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GATEANDO EN EL ESPEJO

Por ALEJANDRO MARIATTI

 

La alfombra raspaba sus rodillas, pero ofrecía una superficie más cálida que el frío piso de baldosas. Leandro se había pasado la tarde paseando el cochecito nuevo por todos los rincones del departamento. El crepúsculo entraba por la ventana del living, tiñendo las sombras crecientes. Al otro lado de la pared surgía un brillo. Lea, olvidando el cochecito fue hacia allí. Despacio, registrando cada movimiento del brillo llegó hasta el rectángulo de donde surgía. El rectángulo contenía en su interior una mesa, como la del living, pero no la misma. Las sillas también eran y no eran las mismas, la alfombra continuaba, igual y diferente, y lo más importante, Lea estaba del otro lado mirándolo, estirando su manita, hasta que el vidrio les impidió seguir. Sonrió, el otro también, palmeó, ambos lo hicieron. El otro tenía una sombra más extensa, las cosas cambiaban a su alrededor, fluían. Algo acompañaba al del otro lado, no se podía precisar. "Sin nombre" envolvía al niño, lo acompañaba y protegía. Lea abría más los ojos, tratando de captar con su vista eso que resbalaba a las miradas, su reflejo se sentía cómodo con esa segunda presencia y el también. La presencia no habló, pero le hizo llegar a Lea la noción de que estaba con él y que siempre podía llamarlo. Lea se sintió feliz, tenía un amigo sin nombre, sin imagen y de múltiples imágenes. Un amigo no definible, no razonable, solo se lo sueña o convoca. El amigo lunar.

Primero se desprendió la rueda derecha, luego el techo presentó un gran agujero en el centro. Las ruedas restantes saltaron hacia los costados, rodaron libres por el suelo. La pinza siguió arrancando pedazos del caucho reciclado. Lea desparramó con sus manitas los restos del auto por todo el pasillo. Se lo habían regalado hacía menos de una semana. Sabiamente encontró la forma de romper lo que se promocionaba como "irrompible". Primeras señales de inteligencia, solo tres años y ya sabía que lo que no pueden sus manos, lo puede una pinza tomada al padre. Mientras tanto, mamá se preparaba para ir a trabajar. Solo se trataba de una suplencia de unas horas por la tarde, en total serían unas seis horas de ausencia. Lo cuidaría Teresa: "Es de confianza y, mientras, hace la limpieza del departamento" decía mamá.

Lea tenía por delante un océano de tiempo.

El tedio.

Inmóvil -amenazado por Teresa- frente a la televisión, mientras ella planchaba. Las imágenes y diálogos crípticos de la televisión se sucedían y Teresa barría. El, siempre quieto, no fuera cosa que metiera los dedos en la enchufe o rompiera algo, pensaba la buena de Teresa.

Lejos del sillón, a Lea lo esperaban los autillos, el tren, y todos los rincones del departamento; sobretodo los rincones donde podía comunicarse con "Lo" y el resto de los que fluyen, con la brisa y el resplandor danzante.

Quería bajar acudiendo a esa llamada. "Chist. Quieto ahí. No te muevas, sino te voy a dar un chirlo. Callate y mira la tele" decía Teresa. Necesitaba eludir toda vigilancia para poder hablar con ellos. Algunas afortunadas veces había logrado la suficiente abstracción como para poder oírlo a "Lo" o cualquiera de sus manifestaciones. Fijaba su atención en un punto indeterminado: la pared, el techo, un rincón, siempre puntos sin importancia y sin pensar en nada especial, luego había un margen de indeterminación entre el punto de abstracción y lo que había más allá, entonces "Lo" hacía su aparición. Lea entonces permanecía inmóvil, años luz de donde suponían los demás que debía estar. Él jugaba con "Lo" y se transportaba por impalpables hebras de luz hacia los confines de lo que no tiene nombre y supera toda imaginación. En alguna de esas ocasiones una estridencia molesta tiró de algún lugar situado en su panza, y entonces Lea cayó, encontrándose de súbito frente a la televisión y la cara de Teresa que lo llamaba insistente. Luego ya no podía volver, era difícil. Mucho peor era las veces en que Teresa llevaba a su hijo de trece años. Su sola presencia era estridente y molesta, además se complacía en molestarlo, cuando Lea trataba de huir, el se empeñaba en llamarlo y decirle cosas que Lea no comprendía, algunas veces le decía "dormido" como Si tal cosa fuera algo muy malo. Definitivamente le era imposible transportarse y conectarse con los Fluidos cuando el hijo de Teresa venía.

El océano del tiempo terminó de escurrirse por una pecera sin fondo, al fin papá llegó, mamá todavía tardaría una hora en volver. Leandro podía volver a jugar todo lo que quisiera, pero ya no tenía ganas, prefería hacerlo de otra forma, sin moverse. No solo la casa, sino todo lo que hay más allá, sería suyo. "El Universo es tuyo, pero no te muevas, sino todos esos animales gritones y estúpidos te van a saltar encima".

La noche pesaba como una frazada. Lea abrió los ojos. Frente a él bailaban plateados brillos sobre la superficie laqueada del ropero. Corría agua por la canilla de la cocina, el tintineo opaco de los platos resaltaba en el silencio. Fue hacia la cocina. Mamá estaba lavando los platos ya relucientes. Los dejó sobre la mesada, tomó un escobillan y comenzó a barrer el piso por décima vez en ese día. "Este hijo de puta de González nos quiere envenenar. Mirá, mirá el piso, todo blanco de DDT, eso nos tira por los agujeros que hizo en el techo; por allí nos vigila; nos quiere matar. Escuchalo... escuchalo... nos insulta. Hijo de puta. González cornudo". El frasco de pastillas de mamá estaba todavía sobre la mesada de la cocina, casi vacío. Se suponía que eran para adelgazar, pero ella siempre fue delgada, muy delgada. Lea volvió soñoliento a la cama. Fuera de la casa el silencio solo era roto muy ocasionalmente por algún auto que pasaba por la avenida. Eran las tres de la mañana, y la mamá seguía limpiando lo que brillaba y velando para que González no volviera a tirarles veneno por las cañerías de la luz.

Lea vio la pequeña jeringa, con su agudísima aguja lista. Esta aguijoneó su brazo. Ardía. No recordaba como llegó allí. Retenía retazos de sensaciones e imágenes. Sabía que estaba comiendo arroz, luego lo habían mandado a dormir. Lo siguiente fueron los destellos dorados descolgándose de la nada, una lluvia de esferas distantes. Abrió los ojos, los destellos no estaban, pero todo a su alrededor ardía, su cabeza quemaba contra la almohada, pero esta ahora era un ente agresivo y distante que exigía energía como alimento. La almohada era un enemigo y el aire caliente su aliado. El techo se movía y un fuego sin llamas invadía toda la habitación. Volvió a abrir los ojos al sentir el frío contacto del agua. Flotaba sostenido por papá, tenía frío, no quería estar allí. Odiaba el agua fría y no sabía por qué estaba allí, Si ya lo habían bañado a la mañana. Protestaba pero no parecían escucharlo. Volvió la oscuridad que solo fue rota por la súbita aparición de la jeringa pequeña del doctor que decía: "¿Cuarenta y un grados? Hizo bien, el baño frío es lo mejor para estos casos".

El quinto grado se hace pesado, Lea no tiene muchas amistades. Un solo amigo, los demás son solo cuerpos ruidosos y molestos, especialmente Carlitos. En una clase siempre hay alguien que recibe más bromas que otros. Lea es el más distraída, no le interesa mucho que sucede afuera, son solo molestias. Carlitos, corre muy veloz, el no; le duele la cabeza en cuanto se agita un poco. Aburridoramente todos los días Carlitos esta presente para hacer algo, para sacarlo de su mundo tranquilo. Pero llega un momento en que Carlitos invade ese mundo también. Ese mundo se alteró, hay que hacer algo. Hay que hacer algo.

Esa tarde en el recreo largo, después del almuerzo, estaban todos sentados en el patio, obligatoriamente inmóviles, vigilados por maestros y celadores. Carlitos venía caminando disimulado entre las columnas del patio, llegó junto a Leandro y lo escupió. Él sintió en un ojo esa humedad pegajosa y repugnante. Trataba de sacárselo pero no podía, se fregaba el ojo y seguía viendo empañado, inundado por el pegajoso olor de la saliva. Los habitantes del mundo fluido se agitan molestos. Otra vez ingresó algo para perturbar con su mundo imbécil, estaba sitiado por las hienas. Hace falta un correctivo. Hace falta poner en su lugar a los que perturban El Mundo Fluido. Hace falta terminar con los que quieren ingresar sin permiso. Terminarlos. Terminal.

 

"Murió de una larga y penosa enfermedad"- decía el locutor en la televisión poniendo su mejor cara de compungido, pasó un segundo y el rostro se animó -"Y pasando a otra cosa. Nuestro corresponsal en Mar del Plata, Miguel Lopez: Miguel... ¿Miguel?. ¿Me escuchás?. ¿Cómo está la Feliz hoy? ¿Mucha gente en la playa?"- y seguía el locutor con su mundo de vacaciones. "Mami que es esa larga y penosa enfermedad", la madre con cierto embarazo contesta bajando la voz "Cáncer" le dice. CANCER, cáncer, cáncer, cáncer cancercancercancer... suena maravilloso. Como el signo, como una estampilla que alguna vez Lea vio, un torso comido por un cangrejo. En las fotos del libro de enfermería de la madre hay varias fotos de enfermos cancerosos. La mejor es la de un hombre con el labio tomado por "el mal", este tiene una forma bulbosa, en el centro hay un pozo azul sucio. El hombre tiene tapado los ojos con una banda negra superpuesta sobre la foto. ¿Quiere guardar el anonimato?. Cáncer. El nombre suena chirriante, como los dientes que rechinan furiosos. Lindo nombre: C-A-N-C-E-R... ¿Cual podría ser?. Intuitivo encontró el lugar indicado: los órganos se pueden operar y extirpar. Pero hay algo que corre por todo el cuerpo, y no se puede sacar... Allí debe ser.

Lea se inundó de esa marea que lo colma. Los habitantes del Mundo Fluido, giran y giran, saltan, bailan, abren compuertas y la sensación llena a Leandro, lo mira a Carlitos y sabe, él sabe... No hay palabras, no hay fórmulas especiales para recitar. Solo él pensamiento, apenas una pequeña, imperceptible verbalización en "el otro idioma" y la sensación vidriosa, abandona a Lea de golpe, lo vacía, lo alivia placenteramente. Ya fue hecho. Solo queda esperar.

En sexto grado, es primavera. Llegan de la dirección hasta el aula. Se trata de la señora Estevez, la secretaria. Con la cara seca, pálida, compungida, esta vez no habrá abruptos cambios de ánimo como en el caso del locutor. La seriedad seguirá. La secretaria le habla aparte a la maestra, la señora Solis. Esto parece una epidemia, las caras duras, con los ojos hundidos, se contagian unos a otros, el agente de transmisión parece ser los oídos. La señora Solis, llega frente a la clase, pide silencio y lo dice, casi como el locutor en la tele. "Chicos, siento mucho esto, pero tengo una noticia muy fea -todos se agitan, alguno parece ya saber de que se trata y casi se esfuerza en adoptar el mismo rostro que los mayores, aunque todavía no pueden porque no tienen una muy buena idea de que se trata, hay murmullos de un banco a otro- Carlitos murió hoy a al mediodía de leucemia". Faltó que dijera Luego de una larga y penosa enfermedad. "¿Mami, que es leucemia?" Preguntó Leandro, "Es una variedad de cáncer en la sangre" dice la madre distraídamente "Ah, creo que ya sabía" dice Lea, satisfecho.

Es el último año. El Mundo Fluido se aleja lentamente, desplazado por otros rumores, otras pulsiones y brillos, aunque aún no desaparece por completo. Lea todavía puede convocarlos, el otro idioma ya va siendo olvidado y los rincones no ofrecen el mismo refugio. ¿A esa maldición le llaman crecer?, Se pregunta Lea, sin llegar a formularla con toda claridad. Esa pregunta se terminará de armar después, mucho después.

Leandro trataba de aliviar uno de sus periódicos dolores de cabeza. Enfrentando el espejo del baño, con la punta de los pulgares buscaba el latido sanguíneo en su cuello y apretaba, siempre tenía cuidado de no excederse, llegaba al momento exacto, cuando la visión se comenzaba a poblar de luciérnagas doradas encerradas en aire acuoso y opaco. Nadie le había dicho como hacerlo, pero él sabía que no debía dejar que llegase la oscuridad. Al soltar de golpe su cuello, sentía aliviado la embestida de su torrente sanguíneo recorriendo con fuerza toda su cabeza, llevándose todas las impurezas que le provocaban el dolor. Pero esta vez no resultó igual, la visión se obscureció de repente y ya no sintió los pies, lo despabiló el frío de las baldosas y el ruido de su cuerpo golpeando blando. No se sintió asustado, sino sorprendido ¿como podía ser que le ocurriese un desmayo? Eso no estaba planeado. La mamá corrió asustada preguntando ¿que pasó?. Ahora Lea tendría que explicar todo, o casi todo. Los dolores de cabeza y su método para combatirlos serían suficiente. Díez días más tarde se encontraba acostado en una camilla con la cabeza molestamente empastada en varios puntos de los cuales partían cables. No era lo peor, también debía seguir las órdenes del médico indicándole como respirar. "A ver... respirá con la boca abierta... hasta que yo te diga". Lea ya tenía la boca seca y comenzaba a marearse. Mientras las agujas trazaban interminables líneas sobre un rollo continuo de papel. ¿En que críptico idioma estarían escritas?. Tal vez podría el doctor descubrir algo secreto sobre Leandro leyendo esos raros signos emitidos por su cabeza. A medida que se imprimía la hoja, veía los leves cambios en el atento rostro del doctor. Había algo mal, Lea no sabía que podías ser, pero los rostros cuando menos mienten es cuando tratan de mentir. Posiblemente el doctor estaba viendo de una misteriosa y muy oblicua manera el "Mundo Fluido". Una mirada tangencial a una enormidad bellísima y cambiante en el pequeño entendimiento de los doctores solo ocasiona alarma. La única lectura posible es rectilínea, según ellos. Las alteraciones indican peligro.

Una semana después estaba el resultado. El doctor muy serio pero tratando de distender el ambiente, sonrió al hacerlos pasar al consultorio. "Disritmia encefálica- parietal" o algo así decía el electro, un elegante eufemismo previo a la epilepsia. Solo dos días más tarde iniciaba el tratamiento consistente en tomar una pastilla antes de acostarse durante dos o tres años.

Lea no sabía a que atribuir el paulatino alejamiento del Mundo Fluido, solo lo iba olvidando, los caminos desaparecían. Las pastillas daban resultado, ya no tenía esos continuos dolores de cabeza. Ahora tenía los pies aprisionados en la tierra, como querían Todos. Sin dolor, sin goce.

Otras fuerzas despertaban en su cuerpo y de momento no tenía forma de dominarlas, tardaría muchos años en comprender a esa maravillosa potencia salvaje y saber utilizarla a su favor.

¿Cuanto tiempo debe transcurrir hasta poder encontrar la respuesta a una pregunta?. Tal vez varía para cada persona, aún así siempre parece demasiado tiempo.

Los susurros y la brisa fueron tapados por toda la cacofonía del mundo, aún así Lea jamás dejó de caer en ese estado indefinible y flotante. Rescatar el Mundo Fluido era su objetivo y obsesión. Tentó muchos caminos. Pese a no haberse dejado moldear por el exterior le era casi infranqueable la pared que lo separaba de la infancia y esa maravillosa espontaneidad vital. No creía mucho en el mundo ruidoso-ruinoso del exterior, pero este igual se impone prepotente y estúpido, como una factura impaga.

Hay que recorrer mucho, Lea descartó varias puertas en su búsqueda. Jamás confió demasiado en nadie, esta en su sangre, lo mamó. Los demás tienen sus propios intereses y su propia visón o falta de visión. Solo el debe encontrar su puerta.

Al fin ya maduro la halló. Tras las carencias están las futuras búsquedas y substitutos. La tibia leche que anhelaba cuando bebé y que nunca era suficiente para satisfacerlo, era la clave. Y el tibio sustituto la puerta anhelada. Entonces, solo entonces comprendió y el Mundo Fluido cantó para él y con él. En su mirada brilla el relámpago de los "Espíritus Lunares". Ahora sabía. Sabe.

Nadó en la marea del tiempo. Puede hacerlo.

Al otro lado surgía un brillo. Un rectángulo de luz crepuscular reflejado, entrando y llamándolo. Al otro lado esta la mesa del living, las sillas, la alfombra y el niño cansado de jugar con el cochecito con su mirada brillante, ávida, curiosa. El niño se acerca gateando y sonriendo ante lo que no ve con los ojos. Aprendiendo a convocarlo. Preparándose para cruzar El Umbral acompañado por los reflejos danzantes, flotando-jugando con los "Lunares" y el amigo sin nombre...

(c) Alejandro Mariatti,  1996.
 
 

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