{upcenter}
{upright}

 

EPISODIO DE DON FRANCISCO FIGUEREDO
(fragmento)*

Por Fernando Sorrentino

[.]
Este doctor Corvalán era hermano de don Ignacio, en cuya quinta de Flores se habían refugiado Rodríguez y Labarthe cuando los sucesos del 90, episodio que trataré más extensamente en otro pasaje de este libro. Era hombre de recia complexión y rostro rojizo, y mantenía un aire afable y risueño que lo tornaba simpático ya desde la primera impresión.
Esa noche tuve el honor de cenar en una rotisería céntrica (un "restaurant", diríamos ahora) con mi padre y el doctor Corvalán. Yo me sentía un poco envarado y no participaba en la conversación, que trataba, cuándo no, de política, sino cuando se me interrogaba. Terminada la comida, mi padre y el doctor Corvalán se dirigieron al Teatro de la Comedia, donde creo que actuaba nada menos que Sarah Bernhardt, o acaso Eleonora Duse, y a mí me mandaron a descansar en mi pieza del Hôtel des Princes.
Pero, ¿quién pensaba en dormir? Lejos de afligirme el no poder concurrir al teatro con los mayores, la aventura de hallarme a ochocientos kilómetros de Buenos Aires, con una pieza de hotel toda para mí solo y sin que me faltara un peso en el bolsillo, me hacía sentir inmensamente feliz y en un estado cercano a la ebriedad de la libertad.
Estuve un rato acodado en el antepecho del balcón, gozando de la serenidad de la noche y del aire embalsamado de azahares y jazmines que venía de las casas vecinas. Por la plaza de enfrente paseaban algunos caballeros de sombreros de copa, fumando cigarros de hoja. Todavía en aquel tiempo era mal visto que las señoras se recogieran tarde.
Me pareció una lástima acostarme y, en la seguridad de que mi padre no se fastidiaría por mi desobediencia, decidí bajar y dar algunas vueltas por la ciudad desconocida. Mi padre siempre sostenía que el hombre debe aprender todo por sí mismo, y que debe equivocarse varias veces antes de acertar. La ciudad no era en aquella época la populosa urbe y el pujante centro industrial que es hoy, sino apenas algo más que un pueblo, a cuya estación ferroviaria convergían los productos agropecuarios de la zona.
En la planta baja del hotel encontré dos mujeres de aspecto humilde, que, sin duda —a juzgar por los grandes bultos de ropa que se disponían a retirar—, eran lavanderas del establecimiento. Al advertir mi presencia, callaron bruscamente, pero yo ya había pescado la palabra chupasangre, que me hizo parar la oreja. Era la segunda vez en pocas horas que yo oía hablar de ese asunto: antes había sido en el vagón correo del tren.
De mi padre he aprendido a inspirar confianza en toda clase de gentes, y ya entonces —tendría quince o dieciséis años— creo que poseía este don. Interrogué, pues, a las mujeres sobre la cuestión del chupasangre, y la respuesta me indicó que se trataba de una de esas vulgares supersticiones de nuestro campo. Según entendí, el famoso chupasangre era una especie de pariente autóctono del conde Drácula, cuyas cintas llegaron muchos años más tarde.
Dijeron las mujeres que, en los últimos meses, habían fallecido nueve niños en el pueblo; que los médicos no habían atinado con la causa del mal; que esos niños se habían "secado" como una naranja exprimida. Según ellas, los chicos tuvieron que haber sido secados por un chupasangre, y un chupasangre —siempre según esas mujeres— era un enfermo de tuberculosis que necesitaba beber sangre de niños para postergar lo más posible la hora de su muerte.
Quien lea, casi en la mitad del siglo XX, esta historia disparatada sin duda sonreirá incrédulo. Pero estas y parecidas leyendas eran moneda corriente en el campo sesenta u ochenta años atrás. Y confieso que las mujeres, con su aire medroso y asustado, lograron transmitirme cierta aprensión, atribuible, por otra parte, a mi corta edad y al hecho de que, quiérase o no, me hallaba bastante emocionado por hallarme solo en ese pueblo tan alejado de Buenos Aires.
El caso era que las mujeres aquellas no sólo creían a pie juntillas en la existencia del chupasangre, sino que, para ellas, el dueño de tan extraño régimen alimenticio tenía nombre y apellido y domicilio conocidos en el pueblo. Esta creencia no se limitaba a ellas solas, sino que estaba generalizada en el ejido urbano y en las quintas y aun las estancias de las afueras.
Recuerdo que, al pedirles me hicieran conocer la identidad del singular sujeto, se miraron asustadas, como dando a entender que mi pregunta, o —mejor dicho— su respuesta, las ponía en peligro.
—Usted comprenda, señor —dijo una—. Tenemos hijos chicos y, si el chupasangre se entera que lo acusamos, se va a desquitar en ellos.
Les prometí guardar la más absoluta reserva y, por fin, entre remilgos y dudas, me dijeron que el chupasangre era un individuo llamado Francisco Figueredo, que vivía solo en una enorme casona de la calle Belgrano 345 (no es curioso que recuerde con tanta precisión el número, pues es muy fácil, y hará veinte años he vuelto a pasar frente a la casa, que, bastante cambiada, se ha convertido ahora en un colegio privado, creo, o en una asociación de jóvenes, o cosa así).
La casa quedaba a tres o cuatro cuadras del hotel, y se me ocurrió echarle un vistazo sin más dilación. El predio ocupaba toda una manzana, con entrada principal por Belgrano 345 y una puerta, supongo que para el personal de servicio, por la calle Santa Fe. Lo rodeaba completamente, como se estilaba entonces, una verja de lanzas de hierro. Tras las rejas, un jardín que, más que jardín, parecía selva enmarañada, y, en el centro del terreno, la gran construcción de dos plantas, imitada al modo de las casas de veraneo francesas, aunque con la presencia insólita de un mangrullo o mirador vidriado.
Todos estos detalles los habré advertido en ocasiones posteriores. Lo que es esa noche, sólo vi la masa negra de los árboles y de las enredaderas y; más atrás, la mole grisácea del edificio. Ahora quisiera atribuirlo a espíritu observador o analítico, pero lo cierto es que lo habré hecho de puro miedoso: en aquella ocasión observé la finca de don Francisco desde la vereda de enfrente.
Sólo había una lucecita de mala muerte en una de las ventanas de la planta alta, y allí, encuadrado como en un marco, se veía un rostro extraordinariamente pálido —o, más que pálido, absolutamente blanco—, pero con las mejillas sumidas hasta el hueso y muy encendidas en rojo: el típico rostro del enfermo de tisis.
Estuve unos minutos haciendo el sonso, con la vista clavada en la ventana y en la cara de don Francisco Figueredo, hasta que éste levantó la cabeza —por la posición, parecía estar leyendo— y me vio. Eso fue más que suficiente para que, fingiendo haber tenido una momentánea curiosidad de paseandero, me pusiera en marcha al instante y volara de allí. De puro asustado, me retiré casi corriendo: cosas de muchacho.
Ya en mi pieza de hotel, maldije una y mil veces mi idea de haber bajado: ni bien cerraba los ojos, veía el rostro blanco y reprobatorio de don Francisco Figueredo que me miraba desde su ventana iluminada. Desde luego, no era yo tan ingenuo como para creer en esas paparruchas del chupasangre, pero lo cierto fue que pasé una noche inquieta y propicia a las pesadillas.
Al mediodía siguiente, ya estábamos instalados en La Dorita, el establecimiento del doctor Corvalán. Tres o cuatro días pasé embobado con los misterios del campo, y ya soñaba con que ésa sería mi vida para siempre. Ignoraba —a fuerza de inexperto— que la Patria me reservaba grandes responsabilidades en el timón de la cosa pública. Entonces era un muchacho de unos dieciséis años, criado en Buenos Aires —yo nací en la calle Esmeralda, entre Charcas y Paraguay—; sin embargo, el Buenos Aires de mi tiempo era más montaraz y viril que este de ahora, con tanto progreso y tantas pretensiones. Pero quería decir que el campo resultaba para mí un mundo maravilloso donde todo era novedad.
En contacto con la naturaleza y con lo noble de todo lo creado por Dios, casi había olvidado la historia del chupasangre, cuando cierta tarde, entre el cúmulo de gente que, por razones de la campaña electoral, a la sazón en pleno auge, venía a ver a mi padre y al doctor Corvalán, se apareció el mismísimo don Francisco Figueredo, quien, al parecer, era un elemento político de cierta importancia.
Me crucé con él y mi padre en la antecámara del escritorio del doctor Corvalán y fue menester, entonces, hacer las presentaciones de rigor y saludarlo. Cuando mi padre dijo "Ramón, mi hijo mayor" y, después de una pausa, "Don Francisco Figueredo, un viejo amigo", me puse rojo como la grana, pensando que ese hombre enjuto —viejo amigo de mi padre, como acababa de decir éste— reconocería en mí al impertinente curioso de noches pasadas. Tonterías: qué diablos podía reconocer de mí, si ni me habría visto en la penumbra de aquellas calles arboladas; pero este razonamiento lo tuve mucho más tarde.
De cualquier modo, ni él ni mi padre —urgidos por cuestiones de la campaña— advirtieron mi injustificada turbación, y yo me escabullí entonces como pude.
Pero no había escarmentado, por lo visto. Me picaba una extraña curiosidad y, desde el patio y a través de las rejas de la ventana, intenté atisbar tres o cuatro veces a don Francisco Figueredo. Mi padre, sentado a medias sobre la superficie del escritorio, estaba leyendo en voz alta no sé qué documento político, y don Francisco, hundido como un huso en un sillón, parecía aprobar con leves movimientos los diversos puntos que se sometían a su consideración. La tisis lo devoraba, sin duda, y su palidez era realmente fantasmal. Como tenía los ojos entornados, este detalle acrecentaba su aspecto cadavérico. Vaya uno a saber qué clase de morbosidad me llevaba a observar con tanta atención a ese pobre muerto en vida: sin duda, la vitalidad de la juventud es atraída paradójicamente por lo inanimado y lo caduco.
Lo que no sospechaba en ese momento era que durante la noche de ese mismo día podría observar a don Francisco hasta el cansancio. En efecto, junto con otros caballeros recién llegados, cenó con nosotros y, según oí, pasaría esa noche en La Dorita y, a la mañana siguiente, volvería a su casa de Belgrano 345.
Acaso por estar prevenido contra él a causa de los disparates que les había oído a las lavanderas del hotel, lo cierto es que el hombre me causó una impresión desfavorable. Don Francisco casi no hablaba y, cuando lo hacía, dejaba oír una voz muy apagada, que salía dificultosamente de sus labios apenas abiertos; una verdadera voz de cadáver, me dije. Pienso ahora que, en realidad, era imposible que su dolencia fuera la tuberculosis, porque, en tal caso, los demás caballeros no hubieran comido con él, temiendo, como se temía, el contagio de aquella terrible enfermedad, entonces incurable.
Dos o tres veces mi mirada se cruzó con la suya, que era como de vidrio, y de una curiosa y negra fijeza; no pudiendo sostener aquel brillo oscuro ni siquiera un instante, todas las veces me vi obligado a desviarla. Por último, tanto me agobió la idea de encontrarme con esos ojos inexpresivos —o demasiado expresivos—, que ya no me atreví a levantar la vista del plato.
Un rato después, Juancho Corvalán, el cuarto de los hijos del doctor, con quien salí a fumar un cigarrillo a escondidas —él me había iniciado en ese hábito, que perdí muy pronto, por fortuna—, me preguntó si yo, que era de Buenos Aires, creía en los vampiros. Supongo que él andaría apenas por los doce años, y yo enarbolaba dos prestigios: ser mayor que él y ser porteño.
Desde luego, con afectada seguridad, le respondí que no, que no creía en los vampiros. (Aun aquí mostré torpeza: debí primero haberle preguntado qué eran los vampiros, para hacerme el desentendido; pero lo cierto era que la figura de don Francisco, con su leyenda, me rondaba por la cabeza.)
Después, fingiendo indiferencia, le dije que por qué me preguntaba eso.
—Dicen que don Francisco Figueredo es un vampiro —contestó Juancho.
—Dicen., dicen. —quise mostrarme como un muchacho sensato y maduro—. ¿Quiénes dicen?
—La gente., toda la gente dice.
—¿La gente? ¿Qué gente? ¿Tu padre dice eso? ¿Mi padre.? ¿Los amigos del Partido.?
—No, ellos no. Pero sí Juliana y la cocinera y las demás mujeres de servicio. ¿No viste qué mirada rara que tiene? Parece que tuviera ojos de vidrio.
De modo que también él lo había notado: no era sólo yo, entonces.
—.dicen que sale de noche y que tiene la facultad de hacer dormir a los padres como troncos. Y después les chupa la sangre a los chicos, hasta dejarlos muertos y secos como una naranja exprimida. O como deja la araña a la mosca.
—¿Vos tenés miedo?
—A decir verdad, bastante.
—Cerráte con llave.
—¡Ah! ¡Qué fácil sería eso! —respondió con sorna—. Ahí está el asunto: dicen que no hay llave ni cerrojo ni candado que sirva de nada. Don Francisco entra, no más.
—Pero, ¿cómo entra? ¿Rompe las cerraduras?
—No rompe nada: entra no más, quién sabe cómo.
Delante de nosotros estaba la negrura del campo, con sus ruiditos minúsculos y desconocidos. Detrás, la gran casa iluminada y el maldito don Francisco, con su mirada de reptil y su mala fama, en ella. Empecé a sentir cierto miedo indefinible y sin causa concreta. Pero no debía mostrarme temeroso con Juancho, que era menor que yo cuatro años:
—Dejáte de pavadas —dije, haciéndome el despreocupado—. Vamos a dormir, que mañana temprano podríamos ir a pescar al arroyito.
Mal que mal, el tema fue olvidado, y cada cual se fue a su pieza. La gente mayor debió quedarse aún mucho tiempo en pie, porque, después de lo que juzgué un rato larguísimo, me despertaron voces difusas que venían desde la galería.
Sin encender la palmatoria, corrí a espiar por la ventana: eran el doctor Corvalán y don Francisco, que cruzaban el gran patio interior en dirección a los dormitorios. A pocos pasos de mi puerta, se detuvieron y se dieron las buenas noches; en seguida, el doctor Corvalán, con su tranco firme y sonoro, se perdió hacia la otra ala del edificio.
Comprendí que don Francisco Figueredo pasaría la noche en la pieza contigua, y esa vecindad indeseable me inquietó de una manera irracional. En fin, para no fatigar con los detalles y las formas del insomnio, diré que, muerto de miedo, pasé toda la noche en vela. En el campo, todos los ruidos y rumores son distintos y tienen otra dimensión y otra resonancia; continuamente me parecía que de la habitación de don Francisco venían gemidos ahogados y como el raspar de zapatos contra maderas. Varias veces me encontré con la oreja pegada a la pared medianera, tratando de descifrar las borrosas señales que creía oír. Tenía un nudo en la garganta y el corazón me saltaba en el pecho. El miedo me hizo añorar mi dormitorio de la calle Esmeralda, en el Retiro, lugar civilizado donde nadie hablaba de vampiros ni de chupasangres ni de macanas.
En un momento dado —quién sabe qué hora sería— oí claramente que se abría la puerta del dormitorio de don Francisco. Sobreponiéndome al terror que me envaraba las piernas, acudí a espiar por la ventana, a través de los visillos: don Francisco, de espaldas a mí, cruzaba el patio en dirección a la pérgola donde solía matear por las mañanas el doctor Corvalán. Lo reconocí por su andar claudicante y sus hombros caídos y débiles; tuve la clara sensación de que, entre sus brazos, llevaba un bulto: esto lo supe por la postura de su cuerpo, no porque lo hubiera visto.
Permanecí inmóvil junto a la ventana, esperando el regreso de don Francisco. Esperando en vano. Obnubilado de angustia y de temor, asistí al impalpable transcurrir de la noche y a su pausado transformarse en día.
Apenas amaneció, me vestí y corrí afuera.
El cielo azul, el sol radiante, los colores que volvían a vivir me infundieron el valor de que había carecido durante esa noche atroz. ¿Dónde estaría don Francisco? ¿Dónde habría pasado gran parte de la noche?
Atravesé el patio de baldosas rojas y el caminito de grava, y llegué a la glorieta. Allí había un asador y unos cuantos bancos y mesas de piedra, que se usaban muy rara vez. Ahí no más empezaba la llanura, interrumpida muy lejos por un montecito de árboles muy oscuros. Me pregunté si don Francisco, con su físico enclenque, habría sido capaz de caminar las buenas leguas que mediaban hasta el montecito.
Un ruido sordo me sobresaltó. Algo se movía en un rincón, junto al cerco de ligustrina. Por las dudas, recogí una rama del suelo y me fui aproximando con grandes precauciones. Vi entonces un cuerpo peludo que jadeaba. Levanté un poco la ligustrina con el palo, y descubrí un perro blanco, de orejas negras y con una mancha del mismo color sobre el ojo derecho. Y este perro se hallaba moribundo, con la lengua afuera y los ojos salidos de las órbitas. En el cuello, ceñidísimo, tenía un cordel: alguien lo había ahorcado.
"Dios mío, Dios mío", me dije, estremecido de pavor, "Dios mío, quiero volver a Buenos Aires".
Corrí hacia la casa, con la intención de comunicar a mi padre la desaparición de don Francisco y el ahorcamiento del perro, con toda seguridad a manos de ese hombre aborrecible, que quién sabe dónde diablos estaría entonces.
Una de las criadas debió de notar algo raro en mí, porque me preguntó:
—¿Necesita algo, don Ramoncito?
—Mi padre. ¿Dónde está mi padre?
—Con los señores, en el comedor chico, tomando mate. ¿Necesita alguna cosa, don Ra.?
Desalado, corrí hasta el comedor chico y entré como una tromba. Tres hombres me miraron con sorpresa: uno era mi padre; otro, el doctor Corvalán; el tercero, don Francisco Figueredo.
No sé cómo, pero atiné a dar los buenos días y a balbucear una excusa. En seguida me retiré y fui a sentarme en una silla en la galería. Necesitaba reflexionar y serenarme.
¿De modo que todo había sido un sueño? ¿De modo que el calumniado don Francisco en ningún momento había abandonado su pieza, mientras yo me entregaba a tan absurdas imaginaciones?
"Sin embargo", me dije "el perro ahorcado no lo vi anoche. Lo vi esta mañana, estando bien despierto y bajo el rayo del sol".
Regresé a la glorieta, recorrí toda la ligustrina, ya no encontré el perro blanco, con orejas negras y una mancha negra sobre el ojo derecho, que había creído ver una hora antes.
Por el camino que llevaba al pueblo venía un hombre a todo galope. De lejos lo reconocí: era Antonio, uno de los peoncitos jóvenes que tenían para todo servicio. Sin detenerse, gritó:
—¡Voy a buscar al médico! ¡El Pedrito está que se muere! ¡Lo ha secado el chupasangre!
Pedrito, un chico muy vivaracho y simpático, era hijo de Juliana, la ayudante de la cocinera. Sin dilación acudí a su pieza de enfermo, que estaba en el ala de los criados. Me encontré con un cuadro dramático: en su pobre cama, blanco como un fantasma, Pedrito se moría y deliraba. Juliana y otras mujeres lloraban a su alrededor y no atinaban a nada.
—¡De la noche a la mañana! —decían—. ¡Ayer estaba tan bien y hoy se nos muere! ¡Lo ha secado el chupasangre!
De pronto callaron, recelosas. En el cuarto acababan de entrar mi padre, el doctor Corvalán y don Francisco Figueredo.
—Cálmate, Juliana —le dijo el doctor—. Pronto vendrá Antonio con el médico, y el chico ya se pondrá bien.
Mi padre agregó también algunas palabras de confortación y en seguida los tres hombre se retiraron. Yo tenía la cabeza hecha un pandemonio. Las mujeres, ya desembozadamente, se pusieron a acusar a don Francisco de haberle bebido la sangre a Pedrito.
—Ayer estaba blanco como un muerto, y ahora está colorado y vende salud.
—¡Sí, colorado con la sangre de mi pobre hijo!
¿Qué hacía yo allí? No me alcanzarán los años de mi vida para arrepentirme de ese viaje que había empezado tan halagüeñamente, y que ahora se había convertido en pesadilla. Abandoné la habitación. Necesitaba hablar con mi padre y comunicarle todos mis temores.
Primero fui a buscar a Juancho Corvalán:
—Decíme, ¿aquí no hay un perro banco, con orejas negras y con una mancha negra sobre el ojo derecho?
—Qué sé yo. Hay tantos perros aquí.
—Pero tratá de acordarte. Un perro más o menos así —con las manos le indiqué el tamaño aproximado—, con una mancha negra en el ojo derecho, como un pirata.
—¡Ah, sí! ¡Vos decís el Pirata! ¡El perro del Pedrito.!
—Ése digo yo. ¿Dónde está?
—¿Qué sé yo? ¿Cómo voy a saber dónde anda cada perro? Andará por ahi.
En eso me llamaron desde la galería:
—¡Don Ramoncito, dice su padre que vaya al comedor chico!
Obedecí al instante; llevaba el firme propósito de hablar inmediatamente con mi padre. Por eso lancé interiormente una maldición al verlo una vez más en la abominable compañía de don Francisco Figueredo.
—Don Francisco ha sufrido una indisposición —dijo mi padre—. Va a volverse a su casa. Van a ir en el coche del doctor Corvalán; vos lo vas a acompañar para ayudarle a llevar unos bártulos un poco pesados.
Miré a don Francisco: con la nuca apoyada en el respaldo de un sillón y con los ojos cerrados, respiraba penosamente. No noté que estuviera colorado ni que "vendiera salud", según habían dicho las mujeres de la cocina: lo vi tan blanco y macilento como siempre.
Justino estaba atando el caballo a las varas del coche. Me ofrecí para conducir, pero mi padre dijo:
—No, en el pescante irá Justino. Vos sentáte con don Francisco y séle útil en lo que pueda necesitar.
Si por un lado me causaba inquietud viajar en la caja del coche con don Francisco, por otro me alegraba que Justino viniera con nosotros. Durante todo el trayecto pensé que don Francisco podría caer muerto allí mismo. Permanecía siempre con los ojos cerrados y jadeaba laboriosamente; cada tanto, gemía y con ambas manos se oprimía el estómago. Y yo, implacable, lo miraba. Y no le tenía lástima.
Malditos caminos del diablo, anegados por las lluvias. Cien veces estuvimos por quedarnos empantanados y otras ciento el caballo salió airoso de los barriales.
Llegamos, por fin, a la casona de Belgrano 345. Justino cargó las dos valijas de don Francisco, y éste, trémulamente, se tomó de mi brazo.
Atravesamos el jardín húmedo y descuidado que yo había visto unas noches atrás desde la vereda de enfrente. Con grandes temblequeos, don Francisco logró meter la llave en la cerradura, y entramos. Sentí ese característico olor de moho y decrepitud que cunde en las casas cerradas por mucho tiempo.
—Me siento mal, muy mal —gimió don Francisco, y tornó a tomarse el estómago.
Quise ayudarlo a recostarse en un sofá, pero dijo:
—No, aquí no. Quiero ir a mi cama, arriba.
Paso a paso empezamos a subir la escalera. Don Francisco, jadeante, me atenaceaba el brazo. Justino nos seguía con las dos valijas.
Ya estábamos a punto de poner pie en el pasillo superior, cuando, de pronto, don Francisco sufrió una especie de violenta convulsión y, sin que yo pudiera impedirlo, cayó hacia atrás, sobre Justino. Sorprendido, éste soltó las valijas para atajar a don Francisco; las valijas rodaron por la escalera, saltaron, se golpearon, se abrieron, de una de ellas cayó sordamente el cadáver ahorcado del Pirata.
Ni Justino ni yo, con nuestra poca edad, estábamos hechos a resistir esas cosas y, gritando quién sabe qué miedos, huimos hacia la planta alta. Don Francisco, mirándonos con odio desde la escalera y farfullando no sé qué maldiciones, intentó levantarse para perseguirnos. Ignoro qué hubiéramos hecho, pero creo que lo habríamos arrojado escaleras abajo. No fue necesario.
Don Francisco se quebró casi en dos llevado por el sacudón de un nuevo espasmo incontrolable que lo arrojó de bruces al suelo en medio de un interminable vómito de sangre. Justino y yo nos quedamos mirándolo, sin movernos. Largo rato fluyó de su boca el líquido rojo. Cada tanto, una nueva contracción aumentaba su caudal. Al cabo de un rato, don Francisco ya no se movió, y comprendimos que había muerto.
Justino y yo nos persignamos.
—Diablo de hombre —dijo el peón, y con la barbilla señaló el piso y los peldaños ensangrentados—: Será la de Pedrito, no más.
No había más que hacer en esa casa. Con cuidado de no tocar el cadáver, bajamos la escalera.
Justino se volvió a La Dorita, con su miedo y sus novedades. Yo no quise saber nada y regresé al Hôtel des Princes. Recogí mis cosas y, dándome una prisa de loco, logré alcanzar el único tren diario para Buenos Aires.
Meses después, ya concluida la campaña electoral y ya elegido diputado, volvió mi padre a casa. No se tocó el tema.
De esto hace más de setenta años, y mi padre hace cuarenta que murió. Estando él aún vivo, yo he conocido los honores y —por qué no— los sinsabores de la conducción nacional. Recuerdo haber conversado muchísimo con mi padre, de haber conversado de todos los asuntos imaginables. Sin embargo, yo nunca le pregunté por Pedrito y él nunca me preguntó por don Francisco.


*DÁVILA, Ramón Enrique, Memorias de un ex legislador, Buenos Aires, Peuser, 1951 (págs. 183—191).

(c) Fernando Sorrentino,  Revista Letras de Buenos Aires, Año 18, Nº 39, Buenos Aires, marzo de 1998.
 

MAS CUENTOS

 

 

Liter Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados

Webmaster: Jorge Oscar Rossi

mail: jrossi@literareafantastica.com.ar