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HENRY PATZECKO EN BUSCA DE LA ETERNA JUVENCIA

Por Darío Lavia



Un día revolviendo papeles viejos de la abuela encontré el relato que a continuación reproduzco textualmente:
«Durante muchos años viví en casa de mi tío por alguna circunstancia de la vida que me impidió estar con mis padres. Padre no podía mantener a todos mis hermanos bajo el mismo techo y para que tío Ernst no estuviese solo luego del fallecimiento de su esposa, decidió enviarme con él. Además Padre tenía que hacer todas las semanas un viaje de varios días a la montaña cumpliendo una especie de promesa que nunca había querido revelar ni a mí ni a mis tres hermanos. Mi madre tampoco era muy solicita para hablar del tema y puesto que lo aceptaba tranquilamente, no debía ser algo muy importante o penoso. Aún así nunca me lo había querido contar, y siempre se limitaba a un "Padre marchó a trabajar durante el fin de semana".
Provisto de una gran nobleza, tío Ernst supo inculcarme los valores que en su momento su padre (mi abuelo) le inculcó. Él era hermano de mi madre y ambos crecieron en la campiña, cuando la ciudad no era la única fuente de trabajo y de seguridad. Tío Ernst era muy reacio a hablar de su juventud y esa época de su vida fue un misterio para mí. Y tampoco pude obtener respuesta acerca de los misteriosos viajes de Padre a la montaña.
Una mañana descubrí mientras limpiaba la casa un pequeño álbum de viejas fotografías, ajado por el tiempo y escondido por la nostalgia de tío Ernst por el pasado. No pude evitar entretenerme hojeándolo y corroborando el terrible daño que el paso del tiempo había hecho a los rostros de tío Ernst y de mi madre. Había viejas fotografías de ellos cuando jóvenes y lozanos, junto a mis abuelos y en compañía de un joven que era muy parecido a tío Ernst y al abuelo. Su presencia en las más antiguas fotografías me desconcertó. ¿Acaso sería algún hermano muerto prematuramente o algún pariente que yo desconocía?
Para no provocar las iras de tío Ernst guardé el libro en donde lo encontré e hice como si nada, pero comencé a preguntar a tío Ernst acerca de su pasado, y como era donde vivían y que hacían y todas esas cosas. Él trató de contestar sin mucho humor hasta que le pregunté si habían crecido con algún primo que yo desconocía. Tío Ernst se extrañó de la pregunta que le hice y sospechó que hubiera visto las fotografías. Quizás con algo de resignación y sabiendo que tarde o temprano lo iba a saber decidió contarme la historia del que es mi tío Henry.
"Con tú madre vivimos hasta los veinte años en la campiña junto a Henry, el tercer hermano, dos años mayor que ella y tres menor que yo. Él era muy parecido a mi padre y era su orgullo. Por entonces, no íbamos a la escuela y ayudábamos con las tareas de la casa y del campo. Tu madre cooperaba en el hogar como tú lo haces hoy en día, y Henry y yo ayudábamos a tú abuelo en el campo. Frecuentemente trabajábamos de sol a sol y era muy sacrificado. Henry vivía mortificado no por el trabajo sino por el paso del tiempo. Veía a nuestro padre como lo que en el futuro le esperaba a él y temía mucho al envejecimiento.
"Cuando cumplió veinte años tuvo un gran disgusto pues toda la familia quería festejarlo y él no deseaba conmemorarlo. Para él no significaba un año más sino, según sus palabras, un año menos que le quedaba de juventud. A la semana siguiente planteó su decisión de partir a estudiar a la Universidad y aprovechar una beca que había solicitado. Hubo algunas idas y venidas pues nuestra madre no quería separarse de él. Pero al final lo aceptó y un mes después partió para la ciudad y, so promesas de escribir seguido, con todas sus pertenencias. Solo nos envió cartas durante un año. Luego dejó de comunicarse con nosotros.
"Nuestro padre decidió ir a la ciudad a buscarlo para averiguar si le había pasado algo malo, pero fue inútil. Pagó con el dinero de su trabajo el último mes de pensión y partió con rumbo desconocido. No tuvimos noticias de él nunca más."
Durante algún tiempo creí esa historia pero había algunos detalles que no me cerraban y estuve convencida que hubo cosas que tío Ernst, tal vez por respeto, me silenció de lo que realmente pasó.
No podía creer que alguien abandonase así a su familia y sin dar ninguna noticia de su paradero, desapareciese en la nada y en cuarenta años nunca volviese para ver a sus hermanos o a sus padres.
Puesto que los abuelos fallecieron antes de que yo naciese, no tenía más nadie a quien preguntarle. Así que los únicos datos de ese tío Henry estaban en ese álbum de fotografías. Ahí podía ver su figura y las imágenes de mis antepasados cuando fueron jóvenes. Pero no podía saber mucho más de lo que me interesaba.
Pero esta situación no duró mucho. Sucede que luego de varios meses de aquella conversación, tío Ernst, un hombre ya mayor, enfermó y estuvo postrado. Yo lo tuve que atender durante algún tiempo y aunque tuve la cooperación de mis hermanos y durante varias semanas vino Padre, tío Ernst guardó un especial sentimiento de agradecimiento para su sobrina dilecta. Un día me llamó a su lecho y me dijo:
- Algún día muy cercano me voy a ir de este mundo, y creo que es mi deber darte a conocer un secreto que tus padres y yo guardamos. Antes pensé que lo mejor sería revelártelo cuando seas más grande y pudieses comprender, pero luego de apreciar tu sacrificio por mí creo que eres lo suficientemente madura como para entenderlo perfectamente. Es algo que tiene que servirte de lección para que no creas que puedes oponerte a la Naturaleza y al devenir natural de la Vida.
Luego de este prólogo me reveló que tenía escondido lejos de mi alcance un cuaderno de notas que había pertenecido a tío Henry y que me daría a conocer la historia verdadera de su vida. En tal circunstancia me entregó un gastado cuaderno de tapas de terciopelo que tenía dos iniciales: H. P. por Henry Patzecko. Las notas acusaban fechas de unos cuarenta años atrás y se apreciaba que mantenían una prolijidad constante. Para clarificar el entendimiento de esta historia procederé a transcribir las partes más explicativas textualmente, pues quien mejor que tío Henry para describir su búsqueda por la eterna juvencia.
"Durante quince años de mi vida me pregunté porque tenía que envejecer, esto es desde que tengo uso de razón. El sistema de la vida es muy cruel pues nos hace comenzar a morir practicamente desde el momento que nacemos. No hay un día de la vida que no envejezcamos o que no nos deterioremos. Lo absurdo de todo esto es que durante toda nuestra vida lo aceptamos como una regla ineludible y lo tomamos como algo natural.
"Si somos los seres más avanzados de la creación no podemos dejarnos vencer por el paso de los años. Nuestro cerebro es una máquina maravillosa pero educarlo es un proceso muy largo. Cuando lo llegamos a tener lo suficientemente cargado de datos útiles como para considerarnos sabios, nos queda poco hilo en el carretel y sabemos que en cualquier momento tendremos que entregar el envase. Nuestra vida es desproporcionadamente corta en relación al tiempo en que el cerebro cobra su estado de mayor madurez y experiencia.
"Y lo absurdo del sistema hace que en el momento en que tenemos mayor lucidez y en que nuestras neuronas están libres de la calcificación que nos hace olvidar cosas y que nos trae entre otras cosas la senilidad, nuestra experiencia es muy reducida y somos altaneros y soberbios por creer que podemos llevarnos el mundo por delante. A pesar de que tendrá que pasar toda una vida para que tengamos la suficiente sabiduría como para arrepentirnos de todo lo que hicimos cuando jóvenes y penar por otra oportunidad para remedar los errores de la juventud.
"Si luego de sesenta años nos damos cuenta que tenemos la experiencia necesaria como para considerarnos sabios y añoramos tener un cuerpo más joven para poder desarrollar todas las actividades que un ser provisto de sabiduría debe realizar, es porque nuestro proceso vital está mal diagramado.
"La lógica nos dice que el período en que el hombre desarrolla la más alta capacidad física, tanto por su lozanía como por sus virtudes debe ser igual al momento de máximas aptitudes de retrospección y de análisis filosófico y mejor desarrollo mental, para cumplir aquella máxima que rezaba que 'Mens Sana In Corpore Sano'.
Más adelante y, luego de algunos párrafos más de reflexiones de este tipo halle el comienzo de la rebelión de tío Henry contra su destino.
"Mi negativa a aceptar un destino tan terrible como el que le espera al resto de los seres humanos me llevo a ambicionar estudiar lo necesario como para hallar un método de evitar el seguir el proceso de degradación de los tejidos que conlleva a la muerte. En es plan comencé el estudio de las ciencias que debía, según mi proyecto, darme una solución en el transcurso de cinco años como máximo.
Aún más adelante sacó algunas observaciones muy interesantes acerca de la muerte.
"Cuando la enfermedad no pone fin a la vida, la obra de destrucción sigue su curso normal y la muerte va preanunciada por la paulatina pérdida de los sentidos. La vida orgánica sigue pero las funciones se desarrollan más lentamente. Los miembros se comienzan a atrofiar y dejan de cumplir sus funciones, comenzando a obedecer solamente a las leyes de la gravedad. Obviamente esta atrofia va acompañada de la pérdida de sensibilidad y del calor. La piel, que se convierte en una lámina ocre se vuelve fría y seca o se recubre de un sudor viscoso.
"La cara se demacra penosamente y los ojos parecen hundirse en sus órbitas. Las córneas se arrugan y se enturbian. Los pómulos se hacen más salientes y se afila la nariz. Los centros nerviosos terminan por perder sus facultades. El habla se hace cada vez más difícil y los ojos dejan de percibir imágenes. Los centros olfativos se insensibilizan y la capacidad de audición del oído se extingue paulatinamente. Las contracciones estomacales son cada vez más lentas, lo mismo que el funcionamiento del intestino. La respiración se torna irregular y se agita por el solo hecho de respirar, se interrumpe por segundos y luego vuelve a respirar de manera suprema.
"El pulso se hace cada vez más imperceptible hasta que cesa por completo. El corazón sigue latiendo un rato más, pero de manera débil e irregular. Su última contracción marca el momento que separa la vida de la muerte.
Un par de páginas más adelante encontré el inicio de su trabajo.
"Mi experimento comenzó sobre ciertos frutos orientales sobre los cuales se suponían efectos maravillosos. Mi estudio se basó siempre en resultados ciertos y no en suposiciones. Por eso luego de cinco meses de trabajo conseguí destilar la savia de cinco o seis distintas especies de vegetales cuyos efectos apuntaban hacia la conservación del tejido sin que los efectos del paso del tiempo se puedan sentir en el mismo. Era muy importante que en un ser humano lograsen anular el efecto de calcificación en las arterias y en los órganos vitales.
Y luego de diez páginas de datos científicos que no logré comprender muy bien, vino la culminación del trabajo. A todo esto había pasado no más de un año. Tío Henry no tenía más que veintitres años cuando escribió lo que a continuación redactó:
"Y por fin podía llegar al día en que haría la prueba que me permitiría eternizarme en este cuerpo, que quizás es el más viril y fuerte con el que pueda afrontar el resto de mi vida. Y el resto serán quizás cien o doscientos años de incorporar datos y enriquecer mi cultura y mi experiencia. Todo el tiempo del mundo para cultivar todos los artes, aprender todas las ciencias y desempeñar todo tipo de disciplinas, y sin tener que preocuparme por que la vejez me quite disponibilidad física o me anuncie el final.
Siguen entonces algunos detalles sobre el líquido y su composición. Entonces hay un espacio en blanco y unos extraños párrafos.
"Hace dos horas que me administré el suero. Mi reacción fue según lo esperado.
"Comienzo a sentir algunas reacciones colaterales. Sueño, falta de irrigación en los miembros inferiores, dificultad para escribir, lentitud para pensar,

relajación nerviosa

sensación de saciedad


visión borrosa.

Esa era la última anotación de tío Henry. Su prolijidad inicial había desaparecido y era evidente que había estado escribiendo hasta el último instante de lucidez antes de caer muerto (según creí en un principio).
Luego de leer totalmente el cuaderno decidí preguntar a tío Ernst el lugar de la tumba de tío Henry para, aunque sea, llevarle flores. Pero cuando hable con tío Ernst, que comenzaba a recuperarse de su dolencia, me dijo con sorpresa todo lo contrario.
- ¿Tumba?¿De qué tumba me hablas? Tu padre ha estado visitándolo durante los últimos cuarenta años. Él está en la montaña.
- ¿Y por qué razón no vino con nosotros nunca? - pregunté con suma curiosidad.
- Eso te lo responderá tu padre cuando llegue esta noche.
Esperé la noche con ansia y esbocé mil pensamientos acerca de mi tío desconocido, y el motivo por el cual se lo mantuvo oculto a mis hermanos menores y a mí. Especulé con que hubiese quedado inválido o disminuido y otras desgracias, y no llegué a ninguna posible alternativa que me sonase lógica. Esa noche Padre me prometió que al otro día me llevaría a ver a tío Henry pues el no podía contestarme mi pregunta.
Si pude esperar tanto tiempo, ¿por qué no otro día más?
Al otro día emprendimos el camino con mi padre. Hacía algo de frío y tuvimos que tomar muchos recaudos como algo de comida y abrigo para el atardecer. Tuvimos seis horas de viaje a pie hasta una colina que subimos durante media hora. La nieve comenzaba a hacerse presente y el frío se hacía cada vez más intenso. Llegamos cerca de las siete de la tarde a una cabaña que permanecía oculta tras unos árboles de coníferas. Cuando llegamos Padre prendió el fuego del hogar y nos calentamos un poco. Tendríamos que pasar la noche allí para tomarnos otro día en el penoso descenso de la colina y el viaje de vuelta a casa de tío Ernst. Puesto que mi curiosidad crecía a cada momento le pregunté a Padre en donde se encontraba tío Henry. Esto fue lo que me contestó:
- Hija, yo ya estoy llegando a una edad en que se me dificulta hacer estos viajes. Los he hecho por cuarenta años, desde que conocí a tu madre. Ella también está un poco débil para hacerlos y tío Ernst está enfermo. Así que cuando mi salud no me lo permita tú como hija mayor te encargarás de venir hasta aquí todas las semanas. Cuando tus hermanos crezcan puedes turnarte con ellos, pero siempre tendrás que venir hasta esta cabaña una vez por semana. El motivo lo comprenderás cuando veas al tío Henry, que se halla en la habitación contigua.
Casi instantáneamente abrí la puerta, y lo que vi dentro me llenó de estupor. Había una cúpula de cristal algo empañada que dejaba ver el cuerpo de un joven dormido de unos veintipico de años, en cuyos rasgos faciales creí reconocer a aquel joven de las viejas fotografías del álbum de tío Ernst.
- Es tío Henry -me informó Padre sin mayor entusiasmo-. No ha envejecido jamás desde aquel día fatídico. Respira muy de vez en cuando, así que cada semana hay que venir para renovar el aire de la cúpula. Al principio los doctores que lo estudiaron no pudieron comprenderlo. Las curas que le practicaron no tuvieron efecto y creyeron siempre que estaba en coma; pero un paciente en coma no deja de envejecer. Luego de algunos años lo trajimos aquí y lo encerramos en una cúpula para que no sufra la picadura de ningún insecto o de alguna alimaña. Tú abuelo se murió del disgusto y nosotros no podíamos tener hijos con un cadáver viviente a la vista.
Padre hizo un breve silencio compungido y continuó en tono de confesión.
- Algunas veces creo que habla, pero de seguro son cosas que imaginó en la soledad. Otras veces creo que mueve un dedo, pero es algún efecto visual del vidrio empañado. Algunas veces hemos querido hacerlo morir, pero nunca nos atrevimos. Quizás nuestra vida es demasiado corta para hartarnos de vivir esclavizados a un ser así. Te recomiendo que te armes de paciencia -dijo Padre-, de seguro los primeros diez años lo vas a tomar muy tranquilamente, pero en adelante vas a odiar a tío Henry. No sabemos cuanto puede pasar en este estado así que creo que seguirá vivo por mucho, muchísimo tiempo más.
En ese instante comprendí que la juventud eterna es la maldicion más horrenda que pueda existir para una familia.»

Aquí termina con la firma de la abuela este cuento. Me ha llenado de dudas y no deja de hacerme sospechar acerca de que tío-abuelo Henry sea el verdadero motivo por el cual voy este fin de semana con mi padre a la montaña. Desde que tengo memoria que él va solo una vez por semana con la excusa de "ir a trabajar".

(c) Darío Lavia, 2000
 
 

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