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LA GENESIS O LA PUTISIMA TRINIDAD



Antes del Principio, solo era Dah-Dah, la soñadora que yace sobre sí misma y todo lo abarca.
Ella dormía un sueño que está más allá de la Divinidad. Pero algo cambió en este y despertó pasando a otro sueño diferente.
Cuando abrió los ojos, primero se reconoció a sí misma, su conciencia espejada. Supo que estaba sola y deseosa de completarse, volverse sobre sí, en sí, gozarse, conocerse. Entonces creó- imaginó su propia imagen- su hija Lihmel. En ella corporizó su deseo y para satisfacerla hizo surgir al perfecto encastre para ese vacío y bajo los pies de Lihmel surgieron Rahmel, el que ve e intuye, el Poder y Rihmel, el que construye y destruye, la Fuerza. Ambos vieron a su hermana. Y se dirigieron a ella para hablarle y seducirla.
Rahmel tomó su rostro y besó sus ojos, dijo:
-Criatura de ojos insondables.
Rihmel la abrazó por la cintura y besó su boca, dijo:-Calma nuestra sed.
Rahmel se postró a sus pies, abrazó y besó sus rodillas, dijo:
-Dinos tus deseos.
Rihmel tomó sus manos y las besó, dijo:
-y nosotros te los daremos.
Espléndida en su fulgor Lihmel, sonrió ampliamente dando lugar a la luz y dijo.
-Yo soy El Deseo y vosotros debéis ser a través mío.
Rahmel y Rihmel se incorporaron ansiosos.
-¿Que podemos hacer por ti hermana?.
-Satisfacerme, calmar mi ardor...calmar en mí vuestro propio fuego ahogado en mi humedad.
Las bocas se unieron, la piel fastuosa de la Diosa se entregó a las lenguas vibrantes, las caricias posesivas. Saliva y sudor fueron desprendiéndose de las tres masas palpitantes, cobrando brillo y multiplicándose. Así nacieron los Primigenios. Los flujos de los tres salpicaron el vacío. Rahmel y Rihmel se turnaron besando, lamiendo y mordiendo la vulva y el culo de la Diosa, arrancándole musicales susurros, suspiros, gritos y gemidos, que penetraron en todas las partículas dándoles su música gloriosa, imprimiendo una orden. El Deseo. Tomaron las tetas de Lihmel, ella supo responder con sus manos, acariciando ardiente los sexos hinchados de sus hermanos.
El sudor, la saliva, los líquidos, se mezclaron, brillantes, ígneos y lanzados. Estallaron en todas las direcciones.
Rahmel y Rihmel la tomaron. La pusieron sobre sus manos, arrodillada. Rihmel gozó de la caricia de la lengua esponjosa de Lihmel, y Rahmel, entró en su caverna. La sangre fluyó, Lihmel gritó estremecida.
La sangre se mezcló con el resto, flotando, girando alocada, hirviendo. De ella surgieron las semillas para los planetas y su vida toda.
Se intercambiaron y Rihmel penetró en la caverna de Lihmel, la sangre volvió a surgir, esta vez producto de los frenillos rotos de los dos Dioses.
La sangre flotó y se mezcló. Los primitivos espíritus despertaron y comenzaron su existencia. Así nacieron los Rashmaks, los peregrinos del Universo, padres de las civilizaciones y las artes.
Rihmel penetró el culo de Lihmel, ella volvió a gritar gozosa. Rahmel exploró la divina concha y crecieron en calor. Los jugos siguieron derramándose. El ritmo del Universo. El ritmo de las carnes sudadas, estremeciéndose, rozándose, penetrándose, desgarrándose, estructuró la expansión de las partículas.
Creció el ritmo y el semen estalló junto a Rahmel y Rihmel, y por último Lihmel derramó su licor, su Néctar inundando todo en fuego líquido, pegajoso. Los dos hermanos se destruyeron y diluyeron dentro de ella yendo hacia el interior cavernoso. Allí chocaron incandescentes para ser expulsados y rehechos, listos para volver a la Sagrada Orgía. Desparramando sus cuerpos en el último rincón del vacío caliente. Enchastrando el Universo vibrante, gimiente y vertiginoso, por siempre hasta que Dah-Dah termine de conocerse-gozarse e imaginar la Sagrada Cópula y deje de jugar el gran juego. Entonces la ganará otro sueño diferente y se replegará sobre sí, destejiendo toda la trama. Atrayendo-succionando sin retorno todos los líquidos universales a través de Lihmel, la insaciable, la fuente, a quien también volverá a sumir en la oscuridad de su propio sueño, para...tal vez soñar otro sueño diferente pero parecido al del otro lado de sí...

(c) Alejandro Mariatti,  1996.
 
 

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