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FAMILIA DE CADÁVERES

Por Andrés Díaz Sánchez


Los cadáveres abrieron los ojos. Miraron hacia arriba y se encontraron con el techo de su prisión. Una fuerza exterior les obligaba a moverse, como se desplazan las partículas metálicas al ser atraídas por el imán.
Algunos rascaron con sus uñas pútridas la madera del ataúd, otros golpearon con la mano abierta, otros con sus dedos, tronchándose inutilmente uno o dos.
Sea como fuere, animados por aquella fuerza ultraterrena, lograron vencer múltiples decenas de kilogramos de prisión y levantar la tapa de las cajas de muerte en que hasta ahora habían dormido el Sueño Eterno.
La tierra entró en sus habitáculos y los cubrió sin compasión. Se colaba por las bocas desdentadas y las fosas nasales agrietadas, invadiendo sistemas respiratorios y digestivos en desuso. Los gusanos camparon a sus anchas sobre las ralas cabelleras.
Ascendieron a través de la tierra corno enormes topos y emergieron a una noche sin estrellas, nubosa.
Adelaida miró hacia lo alto. Buscó las luces del firmamento, sin hallarlas, escondidas tras la contaminación atmosférica. Con dedos torpes se sacó los últimos pedazos de tierra de entre los párpados.
-...elaiiiiddhhhhhaa...
La aludida se volvió, haciendo chirriar sus vértebras desentrenadas. Había tres figuras más entre las lápidas. Les reconoció. Eran mamá, Carlos y Luís. Todos parecían, al igual que ella misma, torpes y estúpidos, a punto de caerse al suelo, oscilando peligrosamente, como borrachos empedernidos. Adelaida quiso preguntarle a su madre cuál era el motivo de hallarse en el cementerio, pero su lengua se movía con dificultad en el interior de la tirante boca y sólo llegó a emitir un mugido incoherente, vacuno.
Sus hermanos tampoco podían expresar sonidos inteligibles. Como retrasados mentales, emitían murmullos pastosos.
Sólo mamá, el brazo fuerte de la familia, se sobreponía a la difícil situación, pronunciando una vez más su nombre:
-...ddheeelaiddhhhaaa...
Adelaida asintió. Su madre siempre la llamaba a ella antes que a los otros. Claro. Era la mayor. Se ocupaba de las tareas importantes cuando mamá iba al trabajo. El rollizo y verdoso brazo de su madre señaló a Carlos. Aquél era un ritual que se producía de manera automática e inmutable: Carlos tenía hambre, ponía sus morritos de niño malo, a punto de estallar en sollozos y gritos, Mamá lo señalaba con el dedo, como ahora hacía, y Adelaida entretenía al pequeño para que dejara de llorar.
Adelaida suspiró, algo cansada, y de sus pulmones surgió una nubecilla de tierra y gusanos. Se limpió distraídamente la nariz con el dorso de la zurda y tomó a Carlos de su estropajosa manita con la diestra. Como siempre, el crío se calló en el momento en que Adelaida se hizo cargo de él. Una sonrisa se abrió en su cadavérica faz y Adelaida se la devolvió, sintiéndose algo hastiada del pequeño.
Luis ya caminaba tras mamá. Después, Carlitos, junto a Adelaida. Arrastraban los pies. Parecían patitos siguiendo a mamá pato. Ella les impulsaba, de ella partía la energía que les había sacado de la tierra.
Adelaida comprendió enseguida que se dirigían hacia la puerta del cementerio. Durante unos instantes su estúpida mente se preguntó el porqué. Entonces la comprensión brilló en su macilenta faz. ¡Claro! Mamá los llevaba de vuelta a casa. Aquélla volvería a ser una noche normal, como otra cualquiera: la cena, la televisión y después a dormir para levantarse temprano e ir al Instituto. Los secos y azulados labios de Adelaida se curvaron hasta formar una sonrisa de felicidad.








Ahora venía lo más difícil. Marta estaba cerca, quizá demasiado. Alberto podía oler el perfume de su cabello. Aquélla era la primera cita. Ya podía sentir su aliento cálido y femenino en su cuello.
Miró a la gente del pub: chicos y chicas de entre quince y veintidós años, la mayoría luciendo largas melenas. Luces. Música atronadora. La camarera, vestida a la moda hippie de los años setenta, continuaba sirviendo vasos de litro llenos de cerveza o vino mezclado con refresco de cola, el popular calimocho, a la clientela de la barra. Las pupilas de Alberto siguieron el recorrido hasta encontrarse de nuevo con los castaños y profundos ojos de Marta. Eran ojos enigmáticos, como todos los de una mujer en semejantes momentos de intimidad. Sin embargo, en estos había algo extraño. Una fuerza que doblegaba a los demás de manera sutil y perversa. Alberto se dijo que era un necio, por imaginar tales cosas.
-Perdona, Marta, tengo que ir al servicio.
La joven esbozó una sonrisa un tanto burlona que hirió a Alberto. El joven hubo de esforzarse para oír la voz por sobre el rock duro que imperaba en la sala:
-Claro -repuso ella, con dulzura. Dobló la cabeza, y pasó por encima de un hombro la melena de color castaño claro y cerrados bucles que formaban cascada. La colocó en un suave gesto, alzando los brazos lo suficientemente como para realzar su pecho. Un gesto brutalmente femenino-. Te estaré esperando. No huyas.
-No, no, por supuesto -contestó Alberto, torpemente-. Volveré enseguida.
-Así me gusta -finalizó ella.
Alberto se levantó, casi tirando la silla al retroceder. Aquella sonrisa burlona y cargada de deseo, en la faz de Marta, lo debilitó aún más.
El joven pasó entre la maraña de personas y llegó al servicio de caballeros. Una vez dentro cerró la puerta y se miró en el espejo del lavabo. Vio delante suyo un adolescente de pelo corto y negro, rostro delgado y expresión entre cínica y soñadora.
-¿Qué te pasa, imbécil? -le espetó al espejo-. Te está toreando. Reacciona, hombre... ¡Reacciona de una vez!
Se preguntó qué sabía en realidad de aquella muchacha... Poco, la verdad. Ella estaba en C.O.U. "C" y él en C.O.U. "A". Una chica normal, ni acelerada ni tímida. Le sacaba un año, pero a él éso no le acomplejaba, no era ningún creído. Y ella realmente era un bombón. Alberto sabía que había salido con varios chicos más y que ellos habían conseguido poco o nada. Sabía que le gustaba la música heavy metal... No el rock suave de Bon Jovi o Def Leppard, que agradaba a todas las que estaban en este mundillo. A la muchacha le iban los platos fuertes: Sepultura, Anthrax, Pantera... incluso Napalm Death... ¿Cuántas de éstas había en Madrid? ¿Diez? ¿Doce? Se conocieron un día que en que salieron con amigos mutuos. Una charla casual. Y fue ella quien le insinuó acerca de verse un día a solas. Media semana después, allá estaban los dos. ¿Qué más sabía de ella? Dos años atrás, su familia había muerto en un accidente de tráfico. Vivía con su tío, quien además era su tutor legal. Sacaba buenas notas, también. Y poco más.
Ahora, ella dominaba la situación. Una gata enigmática, astuta. Y sí ella era un felino, él un ratón asustado.
-Le tengo miedo -dijo en voz alta, sorprendido por la veracidad de su conclusión-. Nunca he temido a ninguna, pero con esta es distinto.
-Cuando acabes tu conversación con el espejo, puedes dejarme pasar.
Había un chico con una camiseta de Motley Crüe en la entrada del servicio. Dr. Feelgood, leyó Alberto, rojo sobre negro.
-Sí, perdona -contestó Alberto, apartándose-. Es que estoy confundido... Una chica.
-Bienvenido al club más concurrido de la tierra -se bajó la cremallera y entró al excusado.
Alberto clavó sus ojos en los del espejo, intentando buscar firmeza.
-Vamos allá -se dijo.
Alberto salió de nuevo al ruedo. Aquel toro peligroso estaba ya en pie, junto a la salida del establecimiento. Lo llamó con el dedo y acto seguido salió a la calle.
-¡Eh! -exclamó Alberto, exasperado-. ¿Qué pasa con las bebidas?
Se dirigió a la barra, enojado. La camarera hippie fue a atenderle. Alberto sacó un billete de dos mil de su bolsillo.
-A ver. Dime qué te debo por las copas. Esta... perra se largó sin pagar. Tendré que pagarlo todo yo. Para que luego digan de la igualdad de derechos.
-Tranquilo, machote -contestó ella, esbozando una sonrisa de medio lado-. Tu amiga lo ha pagado todo. Te puedes quedar el dinero. Si yo fuera ella, te dejaría por alguien menos anticuado.
Y se alejó hacia el mueble-bar. Alberto hizo rechinar sus dientes. De nuevo se la había jugado. Qué hija de la gran...
Salió afuera. Le recibieron el fresco aire nocturno de primavera y unas manos que le cogieron por las soladas de su camisa y lo atrajeron hacia el resto del cuerpo. El cuerpo de Marta.
Él sintió sus senos contra el pecho, su muslo en la entrepierna, los suaves antebrazos rodeando la nuca y la lengua en el paladar.
Fue ella quien se separó. Alberto mantenía sus brazos firmemente enlazados alrededor de la cintura femenina.
-Vamos a mi casa -dijo Marta suavemente, aunque despidiendo chispas por los ojos color de miel-. No está mi tío.
-Déjame pensarlo... -era hora de hacerse un poco el duro.
-Vamos a mi casa.
-Pero...
-Vamos a mi casa.
-Está bien. Vamos a tu casa.
Se separaron. Caminaron hasta el coche del padre de Alberto. El muchacho abrió las puertas y entraron en silencio. Alberto le dirigió a la chica una mirada de arriba a abajo. Le gustaban sus piernas enfundadas en los vaqueros negros y los firmes pechos bajo el jersey marrón oscuro. Ella le tomó una mano con su diestra y le miró a los ojos. En los de la joven había de todo menos inocencia. Alberto arrancó.







Era un bloque residencial de clase media-alta. A las once de la noche, martes, no encontraron problemas de aparcamiento. Tampoco toparon con nadie mientras recorrían los senderos de asfalto entre grandes jardines. En el ascensor, mientras Alberto la besaba, escuchó un extraño crujido.
-Vaya, hay tierra en el suelo -dijo. Miró hacia abajo. La tierra se pegaba a las suelas de sus zapatillas. No demasiada, pero la suficiente como para hacerse notar-. Habrá sido el jardinero.
Ella rió.
-No tenemos jardinero.
Y volvieron a lo suyo.
Las puertas se abrieron y recorrieron un largo pasillo. Tercero "B". Mientras Marta abría la cerradura Alberto observó el felpudo del suelo. En él rezaba la palabra "bienvenido" cosida sobre el rasposo tejido.
-Apuesto a que tenéis una llave de la casa bajo esta alfombrilla, como en las películas.
-No -repuso ella, y señaló con el brazo hacia su derecha-. Está bajo una de esas macetas.
Alberto miró hacia allá. Vio varios maceteros con exuberantes geranios, sobre un pequeño alféizar en la pared del pasillo. Tras las plantas había un cristal grueso. El vidrio había sido tratado de un curiosa forma, formando un suave e irregular relieve que no dejaba ver con claridad a su través.
-¿No teméis que alguien descubra la llave y os desvalije el piso? -preguntó Alberto.
-Oh, no -ella sonrio de lado -. No se atreverían. No estando yo dentro de la casa.
La puerta se abrió. Marta pulsó un interruptor. Luz eléctrica. Un pasillo bonito pero cotidiano: baldosas blancas, pintura, blanca, cuadros anodinos pero no estúpidos, un taquillón moderno. Un teléfono de color crema. Varias puertas de madera, marrón oscuro y brillante por el barniz.
-Pasa -invitó ella, entrando y dejando las llaves despreocupadamente sobre el taquillón-. Sin miedo, no hay nadie. Mi tío trabaja hasta tarde en su oficina. No llegará antes de las cuatro.
-Tenemos tiempo.
Ella rió otra vez y miró a Alberto con picardía. Desapareció por una puerta lateral. Luz eléctrica. Sonido de agua corriente. La puerta se cerro.
-Pasa al salón -le llegó la voz de Marta-. Sírvete una copa, si quieres. Yo me voy a arreglar un poco.
-Ajá. Muy bien. Allí te espero.
Alberto entró en una habitación lateral. Era sin duda el salón. En tinieblas, contempló las sombras de una lámpara, una mesa y varios bultos informes que él consideró figuras decorativas. Buscó el interruptor de la luz, tanteando en la profunda oscuridad. Bajo sus pies algo crujió. Intrigado, se agachó y tocó con las yemas de los dedos el firme. De nuevo, tierra. Tierra húmeda y fragmentos de barro. Notó frío, y un extraño olor, leve aunque perceptible, que le hizo arrugar la nariz. Como a... a podrido. Entre las sombras, distinguió unas blancas cortinas, ondeando con suavidad. Las ventanas estaban abiertas. Se dijo que, gracias a este detalle, el hedor resultaba soportable. ¿Se habría dejado Marta el pescado fuera de la nevera?
Alberto se levantó, envarado. Quizá el tío de Marta hubiera pasado por un parque al volver a casa y dejado después la tierra pegada en sus zapatos. Tal vez estuviera allí mismo.
-¡Marta! -llamó- ¿Seguro que tu tío no está aquí?
-¡No! -ya no se oía el ruido de agua corriente-. De verdad, te lo aseguro. ¡Ya te lo dije antes!
-¡Pues entonces sois un poco descuidados con la. limpieza en esta casa! ¡Por no hablar de la ambientación!
-Qué tonterías dices...
Alberto volvió a buscar el interruptor. Al fin lo halló. Luz.
Un salón burgués, con su televisión, vídeo, mesa, sillas, sillón, cuadros, jarrones,... Todo ello de buen gusto, nada extravagante. Acogedor, cómodo y funcional.
En el mueble-bar, Alberto encontró whisky, un ancho vaso de cristal y una pequeña nevera que contenía hielos. Se sirvió la bebida y varios cubitos y se sentó en el sillón, disfrutando del momento. Poco a poco, estaba acostumbrándose al olor, que ya le resultaba apenas perceptible. Cerró la ventana y se arrellanó en un gran sofá.
Ella salía del servicio. Se había quitado el jersey y llevaba puesta una camiseta blanca sin mangas, sujeta a la espalda por finos tirantes, que se adherían estrechamente a su piel. La línea de sus pechos era magnífica. Conservaba los pantalones, pero se había quitado las zapatillas y tenía enfundados los calcetines. Quizá para estar cómoda. Se había retocado el rostro y ahora parecía aún más hermosa.
En la puerta, hizo una muesca de repulsión.
-¡Dios mío! -gritó- ¡Qué mal huele aquí!
-Ya te lo dije y no me hiciste caso -recordó Alberto-. Se os debe haber caído un filete detrás de un armario y estará criando gusanitos.
-¡Qué burro eres! -exclamó ella.
Dio la vuelta y volvió al baño. Traía un enorme frasco de plástico, con pulverizador.
-Así, esto olerá mejor -dijo, mientras rociaba de colonia la estancia- ¡Ah, ahora da gusto, tan fresco y perfumado!
-Me siento como un niño con pañales limpios y cubierto de loción -repuso Alberto, sonriendo hacia abajo mientras la colonia de baño inundaba sus fosas nasales.
-No voy a buscar ahora la fuente de ese pestazo -afirmó Marta-, así que tendrás que aguantarte con la colonia.
-Creo que sobreviviré.
Ella volvió al baño. Volvió sin el pulverizador y se preparó otro whisky con hielo, sin prisas, mientras él la contemplaba. Se sentó en el sillón, acurrucándose junto a Alberto. Sonreía placenteramente.
-Eres extraña -dijo Alberto, mirándola fijamente.
Ella levantó la cabeza y le miró de lado. Parecía ofendida, o tal vez enojada. Pero enseguida bajó las defensas y adoptó un aire mohíno e infantil. "Chiflada", pensó Alberto.
-Yo no era antes asi.
-¿Antes?
Marta desvió la mirada.
-Antes de lo de mi familia...
-Si quieres lo dejamos... No tienes por qué contarlo si no quieres.
-No importa -ella parecía, ahora, altiva y desafiante. Las aletas de su respingona nariz se inflaron -. Ellos me tenían controlada, ¿sabes? Siempre fui el bicho raro de la casa. En realidad, me alegro de que ya no estén aquí. Lo prefiero. No me gustaban -sonrió. Alberto parpadeó, sorprendido por aquellos vertiginosos cambios de expresión y tono-. Me gustas tú.
Se besaron. Por pura curiosidad, Alberto buscó con el rabillo del ojo fotografías de los familiares de Marta. Y no halló ninguna. Aquéllo le resultaba extraño. Normalmente, solían mantenerse en el salón las fotografías, enmarcadas, de los seres queridos fallecidos. ¿Sería que tampoco al tío de Marta, su tutor legal, le gustaba su ya fallecida familia?
Alberto sintió un levísimo pitido de alarma en su cabeza. Pero, inmerso en el carnoso placer que le ofrecían los labios, la lengua y el resto del cuerpo de la muchacha, había de hacer esfuerzos para pensar con cierta claridad.
-¡Espera! -dijo, tras separarse de la chica-. Por simple casualidad... ¿cómo murió tu familia?
Los ojos de Marta dejaron de brillar.
-¿Ahora he de explicártelo?
-Sí. Ahora.
La joven resopló, hastiada. Se pasó la mano por el cabello y cruzó los brazos sobre el pecho, adoptando un aspecto repentinamente cansado.
-Fue en un accidente de coche. Iban hacía El Pardo, ¿sabes? Una de las excursioncitas de mi señora madre. Era domingo y solían escuchar misa en una iglesia de allá.
-¿Quiénes?
El rostro de Marta dibujó una mueca de asco y odio, un odio tal que Alberto maldijo de pronto su curiosidad.
-Mamá Osa y sus Oseznos -contestó, con voz burlona, grotesca-. Así los llamaba yo. Doña Mandona. Y sus hijitos queridos: mis tres asquerosos hermanitos, siempre tras sus faldas, siempre mirándome con hostilidad y...
Marta bajó la vista y calló, apretando los labios con rabia.
-Vivías aquí de prestado, ¿no? Esperando el momento de largar te.
Le miró enigmáticamente durante un segundo. Después, contestó:
-Por supuesto. Mi madre no me dejaba hacer nada, no me dejaba escuchar mi música, ni salir. ¡Hasta quería obligarme a ir a misa! Solía llamarme inútil, y hasta zorra... por la forma como visto. También me pegaba, y me obligaba a limpiar y hacer las tareas sucias. Y los demás no me ayudaban. ¡Ninguno me ayudó! ¡Que se pudran en el Infierno, todos juntos!
Sus mejillas estaban rojas y los ojos chispeaban intensamente. Alberto se había ido apartando de ella poco a poco. Aunque estaba interiormente aterrorizado, su rostro continuaba manteniendo una expresión imperturbable.
-¿Cómo fue el accidente? -preguntó.
De nuevo aquel aire cansino, de algún modo artificial.
-El coche se les salió de la carretera en una curva. Demasiada velocidad. Se estamparon contra un árbol. El motor explotó -una sonrisa maligna iluminó su bello rostro-. Ningún superviviente.
"Auténticamente chiflada", pensó Alberto.
-¿Y tu padre?
-Muerto. No lo llegué a conocer. Entre mi madre y su hermano, mi tío, mi tutor actual, sacaron todo adelante.
-¿Y tu tío? ¿Qué tal se tomó el accidente?
Ella, de pronto, se enojó.
-¿Por qué haces tantas preguntas? -espetó.
"Porque hay algo muy raro en torno a esta casa, tu familia y tú, y soy demasiado curioso como para no intentar averiguarlo", pensó Alberto. Pero se abstuvo de expresar en voz alta tales reflexiones.
-¿Quiéres que me vaya? -preguntó de pronto Alberto, manteniendo impávido el rostro.
Ella se sorprendió.
-No...
-Pues entonces, contesta: ¿cómo se lo ha tomado tu tío?
De nuevo el enojo.
-Eres... eres... -al fin, claudicó:- Está bien: él se lo ha tomado muy bien. También odiaba a la bruja. Siempre lo tuvo dominado, desde pequeño. Es un alfeñique, un perdedor. Hasta yo lo domino.
"¡No me sorprende!", pensó Alberto.
-¿En qué trabaja?
-Dirige varios talleres de mecánica. Coches y camiones. Ha estado toda su vida con las narices metidas dentro de un motor. Ahora es un pez gordo -de pronto, sufriendo uno de aquellos vertiginosos cambios de carácter, adoptó un aire meloso-. Ya he sido una niña buena, te lo he contestado todo. Quiero mi premio. Los besos.
Alberto, aunque escéptico, dejó que la joven se le echara encima. Algo dentro de él le picaba como la trompa de un mosquito hambriento, advirtiéndole... ¿qué? Era como tener un nombre en la punta de la lengua y no lograr recordarlo.
Sin embargo, se abandonó al deseo. Ella le quitó la camisa y el joven quedó con una sencilla camiseta de manga corta, negra, con las pala-bras Black Sabbath en caracteres góticos y blancos.
-Un momento -dijo de pronto Alberto-. He de ir al servicio.
Ella parecía muy fastidiada.
-Me estás comenzando a hartar.
-A mí no me lo digas -Alberto señaló su entrepierna-. Díselo a él. He bebido bastante esta noche y me está pidiendo que le permita desahogarse. Vuelvo pronto.
Se levantó. Ella lo miraba pensativa, jugueteando con uno de sus pequeños y castaños bucles.
-¿Dónde está el servicio? -preguntó Alberto.
-Hay dos. Aquél en el que he entrado: al salir de este salón, a la izquierda. Y otro, al final del pasillo.
-Iré al segundo, tan sólo por llevar la contrario.
-Qué agradable eres.
Fuera del salón, se internó en la negrura del pasillo. Tanteó en la profunda oscuridad, buscando un interruptor. Mas no lo halló. Impaciente, cesó de palpar la pared. Se dijo que tan sólo debería caminar hacia el frente, hasta el final del pasillo, donde daría con la puerta del servicio. Al pasar dentro tantearía de nuevo, encontraría el interruptor y se haría la luz.
Mientras caminaba lentamente en la negrura, con cuidado de no tropezar con algún objeto de decoración o mueble inesperado, sus pies volvieron a emitir aquel extraño crujido. Tierra. Tierra en el suelo. Cada vez más. Aquéllo resultaba sumamente extraño.
Entonces, ganó intensidad el desagradable, metálico y dulzón olor que ya había inspirado en el salón. El mismo pitido de alarma sonó otra vez en su mente, aunque ahora a un volumen brutal. Pero continuó caminando.
Todo él temblaba. Sentía miedo. ¿Por qué demonios no daba la vuelta y salía corriendo? No lo sabía. En ocasiones, uno no sabía el porqué de las cosas que hacía. Simplemente, las hacía.
Las puntas de sus dedos chocaron suavemente contra una superficie de madera. La puerta del servicio. Sus pies pisaban algo húmedo. Era un charco. Alberto se agachó y tocó con el índice aquel líquido, ligeramente espeso. No era agua. Frunció el ceño. El olor tan desagradable emanaba del líquido. Lo olió. No era orina. Lo probó. Sabía a hierro y sal. Le resultaba vagamente familiar, pero, agachado en la total oscuridad, no podía averiguar qué era.
Buscó en la puerta hasta hallar el picaporte. Lo giró y la abrió.
Lo primero que sintió fue la pequeña oleada de aquel líquido golpeando suavemente las punteras de sus zapatillas. Ahora que la puerta ya no lo contenía se desparramó plácidamente sobre las baldosas del pasillo Alberto sintió el azote de las arcadas. El olor resultaba insoportable. Aquel aroma causaba repulsión y le era vagamente conocido. Tosió violentamente, luchando con todas sus fuerzas contra el mareo. Durante un instante hubo de afirmar la mano sobre el picaporte para recuperar el control y no desmayarse. Su corazón comenzó a latir salvajemente cuando comprendió que no se hallaba solo en el servicio.
Quedó muy quieto durante unos segundos. Después, palpó en la pared hasta hallar el interruptor. Lo pulsó.
La luz del tubo fluorescente golpeó violentamente sus retinas. Parpadeó. Cuando vio lo que había allá dentro sintió que el suelo bajo sus pies se deshacía y flotaba en el aire. El vello se le puso de punta y el cerebro quedó helado, incapaz de cristalizar un solo pensamiento coherente.
Un hombre frente a él. Sentado en la taza, con los pantalones bajados. Pasaba de los cuarenta, era de baja estatura y algo barrigón. Vestía ropas anodinas, formales. Tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en la cisterna. La boca abierta, el rostro congelado en un rictus de horror. No había ojos en él: unas pinzas de depilar y un peine acabado en afilada aguja estaban profundamente clavados en lis cuencas. Desde ellas caía la sangre, lenta y constantemente. El líquido bajaba por sus mejillas, como un río de lágrimas rojo oscuro, y empapaba la camisa de fina tela. Un corte transversal hendía su garganta. Se podía entrever, allá dentro, el conducto de la traquea; la aorta ya no sangraba. Todo el abdomen y las piernas del hombre estaban húmedas y negruzcas. El pecho había sido rajado en tres direcciones dis-tintas y apuñalado en al menos veinte lugares diferentes. El estómago se hallaba ligeramente abierto. Por la herida asomaba un pedazo de brillante intestino. También cortes en las piernas. La sangre se remansaba en el suelo, cubriendo el firme como una película maloliente, negra y brillante.
Sin embargo, no había muerto a causa de las heridas. Su mano izquierda se hallaba rígida y casi cerrada, como si se hubiera agarrado el pecho y caído después hasta el muslo. Un ataque al corazón. El hombre había muerto de puro miedo antes de ser herido.
Alberto, sintiéndose flotar, trató de decir algo, pero le salió un ronco y débil gañido. Volvió a intentarlo:
-Marta... -se oyó Alberto a sí mismo, con trémula voz- ¡Marta!
-¿Qué? -escuchó, algo lejano. Era ella. Venía por el pasillo- ¿De dónde viene este hedor? -el espanto tiñó la voz- ¿Qué pasa ahí, en el servicio? ¿Alberto?
Chilló. Y sólo había visto la sangre en el suelo.
Alberto seguía con la mirada fija en el cadáver. Una parte racional de su mente hacía esfuerzos para no orinarse encima ni derrumbarse sin sentido en el suelo. Otra se hallaba tan fascinada que no dejaba a su intelecto trabajar. Pero éste se negaba a quedar en segundo plano, y las dos mitades peleaban por obtener el control del cuerpo.
Ella le agarró por un brazo y un hombro. Alberto la miró. Sus ojos castaños parecían a punto de salir disparados de las órbitas mientras contemplar el cadáver. La joven intentó emitir unas palabras, pero no lo logró. En cambio, surgió un hilo de voz aguda, infantil e ininteligible, por entre sus labios.
-Es tu tío, ¿verdad? -preguntó Alberto, con voz temblorosa.
Marta asintió con fuerza, sin apartar los desorbitados ojos del muerto. Después, se volvió y vomitó.
Alberto se fijó en la ducha, a la izquierda del cadáver. Estaba separada del resto del cuarto por una barrera de puertas acristaladas y ahumadas. El vidrio deformaba la silueta, pero el muchacho atisbó la sombra, tirada en el suelo, oscura, que se agitaba débilmente.
Alucinado, Alberto avanzó, a lentos pasos sobre la sangre, hasta llegar a la puerta corredera de la ducha. Lenta, muy lentamente, la movió sobre sus rieles.
Al ver lo que había allí dentro comprendió de dónde procedía la tierra del suelo y quién había asesinado al tío de Marta. Era un ser pútrido y macilento, de olor penetrante y ácido. Un muchacho joven, con la piel de un blanco azulado, cubierta de escaras. El rostro era delgado, cadavérico, y en sus ojos rojizos y amarillentos no había más que estupidez. Rabia y estupidez. Vestía un traje de corte elegante, sobrio, impropio de su edad. Pero la tela tenia un aspecto mugriento y esta arrugada. Su reseca diestra aferraba unas largas tijeras manchadas de rojo.
De pronto, Alberto comprendió que estaba muerto. Pero... pero se movía.
El ser miró a Alberto y agitó su cabeza torpemente. Trató de levantarse, pero no coordinaba bien sus movimientos y cayó al fondo. Las tijeras arañaron, con un seco rechinar, sobre el desnudo suelo de la ducha. La criatura emitió un mugido quejoso, que podría resultar cotidiano en los pasillos de un psiquiátrico.
Alberto oyó un grito ahogado. Marta estaba a su espalda, mirando el cadáver de la ducha. Se agarró al joven para no caerse. El aliento de la muchacha olía a vómito, mas el vértigo se había esfumado de sus ojos. Temblaba sin control, y las palabras le surgían quebradas de la boca, ininteligibles. Abrió aún más los ojos y vociferó, a punto de sufrir un ataque de histeria:
-¡Es Luís! ¡Mi hermano! ¡No puede ser! ¡Él estaba muerto! ¡Estaba muerto y enterrado!
La criatura miró hacia ella y también la reconoció. La furia contrajo sus facciones. Redobló los esfuerzos para ponerse en pie, acompañados por agudos fonemas de cargados de ira a frustración. Señaló a Marta con la punta de las tijeras enrojecidas y las meneó, acuchillando el aire.
La muchacha soltó de pronto un chillido tan agudo y brutal que parecía capaz de romper los cristales, como sólo las mujeres pueden hacer, cuando están realmente aterrorizadas. Alberto apretó los dientes y se tapó los tímpanos torturados. A pesar del espanto y el horror, aún pudo preguntarse cómo era posible que un ser aparentemente frágil como ella pudiera producir semejante y poderoso sonido. Ella continuaba aullando, con el rostro desencajado, mientras su hermano muerto aún intentaba alzarse desde la ducha y a su vez le mugía ronca y espeluznantemente. Marta había perdido el control y se apretaba los convulsos dedos contra las sienes, contemplando el cadáver con ojos desorbitados. Y gritando, llenando la casa de espeluznantes y femeninos alaridos. El muerto logró al fin levantarse y reculó la mano que sostenía las tijeras, dispuesto a asestar el golpe definitivo sobre su aún viva hermana. Marta se ahogó al verlo así y la voz se convirtió en un abrupto gañido. Alberto cerró violentamente la puerta corredera. La criatura dio con la tijera en el grueso cristal, astillándolo, aunque sin lograr atravesarlo, y después estrelló su rostro contra el vidrio, haciendo resbalar los dientes sobre el cristal, soltando un cavernoso gruñido.
-¡Vámonos! -ordenó Alberto, como despertando de una pesadilla.
Agarró de una muñeca a Marta y se dio la vuelta. Al ponerse en movimiento resbaló sobre la sangre del suelo y hubo de agarrarse al marco de la puerta para no caer.
La lejana luz del salón y del servicio iluminaba pobremente la tiniebla del pasillo, como un faros en medio de la tormenta. Alberto obligó a moverse a Marta de un violento tirón. La chica se golpeó la cabeza contra una pared y gimió, pugnando también por no resbalar y caer estrepitosamente sobre la sangre. Jadeaba y temblaba, pero al menos volvía a controlar su propia mente. Salieron al pasillo y echaron a correr, llegando enseguida al umbral de la casa. Marta giró el redondo picaporte, mas la puerta no se abrió.
-¡No! -exclamó - ¡No recordaba que cerré con llave!
-¿Y dónde dejaste esas putas llaves? -preguntó Alberto, procurando mantener a raya los nervios.
Marta se abalanzó sobre el taquillón.
-¡Aquí! ¡Las dejé aquí!
Buscó, abriendo y cerrando cajones. Tiró al suelo un florero y el teléfono. Su rostro se contrajo en una mueca de desesperación mientras sus manos volaban sobre los cajones del pequeño armario.
-¡No! ¡Estaban aquí! ¡Las dejé aquí! ¡Mierda!
-Yo te vi hacerlo -corroboró Alberto. Miró a Marta fijamente- Alguien o algo las ha cogido mientras nosotros estábamos en el salón... Éso quiere decir que hay más, aparte de... del que había en el servicio.
Volvieron la vista en todas direcciones, topando con una oscuridad violada por la luz que provenía del salón y del servicio. La puerta de éste último continuaba abierta. Divisaron el cadáver sentado en la taza, inmóvil y ensangrentado. Alcanzaron a ver una mano parduzca sosteniendo unas tijeras. La criatura estaba saliendo ya de la ducha y continuaba gimiendo como un demente.

 

Vamos a la Segunda Parte de FAMILIA DE CADÁVERES

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(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
 

 

 

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