisis hizo tambalear los cimientos de su matrimonio, pero estoy segura de que si papá compró una casa tan grande, tan ostentosa, tan parecida a un palacio, fue para que su mujer le perdonara por la afrenta cometida al apartarla de la clase de vida que ella amaba. Supongo que, con el tiempo, llegó a perdonarle, pero estoy convencida de que mamá jamás se adaptó a vivir en Fuenteclara, al menos no del todo, y la prueba de ello éramos nosotras, sus hijas.
Cuando llegamos al pueblo, Anita tenía dos años de edad y yo cinco. Supongo que mamá no podía concebir una idea más odiosa que ver convertidas a sus hijas en dos pueblerinas de piel tostada por el sol y agrietada por el frío, dos mozas sanas y sonrosadas que acabarían casándose con un par de gañanes de la localidad. No, mamá deseaba para nosotras un futuro mejor, así que nos educó entre algodones, aisladas de las perniciosas influencias del exterior, como las princesas de los cuentos que nos narraba la abuela. Durante muchos años, mamá se ocupó personalmente de nuestra educación, y no se limitó a enseñarnos las primeras letras, sino que se afanó también en proveernos de los mejores modales posibles, como si en vez de vivir en un remoto pueblo de Umbría habitáramos en el Palacio Real de Madrid. Más tarde, y ante la insistencia de nuestro padre, mamá accedió a que asistiéramos a las clases de la Escuela Municipal, pero no sin antes recomendarnos -ordenarnos más bien- que no frecuentáramos la compañía de los demás niños, pues eran muchachos incultos y groseros. Lo cierto es que no fue necesaria la advertencia, pues los chicos del pueblo confundieron nuestros buenos modales con la altivez de quienes se creen superiores, y no tardaron en hacernos el vacío. Las estiradas nos llamaban, primero a nuestras espaldas, luego directamente a la cara.
En fin, ése era el motivo de nuestro aislamiento, pero ¿cómo podía explicárselo a una niña de diez años? Conceptos tales como clase social o alcurnia son muy abstractos y ahora mi hermana pequeña, ahí, en el jardín, contemplándome muy seria al lado de un muñeco de nieve a medio formar, esperaba de mí una respuesta concreta a una pregunta concreta: ¿por qué nunca jugábamos con otros niños? No sabía qué decirle, así que improvise una excusa.
- Porque los otros niños son tontos -dije-. Y nosotras no queremos jugar con niños tontos.
Los copos de nieve, grandes y esponjosos, caían suavemente a nuestro alrededor, como jirones de nubes atrapados por la gravedad. El griterío fue menguando conforme los niños se alejaban. Anita me contempló con tristeza y dejó escapar un quedo suspiro.
- Estoy cansada -murmuró-; anda, vámonos a casa.
Mamá preparó para comer sopa de almendras y pollo asado con nabos y puerros. Muchos de los pacientes de papá le pagaban en especias, así que siempre contábamos en casa con una amplia provisión de gallinas, faisanes e incluso corderos. Mamá también había horneado una tarta de nueces, mi postre favorito; me comí una gran porción, y me hubiera tomado una segunda de no ser porque mi madre me recordó que una señorita nunca come hasta atiborrarse. Tras el almuerzo nos dirigimos al salón, que ahora, ante la inminencia de la Navidad, estaba adornado con ramas de acebo, piñas doradas con purpurina, lazos, herraduras y estrellas de papel de plata. Junto a la chimenea se alzaba un frondoso abeto cuyas ramas sostenían pequeñas velas rojas y manzanas de cristal pintado.
Como solía hacer en todas las sobremesas, mamá se acomodó frente al piano y comenzó a tocar. Por lo general interpretaba piezas de Chopín o de Schubert, pero esta vez se decantó por la Suite del Cascanueces, de Tchaikovski, quizá por considerarla más apropiada para las fechas prenavideñas en que nos encontrábamos. Papá se sentó en su sillón favorito, encendió una pipa, cerró los ojos y comenzó a seguir la melodía con la mano derecha -aunque sospecho que dio alguna que otra cabezada-, mientras que Anita y yo permanecíamos en el sofá, no tanto escuchando la música como haciendo planes en voz baja para la tarde. Mi hermana seguía mostrándose un poco distante, pero fue ella la que propuso visitar a yaya Julia. En realidad, eso era lo que hacíamos casi todas las tardes, así que, cuando mamá dejó de tocar el piano, le pedimos permiso para ir a casa de la abuela. Mamá apartó los visillos de encaje que cubrían el ventanal y, con el ceño fruncido, miró largo rato a través de los cristales; las nubes cubrían el cielo como un mar de espuma gris, pero la nevada había cesado, así que finalmente nos dio su permiso, con la condición de que regresáramos a casa inmediatamente si volvía a nevar. De modo que, tras cumplir el ritual de abrigar cada centímetro cuadrado de nuestros cuerpos, salimos de casa, cruzamos el jardín y traspasamos el portón que separaba el mundo exterior del pequeño cosmos que era nuestra familia.
La abuela vivía a menos de un kilómetro de distancia, en una bonita granja situada en un amplio calvero del bosque. Cuando nos trasladamos a Fuenteclara, papá le pidió que viniera a vivir con nosotros, pero yaya Julia de nuevo se negó en redondo, aduciendo que su hogar, el hogar en el que había vivido junto a su difunto esposo Melquíades, era aquella granja, y que sólo la abandonaría cuando se la llevaran en una caja de pino, no antes. Anita y yo solíamos bromear con el hecho de que nuestra abuela viviera en el bosque y muchas veces, cuando íbamos a visitarla, jugábamos a Caperucita Roja. "¿Adónde vas, Caperucita?", preguntaba yo con mi mejor voz de lobo; "A casa de mi abuelita", contestaba ella entre risas. Pero aquella tarde no hubo risas ni juegos; mi hermana caminaba en silencio, sumida en sus pensamientos, como un patito triste, toda redondeada a causa de la mucha ropa que llevaba encima, y yo iba detrás, preguntándome qué podía afligir tanto a una niña tan pequeña.
Al poco de salir de casa llegamos a un punto donde el sendero se dividía en dos: el ramal de la derecha discurría hacia el norte y acababa convirtiéndose en un sendero que se adentraba en el bosque; el de la izquierda circundaba el archipiélago de casas de piedra con tejados de pizarra que era nuestro pueblo y acababa desembocando en la carretera de la costa. La costa... El sonido mental de aquella palabra despertó en mí sentimientos largo tiempo dormidos. Hacía mucho que no veía el mar y, de pronto, sentí unas ganas enormes de pasear por la playa de Santa Cecilia, de ver cómo las olas se estrellaban contra los acantilados de Breogán, de contemplar el ojo giratorio del faro de Punta Estrella. En verano solíamos ir con frecuencia al mar; papá enjaezaba el landó y nos dirigíamos a la playa, donde pasábamos el día tomando baños de mar -talasoterapia los llamaba él-, buscando cangrejos y estrellas marinas y haciendo castillos de arena, con mamá siempre detrás, preocupada de que no nos diera demasiado el sol. Sin embargo, cuando llegaba el otoño las excursiones se interrumpían, y yo no podía entender por qué, pues la costa se encontraba a menos de dos leguas de distancia y apenas se tardaban un par de horas en llegar.
Tomamos el camino de la derecha y, al poco de entrar en el bosque, nos topamos con Herminio Castro, un labrador cuya casa se encontraba a no mucha distancia de la nuestra. El señor Castro conducía a los dos bueyes que tiraban de un carro cargado de leña en dirección al pueblo y, al cruzarnos, le saludé educadamente:
- Buenas tardes, don Hermino.
El hombre, con la vista clavada en el suelo, fingió no oírme y pasó de largo. Me detuve en medio del camino y, con los brazos en jarras, comenté:
- Será maleducado... Ha hecho como si no nos viera.
Anita, muy seria, contempló durante unos segundos cómo el carro se alejaba traqueteando y luego se apoyó en la valla que corría paralela al camino. Era una valla de piedra muy antigua, cubierta de musgo y líquenes. Al otro lado había un pequeño prado rodeado de hayas; en las retorcidas ramas, ahora sin hojas, se amontonaba la nieve como si alguien hubiera espolvoreado azúcar en polvo sobre la arboleda. Era un paisaje muy bello, muy navideño, pero Anita, abstraída en sus oscuros pensamientos, parecía no verlo.
- ¿Empiezas a darte cuenta? -me preguntó de repente.
- ¿De qué?
- De que pasa algo raro.
- ¿Te refieres a la abuela? ¿Te preocupa que se vuelva transparente?
Anita sacudió la cabeza.
- No -dijo-. Eso es raro, pero divertido. Estoy hablando de otra cosa... Son los papás; nunca salen de casa.
- Sí que salen -protesté.
- ¿Estás segura? ¿Cuándo fue la última vez que les viste bajar al pueblo?
Fruncí el entrecejo e hice memoria; de un modo vago recordaba las diversas ocasiones en que habíamos paseado juntos por las calles de Fuenteclara, pero no lograba precisar cuándo fue la última vez que lo hicimos. Finalmente, me encogí de hombros y dije:
- Bueno, mamá nunca ha salido mucho...
- Pero papá es médico -objetó Anita-, y ahora se queda todo el día en el salón, leyendo el periódico y fumando. No va a su consulta ni visita a sus pacientes.
- Son las fiestas de Navidad -aduje con escasa convicción-. Quizá esté de vacaciones...
- Los médicos no pueden tomarse vacaciones -replicó ella-. ¿O es que la gente no se pone mala en Navidad?
No supe qué responder. Anita tenía razón; papá no sólo atendía a los habitantes de Fuenteclara, sino también a los de los pueblos cercanos -Abadeja, San Saturnino, Pontón-, y antes era muy normal que subiera a su landó por la mañana y permaneciera todo el día fuera. Sin embargo, últimamente papá ni siquiera pasaba consulta en el pueblo.
- ¿Y la señora Paca? -prosiguió Anita-. Ya no viene a casa.
La señora Paca era la asistenta que ayudaba a mamá en las faenas del hogar, una mujer muy gruesa y simpática que llevaba años trabajando para nosotros. No obstante, de nuevo Anita estaba en lo cierto, pues hacía mucho tiempo que doña Paca no aparecía por casa. Una ráfaga de viento helado logró colarse por entre las sucesivas capas de ropa que mamá había amontonado sobre mí y un escalofrío me recorrió la espalda.
- Anda, vámonos -dije-. Es tarde y hace frío.
Recorrimos en silencio el último tramo del sendero y, diez minutos más tarde, llegamos a la granja de la abuela; al ver aquel lugar siempre me venían a la memoria las ilustraciones de los cuentos de hadas. Era una casa de dos plantas, no muy grande, construida en piedra, con tejado de pizarra a dos aguas y marquetería de roble. De la chimenea brotaba una tenue columna de humo. A la izquierda estaba el huerto donde la abuela cultivaba sus hortalizas y a la derecha se alzaban las cuadras. Yaya Julia nos recibió con una bandeja de galletas de jengibre y sendas tazas de chocolate caliente. Un gran fuego ardía en el hogar y, en contraste con el frío del exterior, la calidez que reinaba en la casa me provocaba pequeños pinchazos en el rostro, como si me clavaran diminutos alfileres, aunque lo cierto es que era una sensación agradable. Tras quitarnos los abrigos, nos sentamos a la mesa del salón y comenzamos a dar buena cuenta del chocolate y las galletas. Mientras comía me fijé en que la abuela había decorado la estancia con motivos navideños; piñas, ramas de abeto, lazos rojos, velas... Sobre la cómoda, en una bandeja de plata, estaba el kef nedelek, el tronco de Navidad, y había ramas de muérdago en los dinteles de todas las puertas. Pero no acebo; ese adorno estaba ausente de la decoración. Le pregunté a la abuela el por qué de aquello y ella me contestó:
- El acebo es un símbolo cristiano; los frutos rojos simbolizan la sangre de Jesús y las hojas dentadas representan la corona de espinas. Por el contrario, el muérdago es una planta pagana, pues posee poderes mágicos.
Yaya Julia bromeaba -su sonrisa, un poco pícara, así lo dejaba entrever-, pero Anita pareció tomarse en serio sus palabras. Alzó la cabeza, muy seria, y con los labios manchados de chocolate preguntó:
- ¿Tú eres pagana, Abuela?
Yaya Julia se echó a reír y luego acarició con dulzura los cabellos de mi hermana.
- La palabra "pagano" viene del latín pagus, que significa aldea -dijo-. Y yo soy una aldeana -suspiró-. En el fondo, todos los campesinos somos un poco paganos, porque tenemos una relación más íntima con la naturaleza que las demás personas. Y en la naturaleza, no lo olvidéis, nietecitas mías, se esconde un mundo secreto que sólo cuando estás en perfecta comunión con todo lo que te rodea puedes llegar a percibir.
- ¿Cómo es ese mundo secreto, abuela? -preguntó Anita con interés.
- Es el mundo de la noche, querida, es lo que hay tras la niebla, es la voz del viento y el murmullo de las fuentes, es el lenguaje que se esconde tras el vuelo de los petirrojos y los secretos dibujos que tejen las arañas en sus telas. En definitiva, es lo que hay cuando no estás mirando. Porque ese mundo no puede verse con los ojos, sino con el corazón. Y tampoco puede explicarse con palabras -sonrió-; pero sí con historias. ¿Conocéis el cuento de la bella durmiente del bosque?
Claro que lo conocíamos, la abuela nos lo había contado cientos de veces, pero era nuestro relato favorito y, aunque yo era muy mayor ya para los cuentos de hadas, me encantaba escuchar a la abuela, más por la música de su voz que por el contenido de sus palabras, así que yaya Julia encendió los tres quinqués de costumbre, se acomodó en el sillón de pana, frente al fuego, abrió el costurero, se caló las gafas y, mientras nosotras nos sentábamos a sus pies, sobre la alfombra de lana, comenzó el relato:

Vamos a la Segunda Parte de El Jardín Prohibido

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(c)César Mallorquí.

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