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LA GOTERA

por Juan José Canavessi




Tres hombres son los elegidos: Presutti, Medina y él. El éxito de la operación está asegurado. Ellos conocen el oficio, y las autoridades confían en el poder seductor del premio: ración libre de yerba, azúcar y cigarrillos por cinco años. Tremendo botín.
Salen del despacho del oficial, quien gesticulando ampulosamente les acaba de explicar las consecuencias del desastre: una gota tras otra cada cuatro segundos en ocho sitios distintos. Ese ritmo, multiplicado por la cantidad de meses y dependencias afectadas, da equis kilolitros de agua ferrosa inundando la prisión. Él no recuerda la cuenta exacta. Son muchas gotas en una hora, muchísimas en un mes. Un verdadero océano, aunque imperceptible, ya que se lo desagota en baldes, día a día, gracias a turnos perfectamente organizados.
El carcamán está harto. Hay alfombras arruinadas, muebles enmohecidos, cortes de luz inesperados, comida podrida, riesgo de fugas, peligro de alimañas, debilitamiento de la estructura del edificio, etcétera, etcétera. Para qué seguir.
-Encuéntrenla. Y elimínenla.
Sobre el escritorio, una muestra del premio para el ganador: un paquete de yerba Rosamonte (ojo, vean que no es la más berreta, ponemos todo lo que hay que poner), un paquete de Marlboro (tengan en cuenta que hubiéramos podido poner unos petardos por la mitad de precio) y azúcar (bueno, da lo mismo cualquiera).
La gotera, enemiga número uno en Olmos. Preocupación excluyente, prioridad insoslayable. Parten los tres y se separan, siguiendo cada uno su olfato. Presutti prefiere trabajar en la zona del despacho y las oficinas. Apuesta a que la falla anda cerca. Medina rumbea para el primer piso. Su hipótesis es que la pérdida viene de los desagües.
¿Y si la causa está aún más arriba? Tal vez la gotera viene de lejos y se desliza secretamente por los hierros de alguna losa, los caños de electricidad, los tirantes ocultos de un cielo raso. Sí, mejor, así busco lejos de ellos, piensa él.
Quien la encuentre se lleva el premio, había dicho el jefe.
Él se siente en desventaja. Lo más probable es que gane Presutti, ya que supera a todos en su conocimiento del penal, si prácticamente ha nacido allí. De no ser Presutti, será Medina, que siempre trabajó reciclando edificios viejos y descuidados.
Tercero viene él, a lo mejor.
Sentado en el patio mira los pabellones con cuidado. Tantos años ahí dentro, y qué poco lo conoce. ¿De dónde son esas ventanas? Ah, sí, del depósito de herramientas. Más allá, las de los baños del taller, y antes de la esquina, las de la sala de guardia del piso. Todas semejantes, con sus rejas bien amuradas.
Encima del despacho andará Medina. El hombre se abre paso rompiendo el piso. Seguramente encontrará a Presutti desmontando el techo de la planta baja. Los dos buscan por lugares distintos pero se terminan encimando, piensa él.
Continúa inspeccionando desde el patio. El segundo piso tiene ventanas rectangulares y alargadas. Hay una sala de enfermería y un depósito de comida con un montacargas. Tiene una idea vaga de cómo son por dentro. Examina cada uno de los pabellones. Por la tarde sube a los techos para observar. Inspecciona sin apuro, moviendo la vista lentamente por cada centímetro de chapa acanalada.
Cuando baja, se cruza con el jefe del penal:
-¿Qué anda haciendo por acá?
-Busco el origen de la pérdida, señor.
-¿No le parece que está un poco lejos de la gotera?
-Las cosas muchas veces tienen su explicación muy lejos de sí mismas.
-No me diga. ¿Y va a encontrar la pérdida así, sin herramientas?
-Estoy mirando.
-Mirando, mirando -le dice con tono acusatorio-. Y ya que tanto mira, ¿no vio a los otros dos? ¿No los vio buscando a todo motor?
-Prefiero seguir mi método. En todo caso, es mi premio el que se pierde.
-Imbécil -replica el jefe. Y se marcha gruñendo.
Esa noche duerme con inquietud. Verdaderamente, no sabe por dónde empezar. En esa disyuntiva, prefiere seguir mirando hasta que algo le diga: fijate aquí. Medina y Presutti se lanzaron muy pronto a confirmar sus sospechas, se dice. Y yo todavía mirando.
Al día siguiente revisa los últimos pisos de los distintos pabellones. Aquí, allí. Atrás, adelante. Permiso.
-¿Qué hace por acá?
-Busco la gotera.
-La gotera no es acá, despistado. No joda.
Y así avanza. Obtiene llaves de lugares clausurados desde hace años. Entra en cada uno con su linterna y revisa los pisos y techos. Mira detenidamente paredes aquí y allá para verificar la humedad del revoque, el estado de los caños, las posibles grietas. Nada. Al menos, les hice una revisión completa. Por este trabajo podría reclamar un kilito de yerba y dos atados de cigarrillos.
Vuelve a salir antes que la luz desaparezca por completo. Desde el patio observa nuevamente las distintas áreas. Me quedan sólo dos pabellones. Bueno, mañana será otro día. Una jornada más sin resultados. ¿Cómo les habrá ido a los otros dos?
Esa noche los consulta en el comedor.
-Yo lo resuelvo mañana, ya casi la tengo -le asegura Medina.
-Vos venite temprano a tomar unos mates con yerba gratis -dice Presutti, sonriendo con malicia.
-Gracias. Mañana brindo con el ganador.
-Hombre, tenete un poco de fe.
Ese martes llueve un poco, las cosas pueden ponerse más difíciles. Los tres vuelven a sus lugares. El oficial los amenaza con retirar el premio a medianoche.
Debe ser hoy.
Entra en la primera de las alas que le resta revisar. Descubre múltiples pasillos formados con cajones de mercadería y bolsas apiladas. El techo es de zinc, a dos aguas.
Escruta cada rincón. Se estira, se agacha, repta, palpa cada zócalo: nada. Apoya la oreja auscultando cada metro de pared. Reconoce sonidos, concentra toda su atención: nada.
Está por dirigirse a la última barraca pero se detiene. Voy a insistir con el depósito de alimentos. Algo no concuerda. No logra definirlo. Acá hay algo que no concuerda, se repite. Repasa los sonidos del salón. Su mente, en saltos veloces, recuerda todos los ruidos del interior de las paredes. Algo no concuerda, algo no concuerda, canturrea. Hace completo silencio.
Sí, sí, sí, sí. Es ella, es la gotera. La oye moviéndose dentro de la pared, de arriba abajo y desde el fondo hacia donde está él. Es como una sinfonía oculta que se desliza acariciando los ladrillos.
A ver, a ver, ¿de dónde viene esta guachita?
Recorre en su memoria el techo visto desde el patio. Vuelve sobre cada plancha de zinc. Metro a metro, sobrevuela cada centímetro de la imagen grabada en sus párpados. A izquierda y derecha. Por fin, localiza una insignificante irregularidad: una entrada de aire, una rejilla puesta verticalmente y protegida con un precario sombrerito. Es minúscula vista desde afuera, pero ha de medir veinte centímetros por veinte. Una rejilla por la que puede colarse agua cuando llueve desde el oeste. Agua que bien puede caer regularmente, a quince gotas por minuto, apareciendo finalmente en el despacho del carcamán.
¡Eureka!
A través del techo y las ventanas calcula el punto en que debe hallarse la abertura del lado interior. La ansiedad lo traiciona y se distrae pensando en Presutti, subido al escritorio de alguna oficina, y se imagina a Medina, levantando baldosas. Él, en cambio, sigue la pista de su presa. No escapará. Camina lentamente con el cuello doblado, la vista clavada en el techo a dos aguas. Acompaña la música de gotas y ladrillos con un silbido feliz.
Inexplicablemente el depósito termina y la abertura no aparece. Unos gruesos portones de alambre tejido son el acceso a una enorme alacena con latas. ¿Y la rejilla? ¿Estará detrás de estas puertas? Debe ser que la rejilla da justo al techo de esta alacena. Veamos.
Fuerza las puertas. Imposible abrirlas. Baja y vuelve con una barreta. Insiste mientras repite que algo no concuerda, que el salón ha terminado antes de lo debido.
Por fin, se abre. Decide atravesar esa especie de armario, retira latas de conservas, levanta estantes, ya está casi un metro dentro de la alacena. Se siente amenazado por la penumbra, pero la yerba, el azúcar y los cigarrillos lo atraen con su luz. Voltea cuanto se le opone, y ya está disfrutando del premio, de vencer a Presutti, de haber tenido razón buscando más arriba, más lejos. Se introduce más. Avanza tanteando hasta que se detiene espantado: un par de ojos brillan tras una fila de latas. Instintivamente trata de retroceder pero algo se lo impide. Dos manos lo sujetan desde atrás y lo empujan hacia esa cara voraz. Antes de cualquier reacción, desaparece en la alacena, llevado de brazo en brazo, dócil a un ejército invisible que lo atrapa en un armario.
No resiste, nunca resistió. Cuando hubo que abandonar el útero, salió. Cuando hubo que jugar, jugó. Cuando hubo que ir al velorio del abuelo, fue. Cuando hubo que estudiar, estudió. Cuando hubo que robar, robó. Cuando hubo que matar, mató. Cuando hubo que ir en cana, fue. Y cuando es tragado por una alacena superpoblada de latas con brazos y ojos, no resiste. No se queja, no se asusta. Está tan perplejo que hasta sonríe.
Ocho hombres lo rodean. Queda medio tendido en el suelo. Se sienta apoyando las manos detrás de la espalda. Observa a su alrededor. Está en una suerte de departamento, nada pequeño y bastante completo: heladera, veladores, mesa y sillas, un anafe, algo de vajilla. Y hasta un televisor, que proyecta imágenes con el volumen bajo. Una cortina le oculta el resto. Dormitorio y baño, seguramente.
Se pregunta si todo eso es una gotera.
El que lleva la iniciativa, un gordo morrudo y bajo, le explica sin preámbulos:
-Yo soy el de la idea. Estuvimos todos de acuerdo, algunos con más años ahí dentro, otros con menos.
Y agrega:
-Así que decidimos escapar.
¿Escapar? Él escucha perplejo, sentado en el suelo. Así que esto es una fuga. Jamás había pensado en huir. Se sentía tan preso en la cárcel como en la calle.
-Y sí, hombre, es instintivo: en cuanto se cae en cana nadie puede dejar de planear cómo salir. Es un juego ¿o no? Hasta las autoridades necesitan que los prisioneros tengan esa esperanza, por eso toman todos los recaudos para que sea tan imposible concretarla como perderla.
Piensa en los guardias. Están tan encadenados como los reclusos, pero hay una diferencia fundamental: creen estar libres.
-Se sabe que hay muchas maneras de tratar de escapar. Nosotros fracasamos varias veces con métodos tradicionales. Lo típico: túneles, motines, disfraces, rehenes, y no hay mucho más. Probamos todo.
Y como si le confesara un secreto, se le arrima a la oreja y le susurra:
-Le doy una noticia: es imposible salir.
Y retomando el tono de su discurso, añade:
-Pero no es imposible escapar. Ese es nuestro genial descubrimiento.
Él, todavía sentado en el suelo, recuerda que en el penal anunciaron la fuga de ocho reclusos. Nunca se dijo cómo lo habían logrado. Él no los conocía, porque eran de otro sector, pero había oído el cuento.
-Sí, esos métodos se veían hasta en los noticieros. Son historia, son ideas desgastadas por las películas.
Él recuerda varias: Telly Savalas, Clint Eastwood, Stallone. Siempre se salen con la suya. Pobre Papillon, esa sí que es triste.
-¿Me oís?
Con un gesto le dice que sí, que claro.
-Y bueno, te decía: una cosa son las películas y otra nosotros. Nosotros estábamos presos de verdad, como vos. ¿Vos nunca intentaste escapar?
-No tengo adónde ir. Nadie me espera allí afuera.
Los ocho se miran.
-Pero hombre, ¡se trata de la libertad! No te entiendo, no hay modo de evitar la fantasía de fugar. Es por la dignidad, ¿me entendés?
Él mira el techo. Ahí está la abertura, con su rejilla en el zinc. Se ve el hilo de agua y las manchas de humedad perdiéndose en las paredes, llegando seguramente hasta las alfombras del oficial.
-Y bueno ¿qué te parece? ¿No es original?
Y para animar al hombre, que sigue perplejo sentado en el suelo:
-¿Sabés cuántas maneras tiene un preso de lograr la libertad?
Él no responde. Qué carajo le importa, si ya le dijo que no quiere escapar.
-Dos, hermano, dos. -Y le hace la ve con el índice y el dedo mayor.
-Dos -repite mecánicamente desde el suelo.
-Sí, querido, dos: o te rajás de la cárcel o hacés como nosotros.
Dos. Por dentro piensa: dos, res, mis, fas, sols, las, sis. Sonríe.
-Ya lo ves, más fácil que hacer un túnel fue fabricarnos este departamento oculto. Mirá: cuatro estrellas, una barbaridad. -Señala el recinto haciendo un semicírculo con la mano extendida. Continúa-: Más eficaz que robar armas, resultó robar de todo. Todo afanado, cien por cien. Cada tanto entramos a la prisión. Te imaginás, la comida, algo de ropa, bombitas de luz, lo que necesitemos. Nos damos el gusto de vivir del robo, como siempre quisimos. ¿Qué tal? ¿Qué te parece?
¿Y qué me va a parecer?
-Bueno, muchachos -dice, dirigiéndose a los otros-. A éste lo vamos a llamar «el mudo».
Carcajadas.
-Francamente, no esperábamos ser descubiertos tantos años después.
¿Y justo debía ser yo?
-Comprenderás que no podemos permitirte regresar con este dato. No serás nuestro prisionero, desde ya. Vas a ser uno de los nuestros; aprenderás a valorar esta precaria libertad. Pronto vas a agradecer cada minuto y cada metro. No es poco, la mayoría muere sin poder hacerlo. ¿No trajiste equipaje? -Mirando a sus compañeros, con una sonrisita cómplice, agrega-: No te preocupes, hoy salimos a buscar.
El hombre mira el hilo de agua que baja de la rejilla y se pierde en senderos invisibles. Una gota cada cuatro segundos. Tarde o temprano, Presutti, Medina, o cualquier otro dará con el escondite. Se pone de pie y mira el departamento. Sobre la mesa, yerba Rosamonte. Junto a las tazas, azúcar. Encima del televisor, un cartón de Marlboro. Box, como le gustan a él.
-Necesito mis herramientas -dice.
Lo miran con sorpresa. Habló el mudo.
Él señala la rejilla con la cabeza:
-Tengo que arreglar esa gotera.

(c) Juan José Canavessi

 

 

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