{upcenter}
{upright}




SHERLOCK HOLMES DESCUBRE EL SECRETO DEL UNIVERSO

Por Darío Lavia




El doctor Watson se sintió como en casa cuando regresó a la casa del primer piso de la calle Baker, punto inicial de tantas aventuras notables en el pasado. Fijó su vista alrededor de la estancia y la posó en los mapas científicos de las paredes, en el banco de operaciones químicas carcomido de los ácidos, en el tabaco, en la chimenea y en la caja de violín recostada sobre un escritorio. Por último, sus ojos fueron a posarse en la cara sonriente de Billy, el joven pero inteligente y discreto botones, que había contribuido un poco a llenar el hueco de soledad y de aislamiento que rodeaba la figura sombría del gran detective.
- Parece que aquí no ha cambiado nada, Billy, y tú tampoco cambias. ¿Se podrá decir de él lo mismo?
Billy dirigió la mirada llena de solicitud hacia la puerta del dormitorio que estaba cerrada, y contestó:
- Creo que está en la cama y dormido.
Eran las siete de la tarde de un encantador día veraniego, y el sol se filtraba por la ventana, pero el doctor Watson se hallaba lo bastante familiarizado con la irregularidad del horario de vida de su viejo amigo para experimentar ninguna sorpresa por ese hecho.
- Supongo que eso significa que se halla metido en algún caso.
- Sí señor; precisamente ahora está dedicado al mismo con todo ahínco. Ya me está inspirando temor su salud, pues se niega a probar bocado. "¿Cuándo le dará a usted la gana de comer, míster Holmes?", preguntó mistress Hudson, y él contestó: "Pasado mañana, a las siete y media." Ya sabe como vive cuando un caso despierta su vivo interés.
- Sí Billy, lo sé muy bien.
En eso apareció Holmes con una demacrada faz que evidenciaba un largo período de ayuno. Aunque por ese detalle, no había otra muestra de cansancio o fatiga y se lo veía muy activo y lleno de vida.
- Gracias Billy, puedes retirarte, y dile a mistress Hudson que acudiré a cenar a las ocho.
- Holmes, le encuentro trabajando, como de costumbre.
- Así es querido doctor Watson, pero este caso no me ha sido encargado por nadie en especial. Puedo decir que lo tengo resuelto y que confirma una teoría, triste hipótesis de algunos metafísicos, que nunca pensé que me cabría comprobar.
- Me intriga de sobremanera Holmes. Nunca le vi tan abocado a un trabajo como esta vez y creo que no me iré hasta que me cuente el desarrollo del mismo.
- Hace tiempo que comenzó todo... pero antes de contarle, bebamos un poco de té y tomemos asiento - propuso Holmes al tiempo que servía dos tazas de té que había llevado el bueno de Billy.
- Como le decía, todo comenzó con la resolución del último caso, el problema del manuscrito del suegro de Lestrade, que solo sirvió para distraer mi atención durante breves días hasta que di con el incauto ladrón y recuperé el libro. El mismo inspector cooperó acatando mis directivas y no tardamos mucho hasta que conseguí la primera pista. El ladrón intentó escapar pero Lestrade lo capturó junto a dos policías que lo acompañaron hasta el lugar donde se hallaba el escondite. Lo más difícil fue hallar el libro, pues el truhán no quería confesar en donde lo tenía escondido o si ya lo había vendido en el mercado negro, pero... en otra ocasión le contaré como le descubrí. Cuando regresé aquí, dormí un poco y luego comí algo. En determinado momento de la noche escuché algunos ruidos extraños que no pude identificar. En un principio pensé que sería algún carruaje en la calle, pero, luego de asomarme comprobé la erroneidad de mi idea.
- Pero, Holmes, ¿qué clase de ruido oyó? - requirió el doctor Watson, para tratar de especular sobre tal acontecimiento extraño.
- Fue como un murmullo o un siseo lejano, quizá una vibración de alguna cuerda tensa, es muy difícil de precisar luego de escucharlo una sola vez y sin estar preparado para ello. En tal situación decidí explorar las habitaciones para asegurarme que ningún intruso quisiese penetrar en mi domicilio.
- ¿Tenía su arma consigo?
- La tenía a mano, pero como verá a continuación, no era ningún intruso queriendo entrar sino lo más ilógico e incongruente que usted pueda imaginar. Cuando abrí la puerta que comunica mi dormitorio con el comedor presencié algo que nunca hubiera imaginado, una escena que heló la sangre de mis venas y que me provocó una reacción nerviosa, producto de mi estado de somnolencia, que me llevó a cerrar la puerta de inmediato.
- Pero Holmes, ¿qué fue lo que vio?
- Cuando abrí la puerta no percibí esta habitación tal como usted o yo la percibimos en estos momentos. Aunque le parezca extraño le tengo que confesar no que la estancia había cambiado sino que estaba viendo algo que no pertenecía a esta casa; es más, lo que vi no tenía relación con esta casa. Era sí, una casa, pero no la mía. Era una casa distinta a las que conocemos aquí en Inglaterra o el continente. No tenía muebles de la época que usamos ni de ninguna época anterior y poseía extraños aparatos de iluminación, lámparas eléctricas, pero muy evolucionadas. También tenía ventanas con cortinas de colores vivos y había muchos muebles que no parecían ser de madera sino de un material extraño y nunca visto.
- ¿Sabe lo que pienso Holmes? Que usted se ha excedido con las dosis de cocaína que usualmente se inyecta. ¿Habrá preparado una disolución mayor a la que estaba acostumbrado del siete por ciento?
- Watson, usted sabe bien que la morfina y la cocaína que me inyecto solo la utilizo en esas temporadas en que nadie me acerca ningún problema y que mi mente lucha contra el estancamiento que significa no tener ningún misterio que desentrañar, ningún criptograma que resolver o ningún enigma en el cual poder trabajar. La última dosis la tomé el día anterior a la visita de Lestrade, cuando me planteó el problema de su suegro. Luego, por cuatro días no tuve necesidad de ninguna inyección extra. Y cuando me acosté esa noche, luego de un día agitado con persecución policial incluida, no tenía deseos más que de descansar algunas horas como para reponerme. Así que cuando tuve esa experiencia mi mente se hallaba aunque un poco adormecida, bien lúcida como para poder escuchar un ruido y despertarme del sueño y como para poder distinguir fríamente entre una ensoñación y la realidad.
- Es cierto, pero entonces la única explicación que cabe es que usted fue víctima de una alucinación - dijo Watson, en tono grave.
- Lo mismo pensé yo cuando cerré bruscamente la puerta, merced a mi reacción nerviosa ante lo inesperado. Sucede que cuando volví a abrir la puerta, habiendo pasado a lo sumo unos diez segundos todo había vuelto a la normalidad y era como antes, la chimenea, los mapas, el reloj, la lámpara y la caja del violín, todo estaba tal y como esperaba verlo. Esa noche no volví a ver cosas extrañas ni a escuchar ruidos pero tampoco pude volver a dormir, y di por sentado que había sido víctima de una alucinación.
- Es la única explicación posible a toda esta locura - concluyó el doctor Watson.
- Bien; mi teoría apuntaba hacia el mismo punto y se mantuvo hasta hace tres noches, cuando sufrí nuevamente la misma circunstancia: me acosté cansado luego de escribir la monografía que emprendí acerca de las diferencias entre cuarenta cenizas de nuevos tipos de tabacos. Eran cerca de las doce y media cuando volví a escuchar el ruido extraño que había precedido la alucinación. Me levanté como una bala y, habiéndome puesto la bata, salí de la cama rumbo al comedor. Cuando abrí la puerta volví a ver la misma habitación de antes con la salvedad de que era de día.
- No puedo creerlo Holmes - dijo Watson al tiempo que echaba una mirada a su alrededor como queriendo ver algún cambio extraño en el ambiente. Holmes prosiguió.
- Estuve un minuto parado frente a la puerta abierta y tratando de dar crédito a mis ojos, comencé a observar todo cuanto podía. En un principio me sorprendí por la luminosidad, que provenía de las ventanas de esta habitación "fantasma", pues como ya le anuncié, fuera de aquellas ventanas era de día, mientras que fuera de la ventana de mi dormitorio era de noche (y para colmo no había luna). Como primera medida decidí ir dar un paso y entrar en aquella habitación no sin antes mirar hacia mi ventana para comprobar que era de noche y que eran las doce y media de la noche.
- Su historia es sorprendente, Holmes, nunca escuché nada igual. ¿Acaso esta luz del día iluminaba su dormitorio?
- Para nada Watson. Increíblemente la luz no traspasaba el límite invisible marcado por el marco de la puerta, así como tampoco las sombras de mi habitación no se proyectaban en ésta habitación.
- Es sorprendente - se limitaba a decir Watson.
- Cuando entré en aquella habitación comencé a observar todo tipo de detalles hasta los más nimios, para intentar luego deducir cual era el motivo de tal episodio. Vi cuadros de pintores desconocidos y en un estilo sin parangón con los que actualmente conocemos. Toqué el material del que estaban hechos los muebles y comprobé que era duro como madera pero sin el color y el tacto característico. Observé de cerca las lámparas y vi una nutrida biblioteca.
- Y luego de tal observación, ¿qué deducciones sacó?
- Sin duda era el living-room de alguna casa de familia que viviría en el año 1998 y que poseían una buena tranquilidad económica, el padre trabajaba en una importante empresa comercial, la madre hacía las compras en alguna gigantesca tienda de venta de todo tipo de productos y el hijo era fanático de la lectura.
- Usted ya me tiene acostumbrado a grandes deducciones con pequeños elementos, así que no le voy a preguntar como hizo para saber todos esos datos. Además ya conozco su manera de razonar analizando las consecuencias y deduciendo las causas, al revés de muchos detectives de policía que analizan las causas para deducir las consecuencias; sin embargo no puedo más que asombrarme ante tamaña deducción. No cabe en mi entendimiento lo que ella significa y me lleva a pensar no en su locura, pues yo creo una y cada una de sus palabras, sino en la de ambos, pues las posibilidades que abre esa puerta "al futuro" son inconmensurables.
- Bien, su conclusión sobre la base de los datos que le di es muy acertada - recalcó Holmes.
- Debe haber algún boquete espacio temporal cuyo mecanismo de apertura nos parece por ahora caprichoso e imposible de predecir, pero que debe estar basado en alguna combinación de sucesos fortuitos. Eso me trae a la memoria la novela de H.G. Wells que se publicó hace tan poco; ¿será posible que a él le haya pasado algo similar?
- No sé quien es H.G. Wells y no leí su obra por el momento, ya que como es una novela no me interesa y solo ocuparía lugar en mi cerebro que puede ser útil para otras cosas - reconoció Holmes cuyos conocimientos en literatura se limitaban a las obras sensacionalistas acerca de crímenes y al género policial.
- Hablo de "La Máquina del Tiempo", aunque quizá no viene al caso ahora. Su experiencia divide mi opinión y me hace enfrentar a un dilema: o bien usted ha sido víctima de una formidable alucinación producto de una rebelión de su cerebro ante tanta droga o realmente ha visitado el hogar de la familia que en 1998 tendrá asiento en esta misma casa. En defensa de la primera hipótesis le puedo argumentar numerosas teorías y evidencias mas en respaldo de la segunda solo tengo su palabra, que sé objetiva y libre de mistificaciones.
- Entonces escuche el resto de la historia y saque sus propias conclusiones Watson, pues luego de que termine, usted se convencerá de la veracidad de este "viaje". Luego de dos o tres minutos de observar la habitación escuché ruidos que provenían de la puerta de entrada; alguien estaba por entrar de un momento a otro. Mi intención era la de regresar inmediatamente a mi dormitorio y si mi visita (o intrusión) podía pasar desapercibida, sería mucho mejor. Así que di vuelta sobre mis pasos y me dirigí hacia la puerta por la que había entrado. No sabe Watson cual fue mi sorpresa cuando vi que al otro lado de la puerta ya no estaban mis aposentos sino que había otra habitación iluminada con la luz del día. Sin importar esa visión cruce el umbral de la puerta y como por arte de magia... regresé a mi cama. Estando en mi dormitorio seguí viendo la habitación del "futuro" y observé que el picaporte de la puerta de donde provenían los ruidos giraba. Y justo cuando comenzó a abrirse para dar paso a una persona volví a escuchar esa extraña vibración que precede la apertura del pasaje. No pasó un segundo siquiera, que la visión de la habitación iluminada por la luz del día se borró y se convirtió en el estudio bañado por las sombras de la noche sin luna.
- Creo que lo seguí en su relato y me parece que según su lógica, usted puede ver desde su dormitorio hacia esta habitación del futuro, pero estando dentro no puede ver hacia su dormitorio, aunque si puede atravesar la invisible barrera del tiempo. Es muy interesante.
- Esa noche la pasé en vela y aunque no pude regresar nuevamente a la habitación, me preparé mentalmente para una próxima visita, haciendo una lista de pruebas y averiguaciones que haría en el menor tiempo posible. Comprobaría a ciencia cierta el origen de la visión y las circunstancias que la propiciaban, además de explorar a fondo el mundo del mañana, si era eso lo que visitaba en aquellos viajes nocturnos. Además tendría que someter el mecanismo del viaje a distintas pruebas como para saber si yo era el único que podía viajar del presente al futuro o si había alguien del futuro que podía viajar a nuestro presente aprovechando la misma situación.
Holmes encendió su pipa y aprovechó para servirle a Watson otra vuelta de té.
- La nueva ocasión llegó ayer a la noche, cerca de las dos de la mañana, cuando ningún sonido quebraba el silencio de la noche de la ciudad, volví a oír el ruido consabido. Antes de terminar de escucharlo me dirigí de mi dormitorio a esta habitación para encontrarme nuevamente con esa "ventana al futuro" según usted. Como en la anterior ocasión, fuera de la ventana era de día, aunque no había tanta iluminación (posiblemente a causa de que el cielo se hallase algo nublado). Entré rápidamente y comencé mi trabajo con la limitación de no adentrarme a más de cuatro o cinco metros de la puerta...
- Disculpará mi nueva interrupción pero habrá algún motivo lógico para no explorar este supuesto mundo del futuro, o comprobar quizá el panorama de los edificios de la calle y la evolución arquitectónica de la ciudad o la de los vehículos...
- La razón es muy simple Watson. Yo, Sherlock Holmes, soy un habitante del Londres de hoy en día y no del Londres de fin del siglo XX. No es mi intención arriesgarme a no regresar, y quería, si escuchaba la vibración susodicha, estar lo suficientemente cerca de la salida como para dar un par de saltos y volver a mi dormitorio y al presente.
- No había reparado en ese riesgo, y me aterroriza pensar en el desastre que sería si usted no pudiese regresar.
- Mi principal objetivo, como usted se habrá imaginado, era traer alguna evidencia material que probase mi viaje al futuro. Si apenas podía acercarme a la ventana para dar un vistazo a la calle y por prudencia, renunciando a alejarme demasiado de la puerta, lo mejor que podía analizar para enterarme de los cambios que pudo experimentar el mundo durante casi un siglo, era la biblioteca que providencialmente se hallaba muy cerca de la puerta, contra aquella pared - dijo al tiempo que señalaba la chimenea -. Lo que llevaría a cabo me llevaría un minuto y medio. El resto del tiempo lo dispondría en otro tipo de labores no tan primordiales, como podría ser recoger algún vestigio de ceniza de cigarrillo o algún periódico.
- A esta altura de su historia, la cual creo al pie de la letra, mi curiosidad me lleva a hacerme mil preguntas con respecto a la historia futura, pero nuevamente la prudencia me lleva a acallarlas y a no formularlas. Nadie vive tranquilo sabiendo el día de su muerte...
- Le juro Watson que lo que averigüé luego de revisar la biblioteca es muchísimo más inquietante que lo que usted dice: guerras, muertes, descubrimientos, genocidios, tecnología, viajes fuera de nuestro planeta... todo el porvenir de nuestro mundo se reflejaba en aquella biblioteca. Una enciclopedia, dos diccionarios y algunos libros de historia me revelaron cosas sorprendentes que atento a su petición no le comentaré. Pero esa no es la solución al misterio. La solución se halla en este libro - dijo misteriosamente Holmes mientras exhibía entre sus manos delgadas un pequeño libro de tapas gastadas y color ocre.
- Me intriga lo suficiente como para ponerme nervioso Holmes.
Le agradecería que me revele el final de esta historia pues ya ha conseguido inquietarme - rogó Watson a su interlocutor.
- Bueno, atento a su demanda, redondearé mi historia. Cuando tomé este pequeño libro en mis manos sufrí un gran golpe anímico, pero luego seguí mi trabajo sin dar importancia a mi parte subjetiva. Analicé tres ceniceros, tuve en mis manos un sofisticado y avanzado reloj, escudriñé unas extrañas lapiceras de un material aparentemente barato, vi de lejos una pequeña pantalla de unas veinte pulgadas que parecía ser algún instrumento de dispersión, vi como la electricidad se convirtió en el motor de toda la sociedad, analicé los cuadros... en definitiva estudié docenas de pequeños detalles en aquel perímetro tan reducido. Luego de tres o cuatro minutos regresé a mi dormitorio y dejé el pequeño libro sobre mi escritorio. Observé la escena durante dos minutos más y seguí sin escuchar el ruido que anunciaba el fin momentáneo de la comunicación entre los dos mundos. Decidí regresar y tomar algunas evidencias adicionales. No era mi intención llevarme toda la enciclopedia en donde se revelaba el futuro de la humanidad, pues tampoco quería alterar la historia...
- Que buena decisión, pues cualquiera que supiese sus futuros errores, trataría de evitarlos antes de cometerlos, con lo cual la historia no se cumpliría.
- En definitiva, Watson, habré estado cinco minutos cuando volví a escuchar el preludio de aquella vibración. Sin necesidad de tentar a la suerte, crucé rápidamente el umbral y regresé a mi dormitorio con las muestras de ceniza, con el librito y con una lapicera, cosas que nadie iba a extrañar mucho o que iban a considerar extraviadas. Luego de un breve análisis del librito y de todo el asunto saqué una pequeña conclusión, tan inquietante que aún no estoy completamente seguro de revelársela. Me gustaría más que usted mismo analizase el libro y elabore una opinión.
Watson tomó en sus manos el libro. Su título era "Un Estudio en Escarlata". En la contratapa se leía:
"El maestro de la novela policíaca. Edición integra. Sherlock Holmes es el más famoso de los detectives de la novela policíaca. Sus casos resueltos magistral y sorprendentemente han creado la más prestigiada escuela de maestros de la novela negra. Su lectura distrae, intriga y apasiona a todo lector interesado por el género policíaco."
- Bueno, esto me sorprende - comenzó Watson mientras se fijaba la fecha de edición, que era 1989 - nunca imaginé que mis escritos llegasen a tener éxito. Este es el primer caso en que tuve el privilegio de asistirlo Holmes.
- Fíjese las primeras páginas - inquirió Holmes mientras cerraba los ojos como para no ver el semblante que de un momento a otro pondría su camarada de docenas de aventuras.
- Dice "Parte I: Reimpresión de los recuerdos de John H. Watson, doctor en medicina, antiguo miembro del departamento de medicina del Ejército". Han respetado mi introducción y los títulos de todos mis capítulos - aclaró Watson aún sin ver lo que Holmes deseaba.
- Por favor, Watson, lea el nombre del autor.
Watson se quedó mudo y palideció cuando leyó "Arthur Conan Doyle". Estuvo dos minutos en silencio reflexionando profundamente sobre el libro, mientras los hojeaba y revisaba tratando de buscar todo posible detalle que le mostrase la solución del enigma.
- No hay caso - Holmes rompió el silencio - no busque más. Es un libro de misterio escrito por un tal Arthur Doyle. Es una novela. El niño de aquella familia era fanático de las novelas de ese Doyle. Y todas narran nuestras aventuras. Siempre bajo el disfraz de que usted las escribe. Le pregunto ahora Watson - continuó Holmes que aún seguía con los ojos cerrados -, ¿usted ha firmado sus obras con algún seudónimo?
- Jamás, sabe usted muy bien que...
- Entonces creo que descubrí algo que me arrepiento - dijo Holmes en un tono triste -, jamás viajé al futuro, solamente entré en el mundo real pues somos unos personajes de novelas. No tenemos una existencia real más que en la mente de un niño lector de una imaginación enorme, tan potente como para hacer que el mundo de ficción se mezcle con la realidad. Jamás tuvimos existencia real y jamás la tendremos. Nada de esto existe.


(c) Darío Lavia, 2000
 
 

MAS CUENTOS


 

 

Liter Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados

Webmaster: Jorge Oscar Rossi

mail: jrossi@literareafantastica.com.ar