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HIJO Y MARTIR

Por CARLOS AGUILAR AGULLO



En plena mitad del siglo XX, España, aún gobernada por una dictadura, empezó a levantar cabeza tras la dolorosa y cruel guerra fratricida; pero, esta incipiente revolución industrial no afectó a la desamparada zona de la Sierra Manchega que prácticamente se encontraba descartada del planeta.
Así, mientras evolucionaban política, social y económicamente la mayoría de las sociedades europeas, España estaba estancada y la Sierra Manchega, como otras deprimidas zonas españolas, se separaba cada vez más del espíritu social e intelectual de una Europa ya asentada en sus libertades.

En plena Sierra Manchega, tremendamente debilitado por el inevitable paso a través del maravilloso y traumático túnel de la vida, nació un raquítico bebé en el seno de una familia acomodada. El parto acabó con la fertilidad de su madre, hecho que nunca perdonó su cruel marido que siempre soñó con una gran familia cargada de niños criados por la madre.

La familia García, era el prototipo de aquellas que evitaban a toda costa sufrir cualquier contacto con el libertinaje que, según el padre, se había apoderado de Europa. Por ello, cada día, se sumergían más hondo en una España profunda que cerraba cualquier acceso al resto del mundo y que limitaba sus relaciones a las censuradas producciones literarias y cinematográficas que, llegadas de otro planeta, no eran acordes con el dogma del régimen político gobernante, retrocediendo al cuaternario en pleno siglo veinte.

Antoñito, fue el primer y único vástago de Don Luis y de Doña Margarita.
Era un niño apocado, estático, ingrávido. Un pequeño pegado a las faldas de su amada madre y a la cartera de su bigotudo y orgulloso padre. Jamás jugó con nadie, ni siquiera consigo; y no porque desplazarse al colegio le supusiera un largo trayecto de ocho serpenteantes kilómetros por carreteras descuidadas que no le permitía mantener relaciones extraescolares con los demás niños; sino, más bien, por tener un carácter anodino, una falta de imaginación tremenda y una obsesiva y recíproca relación con su madre que reducía su espacio vital a las cuatro paredes de su habitación que, a su vez, era la de sus padres.

Don Luis se ganaba la vida como Secretario de Ayuntamiento; por lo que, Antoñito debía levantarse muy temprano para aprovechar el viaje diario de su progenitor al pueblo más cercano, pues no disfrutaba de otra alternativa para ir al colegio.

Al llegar al Ayuntamiento, Jacinto, el ujier, esperaba puntualmente a Don Luis y a su hijo para que éste diera orden de abrir las puertas del Consistorio. Una vez en su despacho, dejaba a Antoñito en un pequeño diván que Margarita había preparado confortablemente con unos mullidos almohadones adornados con motivos florales confeccionados en calceta.

Flora, una Administrativa que no se había ganado la oposición limpiamente, era la encargada de llevar a Antoñito diariamente a la escuela, ocasión que aprovechaban las oriundas para hacerles el vacío y dejarles en un humillante último lugar. Antoñito, por este motivo y sin que nadie se
percatara, recibía un tirón de patillas diario y un pechizco en el brazo que le producía un árido desasosiego durante horas.

Y, así era la rutina de un Antoñito de siete años cerrado socialmente al mundo y convertido en un bicho raro. Tal vez, lo único que le salvaba era un nivel escolar aceptable en un colegio en el que el mayor y único mérito era la capacidad de memorizar de unos alumnos que no entendían nada de la materia a estudiar.

Al llegar cada tarde a casa, Margarita preparaba a su pequeño un bocadillo de vino y azúcar que él comía con ansiedad. Minutos después, balbuceaba, estirando de sus faldas, el nombre de su madre y lo llevaba a la cama acercándole la cara y susurrándole dulces canciones de cuna que le transportaban a otros mundos.

En su decimotercer cumpleaños, Don Luis, apareció con un flamante SEAT 1500 de color gris - Con mis años y mi posición social, necesitamos un automóvil que esté a la altura - dijo dirigiéndose a su esposa, y continuó - además, Antoñito empieza el Instituto y necesitamos un auto potente y seguro para cuando falle el autocar. Margarita asintió con la cabeza, ya que su opinión contaba bien poco y le salía más rentable no discutir con su marido.

A los trece años, Antoñito seguía siendo un niño apocado, estático, ingrávido, sin amigos, en las faldas de su madre y lo último que deseaba era marcharse a la ciudad para estudiar Bachillerato.

El Instituto más cercano se encontraba a ochenta y seis kilómetros y, aunque los vecinos habían fletado un autocar que diariamente dejaba a sus hijos en su puerta, y procuraba que pudieran regresar a casa cada día, Antoñito se negaba una y otra vez a separarse, ni un solo minuto, de las faldas de su madre.

La mayor ilusión de Don Luis era ver algún día a su hijo ocupando un lujoso despacho en alguna prestigiosa embajada; pero, a su decepcionante imitación celular evolucionada, le aterraba la idea de compartir su tiempo con unos compañeros que lo tratarían con desprecio y, sobre todo, pensar en la posibilidad de estar tan lejos de su amada madre, le sumía en la
desesperación más profunda.

Después de varios días de inútiles y agotadoras reprimendas, Don Luis decidió alquilar un pequeño apartamento en la ciudad, cerca del Instituto, como residencia accidental de su familia durante el curso escolar. Esto suponía un gran sacrificio para un padre que carecía de nociones de hogar; pero no le fue difícil tomar la decisión por contar con los aliviantes servicios de la solícita Flora.

Una vez matriculado en primero, comenzó el curso, y Margarita se encargó diariamente de acompañar y recoger puntualmente a su pequeño provocando, en pocos días, las burlas y desprecios de sus compañeros de clase y, en pocas semanas, las del resto de compañeros. En este ambiente hostil, Antoñito suspendía asignatura tras asignatura y curso tras curso; hasta que, por fin a sus veinte años, terminó el Bachillerato.

En los setenta, todo el mundo se desmadró; hasta las obleas humeaban en la lengua de los obligados a cumplir sus santos menesteres. Todo el mundo, menos Antoñito, que seguía siendo un niño apocado, estático, ingrávido y más enmadrado que nunca.

Cumplido el azaroso objetivo, Margarita y su pegajoso vástago regresaron a la aldea. Durante estos siete años, el clima familiar fue degradándose. Don Luis hacía cuatro años que no había mantenido relaciones maritales, y, a Antoñito no lo podía ni ver, pues su orgullo no le permitía aceptar el fracaso al que le había abocado su futura ansiada inmortalidad.

El regreso al hogar no pudo ser más deprimente. Don Luis les recibió junto a Flora y les dijo:

D.L. - Margarita. Ocuparás la habitación de invitados. ¡Y, a este inútil quiero perderle de vista cuanto antes! ¡Inútil, inútil!- repetía dirigiéndose a su vástago.

M. - Pero, Luis, ¿qué ocurre?- preguntó desconsolada.

D.L. - ¡Desde ahora, Don Luis!. La nueva señora de la casa es Flora. Ella te dará las instrucciones relativas al servicio- concluyó con aire despótico.

Margarita bajó la mirada y, humillada, asintió al propósito de su dominante cabrón.

Pasaron los días, y a Flora se le veía cada día más contenta. Irradiaba felicidad y cantaba constantemente canciones de Perlita de Huelva. Se acercaba el mes de vacaciones en Benidorm en el que despilfarraban sus ahorros para apuntarse al aire libertino del cosmopólita pueblo costero.
Don Luis tampoco podía evitar disimular su alegría, aunque trataba por todos los medios que Margarita y El Engendro (como él lo llamaba) no fueran partícipes de ella. Esperando el gran día, Don Luis se mostraba juguetón con Flora. La asediaba por toda la aldea con la intención de asustarla para luego darle un achuchón, y Flora le respondía con unos desagradables gritos que espantaban a toda la fauna que había hecho de la aldea su salvaguarda.

Mientras tanto, la cobardía de Margarita le dejaba sin vacaciones; no obstante, se sentía feliz al pensar que gozaría de la casa para ella y para su desterrado y abominado pequeño.

Llegó el día, y, en plena hora punta, decidieron emprender la marcha.
Mientras Margarita sacaba el equipaje al zaguán, Flora entraba y salía de la aldea con sus enormes gafas de sol en busca de su pamela amarilla y de alguna baratija pasada de moda con la que adornar su grueso cuello y disimular sus colgantes lóbulos.

D.L. - ¡Vamos Flora, que ya huele a mar!- exclamó una vez colocado el equipaje en el maletero de su flamante automóvil.

F. - Espera, querido. No encuentro mis gafas de sol- respondió aireada.

D.L. - Pero, si las llevas puestas, querida- afirmó con tono guasón.

M. - ¡uh, uh, uh.!- gritaba escandalizada la simple mujer mientras aplaudía y daba saltitos descoordinados.

Los dos entraron en el automóvil y partieron felices hacia su deseado destino. Desde una ventana, Margarita y Antoñito contemplaban la escena, que les producía una mezcla de confusión y relax. Sin acordarlo, quedaron mirándose absortos el uno al otro; hasta que Margarita reaccionó y preguntó a su hijo: - Antoñito, ¿te has tomado tus popas?. ¡Ay.!. ¡Qué va a ser de ti!-.

Pasaron los días. Margarita no podía dejar de pensar que, de no remediarlo, el resto de sus días serían una continua vejación que no les permitiría ni un momento de felicidad. Poco a poco, la triste mujer repudiada, urdió un plan para poder independizarse del yunque que pendía de su cuello, y, en un instante de lucidez, encontró la solución:

M. - Antoñito, pequeño mío; tenemos que hablar de nuestra situación en esta casa que, hasta ahora ha sido la nuestra, pero que ya no lo es. Y no es que ya no sea nuestro hogar porque tu padre así lo quiera; sino, porque esa mujer lo ha embrujado y lo ha puesto en nuestra contra. ¡Líbrate de las malas mujeres!, me decía mi madre, y, mira por donde, ¡Una bruja nos ha destrozado la vida!.

Voy a llamar a mi hermana Azucena para que antes del regreso de tu padre, nos envíe el temario de la oposición que aprobó tu primo Flavio. Debes poner todo tu empeño en aprender esos libros, pues de ello va a depender nuestro futuro.

¿Estás dispuesto a hacer este sacrificio por nosotros?-.

A. - Mamá, lo que tú quieras- contestó el insulso jovencillo.

M. - Bueno. Pongamos en marcha el plan. ¡Que Don Luis no se entere, por dios, que no se entere!.- se repetía la despechada mujer mientras frotaba sus sienes hundiendo sus dedos en la piel hasta que las punzadas provocadas por la presión de las uñas consiguieron hacerle desistir de una caótica decisión.

Pero Don Luis no se enteraba, ni le interesaba; es más, se alegraría al saber que las maquinaciones de su legítima mujer le alejaban de su vida. Él vivía junto a Flora un veraneo formidable. Aprovechaban cualquier excusa para bailar en una de las muchas terrazas que visten el paseo marítimo de la bella localidad. Cenar, seguir bebiendo hasta que; extenuados, pedían un plato combinado para recobrar fuerzas antes de ir a follar. Su tediosa juventud les permitía a los cincuenta y tantos, llevar un ritmo frenético de vida durante unos días al año, no exentos de un grave problema cardíaco u otra complicación traumática que pudiera acabar con el festival veraniego de la palurda pareja. A mediados de agosto, se encontraban en el meridiano de su desenfrenada cópula veraniega y Margarita acababa de recibir el Temario de Oposición para Ordenanza del Inserso que su hijo estudiaría con ansiedad.

La inminente convocatoria de oposición estaba establecida para el uno de octubre de mil novecientos setenta y cuatro; por lo que, en pocos meses, Antoñito se enfrentaría a miles de adversarios por un puesto fijo de trabajo. Pensar en esta idea le aturdía, y perdía el tiempo en imaginar el día del concurso. Soñaba despierto con unos compañeros que no le permitían
acceder al edificio en el que se realizaban las pruebas. Soñaba despierto que esos contrincantes que le pisoteaban y se reían de él dejándolo fuera de la oposición aprovechándose de su inocencia. Le aterraba la idea de tener que enfrentarse a otra persona, y el pavor le invadía al pensar que serían miles los contrincantes que le observarían con mirada asesina y que aprovecharían cualquier debilidad suya para despreciarlo; pero, afortunadamente para su oscura e inseparable falda, era más fuerte la pasión que sentía por ella que el miedo al resto de los mortales; así, Antoñito se esforzaba por descubrir el truco de unos psicotécnicos que constaban de cientos de ítems colmados de una malicia que no lograba descifrar. Se le resistían hasta el punto de llegar a propinarse contundentes coscorrones contra la pared, produciéndose edemas y hematomas que le conferían un aspecto triste y monstruoso. Aun así, insistía obsesionado en su propósito y repasaba, una y otra vez, los tests y el resto del temario con la esperanza de proporcionarle a su despechada madre la felicidad que su infame padre le había negado con tanta frialdad.

Pasaron los días. Margarita y su hijo apenas se veían, pues sus planes no estaban exentos de ese sacrificio. Del mayor martirio al que las dos desafortunadas víctimas de la cobardía se podían someter. A la separación; aunque voluntaria, no dejaba de ser una desesperante y dolorosa situación que les estrujaba el corazón, sacando de él delirantes viñetas de vivos recuerdos entremezclados en los que el amor y el odio aparecían sin un modelo definido, provocando la confusión de unas almas ya desorientadas genéticamente.

El treinta y uno de agosto, trajo dos desagradables sorpresas. Antoñito y su madre quedaron ensimismados cuando, precedidos por el claxon del 1500, aparecieron los bronceados y ojerosos tortolitos. Llegaron con los órganos sexuales contusionados y maltrechos, de lo que, al apearse del vehículo, hacían constantes comentarios jocosos, alardeando de ostentar el
protagonismo de un mundo de escogidos en el que el desenfreno sólo es privilegio de unos pocos y donde no hay cabida para acomplejados y reprimidos que podrían tener serios problemas de personalidad en aquel ambiente lujurioso.

Rápidamente, Margarita instó a su apasionado hijo para que escondiera el temario de oposición y las dos libretas que, repletas de incomprensibles grafías, utilizaba para estudiar los indescifrables tests. A continuación, ambos se dirigieron cabizbajos hacia el vestíbulo para esperar a los alborotados palurdos.

D.L. - ¡Inútil! ¡Coge las maletas y súbelas a mi habitación! - dijo sin mediar saludo.

F. - ¡No! ¡Que no las suba a la habitación! ¡que traemos todo sucio! ¡Que antes nos laven la ropa! ¡No tenemos qué ponernos!- replicó con aires de señorona.

D.L. - ¡Ya has oído, Margarita!- sentenció el bravucón.

La ex - familia de Don Luis se apresuró a realizar los recados que el enervado tirano les encomendó con tanta dulzura. Asustados al creer en la posibilidad de ser descubiertos por el patético déspota, hacían lo imposible para que él no sospechara nada sobre el plan que con tanto celo guardaban.

Se acabaron las vacaciones, y la cruda realidad se palpaba en cada cotilla rincón de la aldea. La relación entre la cómica pareja parecía haberse enfriado, y, seguramente, hasta las próximas vacaciones se mantendría así.

Se acercaba la fecha de la realización del ejercicio que con tanto empeño y esfuerzo preparaban. Antoñito sufría una ansiedad tremenda que se hacía insoportable conforme se acercaba el señalado día; mientras tanto, Margarita maduraba con la complicidad de su hermana Azucena la farsa que necesitaba realizar para ocultarle a su ruin marido su desesperado plan.
Dragada por su conciencia, Margarita se vio en la obligación de contarle a Don Luis el engaño que podía devolverle un poco de dignidad. Para ello, esperaba el momento oportuno en el que estuviera solo, relajado y en la mejor disposición posible para ser receptivo. Ese momento no era posible con Flora a su lado por lo que debía aprovechar su oportunidad cuando la concubina saliera de compras al pueblo: esa tarde se encontraba encerrada en su cuarto y daba paseos, con paso acelerado, de pared a pared. Así se escondió durante un buen rato con el fin de vencer el terror que le suponía plantearle a Don Luis su astuto plan. La cuarta vez que asió la manilla, la apretó con fuerza y accionó su mecanismo, abriendo tímidamente la puerta.
Al mismo tiempo, alguien la empujó en sentido opuesto con energía.

D.L. - ¡¿Qué haces ahí?! ¡¿No tienes nada mejor que hacer?! ¡ Más vale que te ocuparas de ese gandul correoso en vez de estar aquí encerrada! ¡Que haga algo! ¡Que prepare una oposición o que trabaje en lo que sea! ¡Estoy harto de verlo perder el tiempo! ¡Y toda la culpa es tuya por haberlo mimado tanto!-

A Margarita no le salía la voz, pues sufría un extraño estrangulamiento en la garganta; pero, sacando fuerzas de lo más profundo de su corazón, llamó su atención, diciéndole:

M. - Don Luis, lo cierto es que . Antoñito ya está preparando una oposición-.

D.L. - ¡¿Qué estáis tramando a mis espaldas?!- preguntó alocado el dominante cafre levantándole la mano.

M. - Perdona, no quería molestarte con estas cosas- contestó aterrada.

D.L. - ¡Molestarle, coño, molestarle! ¡¿Cuántas veces tengo que decírtelo?! ¡A mí tienes que llamarme de usted! ¡Que no te entra en esa estúpida cabecita! - concluyó mientras le golpeaba la frente con su dedo corazón y la desanimaba sin compasión en su retirada. - ¡Y no pierdas el
tiempo con ese inútil! ¡No será capaz de aprobar nunca una oposición! ¡JA, JA!. ¡Aprobar una oposición! ¡JA, JA, JA! ¡Ese tímido petardo inútil nunca aprobará una oposición! ¡Nunca será nadie!.

Antoñito, asomado tímidamente al pasillo, fue un pasivo espectador de la denigrante escena. Asustado y humillado, cerró con cautela la puerta de su habitación y quedó llorando desconsolado durante un buen rato. Aunque acostumbrado a los desplantes de su padre, nunca le perdonaría la sucia acción de haberle levantado la mano a su madre. Tras un largo, intenso y atormentado periodo de reflexión, llegó a una conclusión: su padre no merecía el respeto que obtenía de ambos; y tomó una determinación: echarlo para siempre de sus vidas.

Esto constituyó un punto de inflexión en su atormentada vida, pues era la primera gran decisión de un Antoñito que continuaba siendo un niño apocado, estático, ingrávido; un niño en el que el amor por su madre se había convertido en algo enfermizo.

Madre e hijo parecían haberse puesto de acuerdo. Margarita tampoco le iba a comentar a Don Luis el inminente viaje que realizarían a Madrid. Saldrían a hurtadillas el día anterior de la Prueba, jugándoselo todo a una sola carta; ya que, en casa de su hermana sólo podrían quedarse hasta el día de la publicación de la Lista de Aprobados; después deberían volver humillados a la aldea para someterse a las continuas vejaciones del Amo y de su servil concubina.

Pero Margarita, aun conociendo sus limitaciones, confiaba ciegamente en su pequeño, y, en su interior, algo le decía que no regresaría jamás a la aldea.

A la hora de partir, después llenar una vieja maleta con ropa y objetos de aseo personal, contrató telefónicamente los servicios de uno de los escasos taxis de los que gozaba el pueblo. La anacrónica idea que ella tenía del dinero le hizo suponer que sus pequeños ahorros serían suficientes para pasar unos meses cómodamente; es más, pensaba agradar a su hermana con una gratificación en compensación de su favor, pero la realidad es que no disponía de dinero ni para pagar el viaje en taxi a Madrid; por lo que, al llegar a su destino, Azucena tuvo que hacerse cargo de la diferencia del importe de la factura del taxi.

El viaje no pudo empezar peor. Margarita, sofocada, no sabía como excusarse. Sólo decía sentirse engañada por el taxista. No comprendía como un viaje en taxi podría ser tan caro. Lo cierto es que Azucena tuvo que hacerse cargo también económicamente de la desgraciada pareja durante su incierta estancia en Madrid.

Esa mañana se lo jugaban todo. Del resultado de la Prueba dependía el futuro de las dos inmaduras almas. Nunca lo habían hablado, pero ambos sabían que sería preferible la muerte antes que volver con Don Luis.

Margarita y Antoñito llegaron al lugar de examen de casualidad. Aunque tarde, la fortuna les favoreció en el corte alfabético dejando a Antoñito en uno de los últimos puestos de nombramiento. Aun así, tuvo graves problemas para poder acceder a la aula de examen, pues la ingente masa de opositores que aún no había sido nombrada dificultaba enormemente la atención de un niño grande aturdido por la novedad y, sobre todo, por el clima de ansiedad que se respiraba y que provocaba el sudor del techo del recinto por condensación del asma reinante.

La prueba constaba de ochenta ítems, de las cuales sesenta eran psicotécnicos, y, el resto, relativas a las funciones a desempeñar en el puesto de trabajo.

Al sentarse en el pupitre, un sudor frío, que desde la nuca resbalaba suavemente por su espalda hasta perderse en la curcusilla, delataba su miedo al empapar su celeste camisa y el apretado pantalón gris de tergal que, anacrónicos, apretaban sus carnes y lucía sin rubor. Antoñito no
atendió a las explicaciones del examinador para rellenar correctamente el formulario porque un vértigo horrible lo aislaba del resto de sus compañeros. Comenzó el examen rompiendo el afilado y pulido grafito que se exigía obligatoriamente para rellenar las estrechas casillas de respuesta.
Cuando el examinador dio aviso de la conclusión de la prueba, Antoñito marcaba la última respuesta. Sólo le dio tiempo a pensar las tres primeras preguntas, las demás las contestó al azar: salió totalmente decepcionado y deprimido del examen y, al ver a su madre, lloró desconsolado abrazándola con pasión. Margarita también lo abrazó y lloró con él durante un buen rato. Cuando lograron captar de nuevo la realidad, se encontraron solos en aquel frío lugar. Comenzaron a andar sin importarles hacia donde dirigirse.
Caminaron horas y horas, cabizbajos, pensando en su sórdida vida y oscuro futuro, hasta que, bien avanzada la tarde, fueron conscientes de la realidad: se encontraban en una gigantesca ciudad, perdidos y sin dinero.
No tardaron mucho en toparse con una banda de drogadictos desalmados que, después de humillarlos con saña, los dejaron desnudos en unas ruinas de las afueras de la ciudad. Madre e hijo caminaban desnudos por aquella olvidada callejuela en la que tímidamente brillaban los vidrios rotos que la alfombraban. Continuaron caminando tratando de evitar pisar los cristales cuando fueron sorprendidos por unos Agentes de Policía que les detuvieron violentamente a pesar de los gritos de lamento que Margarita regalaba al barrio. Antoñito, al salir en defensa de su madre desnuda y ultrajada, atacó a uno de los Agentes logrando una soberbia paliza de porra sobre su helada piel, sus irascibles nervios, sus contractos músculos y sus asustados huesos. Una vez reducidos, fueron conducidos a Comisaría y confinados en un tétrico calabozo. La única ropa de la que disponían era una áspera manta con la que ambos se cubrían; ya que, para evitar males mayores, los encerraron juntos.

Allí aguantaron el cautiverio hasta que se aclaró el asunto. Azucena respondió, de nuevo, por estas dos criaturas amenazadas por el mundo.
Después de declarar, y, tras un largo interrogatorio, dejaron a Azucena mantener contacto con su hastiada y magullada hermana. Al contemplar su aspecto, Azucena cayó desmayada. Margarita, al observar su reacción, también se desmayó, y, Antoñito, tampoco pudo dominar la tensión de ese inolvidable día, cayendo, igualmente, redondo al suelo. Horas después, Flavio los recogió del Hospital y los condujo hasta su casa.

Azucena continuó cuidando de la débil y asustada pareja hasta la fecha de publicación de la lista de aprobados. Gradualmente, a Antoñito se le veía otro talante. Los últimos acontecimientos estaban haciendo madurar un carácter que hasta ahora había tenido lectura plana. De repente, empezó a opinar de todo, a hablar con los vecinos de cualquier tema, aunque no le interesara lo más mínimo. Había saltado la barrera y disfrutaba comunicándose con los demás. Más que mantener un diálogo, hablaba sin cesar y sin escuchar a los demás, aburriendo y hastiando a cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. Su explosión hormonal dejó impresionada a su madre que no daba crédito al desparpajo con el que su amado vástago se relacionaba con los desconocidos. Incomprensiblemente, se percibían en él una tranquilidad y una seguridad en sí mismo fuera de toda lógica que, ante el desesperante panorama, sacaba de quicio a su querida madre.

El día en el que se publicó la lista de aprobados, Antoñito madrugó y cogió el metro en dirección al Campus Universitario en el que se había realizado la Prueba. Hablaba con cualquiera, y les preguntaba todo lo que le venía a la cabeza. Al ver que la gente le esquivaba, se reía alzando los brazos y gritando repetidamente: - ¡Que no muerdo!- mientras perdiendo la verticalidad se agarraba a cualquier sitio para no caerse.

Llegó al Campus, y esta vez no le fue difícil encontrar el edificio en el que estaba expuesta la Lista, pues abordaba a cualquiera que se cruzaba en su camino e insistía en su propósito hasta que obtenía una respuesta convincente. Ya en el Rectorado, habían colocado indicaciones que rezaban:
- LISTA DE APROBADOS DEL CONCURSO-OPOSICIÓN PARA ORDENANZAS DEL INSERSO-
siguiéndolas, se aproximó hasta un lugar en el que se encontraba una muchedumbre de la que emanaba un murmullo ensordecedor. Abriéndose paso a codazos, obtuvo la ansiada información. En ese momento, sus alocadas neuronas se dispararon haciéndole caer al mármol, convulsionado y emulando una crisis epiléptica; de su boca, que rebosaba una espesa saliva blanquecina, salían balbuceadas las siguientes palabras: -¡Mamá, he aprobado!. ¡He aprobado!.

Enseguida se hizo un corrillo a su alrededor y, alguien asustado, dio aviso al personal encargado de la vigilancia del edificio. Antoñito fue atendido por el personal especializado que, ante la posibilidad de que se tratara de una aguda crisis, lo envió en una ambulancia al Servicio de Urgencias del Hospital más próximo para que le realizaran los controles oportunos. Allí permaneció varias horas hasta que le concedieron el alta médica; mientras tanto, Margarita, arrodillada, rezaba para que su retoño no hubiera hecho ninguna tontería al enterarse de la nefasta noticia.

Pasaron unas horas y Antoñito apareció con la cara desencajada. Corrió hacia su madre y la abrazó a con tanto énfasis que los dos cayeron al suelo.

M. - Antoñito, no me digas que hemos aprobado!- dijo entusiasmada.

A. - ¡¡¡Sí, mamá!!!- repetía sin cesar el revolucionado niño malcriado.

M. -¡JA, JA, JA.! ¡Eres el más grande!- reía y exclamaba la aterrada mujer al disiparse el nubarrón que le había perseguido durante toda su vida.

Sólo les faltaba esperar destino para buscar un pisito o un apartamento en el que empezar una nueva y feliz vida. Un par de meses fueron necesarios para saber que había sido destinado a un Centro de la Tercera Edad de un popular barrio madrileño. Con la inestimable ayuda de Azucena, alquilaron un pequeño apartamento en la primera planta de la finca cuyo bajo era el lugar de trabajo de Antoñito. Al principio, la novedad hizo que él tuviera un comportamiento infantil en su trabajo. Se deshacía en halagos hacia los ancianos y trataba de hacerse partícipe de sus vidas husmeando en su intimidad con impertinencia.

Pasaron los meses, Margarita pasaba prácticamente el día en el lugar de trabajo de su hijo: "El Hogar", como ellos comenzaban a llamarle, estaba empezando a formar una parte muy importante de sus vidas, y, conforme transcurría el tiempo, se haría esencial para la felicidad de la inseparable pareja.

Transcurrió año y medio. En plena Semana Santa, Margarita recibió un fúnebre telegrama: "D. Luis y Dña. Flora fallecidos en accidente de tráfico. Stop. Entierro mañana a las 11. Stop.".

Efectivamente, para Don Luis y Flora fue el último de sus intensos viajes a Benidorm. Una curva situada entre Albacete y Chinchilla, les echó de la carretera para poder colocar otras dos cruces, a modo de trofeo, a pocos metros de su arcén. La noticia para Antoñito fue como un triunfo. Significó haber cazado por fin al viejo fantasma que le atormentó durante toda su vida. El desdén que doblegó su carácter hasta la madurez dio paso al interés por la suculenta herencia que, una vez eliminados, iría a parar a sus manos.

No asistieron al entierro. En realidad, aparte de dos compañeros de trabajo, el sepelio se resignó a ser un rancio trámite burocrático. Lo que verdaderamente les interesaba era la lectura del testamento, pues esperaban heredar de Don Luis la vasta extensión de tierra que él nunca explotó y que se encontraba valorada en una pequeña fortuna.

Y, así fue. La cuenta corriente del tenso lazo se llevó una alegría de varias centenas de media docena de hermosos y gorditos ceros que aparecían en el saldo, solicitado con insistencia por los dos afortunados herederos del despótico truhán, anunciando nuevos proyectos y asegurando la prosperidad de la pareja.

Pero, el dinero no era importante para ellos en ese momento. La euforia primera fue debida, más bien, por haber obtenido una merecida recompensa que les arrancaba algo de la amargura vivida con el tirano. Su felicidad se ubicaba en el Centro de la Tercera Edad del que habían hecho su verdadero hogar.

Margarita, aunque muy joven para pertenecer a ese ambiente, se erigió como Ama y Señora del lugar. Organizaba diariamente las variadas actividades y tenía contentos a la inmensa mayoría. Tanto ella como Antoñito, desprendían una felicidad que se contagiaba al resto de los viejos soldados con los que compartían sus vidas. A esto, se sumaba el dinero que donaban gustosamente para remodelar las sobrias instalaciones y convertirlas en un lujoso club de ocio donde no faltó un magnífico bingo, ni concursos diarios con sabrosos premios, ni la orquesta nocturna que amenizaba las veladas de las parejas de nuevos enamorados de húmedos ojos desafiadores del tiempo.

Antoñito y su madre no podían ser más felices. Pasaban todo el día juntos y eran queridos y respetados por todo el barrio. Así continuaron durante quince magníficos años; hasta que, un derrame cerebral inundó de sangre el alma de Antoñito al acabar con la vida que siempre le mimó.

Desde ese momento, moría en vida. Sólo guardó de ella su gran amor, su imborrable recuerdo, una fotografía de juventud que siempre llevaría consigo y un viejo crucifijo tallado en plata por unas manos toscas que, aunque incómodo de portar por su tamaño, siempre lo llevó pegado a su pecho desde que su madre allí lo puso instantes antes de morir.

El fallecimiento de su madre le consumía por segundos. Terminaron los días de permiso en su trabajo y no volvió a incorporarse a su puesto. En realidad, jamás volvería. La confusión se había apoderado de su vida y pasaba las horas recostado en su cama, mirando al techo, con la mente vacía, la boca abierta, los ojos secos y el alma desgarrada. Los vecinos llamaban constantemente a su puerta sin recibir respuesta alguna del hundido huérfano. Insistieron hasta que, al temerse lo peor, dieron aviso a la Policía. Los Agentes del Orden no tardaron en personarse en el lugar y, al comprobar los hechos, dieron aviso a los bomberos para que forzaran la entrada de la vivienda. Una vez en su interior, un repugnante hedor a cloaca convertía en insoportable el aire. Continuaron adentrándose por la violada morada hasta llegar a la habitación de Antoñito. Su aspecto era patético. Desde que regresó del multitudinario entierro de su madre había permanecido en la misma posición. Se encontraba recostado en su cama con la boca abierta, los ojos secos, sumergido en una profunda espiral y empapado en excrementos fecales y orines.

El conductor de una UCI móvil, en una rápida intervención, insufló aire en unos pulmones que querían pegar sus paredes para siempre y devolvió la vida al huérfano más atormentado del mundo. Lo ingresaron en el Hospital y, allí, cuando comenzó a pensar con lucidez, empezó a tramar un plan que le llevaría directamente al infierno: su idea consistía en estar solo., muy solo., absolutamente solo.

La gente le repugnaba, y no aguantaba le presencia de nadie a su alrededor.
Se ponía muy nervioso y adoptaba un comportamiento agresivo con los compañeros de habitación y con el Personal Sanitario; por lo que el equipo médico decidió aislarlo hasta conocer cual sería su evolución.

Mientras tanto, Antoñito fortalecía su maltrecho cerebro y su abandonado cuerpo al mismo tiempo que continuaba urdiendo su estratagema. El esbozo del plan ya lo tenía realizado: se encerraría en la vieja aldea un tiempo indeterminado. En principio, el tiempo no importaba, lo único que verdaderamente creía imprescindible era una soledad imperturbable que le permitiera introducirse en otros mundos en busca de su madre. Para ello, debía lograr que la aldea se convirtiera en una fortaleza inexpugnable tanto en su interior como en su exterior. Debía prepararla para que, una vez en su interior, quedara absolutamente aislado del resto del mundo y, aunque quisiera abandonarla, no pudiera hacerlo; pues el fracaso significaría acabar sus tristes días en esa tremenda soledad.

Pensar en su proyecto le había relajado. Era consciente de que aún tenía que mantener forzadas relaciones sociales y que no podía llamar la atención más de la cuenta o su propósito se expondría a un grave peligro.

Al salir del Hospital y tras despachar a unos cuantos agradecidos e inoportunos vecinos, se puso en contacto con una empresa de reformas con la intención de comenzar, rápidamente, las obras en la aldea. No le fue fácil explicarle al capataz la complicada idea, sobre todo, porque lo último que deseaba era que su plan fuera descubierto y desmantelado. Aparte de encargarle la albañilería, también le encomendó el resto de tareas a realizar: instalación de una cámara frigorífica, montaje de estanterías para habilitar una pequeña biblioteca, mudanza de sus enseres más queridos.

El caserío constaba de tres plantas y sótano. La planta baja se componía de una cocina, dos cuartos de baño, una pequeña biblioteca y varias dependencias que se encontraban vacías. En la primera planta se encontraban los amplios y rústicos dormitorios y, el angosto acceso a la segunda planta se selló, ocupando el hueco de la puerta con una pared de ladrillo y cemento que limitaba la vida en la aldea a las dos plantas restantes. El sótano, en el que se encontraba la caldera de la calefacción, se utilizaba como una especie de sala de máquinas en la que se podían reconocer los principales elementos de mantenimiento de la vivienda. Todas las ventanas fueron selladas con cristales blindados y el patio se acondicionó como improvisado basurero. Estos últimos elementos sorprendieron alarmantemente al contratista; pero, afortunadamente para Antoñito, era un hombre que con sus problemas cotidianos ya tenía bastante y su única preocupación consistía en cobrar, puntualmente, sus cuantiosas facturas.

Mientras tanto, Antoñito hacía acopio de cantidades industriales de comida enlatada y congelada y preparaba sus enseres, entre los que destacaban más de un centenar de rojos y prietos cirios, pues en la aldea eran frecuentes los apagones de luz y a él le aterraba la oscuridad desde muy pequeño, desde que se le olvidó a su padre en el maletero del automóvil un frío día de invierno.

Una vez concluida la intendencia y realizada la mudanza, Antoñito tomó posesión del búnker. Cerró el portón que constituía la única unión umbilical con el resto del mundo y arrojó la llave al inodoro con la intención de no cejar en su propósito, aun en el supuesto de sentirse arrepentido por haber iniciado esta auténtica locura.

En ese instante no sabía que hacer, ni hacia donde dirigirse, pero le invadía una tranquilidad que le colmaba el alma. Poco a poco, fue acomodándose a su nueva forma de vida, esperando pacientemente, sin provocarlo, el momento en el que surgiera de nuevo la comunicación con su
madre. Pasaba la mayor parte del tiempo leyendo. Le encantaba la Literatura Española en general y le chiflaban los Esperpentos de Inclán. No era consciente de la situación, pero su profunda obsesión, y la insistente soledad, empezaron, en pocos días, a hacer mella en una mente que carecía de un carácter sólido.

Pasaron los meses, y Antoñito no había avanzado nada en su empeño. Cada vez eran más frecuentes los monótonos paseos que prolongaba durante horas para paliar el tedio. Saltaba, bailaba, incluso cantaba canciones de índole muy diversa e interpretaba fragmentos de obras de teatro de Lope de Vega y otros, en un mundo cada vez más desconectado de la realidad, cada vez más sumergido en absurdas y repetitivas ideas que sólo conducían a la desesperación más exasperante. En su constante deambular bajó al sótano y comenzó a curiosear, sin buscar nada en concreto pero lo hacía con enorme avidez. Encontró un pequeño barril que llamó poderosamente su atención. Una barrica repleta de brandy que examinaba con ansiedad, olfateándola y sopesándola, y, aunque no había probado más alcohol que los bocadillos de vino que le preparaba su madre, decidió catar la lujuriosa droga. Apoyando sus labios en el grifo, abrió la espita y sorbió, como si de agua se tratara, un rebosante trago del centenario licor. Su reacción no pudo ser más irracional: corrió hacia la pared, se estrelló contra ella y cayó al suelo aturdido y sangrando abundantemente por la nariz y ambas cejas.
Doblegado, quedó sentado un instante, y, cuando quiso recobrar la sensatez, ya era demasiado tarde. Comenzó a reír y no paraba de decir tonterías mientras sangre y babas resbalaban por su barbilla. Efectivamente, el alcohol había empezado a revolucionar sus lentas neuronas y se le adivinaba entusiasmado por el cambio ambiental que estaba experimentando. -¡Éste es
el camino, mamá!- decía el estimulado incauto. - No sé si este ácido ha corroído todos mis órganos y me ha dejado hueco, pero voy a probar otro poquito; porque, ¡Éste es el camino, mamá!- continuaba exclamando una y otra vez entre risas y con un aspecto bochornos. Bebió otro trago, una mezcla de brandy, sangre y babas, y, esta vez, para aplacar el rugido corrosivo del aromático licor, comenzó a saltar con ambas piernas en todas direcciones mientras se estrangulaba el cuello con las manos. Esto le hacía asomar su enorme lengua confiriéndole un aspecto esperpéntico. Repitió esta operación varias veces hasta darse de bruces con el suelo. Insistió hasta que la habitación comenzó a girar incesantemente. Él jamás había estado tan asustado y enfermo. Así padeció un buen rato, para él toda una vida, seguidamente, vomitó con amargura su estúpida borrachera quedando impregnada su ropa de brandy y tropezones de comida caducada. Atenuada la espiral en la que se vio inmerso, seguía beodo y caminaba torpemente dando bandazos por las dependencias de la aldea buscando desesperadamente a su madre. Así anduvo hasta que perdió el conocimiento y cayó hecho una piltrafa al alfombrado y sucio suelo del zaguán. Al día siguiente, se despertó atufado y condolido. Su cuerpo le despreciaba y su cabeza le aborrecía. No podía mover ni un solo músculo, ni tan siquiera los párpados por encontrarse pegados a causa de la sangre que se había solidificado haciendo costra en ellos.

Tardó varios días en recuperarse, pero aquella experiencia le había calado hondo y recayó en el alcohol, convirtiendo sus melopeas en un hábito difícil de curar. En una de sus muchas borracheras montó en cólera. Detrás de la puerta de la cocina encontró una fregona con la que comenzó a golpearlo todo, destrozando muebles y todo lo que encontraba en su camino.
En uno de esos golpes, el mocho se separó del palo y Antoñito quedó absorto mirando, observando con lascivia, aquel haz de cuerdas desparramado en el suelo.

Agarró su pene y comenzó a frotarlo para provocarse una erección. -¡Me voy a follar ese coño!- decía conmocionado el majadero bribón.

Cogió el mocho con frenesí e introdujo su turgente pene en el soporte del palo de la fregona y empezó a masturbarse con rabia. Se masturbó durante horas, sin dar tregua al descanso, hasta llegar a un apático orgasmo.

- ¡Zorra, ¿qué me has hecho?!- dijo Antoñito al comprobar que su pene sangraba por varias partes, efecto del duro rozamiento y de los cortes que, felizmente, se había provocado.

- ¿Qué me ocurre? ¡Me muero! ¡Me muero! ¡Nunca debí estar con ninguna mujer!. Soy débil. ¡Soy sucio y repugnante! ¡Mamá, líbrame de mí! ¡Por favor, líbrame de mí!- Antoñito se había asustado tremendamente al ver el estado en el que había quedado su pene, pues se había provocado unas heridas de las que difícilmente se libraría; pero el delirium tremens que experimentó no había terminado. Cogió un trapo y, a modo de vendaje, intentó neutralizar el derrame. Sentado en el único sillón que quedaba en pie, continuaba padeciendo serias alucinaciones. Sólo faltaban dos tragos más para que su sueño se hiciera realidad. El relieve del rostro de su madre se dibujaba nítidamente en el techo de la habitación. Le guiñaba el ojo y, sacándole la lengua, le incitaba al sexo; su lívido estaba radiante.
- ¡No, tú no eres mi madre! ¡Maldita zorra! ¡Tú no eres mi madre! ¡Dios mío, ayúdame.!- repetía desesperado.

Así continuó, hasta que la barrica fue reventada en busca de la última gota de brandy.

Pasaron los días, y no era capaz de conciliar el sueño. No podía dominar sus nervios y el miedo se le estaba metiendo en el cuerpo por haberse introducido en otros mundos sin permiso y sin iniciación alguna. Las noches se estaban convirtiendo en un calvario. Si dejaba la puerta de la habitación cerrada, creía que la iba a abrir bruscamente cualquier horrible monstruo en busca de su alma; por lo que la dejaba entreabierta y con la luz encendida para poder conciliar el sueño, dejando que el cansancio acabara con él. Ésta situación cada vez se hacía más insoportable: según transcurría el tiempo, percibía con más intensidad que alguien o algo le observaba desde la rendija de la puerta esperando cualquier descuido suyo para poseerlo y animarlo a su gusto.

Era invierno, y en la sierra anochecía muy temprano. Empezó a hacer frío, un frío intenso, las primeras nieves no tardaron en incomunicar la aldea de forma severa. Antoñito se acostaba aterrorizado. Dejaba encendidas, día y noche, todas las lámparas y cambiaba con rigurosa disciplina las bombillas fundidas hartas de calor. Aquella mañana, al despertar de su ligero y nervioso sueño, observó como la amenazadora lámpara que pendía del techo de su dormitorio carecía de luz. Saltó de la cama para comprobar que no habían cortado el fluido eléctrico, pero su investigación dio un resultado nefasto. Preso del pánico y, ante la duda, comenzó la mañana situando por toda la aldea las decenas de cirios que había logrado traer consigo con tanto acierto. El resto del día siguió impaciente y pendiente de lo que él deseaba creer sería el fallo de algún negligente funcionario; pero, pronto supo que las noches nunca volverían a ser igual.

Buscó y organizó aquellos fríos y perezosos cirios con el fin de darles vida cuanto antes. Tardó varias horas en hacerlo; al concluir la tarea, ya era la única luz de la que disponía. Hasta ahora no había prestado atención, pero se hallaba sumergido en un mundo de sombras que adoptaban miles de sutiles formas dantescas. Sombras que parecían gozar de vida propia, que le perseguían rozándole la piel con un tacto espeluznante.
Aquella noche, Antoñito se sentía aterrorizado. El miedo no le permitía pensar con claridad y llevaba ya un buen rato socavando su amilanado carácter. Se había refugiado en lo que quedaba de biblioteca. Allí se sentía protegido por los libros, su única amistad. Sentado en una butaca, y, en posición fetal, hacía todo lo posible por no levantar la vista del suelo. Así pasó la noche, delirando con el terror y pensando que lo mejor que podía pasarle era morir cuanto antes ante la horrible perspectiva de futuro.

Al amanecer, corrió desesperado hacia el cuarto de baño con el propósito de recuperar la llave que le liberara de su majadera prisión. La emprendió a patadas con el sanitario hasta que logró separarlo del suelo e introdujo su brazo en el tubo del desagüe alcanzando con la mano trozos de materia orgánica con una textura blanda y pegajosa. Llegó con su mano a la bajante con tal repugnancia que, al percibir el tacto de la llave, la empujó y la lanzó por ella, perdiendo ya toda esperanza. Desde ese momento no se hablaba, no se aguantaba y se flagelaba constantemente. Aun así, no olvidó su cura diaria de pene; pues debía atenuar la dolorosa inflamación y evitar la aparición de nuevas pústulas que le robaran vida, sueño y alma en un humor insoportable.

- ¡No aguanto más!- lloraba desconsolado - ¡Esto ha sido un error, un terrible error! ¡Sólo quería estar con mi madre! ¿Tan difícil es eso?. Sé que mi vida ha sido un desperdicio. Yo soy un desperdicio. Soy una serpiente que ha pasado la vida arrastrando su lamento buscando una razón para vivir. ¡Mamá, llévame contigo, por favor, por favor! ¡Llévame contigo!. No soy nadie sin ti. No quiero seguir viviendo sin ti. ¡Llévame contigo! -

Continuó vapuleándose hasta que cayó la noche con su comparsa de miedos penetrantes y retorcidos. Las grotescas sombras se habían convertido en inseparables compañeras de su exasperante pesadilla, y, la aldea, en el féretro de su muerte en vida. El lánguido buscador de amor materno continuó hablando en este tono: - ¡Dejadme en paz! ¡¿Creéis que os temo?! ¡¿Ehhh?!.
¡¿Acaso lo creéis?! ¡Venid a por mí si tenéis cojones! ¡Venga! ¡Venid por mí! ¡JA, JA, JA! ¡Señores de las tinieblas; mostradme vuestro poder! ¡JA, JA, JA!. ¡Estúpidas criaturas mentirosas, no tenéis poder en este mundo! ¡Ya no os temeré jamás!.¡No, nunca más!.

En el caserío no quedaba ni un solo rincón en el que esconderse del terror.
Si deambulaba por los pasillos, temía que algo macabro lo agarrara por el hombro para revelarle su aterrador rostro, y, si se refugiaba hundido en algún recodo, quedaba bloqueado preso del pánico.

De repente, Antoñito se sobresaltó al oír unos pasos que provenían del sótano. Quedó inmóvil unos segundos y relajó su corazón para que ningún ruido se interpusiera entre él y su siniestra compañía. Al percibir que el sonido ganaba en hostilidad, algo le dijo que debía huir de lo que parecía ser algún extraño animal. Subió despavorido a la primera planta y llegó hasta la pared, que, en otros tiempos, fue la puerta de acceso a la segunda planta. Allí quedó acurrucado dándole la espalda a esa pared. Continuaba escuchando como esos pasos avanzaban lentamente por la escalera y como le buscaban sin prisa, con el regusto del que de la tortura hace su gozo. Sus dientes comenzaron a castañetear y, al mismo tiempo que introducía su mano en la boca para evitar ser descubierto por ese intrigante animal, advirtió que ya era demasiado tarde. Los pasos pararon en seco y notó como la pared en la que se encontraba parcialmente apoyado, había desaparecido. No era capaz de controlar sus esfínteres, en realidad, su sistema nervioso le había traicionado.

Comenzó a percibir la respiración y el putrefacto aliento de la bestia.
Sacando fuerzas de lo más profundo de su mente, movió su brazo haciendo ademán de palpar lo que presionaba parte de su espalda. Cuando logró tocarlo, la retrajo rápidamente al haber asido una pezuña y un grueso hueso recubierto por duros y viscosos músculos que quedaban al descubierto.
Aquella bestia le propinó una patada que lo mandó directamente a la pared opuesta, dejándolo en ella adherido en una posición que, inevitablemente, le obligaba a mirarle directamente a su rostro.

Los ojos de la bestia le adentraban en su sucio y deprimente mundo y dejaban entrever el enorme potencial que encerraba en su horrible cuerpo.

L.B. - Vas a morir- dijo con voz de ultratumba y timbre soez, y continuó.- la infección de tu pene te está matando. ¿Quieres vivir y ver a tu madre?.

 

 

(Vamos a la segunda parte)




 (c) Carlos Aguilar Agulló,   2000.
 
 

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