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EL JUEGO

por Daniel Aloisio

Miró por la ventana de su departamento de la calle Forbes y el cielo encapotado le devolvió una bofetada de agua contra los vidrios. Afuera, algunos audaces se aventuraban dando saltos entre los charcos, tratando de salvaguardar las pocas pertenencias que aún no habían sido víctimas de aquella lluvia pertinaz.

El sonido de una pava silbando le recordó que doña Berta estaba por tomar su té de las cuatro en el departamento frente al suyo. Bermúdez reconoció para sus adentros que aquella era una de las cosas que hacían a la magia de aquel viejo edificio donde, vaya a saber por que grieta, siempre se filtraban los sonidos cotidianos.

No había podido conciliar el sueño y su cuerpo se lo estaba reclamando. El estado de excitación en el que se encontraba después de haber leído aquel artículo en el periódico hacía casi imposible la sola idea de entregarse al descanso.

Por un momento pensó que tal vez estuviese exagerando, pero la visión de aquella fotografía, de aquel rostro que lo escrutaba desde el papel, no hizo más que reafirmar los inquietantes pensamientos que le sobrevolaban.

Por un momento creyó que una mirada retrospectiva de los hechos le permitiría verlos más objetivamente. Amparándose en tal especulación se propuso recordar cada uno de los acontecimientos que lo habían conducido a la situación en la que se encontraba. No necesitó remontarse demasiado en el tiempo para ubicar el punto en que las cosas habían comenzado a cambiar en su vida.

Todo se había precipitado a partir del día en que había perdido su empleo. Aquella mañana fría de otoño lo había recibido como de costumbre la figura enjuta de su jefe en la puerta de acceso a la casa de electrodomésticos donde, desde hacía años, se desempeñaba como vendedor.

No hubo nada en ese momento que la cara avinagrada del señor Marroni le hiciera suponer que algo anormal estuviese ocurriendo. Había supuesto que el habitual mal humor de su empleador quizás se debiera a la cercanía del día de pago o a alguna de las noticias que con sus ojos de topo escrutaba cada mañana en el periódico.

Los cierto es que como lo hacía habitualmente se había limitado a cumplir con su trabajo de manera metódica y rutinaria, y el día había transcurrido sin sobresaltos hasta el horario del cierre.

Fue entonces cuando la presencia de aquel individuo de traje oscuro que dialogaba con el señor Marroni llamó su atención.

Tardó un momento en darse cuenta de que la conversación que sostenían en un rincón del salón giraba en torno a él. El tipo lo miraba y gesticulaba sin parar mientras su jefe se limitaba a asentir con la cabeza.

No tardaron demasiado en acercarse y luego de las presentaciones de rigor Marroni le había comunicado que por consejo de su asesor financiero allí presente (el tipo del traje había sonreído imperceptiblemente en ese momento) la empresa había decidido prescindir de sus servicios. En vano habían sido sus intentos de lograr que su jefe reconsiderara la decisión. Todo parecía indicar que el suyo era un caso cerrado.

Así había sido como, sin grandes prolegómenos, se había encontrado literalmente en la calle, con sus últimos haberes en el bolsillo y la desesperanza pesándole sobre los hombros.

Había caminado varias cuadras por la Avenida cuando de pronto se sintió embestido desde atrás por un tipo corpulento que de un empellón lo sacó de sus profundas cavilaciones. La disculpa llegó tan deprisa que sólo le permitió abrir la boca para protestar.

-Perdone usted, señor...

-No, está bien...

-No estará usted lastimado, verdad?

Le había sorprendido tanto la formalidad de aquel sujeto como la vocecita chillona que proviniendo de semejante corpulencia resultaba casi cómica. Conteniendo una risita, contestó.

-No se preocupe.

-Ah!

El grandote había vacilado un momento antes de extender una mano rolliza y saludar teatralmente.

-Marcus, a su servicio.

-Bermúdez, es un gusto.

-Lamento haber sido tan grosero, pero estoy trabajando en mi oficina aquí a la vuelta y los tiempos... Usted ya sabe...

-Claro.

Marcus parecía haber recordado algo de repente porque después de golpearse la frente y mirar el reloj repetidamente se había despedido, no sin antes extender una tarjeta personal en la que podía leerse con letras doradas:

Ing. Marcus Holland

Genética Aplicada

La tarjeta estaba coronada por un logotipo que rezaba XANGENETICS en letras azules con relieve.

El gordo se había alejado bamboleando su trasero y apenas recorridos unos pasos se había vuelto graciosamente gritando a viva voz

-En la oficina tenemos un buen café. Cuando guste...

Bermúdez recordaba haber levantado su mano con el doble propósito de despedirse y confirmarle a su circunstancial camarada que había tomado nota mentalmente de su invitación.

Uno de los habituales ataques de tos de doña Berta lo trajo nuevamente al presente. La voz cascada de la anciana que encomendó su salud a alguna santa, se filtró bajo la puerta y lo distrajo súbitamente de su viaje retrospectivo. Se sorprendió al ver que entre sus manos se encontraba la tarjeta que aquel día le entregara Marcus. No pudo recordar en que momento la había sacado de entre sus pertenencias, pero el solo contacto con aquel trozo de cartón rectangular fue suficiente para sobresaltarlo aún más. Se obligó a volver a la lectura de la noticia que le había quitado el sueño.

El artículo, fechado dos días atrás, parecía formar parte de alguno de los tantos periódicos baratos que circulaban entonces por la ciudad y del que extrañamente sólo había llegado a sus manos aquella única hoja. Quiso acometer la empresa de internarse nuevamente en el relato, pero su mente lo llevó de nuevo hacia atrás. Cómo había llegado hasta él aquella hoja del periódico?.

La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba y, por cierto, de la manera más prosaica. Sólo bastó una mirada a la mesa de la cocina para que un montón de papas apiladas en una cesta le recordaran que Julio, el verdulero, las había envuelto en un trozo de diario, el mismo que sostenía en ese momento entre sus manos con tanta animosidad.

La letra chillona de pasquín sensacionalista declamaba:

"OTRA MUERTE MISTERIOSA EN XANGENETICS"

El resto del artículo no pasaba de ser un mera sucesión de conjeturas y estética barata, pero lo que verdaderamente sacudió sus nervios fue la fotografía que al pie de la página mostraba el rostro de la víctima. El epígrafe (que el temblor de sus manos le obligó a leer en varias ocasiones) rezaba:

Ing. Marcus Holland. Un nuevo eslabón en una cadena de misteriosos asesinatos

El recuerdo aún fresco del casual encuentro con el sujeto de la foto lo mortificaba, y aunque había leído y releído hasta el hartazgo el artículo procurando ver con objetividad los hechos, una angustia indefinida lo invadía cada vez que pretendía entrelazar aquella historia con la suya buscando alguna relación.

El sonido del teléfono cayó sobre sus sentidos como un mazazo. Vaciló antes de descolgar el tubo preguntándose, sin hallar respuesta, a que obedecía su temor.

La voz del otro lado le sonó a vendedor de feria:

-Buenos días señor Bermúdez, le hablo de XANGENETICS.

El tipo debió haber advertido el azoramiento que invadió a su interlocutor porque alzó una octava el tono de su voz.

-Señor Bermúdez?

-Sí...

-Ah!, le habla el Ingeniero Berstein. Lamentamos la pérdida de su amigo Marcus.

El nombre del regordete ingeniero con el que había mantenido aquella casual conversación volvió a torturarlo. Casi al instante una andanada de interrogantes comenzaron a agolparse en su mente...

Cómo sabía aquel tipo su apellido?

Por qué hacía referencia a Marcus como si fuera amigo suyo?

Acaso Marcus les habría hablado de él?

La lista era interminable y el vértigo con que se sucedían sólo amainó cuando el sujeto del otro lado continuó en tono de disculpa:

-Perdone usted mi torpeza. Seguramente se preguntará cómo lo he contactado. Ocurre que Marcus dejó entre sus pertenencias una serie de anotaciones entre las cuales se encontraban su nombre y su teléfono. La nota decía además "Llamar para reunión. Avisar a los otros". Me pareció advertir cierto grado de amistad entre ustedes por lo que me tomé la libertad de llamarlo y hacerle llegar mi pésame.

Bermúdez juzgó a esa altura que el tipo podía seguir hablando sin detenerse hasta que lo alcanzara la noche, por lo que sin importarle demasiado la falta de cortesía, intervino:

-Mire ingeniero...

-Berstein.

-Muy bien, para serle sincero, yo solamente hablé con este señor Marcus una sola vez y de manera casual. No veo cual puede ser la relación...

-Sólo una vez?

-Así es. De hecho, hoy al leer la noticia de su muerte me he enterado de su apellido y de la actividad que desarrollaba...

-Bien. Le agradeceríamos que nos contacte si llegara a recordar algo de su última conversación. Los números de la empresa son...

-Le repito que no hubo tal última conversación, porque sólo he cambiado unas palabras una vez...

-Bien, estaremos en contacto entonces.

El sonido del auricular al cortarse la comunicación fue como una bofetada que lo llenó de una mezcla de indignación e impotencia por este asunto que lo tenía como protagonista involuntario y en el que estaba enredándose más de lo que deseaba.

Por un momento pensó en dar aviso a la policía, pero su voz interior le sugirió que tal vez estuviese magnificando los hechos y que probablemente todo se tratara de una molesta confusión. El pensamiento logró reconfortarlo.

La lluvia al fin se había detenido y eso parecía ser un buen signo. Al abrigo de las sombras de la tarde que comenzaban a ganar el interior de su cuarto, se recostó en su cama y trató de hilvanar calmada y racionalmente el argumento de esta trama enredada.

Con su saco gris por todo cobertor se arrellanó buscando refugio en la tibieza de las sábanas. Casi había llegado a dormirse cuando sus manos descubrieron una pequeña hoja de papel prolijamente doblada que sobresalía del bolsillo de su saco. Le resultó extraño pues no recordaba haber guardado ningún papel en los días anteriores y estuvo casi a punto de olvidarlo pero de pronto un sentimiento de curiosidad irrefrenable lo invadió sin darle tregua.

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Vamos a la Segunda Parte de "El Juego"

 

(c) Daniel Aloisio

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