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ELLOS

Por Andrés Díaz Sánchez


La brisa nocturna soplaba con suavidad en aquella desértica zona residencial del Norte madrileño. Las hojas de los árboles desprendían un aroma que impregnaba las fosas nasales con el frescor de lo vegetal.
Darío Márquez, de profesión periodista, se enfrentó con la puerta del pequeño y único chalet en la zona. Los otros aún permanecían deshabitados, muchos todavía estaban en construcción. Era una casa bonita y coqueta, de una sola planta y rodeada por un jardincito. Acogedoramente burgués.
El periodista se colocó distraídamente el cuello de su gabán, tiró la colilla que asomaba por sus labios, la aplastó con la suela del zapato derecho y pulsó el botón de llamada, diciéndose aquéllo de "Valor y hacia adelante, muchacho".
Decepcionado, no escuchó ningún timbre. Volvió a pulsar el botón. Silencio. Llamó con los nudillos, varias veces.
Esperó unos segundos, hasta sentir una presencia tras la puerta.
Se escuchó el crujir de un cerrojo automático y la puerta se abrió lentamente. Tenía la cadena echada.
Había una cabeza que le miraba desde allá dentro. Era un hombre adulto. Parecía alto. Tenía gafas de Sol de cristal opaco. Marca cara, de ejecutivo playero. Una bufanda gruesa a cuadros rojos y verdes le cubría medio rostro. Y una gorra blanca, calada casi hasta las cejas, completaban el disfraz que escondía su rostro. Aún pudo Darío observar que la poca piel al descubierto tenía un aspecto ceniciento y estaba despellejada.
-¿Es usted el periodista de Eternidad? -preguntó el hombre, con voz extremadamente ronca, una voz que sonaba a piedras y rocas desmoronándose por una ladera de roca.
Darío tardó varios segundos en responder:
-Sí. Soy yo.
Torpemente, le enseñó su acreditación.
-¿Viene solo?
-Nadie me acompaña. Tampoco me han seguido -se sintió algo estúpido tras enunciar la última frase, como el protagonista de una novela negra barata-. ¿Es usted quien llamó a la redacción de Eternidad?
El extraño miró hacia afuera, como buscando a alguien mas. Después, cerró la puerta. Darío escuchó cómo descorría la cadena y abrió de nuevo.
-Sí, yo les llamé. Pase, por favor -invitó con la mano al periodista. Éste no vio, fuera de aquellos pocos centímetros del rostro, parte alguna del cuerpo sin tapar: el abrigo de enormes solapas, levantadas, se hallaba inexpugnablemente abotonado, y le cubría hasta las rodillas. Un pañuelo grueso, bajo la bufanda, ocultaba aún más el cuello. Las mangas de una basta camisa campestre acababan bajo guantes de cuero fino que escondían sus manos. Los pantalones vaqueros de marca descendían hasta los tobillos, por supuesto protegidos por calcetines oscuros, y en los pies calzaba unos zapatos negros de invierno.
Darío asintió levemente con la cabeza y entró en un pasillo formalmente decorado y acogedor. Sólo un detalle enturbiaba aquella confortabilidad: la oscuridad había sido disipada por velas, ensartadas en cuellos de botella. Arrojaban una luz suave y resbaladiza, amarillenta, dotando a las sombras de espesa profundidad. Darío comprendió el porqué no funcionara antes el timbre: al parecer, el suministro eléctrico había sido retirado del edificio.
El periodista dejó pasar a su anfitrión y éste andó cansinamente, delante suyo. A pesar del fuerte olor a ambientador, sobre todo el lugar reposaba un ligero aroma ciertamente malsano.
Entraron en un salón igualmente comfortable, moderno y funcional, también alumbrado por la luz de las velas. Las persianas estaban bajadas y la oscuridad de los rincones resultaba aún más poderosa que en el pasillo.
-¿Quiere servirse una copa? -invitó el extraño anfitrión, con cadavérica, absurda voz, señalando un mueble-bar cercano. Las botellas tenían líquido pero el cristal mostraba una gruesa capa de polvo, polvo que también podía encontrarse en el suelo, las paredes y el mobiliario.
-No, gracias. Ahora estoy de servicio -Darío se permitió una sonrisa sin alegría.
-Como quiera. Siéntese, por favor.
El anfitrión hizo lo propio en un confortable sillón. Darío también se acomodó, frente a él, en otro sillón exactamente igual. En una mesita baja entre los dos depositó la grabadora portátil, el bolígrafo, un cuaderno de notas, un paquete de Fortuna y un mechero barato de color rojo, sin dibujo ni leyenda alguna.
-¿Le molesta que fume? -preguntó. El anfitrión negó con un vago gesto de su mano- ¿Quiere uno?
-En mi actual situación, es mejor que en mis pulmones no penetre el humo. Es bastante engorroso, porque se sale todo. Antes sí tenía el hábito.
-Ya. Vaya, pues lo siento -Darío encendió el cigarro, aspiró el humo y miró fijamente a su anfitrión.
¿Con qué tipo de locura trataría ahora? En los últimos dos años, había entrevistado a amigos de los extraterrestres, satánicos, magos de diversa índole, espiritistas, adivinadores, psicópatas en potencia y unos cuantos más personajes extraños. Por supuesto, ninguno de ellos era realmente lo que decían ser, aunque un par se creyeran con fanática tozudez sus propias palabras. Recordó a un vampiro de Burgos al que hubo de golpear con un cenicero de barro en la frente para que no le mordiera el cuello. Quedó bastante decepcionado al ver a aquel proyecto Nosferatu perder el sentido tras el golpe y dar a luz un hermoso y nada sobrenatural chichón. El tipo en cuestión se había limado los colmillos, bebía la sangre de gatos y perros en la noche y por el día era oficinista. Un extraño caso de doble personalidad.
Desde que a le echaran de La Realidad, uno de los diarios de mayor tirada del país, cinco años atrás, por sus problemas con el alcohol, la vida de Darío, ex-alcóhólico, ex- marido y padre y ex-buen periodista, se había convertido en un circo: trabajos de poca monta en gacetas de tres al cuarto, suplencias de última hora, y, de un año para acá, reportero de fenómenos sobrenaturales para la revista de dudosa calaña Eternidad. Aún no había llegado al extremo de intentar abrirse paso en la prensa del corazón -aunque estaba mucho mejor pagada-, pues todavía le quedaba un rastro de orgullo profesional. Sin embargo, a veces, en la sangrante soledad de su piso de Chamberí, y cuando debía luchar desesperadamente contra sí mismo para no bajar al supermercado o el bar e hincharse de vodka o vino, se preguntaba con amargura y tristeza cuánto le quedaba para tocar fondo; porque no cesaba de correr y correr, aunque en la dirección equivocada: cuesta abajo. Se quitó aquellos funestos pensamientos de la mente: al fin y al cabo, trabajar para Eternidad, aunque antaño entrevistara a políticos y futbolistas de renombre, resultaba mejor que estar en paro y le mantenía ocupado, alejándolo de la botella.
Expulsó el humo y apretó dos botones de la grabadora. Se escuchó el zumbido mecánico.
-Hábleme de ese "antes", señor Sanz. Hábleme de cuando estaba usted... "vivo" -Darío trató de elegir con cuidado sus palabras:-. Quiero decir, usted me dijo en su llamada a nuestra revista que había muerto hace dos días y ayer resucitó.
El aludido permaneció callado. El periodista no supo si sus palabras le habían ofendido, u otras eran las razones de su silencio.
-En efecto -respondió al fin-. Eso le dije a usted por teléfono. Le pedí su ayuda.
-... Y no me dio tiempo a contestar. Me citó aquí, hoy, y cortó antes de que yo pronunciara una sola palabra.
-Sí. Perdone mi desconfianza y brusquedad -su voz bajó un octavo y miró vagamente hacia los sombríos rincones de la sala-. Me están buscando. Ellos...
Calló, llevándose una mano a la frente, como si sufriera una jaqueca.
Alzó la cabeza, al parecer restablecido.
- No le haré perder más tiempo. Le contaré mi historia:
"Antes de mi muerte, yo era un próspero hombre de negocios. Un tipo optimista, agresivo. Vital. Estaba soltero y no me faltaban amantes. En general, se puede decir que disfrutaba de la vida. No anhelaba sentar cabeza. Sólo vivía para hacer dinero, para mis placeres... -miró alrededor, como cayendo en la cuenta de algo- Por cierto, esta casa está a nombre de Ana, mi última amante. Ella seguramente la abandonó tras mi muerte. Era muy supersticiosa, y tan tonta que dejaba la llave bajo el felpudo. Gracias a ese detalle estamos usted y yo aquí, en lugar de en un callejón solitario.
"Perdóneme sí divago, señor Márquez. Como le iba diciendo, yo lo tenía todo, y todo se me disolvió. ¿Conoce usted la sensación de vacío, de... de querer experimentar lo que se experimentaba antes, pero no ser ya capaz?
Darío permaneció en silencio, prefiriendo no contestar.
-Quiero decir -continuó Sanz-: le pregunto si ha perdido usted el deseo, el deseo de vivir...
El periodista entendía de qué estaba hablando su anfitrión. Se removió inquieto y la luz de las velas dibujo huidizas en su rostro, mientras experimentaba una oleada de recuerdos dolorosos.
-Sr. Sanz, es usted el entrevistado. Procure no divagar. No quiero parecer maleducado. Estoy seguro de que me entiende.
-Sí., sí, Perdóneme.
"Como le iba diciendo, mi vida fue como el éxtasis que se consigue al consumir una droga. Pero llegó el momento en que, de la noche a la mañana, perdí esa euforia y sufrí el... efecto secundario. Es decir, sin razón aparente, todo mi estilo de vida dejó de perecerme atractivo. Ya no me llenaba; ni siquiera me gustaba. Deseaba con todas mis fuerzas volver a ser el que era, pero no podía.
"Me sentía solo y deprimido. En pocas semanas, de hallarme concentrado en el éxito, pasé a ofuscarme con la idea de la muerte.
Darío se sintió de pronto alarmado, sin saber exactamente por qué. Miró a su alrededor, como si hubiera percibido un rumor efímero, pero, más allá del círculo formado por las amarillenta claridad de las velas, la oscuridad resultaba informe, confusa y profunda.
Sanz apoyaba su cabeza en una mano. De nuevo parecía sufrir una jaqueca.
- ¿Se encuentra usted bien?
El anfitrión pareció recuperarse. Su voz sonó vacía, tenebrosa, como si llegara desde otro mundo;
-Esos paisajes... no puedo olvidarlos... Sus rostros... Y los animales... los malditos animales...
Se volvió hacia el periodista, como si sus ojos permanecieran intensamente concentrados, tras los negros centrados, en el periodista. Parecía restablecido.
-Como le iba diciendo, no dejaba de pensar en la muerte. Y un día la encontré. Fue en esta misma casa, en la cocina. El cable de mi tostadora tenía un leve agujero y yo lo agarré tras enjuagarme las manos. Extraño, ¿eh? Jamás antes toqué los aparatos eléctricos con los dedos húmedos, y ese día cogí el maldito cable justamente por el lugar donde se hallaba abierto. La descarga eléctrica me hizo perder el sentido. Permanecí con las yemas fundidas con el cable, hasta que el sistema sufrió un cortocircuito que cerró el suministro general. Mi corazón, aunque fuerte, se paró. Y, solo y estúpidamente, morí.
Hubo una lenta pausa, mientras Darío permanecía muy quieto, mirando seriamente a Sanz, que se reclinó sobre el respaldo del sofá, las manos sobre los mullidos y polvorientos brazos del mueble. Prosiguió:
-Horas después, Ana descubrió mi cadáver.
Volvió a callar. Bajó la cabeza, como agotado.
Darío experimentó aquel extraño cosquilleo que antaño sintiera cuando estaba a punto de hincarle el diente a una jugosa noticia. "Instinto. La excitación de la caza". Tales habían sido las palabras con que un periodista veterano, años atrás, le describió tal emoción.
Ahora, después de cinco años de desidia profesional, volvía a experimentarla. Sintió que su corazón se disparaba y su mente se tornaba clara y aguda. Las palabras fluyeron de su boca:
-¿Qué hay tras la muerte, Sr. Sanz? ¿Qué vio..., que experimentó cuando murió?
El entrevistado tembló perceptiblemente. Los dedos se crisparon, agarrando los brazos del sillón, y luego se relajaron, como patas de una gran araña que despertara a la luz de las tristes velas. La voz volvió a adquirir aquel tono atemporal, indefinible, como si él fuese un simple transmisor y otro quien hablara:
-Oscuridad... Luz... Un túnel... Había gente en el túnel. Mucha gente. A algunos les conocía. O creía conocerles. Pero no podía darles un nombre, no podía ubicarles en un determinado lugar de mi vida. Sólo sabía que les conocía.
"El lago... Un lago profundo, sin fondo -aunque permanecía inmóvil, todo su cuerpo se tensó, y la voz cobró violencia y angustia:-. Caí en él. Intenté ascender, pero no pude. ¡Me arrastraban! Tiraban de mí hacia abajo... Hacia abajo. Sus rostros... -se llevó una mano a la frente, y tras varios y eternos segundos, levantó de nuevo la cabeza y la apoyó en el respaldo. Continuó, con un tono de resignación:- Ellos tan sólo eran esclavos. Me llevaban a...
Sanz quedó en silencio, de nuevo. De pronto, comenzó a sollozar, sufriendo leves convulsiones que hacían temblar y encogerse sus hombros y cabeza. Mas no aparecían lágrimas bajo el borde de las gafas opacas. Se escuchó un suave crujido, procedente de algún lugar bajo su abrigo que asustó a Darío.
El periodista había permanecido en silencio, como atontado, mirándole con ojos muy abiertos. Quizá debiera dejar en paz a aquel perturbado, reconfortarle o llamar a la policía o a una ambulancia. Pero el lobo estaba despertando. Volvía a ser el cazanoticias ávido que no sabía de moral o compasión. Aunque quisiera, ya no podría dar marcha atrás. Quería la noticia, la deseaba con todo el alma. Tras tantos años, volvía a sentirse otra vez él.
-Siga hablando, por favor -pidió. Corroboró que la grabadora continuaba en funcionamiento. Notó que su cigarrillo se había apagado y lo encendió con rapidez-. Vamos, contarlo le ayudará. Estoy seguro de ello.
Sanz levantó una mano, como para limpiarse los ojos. Pero pareció recordar algo y detuvo sus dedos a la altura de la bufanda. Dejó caer el brazo del sillón y se recostó, como cansado.
-Nada ni nadie puede ya ayudarme... Ningún ser vivo es capaz de imaginar lo que hay después...
"Y sin embargo, pienso que mi destino fue distinto del de la mayoría de los mortales. Intuyo que Algo o Alguien, un poder que no conoce la moral o el perdón, tomó mi esencia, lo que quedaba de mí tras cruzar el umbral...
Hizo otra pausa. Darío no pudo identificar a qué tipo de silencio pertenecía. El periodista volvió a animarle:
-Estaba usted hablándome de unos seres que le arrastraban hacia... -buscó con cuidado las palabras- Las profundidades...
-Oh, sí. Perdóneme. A veces, mi mente se desconecta, me cuesta pensar...
"Efectivamente, aquellas criaturas, que no tenían parangón alguno en el mundo que conocemos... que conocen ustedes, los vivos, arrastraban mi alma siempre hacia abajo, hacia una caliente oscuridad en la que yo podía entrever a otros como yo, conducidos, sin desearlo, a un mundo de pesadillas y tormentos.
"Nunca fui creyente, ni imaginé que pudiera existir el Infierno. Pero aquéllo que contemplé bien podría asemejarse a ciertas descripciones que se han hecho de tal lugar. Vi figuras que se retorcían agónicas entre llamaradas tan brillantes que dolía el mirarlas. Se escuchaban gritos y alaridos de dolor que terminaban en histéricas carcajadas, voces pastosas, burlonas y enloquecidas, aullidos de alegría, jadeos de un insano placer malsano... Ninguno de los seres que encontré eran felices, todos sufrían su particular dolor y locura. Comprendí que pronto me uniría a ellos.
"Mis captores, aquellos seres de rostro vacío, me soltaron. De pronto, estaba en un jardín obsceno cuyas plantas estaban formadas de carne en descomposición. Una figura imponente, hecha de fuego azulado, tan grande como un edificio, me miraba y reía. Cogía a puñados otras muchas almas como la mía y las tragaba con deleite, siempre emitiendo unos espantosos y ávidos gruñidos que a veces se confundían con tétricas carcajadas. A su alrededor, bullía un enjambre de criaturas que escapaban a toda descripción, cubiertos de caparazones y espinas, un caos de tentáculos, bocas, garras, ojos, y dientes... Correteaban y saltaban alegremente alrededor de su amo.
"Entonces, el ser que los dominaba, y que yo identifiqué al instante como mi nuevo dueño, me señaló con un dedo largo como el mástil de un velero.
"Respondiendo a su orden, sus mascotas vinieron por mi. Los animales se abalanzaron encima mío. Me mordieron; desgarraron y destrozaron mi piel, mi carne, mis huesos... Me sacaron los ojos y rompieron mis articulaciones. Y yo, aunque lo deseara con todas mis fuerzas, no podía perder el sentido, tenía que vivir el tormento con toda intensidad, segundo a segundo. Y al sufrimiento chillante de las múltiples heridas, se unía una insoportable sensación de repugnancia profunda, abismal, de suciedad extrema... y de humillante vergüenza.
"Sumido en aquel dolor, se me reveló un brutal y desgarrador conocimiento:
"Tras la muerte, hay infinitos mundos habitadas por criaturas que, como en el nuestro, son poderosas o débiles, crueles o piadosas, cobardes o valientes, cuerdas o demenciales,... Y yo, sin saber el porqué, había caído en las garras de una de ellas, un ser fuerte, loco, hedonista e inexorable, el cual era feliz torturando incansablemente a sus víctimas.
Hizo una intensa pausa, antes de continuar:
-La jauría, tras una rojiza e hiriente eternidad, pareció aburrirse de mí. Me dejaron tranquilo, tirado sobre el carnoso y corrupto césped. A pesar de la momentánea tranquilidad, comprendí que pronto mis torturadores, o, peor aún, su señor, volverían por mí, en busca de nuevos y crueles entretenimientos.
"Difícilmente, me puse en pie y eché a andar. Me hallaba destrozado, pero a medida que avanzaba mi inmaterial cuerpo se recomponía milagrosamente e iba recobrando las fuerzas. Estaba decidido a huír, a escapar. Otras criaturas que gozaban de mi misma suerte me exhortaban a no escapar. Según decían, el castigo sería tan terrible que todos los demás parecerían ínfimos en comparación.
"Mas yo deseaba, al menos, intentarlo.
"Recorrí extrañas tierras, que escapaban a toda descripción. Siempre más y más deprisa, volviendo la vista atrás una y otra vez. La jauría me perseguía. En la distancia los veía correr. En muchas ocasiones pensé en entregarme, pero, aunque comprendía que todo estaba perdido, continué, sin detenerme, sin más meta que poner distancia entre ellos y yo.
"Cuando ya sólo podía alimentarme de mi propia desesperación, llegué a aquel mar de oscuridad que había traspasado al morir. Buceé en él, descendiendo, o tal vez ascendiendo, no lo sé, sintiendo la cercanía de mis perseguidores y el anhelo de mi libertad.
"Hubo una lucha agónica, en la que empleé un valor que jamás creí poseer.
"De pronto, sentí que mi consciencia se desvanecía, y cuando desperté, me hallaba en nuestro mundo, el que llamamos real.
"Era de noche. La brisa acariciaba mi rostro. Yo estaba en un cementerio. A mi espalda, la tierra había sido levantada de la tumba, de mi propia tumba, y el ataúd en la fosa, estaba abierto. Increíblemente, yo había vencido la presión del suelo y emergido al mundo de los vivos.
"Amparándome en las sombras, llegué hasta esta casa.
Darío tenía aún el cigarro entre los dedos, de nuevo apagado. No se había movido durante todo el relato, y sus ojos brillaban, maravillados.
A Sanz, aparentemente, le pasó desapercibida la expectación que había causado. Dejó caer lentamente una mano sobre su pecho y abdomen, hasta un costado.
-Como ve, he tapado mi cuerpo lo mejor posible. Le aseguro que, de no ser asi, y aunque estuviese usted muy relacionado con los fenómenos extraños, habría salido corriendo nada más ponerme la vista encima.
Como saliendo de un aturdimiento, parpadeando varias veces, Darío tomó el mechero de la mesilla. Pero cambió de idea y aplastó el cigarro en el cenicero. Se pasó la mano por el cabello. Buscaba desesperadamente la convicción de que toda la historia era una dramática mentira, o tal vez la insana convicción de un loco. Pero no podía dejar de pensar en el relato como algo consistente, sólido.
-¿Por qué llamó usted a nuestra revista? -preguntó- Es decir, ¿por qué quiere contar esta historia, que resulta tan extraordinariamente inverosímil?
Sanz se llevó una mano a la barbilla cubierta por la bufanda.
-Me estuve preguntando lo mismo durante el día de ayer... Y llegué a esta conclusión: debía convencerme de que todo lo ocurrido fue cierto. Ha de serlo. No sé sí me comprenderá, pero intentaré explicarlo. Yo mismo no lo creía, quizá todo fuera parte de una alucinación. E intuía que la forma de convencerme era desahogándome con otra persona. Quizá entonces, todo se esfumaría y despertaría de este horroroso sueño...
-Pero no ha despertado.
-En efecto. Éso me prueba que lo narrado ha sido y es real. Sólo una persona interesada en lo sobrenatural accedería a escucharme, al ver mi aspecto.
-He de confesar que no soy un apasionado de Lo Oculto -replicó Darío, sonriendo de medio lado-. Sólo trabajo en ello porque no me gusta estar en paro.
-Lo comprendo. De todos modos, me ha sido de gran utilidad.
-Sinceramente, me alegro -Darío trató de abordar la siguiente cuestión sin brusquedad:-. Como comprenderá, señor Sanz, necesitaremos pruebas para confirmar su relato, el que usted haya vuelto a la vida tras sufrir una muerte clínica. Quizá debiera dejarse fotografiar.
El aludido sacudió vagamente con una mano.
-No serviría de mucho -su voz, normalmente ronca, adquirió un tono aún más ominoso-. No estaré mucho más tiempo en el reino de los vivos.
Darío frunció el ceño.
-No le entiendo.
-Ellos.. vendrán a buscarme.
-¿Buscarle? ¿Quién...? -el periodista, súbitamente, comprendió- Dios Santo...
-Sé que no podré eludirlos durante mucho tiempo. No permitirán que escape. Por éso yo... debía contarle mi historia al menos a una persona... Sentía esa necesidad. No me tendrán sin lucha, pero comprendo perfectamente cuál será mi final.
-¿Quiere decir.., que ellos pueden estar ya aquí, cerca de nosotros?
Sanz asintió lentamente con la cabeza.
Una corriente de húmedo frío subió por la columna vertebral de Darío.
-¿Y qué aspecto tienen?
Sintió que Sanz, tras de sus gafas opacas, le miraba fijamente.
-Son como yo. Cadáveres vueltos a la vida.
El periodista sintió que su mente se congelaba. Hasta el momento, la historia de Sanz le había parecido tan sólo éso: una historia; fascinante y extraordinaria, pero irreal, al fin y al cabo. Ahora comenzaba a creérsela, a tomar profunda conciencia de que quizá toda ella fuese verídica.
Se llevó una mano a la boca. Miró hacia todos lados, intentando penetrar con la vista la densa oscuridad que difícilmente disipaban las velas.
-Hemos de irnos -dijo, levantándose de pronto, guardando rápidamente la grabadora, el bloc de notas, el bolígrafo, el tabaco y el mechero en los bolsillos de su abrigo-. Vamos. Tengo el coche ahí fuera. Si alguien le persigue, es mejor que lo notifique a la policía.
Sanz continuó sentado.
-¿Y piensa usted que me creerían? ¿Me cree usted realmente?
Darío experimentó un ramalazo de culpabilidad. Dijo:
-Le voy a ser franco: no sé qué pensar. Su historia, por raro que parezca, me resulta creíble. Soy un periodista, y uno con instinto, aunque hace mucho que no gozo de esta cualidad. Y le digo que es mejor emigrar, porque ahora huelo el peligro.
Sanz suspiro, paciente. Se levantó de su sillón.
-Está bien, como quiera. Le acompañaré, pero no servirá de nada. Ellos pueden llegar a cualquier parte.
-¡Vámonos! -exclamó Darío. Estuvo tentado de tirar del brazo de Sanz, pero no pudo evitar la imagen en su mente de la carne desmenuzándose en tiras secas y escamosas bajo sus dedos, y reprimió el impulso.
El periodista se dirigió al pasillo que recorriera antes de entrar en la sala. Las velas dibujaban largas sombras, confusas e inquietantes, sobre las paredes. Al final estaba la puerta de salida del edificio.
Sanz le seguía. Andaba arrastrando los pies, bamboleándose levemente. A Darío le recordó su forma de moverse la de un enajenado mental.
El periodista abrió la puerta y surgió al fresco nocturno. Su coche, un Escarabajo color verde claro, estaba aparcado en la acera de enfrente. Rebuscó en un bolsillo de su pantalón y en-contró las llaves del auto. Realmente, deseaba salvar a Sanz. Pero... ¿de qué? Tal vez, lo que de verdad quería proteger era su noticia.
Experimentó algo parecido a un seco golpe en el plexo solar.
Cruzando la calle había tres figuras antropomórficas. Pero no eran seres humanos, sino...
Cadáveres. Cadáveres que andaban sobre el asfalto, cruzando la calle desierta, bajo la fría luz de las farolas. Dos hombres y una mujer. Adultos. Con restos de tierra sobre sus oscuros y sobres trajes de velatorio. Señalaban con sus manos, hacia un punto más allá de Darío.
Éste miró hacia atrás. A quien realmente querían era a Sanz, que ya bajaba las escaleras del porche, casi tropezando.
-Ahí están... -murmuró Sanz, con una tristeza que tornaba profunda su ya grave voz y un pánico creciente que la hacía temblar- Vienen por mí. Se lo dije.
Darío se sentía literalmente clavado en el sitio. Simplemente, no podía moverse, le era totalmente imposible. Resultaba horrendo e indescriptible ver desmenuzarse ante sus ojos cuarenta y tres años de creencia en lo lógico, racional y explicable... Pues lo ilógico, lo irracional e inexplicable se decantaba con perfecta nitidez contra los setos del jardín y el frío y gris asfalto. Y se le acercaba. El periodista, de pronto, sintió el vello erizarse en su nuca y una sucia electricidad se extendió por su cráneo. Retrocedió unos pasos, hasta apoyar la espalda en un farol. Jadeaba como un perro, y el corazón latía con tal fuerza y tan velozmente en sus sienes y su garganta que durante un instante pensó iba a morir. Se sintió de pronto desvalido, y experimentó ganas de llorar. Todo él era un ser vencido por el horror.
Un cadáver de bulldog surgió por entre unos arbustos y pasó por su derecha, arrastrando una pata trasera. Le faltaba un ojo y en la cuenca vacía brillaban negras moscas. Ladró torpemente, enseñando los amarillentos dientes.
Un joven al que habían cosido media cara surgió de un seto cercano. Sus pupilas sin vida caían bajo las carne y los ojos aparecían blancos casi por completo, surcados por rosadas venas.
Doblando una esquina del chalet, aparecieron tres cadáveres más. Eran mujeres, una de ellas excepcionalmente gorda. Su estómago se abrió de pronto, vomitando un amasijo de vísceras brillantes que se desparramaron con un húmedo siseo. No se detuvo y siguió arrastrando los pies, pisándolas.
Ninguno reparó en Darío. Su objetivo era Sanz, quien estaba ya rodeado.
-¡No! -gritó- ¡Fuera! ¡Dejadme!
Se le echaron encima. Le arrancaron las gafas y la bufanda, descubriendo su verdadero rostro, macilento y descarnado, con dos ojos azules veteados por múltiples y rojizas venas.
Darío fijó su atónita mirada en Sanz. Entendió que había sostenido una conversación con aquella criatura y de pronto el mundo se bamboleó a su alrededor. Las piernas se le doblaron y cayó de rodillas. El estómago pegó dos vuelcos y al tercero vomitó, a cuatro patas sobre el asfalto.
Los cadáveres concentraron su fría e impersonal ira sobre Sanz. Le golpearon, arañaron, mordieron y pisaron.
Al fin, la víctima dejó de moverse. Los asesinos lo abandonaron allí, en el porche del chalet, marchándose después torpe y rápidamente, desapareciendo, engullidos por las sombras de la noche.
Darío, jadeante y agotada, escupió la última y amarga bilis y alzó la cabeza, hasta que su mirada encontró el amasijo de carne deshecha y pútrida que era Sanz. Sacando fuerzas de no sabía dónde, logró ponerse en pie, apoyándose en la farola. Se pasó una mano por los labios, limpiándose, y después andó, vacilante y tembloroso, hasta los restos del entrevistado. Ya no había vida en él, ni siquiera esa segunda vida que había disfrutado durante tan poco tiempo. De nuevo su alma había cruzado el umbral de la muerte, para retornar a un reino de pesadilla ajeno a toda piedad.
Darío notó entonces que estaba llorando, en silencio, experimentando una terrible tristeza, mientras contemplaba al destrozado Sanz. Se había mojado los pantalones cuando les vio llegar, como un niño, mas no le importaba.
No supo cuánto tiempo pasó allí, quieto, de pie. Al fin, torció la cabeza y echó a andar hacia su propio coche.



De madrugada, frente al río, escuchó varias veces la cinta con la voz de Sanz.
A estas alturas, quizá el servicio de barrenderos municipal habría descubierto los despojos del cadáver de Sanz. Alarmados, darían aviso a la policía, y los agentes de la Ley pensarían que se trataba de una macabra locura: sacar el cadáver de su tumba, hacerlo pedazos y dejarlo en la puerta del que fuera su propio chalet. No había habido agresión ni asesinato -como no fuera el asesinato a uno que ya estaba muerto, lo cual a la policía ni se le iba a pasar por las mientes-, ni creyó que ningún conocido de Sanz quisiera emprender una investigación sobre lo sucedido -probablemente ni siquiera esa antigua amante que tenía la propiedad del chalet-. Así que se harían unas cuantas preguntas, quizá también a Darío, y el caso se archivaría. Él conocía estos procedimientos: había asistido a las endebles investigaciones sobre levantamientos de tumbas o vandalismo de tipo macabro. En la gran mayoría de los casos, todo terminaba como papel mojado.
Era su noticia. La mejor noticia que había tenido jamás. Pero... ¿quién la creería? Ni él mismo, hasta esta noche, y a pesar de trabajar para una revista dedicada a Lo Oculto, había dado un mínimo margen de confianza a los hechos sobrenaturales. Tenía la cinta. Pero cualquiera podría alegar que la entrevista grabada en ella podría haberse amañado perfectamente. Como prueba resultaba casi una nulidad.
Se imaginó luchando desesperadamente por probar algo que a todas luces resultaba imposible de demostrar. Comprendió que sus posibilidades de llevar el asunto a un periódico de tirada nacional, o a la televisión, con un mínimo de seriedad, eran extremadamente pocas. Fuera del mundillo que rodeaba a Eternidad u otras revistas del estilo, todo serían sonrisas por lo bajo o abiertas carcajadas, cerrarse de puertas en las narices, cejas arqueadas, brazos cruzados. Además, su propio pasado como periodista fracasado y alcohólico no le ayudaría en nada. ¿Cuánto tiempo tardarían en decirle aquello de "Has vuelto a beber, ¿verdad?"? Entonces, acabaría por derrumbarse completamente y perder el poco control que aún tenía sobre su propia vida.
Sacó la cinta del aparato, con rabia, y reculó el brazo, para lanzarla hacia las plácidas aguas. Pero se contuvo. La miró, con amargura, y después la metió en el bolsillo derecho del abrigo.
Echó a andar, a la busca de un bar abierto a esas horas de la madrugada.



-Vodka con limón -gruñó al camarero-. Cargado.
Éste lo había mirado de mala manera al entrar en el establecimiento y acomodarse tras la barra. Pero obedeció: colocó el vaso lleno de líquido blancuzco amarillo delante de sus narices.
-Lo voy a joder... -murmuró Darío, como para sí mismo, sonriendo de forma nerviosa, mirando fijamente la copa- Lo voy a joder todo. Un año de terapia. Un matrimonio a la mierda. Y de nuevo al paro.
Pero, tras lo acontecido aquella noche, ¿qué otra cosa podía hacer más que sucumbir de nuevo ante la poderosa adversidad? Mientras el camarero barría el suelo y colocaba las mesas, Darío tomó el vaso y lo alzó en un solitario brindis hacia el frente.
-Por mi auténtico destino: el fracaso.
Sintió que un amargo sollozo subía por su garganta. Cerro los ojos y llevó a sus labios el vaso.
Recordó a Sanz. Su historia acerca de un mundo irreal para el que no existía ninguna posible escapatoria. Y sin embargo, él sí intentó huir de allí, alimentándose sólo de su propia desesperación. Sanz había comprendido que la existencia, en esta u otras vidas, se reducía a una estéril lucha contra la derrota. Pero trató de escapar a su inexorable destino.
Separó el vaso de su boca. Aún no había bebido una sola gota.
-¡Eh, camarero! -llamó- Mira esto.
El hombre se acercó de mala gana. Cuando estuvieron frente a frente, Darío, muy serio, derramó la bebida sobre la barra. Después, tiró el vaso hacia atrás. Se escuchó un ruido de cristales rotos.
El camarero le miró con ojos desorbitados. Darío sonreía.
-Tome. Por el vodka y el vaso -dejó todos los billetes que llevaba en la cartera, sin contarlos. El camarero quedó aún más atónito al ver todo ese dinero y su creciente ira se transformó en simple enojo-. Quédese con la propina. Hoy me siento espléndido.
-Lárguese -espetó el camarero, mientras tomaba los papeles verdosos-. Y no vuelva nunca más por aquí.
-Eso se lo aseguro -Darío ya salía por la puerta del bar-. No volveré. Jamás.
Aspiró el fresco aire. Se sentía increíblemente bien, por primera vez en años. Aún le quedaban dos horas de sueño antes de ir a la redacción. Echó a andar, sonriendo, mientras daba suaves palmaditas en el bolsillo derecho del abrigo.


(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
 
 

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