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EL ÚLTIMO

Por Hugo Aqueveque



La gente huye de la lluvia imprevista y furiosa. Por la avenida corren en distintas direcciones, a sus casas, a los bares, a refugiarse donde sea. A mí no me molesta, la lluvia es como parte de mí, como mobiliario de mi hogar. Así vive un solitario caminante como yo. Llueva o truene, de cualquier manera camino siempre, con paso pesado, cansino, pero firme. Nunca he dejado de cumplir mi labor, es mi record y mi orgullo. Es mi trabajo, y como tal he dedicado una vida entera a la Compañía.
Es un mal trabajo, no cabe duda, tal vez el peor de todos. No por lo excesivo, eso es soportable después de todo, es por lo que me toca ver a diario, llantos, insultos, lamentos, que me dan hasta escalofríos. Y qué decir del trato; los afiliados me rechazan, me evitan, nadie quiere cruzarse conmigo en los pasillos, nadie me habla en las calles, ya no me quedan amigos -y no sé si los tuve algún día-. Cuando me acerco a ellos, a la gente, me eluden, cambian sus rumbos para no toparse conmigo, se agachan a recoger objetos inexistentes o a desabrochar y abrochar sus cordones para no mirarme a los ojos.
Mis jefes dicen que son ideas mías, que la gente no sabe quien soy, y en ocasiones pienso que es verdad, porque muchas veces paso entre ellos como si no me vieran, como un fantasma. me ignoran por completo. En otras ocasiones los he sorprendido hablando mal de mí, como de un indeseable que nadie quiere en su casa ni entre sus familiares ni amigos, o deseando que le haga una visita a algún enemigo, incluso haciendo trámites y artilugios ilegales para obligarme a hacerlo. Los inquieto, me temen. Les aterra mi presencia, es como si yo fuera un leproso bíblico o uno de esos intocables de la India que ellos eluden por reflejo. ¡Qué prestigio me he ganado por Cristo! Yo creo que la gente hasta me odia.
Y ahora es peor que nunca, la Compañía ha crecido mucho en contraste con los malos tiempos, y mi labor aumentó una enormidad. Los Pilatos de la Compañía deciden qué afiliado no continúa y punto, es fácil para ellos, se lavan las manos, pero yo soy el elegido que tiene que ir a dar la cara y comunicarle la noticia al afectado a su hogar, o a donde se encuentre, y tengo que verle los ojos a sus hijos y esposas, a sus lloriqueantes madres. Son tan propensas al llanto las mujeres, me cansan. Si no es para tanto pienso yo, el afectado se cambia a una Compañía mejor y asunto arreglado, es como una promoción; están obligados a evolucionar en esta vida. Si pudieran entender eso mi función no sería tan insoportable. Ojalá los directores tuvieran el valor de hacérmelo a mí, pero no lo hacen porque, y aunque suene a vanidad de mi parte, soy irreemplazable.
En mis manos tengo la infausta lista de hoy, la primera es una tal Rebeca Apablaza de la Villa Pajaritos. Queda cerca. A ver, el segundo; Oscar Ericsson, la dirección no la conozco, parece que ésa es un poco lejos. es un anciano. El siguiente. Lonquén Huenchual ¿qué clase de nombre es ése? Debe ser mapuche o algo así. Tuvo problemas con los carabineros en una protesta según dice aquí. En fin, vamos a visitar a Rebeca, a ver qué tal toma la noticia.
Por lo general la gente es incrédula, no me hacen caso cuando se los comunico, se ríen y se mofan de mi vestimenta y de mi cansado rostro, y cuando se dan cuenta de que hablo en serio les cuesta resignarse, me gritan, patalean, me reclaman, se tiran al suelo y me ruegan en vano. Me cuesta un mundo conducirlos a las dependencias, hasta algunos se me han escapado, y ahí tengo que salir como un idiota tras el cobarde. Es la naturaleza humana, supongo.
Ando de suerte -lo que es muy raro-, no hay mujeres en casa, sólo la afectada. Un hogar humilde como costumbre. La mayoría de las veces es así ¿por qué se desquitarán siempre con la gente pobre? Rebeca es muy joven. Como es de esperar me saludó riéndose por mi apariencia. Me da pena comunicarle la mala noticia. En la Compañía dicen que tengo unos ojos negros inexpresivos y una cara de nada ideal para este trabajo, no sé si tomarlo como un halago o un insulto. Creen que soy frío como témpano, pero no es así, me cuesta hacer esto. Creo que no existe el ser que pueda resistir un trabajo como el mío por tantos años, viendo tanta desgracia y sufrimiento, tanta porquería a menudo, cuantas injusticias que se cometen. Y los llantos de las mujeres, sus agudos, angustiantes y escalofriantes llantos. se me han hecho insoportables. Necesito un cambio, ¡maldito trabajo ingrato! ¿Qué tienen en la cabeza estos señores?, ¡si es apenas una niña!
Tiene una sonrisa radiante, la muchacha realmente es hermosa. Me es imposible no sentir cierto cariño paternal hacia ella -siempre me pasa con los más jóvenes-, si es que es eso, es un deseo de protegerla, de cuidarla, de evitarle este trance tan desagradable, con gusto cambiaría mi lugar por el de ella, pero no puedo hacer nada, su suerte está echada, la decidieron los capos de la Compañía y eso es irrevocable.
Conversamos un rato sentados en el austero living de la casa, disimulo ante ella, le correspondo amablemente sus sonrisas ¡Soy un miserable! ¡Un hipócrita! Me cuenta muy amena que es estudiante y que pronto buscará trabajo porque planea casarse. Dice que viene un hijo en camino. ¡Qué mala suerte! Estaba arreglando el enchufe del refrigerador cuando llegué, me confiesa que no sabe nada de electricidad pero que no se amilana con nada, que le gusta "echarle pa' elante nomás" porque así le ahorra unos pesos a su madre. Me ofrece un vaso de agua, y se lo acepto. No tengo sed, en honor a la verdad no tengo deseos de nada, sólo consiento para que ella se dé cuenta por sí misma de que no soy una broma. Me siento despreciable al hacerlo, la observo levantarse y caminar grácil y no entiendo por qué se lo hacen a personas como ella.
Escuché su grito de espanto que retumba en los trémulos cristales de la habitación, un grito horroroso que hasta a mí que -se supone- soy un ser sin sentimientos me encoge el corazón. Creo que este trabajo me ha curtido en cuanto a sentir cosas, sentir pena y rabia, sentir odio y tristeza... si lo supieran en la Compañía se reirían ¡para lo que me importa! Yo soy de aquí, lo siento así aunque en la Compañía me digan que no, que no pertenezco a esta gente. Pero tanto contacto con ellos, tanto contacto con sus sufrimientos me está haciendo humano, me está haciendo mal de verdad.
Ya vio el cadáver en la cocina; su rígido y chamuscado cadáver junto al refrigerador. Ahora tendré que convencerla para que me acompañe al juzgado. No saco nada con decirle que la espera una mejor vida, que el otro lado es bellísimo, y que como es tan joven tiene asegurado su lugar. No saco nada, aunque les prometa el cielo y la tierra, el oro y el moro, los afiliados nunca desean dejar nada atrás, no desean abandonar a nadie, se les rompe el alma al partir conmigo, y el alma es lo único que les queda, y lo único que hay en definitiva.
Esto me harta, es denigrante, ¡maldito trabajo ingrato!, si hasta siento que me podría caer una lágrima de lástima o impotencia, y no sé si es por ella o por mí. Debería dejarlo. Pero no puedo, me acostumbré a tal punto que ya no sé hacer nada más. Me engaño de sólo pensarlo, sé que no tengo reemplazante, sé que no puedo renunciar, que mi trabajo no funciona así. Es único y eterno. Esta gente me confunde, tanto tiempo entre ellos me deforma la realidad. No pertenezco a este mundo, ¡debo metérmelo bien en la cabeza de una vez por todas!
Hoy tengo la certeza que nunca saldré de esto, la certeza de mi resignación, la revelación que descubro al ocaso de mi jornada y olvido todos los amaneceres. Es mi destino vivir esta tenebrosa y desgraciada existencia, y la ingratitud de mi trabajo es una maldición que sólo acabará cuando se desvanezca la última alma sobre la tierra. Y ése no será un hombre, no, no será humano, sino un ser solitario de otra especie muy distinta y singular, de ropaje oscuro y ojos negros como la noche, ojos fríos cuan filo de su hoz, ese ser caerá tan pesado como la penumbra en invierno, y en alguna de sus cuencas oculares se asomará un fugaz destello que parecerá una lágrima corriendo por su osudo rostro, una ilusoria lágrima de infinita felicidad. Y ésa será realmente la última alma que se vaya de este mundo, aunque en una eternidad entera, sólo ese único ser la haya considerado como tal.

(c) Hugo Aqueveque, Estocolmo, 3 de junio del 2001.
 

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