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El ÍDOLO


por Juan Ignacio Verni Albarracín

A Borges y su fantástico
Libro de Arena, el cual
algún día iré a buscar a
la calle México.

Cinco años de espera y paciencia. Cinco años de escuchar, semana tras semana, mis defectos, mis falencias, mis miserias. Como si no las conociera. Cinco años. Hoy es mi última visita. Hoy vine por él.


Llegué puntual, como todos los jueves. Son las ocho de la noche y al sol de verano le queda poco. Llego justo a la hora que ella dicta; mi tía no tolera la impuntualidad. “Es una falta de respeto llegar tarde”, siempre dice. Siempre me dice.
Golpeo la puerta de su vieja casona de Palermo. No golpeo fuerte, más bien despacio. Sé que me escucha; mi tía tiene una gran audición, pero no tan buena como lo es su vista. Su vista es excelente. La escucho venir; acercarse a la puerta: pasos cortos pero firmes. Se produce un silencio y luego la gran vieja puerta de madera se abre ante mí. Siempre me pregunté: ¿Cómo hace para mover semejante puerta?
Mabera - así llaman todos a mi tía- es una mujer muy vieja (su edad nadie la sabe y yo no soy la excepción), de estatura baja y pelo color bronce, muy lacio y largo hasta la cintura. Su cuerpo, pequeño y consumido. Es muy, muy flaca y su piel morena deja entrever el relieve exacto de su esqueleto. Su joroba hace que tenga un hombro más arriba que el otro, dando la sensación de que tiene la cabeza a un costado del cuerpo.
Me abre y la veo, parada enfrente mío. Siempre vestida igual: camisa de seda marrón a cuadros, pollera y zapatos negros. En su flaco cuello, collares de perlas, blancas y gordas. Siempre está vestida igual. Siempre.
Antes de saludarme me da esa mirada (que nunca acompañó con una sonrisa) profunda y fría; sus ojos negros están hundidos dentro de su cara y son grandes; casi no tiene cejas en esa cara chupada. Tampoco mejillas, sólo una boca grande y pronunciada, de labios finos, los cuales sólo desafía a separar cuando come o da órdenes, y siempre tiene pintados. Pero sólo en sus manos veo ese aspecto cadavérico que me causa reticencia: dedos muy largos, sus uñas no tanto; se trasparentan todas sus venas, grandes y negras. Muchas.

- Pasá -, me dice. Y paso. Me toca un hombro y lo tomo como un cálido saludo. No la recuerdo riéndose nunca. Siempre tan fría, tan dura. Conmigo, especialmente. Soy el único sobrino que cada tanto le regala compañía; soy el único que cada tanto le regala compañía. También soy el que recibe –siempre- su trato tan duro, tan frontal, tan lastimero. Ese trato que a veces me hace sentir un estorbo; como si interrumpiese un trabajo que nunca compartió ni vi. Me tranquilizo. Será así con todos. Pero no; mejor si pienso que sólo lo es conmigo. Mejor si pienso que me odia. Saldrá todo mejor.
Su casa es grande y antigua. Fría, da la sensación. Pero no tanto. El hall de entrada está empapelado por grandes bibliotecas, altas hasta el techo y sin un lugar vacío. Reluce el roble en sus muchísimos muebles. Siempre me pregunté: ¿Cómo hace para limpiar esos estantes tan altos?
Las paredes que no tienen estantes que rebalsan de libros, están decoradas con láminas del barroco. Lástima que los colores de Rembrandt no sobresalgan a la austera personalidad de quien vive en este lugar. Son un reflejo, más bien. Una especie de resumen.

- Ya encontré lo que me pediste - me dice–. Seguime, rápido; estoy apurada. Tengo que seguir con lo mío.

Salimos del hall y caminamos por un largo pasillo que está iluminado a los costados por pequeñas luces que tiran un dulce color ocre, como miel oscura. Ella camina rápido y tengo que apurar el paso para alcanzarla; su marchito cuerpo nunca pierde la energía. Llegamos a un gran cuarto, ese donde mi tía tiene los libros más valiosos, esos muy antiguos que ya no se consiguen, ese donde yo ya estuve. Y acá también: libros hasta el techo.
Mabera se para justo frente a un panel de la biblioteca, mirando hacia arriba, bien arriba, y, entre toda esa maraña de cantos de cuero viejo y pequeñas letras, divisa mi ejemplar. Vuelvo a pensar: su vista es excelente. Entonces, en ese preciso instante, la mujer procede con su método, ahora devenido en una de las claves de mi futuro éxito, y lo que hace apenas unos años no lograba deducir: ¿Cómo hace para bajar los libros desde esa altura?
Escondido detrás de un alto panel con motivos árabes, tomó, en una de las esquinas del cuarto, un largo palo de madera coronado con un gacho en la punta. No poca fuerza tuvo que hacer para alzarlo, pero, una vez arriba, acertó al pesado ejemplar con una precisión de cirujano. Lo engancha, lo baja y lo deposita sobre un gran escritorio ubicado en el centro de la sala. Una poca generosa luz dibuja de forma inexacta un círculo en el viejo mueble. Mi tía contempla el volumen. Lo maneja con un dedicado esmero; una especie de manía, una especie de ritual.

- ¿Qué querés saber de este libro? – dice mientras su huesuda mano acaricia la tapa. Lo abre. – Linda edición; 1880 – y sigue acariciando el libro.
Yo me siento al otro lado del escritorio, tengo a Mabera justo enfrente mío. ¿Qué le digo? ¿Qué me gusta porque es grande y pesado? En mi cabeza está perfectamente dibujado el momento en el cual lo elegí. Me acuerdo bien, fue la semana pasada. Yo estaba justo en esta sala de la casa, con Mabera, hablando ella sobre lo pobre de mis estudios y de como se me iba el tiempo en trivialidades a mis 26 años y (lo recuerdo bien) cuando distraía su vista de águila, yo disparaba mi atención hacia lo alto de las bibliotecas en busca de un ejemplar gordo y, tal vez y con suerte, muy pesado. Ahí lo vi; ahí lo encontré. Pero no llegué a leer bien su título. Estoy seguro que era un libro escrito en francés. Le miento:

- Empecé a estudiar francés hace un tiempo y estoy buscando algún texto para practicar. – digo esto y me anticipo a su obvia sospecha: - Debe ser un texto avanzado para mí. Lo sé. Pero te voy a sorprender.

Lo dije muy claro, con un tono firme. No estoy nervioso. No tengo que estar nervioso. No puedo. Y me tranquilizo otra vez. No importa realmente si me cree o no; no importa si se da cuenta. Sé muy bien como va a terminar esto. No lo va a poder evitar. Hoy vine por él.

- Un vendedor de pintura de los barrios bajos que me dice que sabe francés. –me habla y no deja de mirarme- Yo te puedo enseñar francés. Yo te puedo enseñar el idioma que quieras.
- Vamos, Mabera, no te sabés todos los idiomas.- Todos, no. La mayoría, seguro.
- Sé todos los que tu cerebro puede llegar a aprender y entender.

Lo dice y en sus palabras todavía puedo notar ese dejo de bronca contra la nada y de bronca contra todo. Siempre el mismo trato. Palabras soberbias pero también melancólicas, propias de ella, a mí, dejándome ver -siempre- una pedantería inocua, altanera, resultado tal vez de su soledad, del hijo que nunca supo o quizo tener, de ese amor que nunca llegó.
La vieja es políglota. Le vastó un cuarto no pequeño de la casa para reemplazar estantes y libros por sus diplomas. Yo mismo los coloqué hace tres años. Eran muchos y pesados y sé que no azarosa fue la designación de quien sería el encargado de dicha tarea. Ese día no le hizo falta hacer mención ni ostentar como látigo todo su saber conmigo. Lo veía en su rostro: mi esfuerzo la excitaba.
Pero tampoco fue azarosa mi decisión de venir a visitarla todos los jueves. Yo sabía muy bien en que mundo iba a entrar y - lo más importante -, el para qué. Sabía que (como lo hizo y lo hace con todos) Mabera haría lo imposible por minar mi ánimo, humillarme y dejar en claro mis escasas esperanzas de ser algún día una persona completa como ella, sólo por no “ser de su clase”, sólo por “ser hijo de tu madre”, sólo por “no tener estudios”, sólo por un mero desquite de su solitaria y rancia vida; acaso sólo porque sí.
Siempre me pregunté el por qué de ese prolijo, continuo y dedicado esfuerzo por quedarse sola. Una obsesión involuntaria, tal vez. Sin duda, toda una vida de trabajo.
Mi mamá me lo dijo; me lo anticipó. Me dijo que era imposible tratar con Mabera. Pero también, mucho tiempo atrás, me comentó que su hermana hace años tiene el Idolo. Por ese motivo, mi decisión de vincularme a ella fue calculada y metódica; y además, mejor si pienso que me odia. Saldrá todo mejor. Sigo:

- Gracias, tía. Estoy seguro que podés enseñarme francés.
- Yo estoy segura que te va a ser imposible leer ese libro.
- Ya te dije, te voy a sorprender. Vengo bien con el estudio – lo digo no sin tomar aire. Me molesta la conversación; ¿Cuánto tiempo puedo seguir?

Cierra el libro de un golpe. Lo levanta con esfuerzo y lo deja en el centro del escritorio. Me ordena: – levantalo.
Lo sabía. Me va a pedir que le lea algo. Pero yo no sé francés e igual le hago caso. Lo levanto, lo abro, y ella lo logra con la facilidad de siempre: me pongo nervioso. Pero como ya no me importa nada (cómo ya no puede evitarlo), me atrevo a desviar la vista hacia ella.

- Sí, es este el que estaba buscando.
- ¿Estás seguro que es el que querés, sobrino? Sabés… es raro. Ese libro no está escrito en francés; es catalán. Raro que un estudiante tan confiado en no defraudar pase por alto tamaño detalle…

Le brillan los ojos. ¿Será furia? ¿Será excitación? Yo no dejo de mirarla, callado. Y me veo reflejado en sus ojos; esas bolas grandes y negras, más parecidos a los de un ciervo que a los de una persona, y veo que sigo inmóvil, sin saber que decirle, sin que me salgan esas palabras que practiqué frente al espejo por cinco años. Cierro el libro y mis ahora ajenas manos lo dejan caer sobre el mueble. Mabera tampoco me quita la vista de encima cuando me dice lo que me dice.

- Je sais que tu mens…

El libro y yo testigos de aquella sentencia; pero yo ya hago una mueca, suelto una risa. ¿Le sigo mintiendo? ¿Tiene sentido? Me acomodo en la silla y me tiro hacia delante, hacia Mabera, cómo si fuese a confiarle un secreto y eso hago. Estiro mi brazo y pongo mi mano sobre la de ella.

- Mabera, el libro no me interesa. Hoy vine a matarte.

Silencio. Corto y eterno. La oscilación de algún péndulo de algún reloj ubicado en algún cuarto de la casa, marca, a lo lejos, un agitado compás que parece buscar una macabra sincronía con el ritmo cardíaco de Mabera o mío. Ella me mira sin decir nada y yo no le suelto la mano. Los segundos siguen bailando lentamente en el tiempo y mi tía no se asusta. La rojiza luz del sol languidece en las paredes y se hace sentir espesa.

- ¿Qué estás buscando? – me pregunta con una pequeña sonrisa, una marca de complicidad. Se sabe de hierro y su temple no permite miedo.
- Vine por el ídolo. - replico.
- ¿El ídolo? ¿Qué vas a hacer con el ídolo? – y casi riéndose - ¿Para que lo querés?
- Lo quiero por su valor. –yo no le suelto la mano y se la aprieto– Lo quiero porque ahora sé donde está guardado. Lo quiero porque lo quiero.
- ¡¿Lo querés para venderlo?! –casi me grita por primera vez- ¿Y cuál es tu plan, sobrino?

Mabera no cree creer en mí y sé que su sonrisa sólo intenta atacar esa vaga seguridad que me abriga y da ánimo. No contesto su pregunta. Me levanto de mi silla, sin soltarle la mano; me paro convencido y la obligo a que haga lo mismo. Recorro el borde del escritorio y camino hacia ella no sin sentir un dejo de elegancia e hidalguía en mis movimientos: quien nos viese diría que estamos por bailar un vals. Con la mano que me queda libre tomo el libro de confusa lengua y vuelvo a pensar en mi buena elección: es pesado y me cuesta levantarlo. De la mano, llevo a mi tía hasta la suntuosa biblioteca casi completa, de no ser por el ejemplar que ahora con cierta dificultad sostengo, y la paro justo debajo del alto hueco, del lugar vacío que dejó lo que yo creí francés. Ella se deja llevar. Sin quejarse. Sin hablar. La noto expectante como un chico.
Sentencia:

- El secreto de todo éxito reposa en gran parte en el azar. El azar no resiste cálculo ni admite análisis. - piensa unos segundos y luego afirma – Pobre de vos; yo ya siento que estoy tan cerca de encontrar la…
- De ahora en más, tomá mis acciones como una merecida recompensa a mi esfuerzo y sacrificio. – la interrumpo con felicidad, y le aclaro esto como un gesto apócrifo de misericordia, pero también para dejarle en claro que todo tiene un por qué.

Sus facciones se quiebran; siento que me quiere decir o pedir algo, pero yo ya libero su mano y apoyo la mía sobre su hombro huesudo: la sostengo, la retengo; ahora calculo, mido. Soy mucho más alto que ella y levanto hacia arriba el libro (y ante su atenta mirada), hasta que mi brazo queda totalmente vertical y me esfuerzo por mantener el equilibrio.

- Mabera, como ya te dije… te voy a sorprender.
Mabera alza la vista, pero no la cabeza. Clava sus ojos en lo alto, en el libro. Yo le aprieto el hombro antes de respirar profundo y bajar como martillo y con fuerza de diablo el libro en su cabeza. La gravedad juega de cómplice y me ayuda con más potencia. Ella recibe el golpe duro y certero en el medio de su gran frente, ahí donde comienza el pelo, y siento como el canto del volumen logra hundirse sin esfuerzo en su cabeza; se le hunde la piel, los pelos, los huesos, y yo, lentamente, lo siento antes de verlo de forma fugaz.
En el momento del impacto sentí un ruido; el ruido que sale cuando uno pisa cáscaras de huevos, y la involuntaria conclusión llegó sin producirme asombro: si la codicia, la ambición y el resentimiento tuviesen un sonido, sería –no tengo duda- ese que acabo de escuchar. Todo se consume rápido y admito, con desencanto y reconocido morbo, que me hubiera gustado disfrutarlo más.
Mabera cae automáticamente al suelo con inusitada velocidad, para seguir siendo consecuente con su estilo hiperquinético; como si estuviese llegando tarde a algún lugar. Cae como una bolsa de arena y con esa macabra y pasiva elegancia con que lo hacen los títeres que pierden sus hilos. El piso de madera exagera la caída y reparte eco en la casona. Sé que el péndulo de fondo no me abandona, pero ahora no lo escucho.
Ya está, me digo: el Ídolo es mío. Después de tanto tiempo; ya está.
Al principio, cuando me encomendé a esta empresa, tenía sólo vagos y temerosos pensamientos acerca del éxito y de las acciones que este buen resultado implicaría. Confieso que ver ahora esa masa amorfa, pequeña, inerte e imprecisa que dice ser el cuerpo de Mabera me llena y me reconforta, pero también me hace sentir, de manera casi involuntaria, una súbita e infinita nostalgia (casi podría decirse tristeza) al ver como ella se desprende del tiempo, y como éste sigue con desidia su caprichosa marcha, indiferente a un hecho tan antinatural y corrupto, dando paso y lugar al único campo que ofrece la Eternidad: el de los recuerdos, cuyo mismísimo tiempo se encarga, como una insólita paradoja y con el correr de los años, de erosionar hasta la desaparición.
Me envuelve una suave brisa que llega por los pasillos y recién ahora la casa me parece inmensa.
Voy a buscarlo. El camino me lo sé muy bien; los largos y confusos pasajes de la casona no arredran mi memoria. Salgo de la sala, dejo el cuerpo atrás, y camino hacia el próximo cuarto, uno semicircular. Ahí, veo un pasillo mal iluminado que me marca, al final, el comienzo de otro más extenso que se consume en oscuridad. Recorro uno, luego el siguiente, y llego a la gran habitación, esa que en cinco años sólo pude entrar una vez (gracias al único descuido que Mabera me regaló), y que me vastó para saber en dónde mi tía lo tenía escondido. Me paro frente a la puerta de madera y, antes de entrar, ya lo siento mío.
Poco antes de que Mabera se dedicase por completo al encierro, y en uno de los últimos encuentros que tuvo con ella, mi madre recuerda el día en que le contó que, en su viaje a la selva peruana, había encontrado el Ídolo. Ella desconoce si su hermana había planeado la búsqueda, pero le precisó que estaba escondido en un recóndito lugar en los límites de Cuzco, y que no poco tuvo que insistirle en vano a un viejo para que se lo vendiera, antes de aprovechar un descuido y robárselo.
Un antiguo manuscrito español que data del siglo XVI, escrito en latín y que ella misma dijo haber encontrado años después, aclaraba que la pieza era única y que su forma refleja algún dios arcano desconocido por el hombre blanco; que llegó del cielo y que algunos indígenas supieron venerar más que a Viracocha, en los confines del Imperio Inca. Nunca se lo mostró, pero le dijo a mi madre que la pieza es de oro. No lo sé; yo nunca la vi.
Un dulce aroma a incienso es lo primero que me recibe al entrar, y no sé de donde proviene. La habitación es inmensa, acaso la más grande de toda la casa, y es perfectamente circular. Tiene una sola biblioteca, magna, llena y alta hasta el techo, que ocupa todo el largo curvo de la pared. Sólo la gran puerta de entrada interrumpe la elegante simetría de los veintidós largos estantes. Arriesgo una cifra: veinte mil ejemplares; pero parecen veinte millones. Hay quince pequeñas lámparas, una por cada panel, que le ofrecen al ambiente una luz sepia, difusa y blanda, y que divulga mi angulosa sombra sobre el reluciente piso de madera.
Mis pasos retumban, llenan el espacio con eco y la ansiedad ya no se deja controlar. Acelero mis acciones y pensamientos y ahora sólo focalizo mi vista en el lugar preciso: tercer panel, séptimo estante, segunda fila; ahí, por el medio, aparece un volumen mediano, encuadernado en cuero y que lleva de forma elegante la marca de los (muchísimos) años tiene. En su fino canto se leen unos símbolos exóticos y muy pequeños, escritos en oro, y desprendidos de un alfabeto que yo desconozco pero que entiendo siniestro y siento oscuro.
Tomo el libro que no es, por que yo sé que su interior carece de hojas y sus tapas protegen lo que busco. Lo agarro y lo siento pesado con exageración. Escucho con placer algo suelto en su interior, algo que se presenta pequeño. Al abrirlo lo veo. Veo el Idolo.
Lo tomo con mis (temblorosos) dedos y lo escruto con maníaco detalle y precisión. Es muy pequeño; ya en la palma de mi mano comparo su mezquino tamaño con una de mis falanges.
A su delicada imagen la percibo macabra, aunque ésta sólo refleje la de un hombre desnudo (si acierto que es humano) muy flaco y lampiño, tanto que se puede ver el relieve de sus huesos por sobre su piel de oro, y que está sentado en posición fetal, abrazando sus propias piernas flexionadas. La cabeza deforme y desproporcionada se asemeja a un óvalo; tiene los ojos abiertos y mira hacia abajo, hacia sus pies.
Yo había conjeturado entusiasmo y felicidad, pero, no sé muy bien por qué, observar ahora esa imagen, esa supuesta efigie, me da grima y me induce pavor.
Mi tacto me hace notar más detalle en esa figura del que perciben mis ojos, y que ahora hacerco a una de las lámparas para ayudar mi apreciación; pero la luz golpea al objeto de lleno y este brilla hasta la incandescencia, hasta lastimar mi vista, hasta hacerse imposible e irreal. Lo suelto; lo dejo caer, e impacta en el suelo con una fuerza soberbia, gigante, sin rebotar, provocando un gran y corto estruendo que se consume raudamente en mis entrañas y retumba en mi pecho, acaso para que el terror termine de vaciar mi ánimo y sacudir mi endeble cordura. Otra vez en las penumbras, ya no reparte más brillo del que ofrece su gastado oro.
Su pesada caída provocó un corte en la madera del piso. Me agacho estupefacto, invadido de miedo, y lo vuelvo a tomar; fue hasta entonces que no había reparado en su excesivo peso: apenas puedo levantarlo sin que me tiemble la mano.
Hace ya un tiempo, un día de pocas luces y como consecuencia de no sé qué comentario mío, recuerdo que mi tía dijo algo como que el horror y lo infernal nacen cuando se presenta algo fuera de lo común, algo irreal. Ese súbito quiebre de lo existencialmente cotidiano ahora me hace sentir perdido, me hace sentir escaso y vulnerable, ajeno al tiempo; siento que mi cuerpo padece ante ese pánico funesto que me conquista, me somete y me paraliza.
¿Acaso es este el éxito? ¿Acaso es este mi éxito? ¿Están las reglas de este juego (ahora) macabro sujetas al azar? En los lindes de la locura, pienso que esa pieza es una obra maldita que deseo pero no merezco.
Cierro la palma de mi mano; lo escondo de mi vista y salgo rápido de la habitación. Sufro el imposible peso de la carga, pero huyo dejando atrás suntuosos cuartos, bibliotecas, mares de libros, cuadros oscuros y el cuerpo de Mabera. Llego a la puerta de entrada.
Sólo cuando mi huida es inminente (sólo al poner la mano en el picaporte), siento una voz lejana y no dulce, carente de un origen tangible, real, que golpea en mi nuca antes que en mis oídos. Me llega lóbrega y de todas partes de la casa, mezclada con sonidos de vientos suaves y bucólicos. Creo reconocer la voz, pero sólo creo.
Mis sentidos flaquean, se confunden, agonizan; el pavor me hace querer arrepentirme, me hace pedir perdón. Cada segundo que se consume conmigo dentro de esta casa incrementa más el desasosiego; me hace más difícil discernir entre lo que es real y lo que no; me hace (me siento) menos persona.
Es acertado concluir –pensé- que el tiempo, que sólo atraviesa y recorre hechos y actos subordinados a la razón y a la lógica, ahora no es mío ni de nadie; ahora es ajeno a este mundo; ya no fluye, ya no es.
La voz me habla, murmura, y no es humana. Lo hace en un dialecto muy antiguo que ignoro pero que inexplicablemente entiendo. Abro la palma de mi mano y revelo al ídolo; ahora la voz se escucha con más fuerza, con más presencia: ahora sé de donde viene el horror.
Mis ojos se animan, empero, no sé si lo que perciben es veraz; todavía mi vista sufre el violento golpe de luz, pero descubro en el ídolo (Dios sabe que sin quererlo) un gesto, una mueca que antes no había descubierto en él, algo que podría declarase como una leve sonrisa. Pero me digo que eso no es posible. ¡Examiné ese maldito objeto con detalle y esa sonrisa nunca apareció ante mí!
Mientras más macabra y burlona la siento, más fuerte la escucho. Pero me hace una pregunta. Luego calla; retorna el silencio.
Cierro muy fuerte el puño y me paro delante de la primera biblioteca que encuentro. Agarro un ejemplar, acaso cualquiera, y empiezo a leer, porque estoy seguro que Mabera sabía la respuesta, y que esta está en algún volumen de la casa.
El ídolo ahora es mío. En breve se lo daré a mi madre y lo venderá. Ya no habrá más preocupaciones y Mabera habrá pagado su acritud. Pero antes debo contestar la pregunta. Me tengo fe; la siento cerca. La noche se cierra en Palermo, y recién ahora vuelvo a escuchar la compañía del reloj…

No sé cuantos años pasaron. Sé que muchos; mi cuerpo da cuenta de ello. Día tras días, noche tras noche, busqué la respuesta. Aun hoy lo hago, pero sin éxito. Sé que no puedo permitirme cesar. Él lo sabrá y volverá el asedio y la tortura de las voces. Tengo que contestar; tengo que encontrarla.
Desde los primeros años (hace años ya) que lo hago con entusiasmo y tenacidad, sin dejar que nada me interrumpa. Comía (como) sólo para no desvanecerme. Hubo días que aluciné. Cerré todas las ventanas; la luz tenue y artificial ayuda mi ansiosa lectura; también mi vista, que quedó dañada para siempre. Cuando el cadáver de Mabera infestó la casa con olor, me vi obligado al entierro. Nadie tuvo que creer que mi tía murió al caérsele un libro desde lo alto; la policía nunca apareció. Sí mi madre, a quien nunca atendí. ¿Acaso tengo que repetir que no puedo permitirme ninguna pausa?
Un día, hace unos años, encontré el códice escrito en latín que Mabera dijo haber descubierto. Lo leí (el latín se disfruta más cuando se aprende que cuando se lee) y en él alguien declaraba maldita la efigie inca. Aclaraba el nombre del dios al que representaba (lo he olvidado) y sentenciaba que este se vengaría del hombre blanco, creándole celdas infinitas que no podrá o no querrá reconocer.
También encontré el diario de Mabera; supe que tuvo que matar al viejo de un golpe en la cabeza antes de robarle la pieza de oro. Se enamoró una vez. Ninguna lloró.
Con respecto al Ídolo, lo tengo escondido. Comprendí por qué Mabera lo guardaba en ese falso libro; la luz le hace mal, lo enoja. También por qué no hay (ni habrá, Dios sabe que no miento) espejos en la casa; mi tía, al igual que yo ahora, sentía que su imagen ya no era digna.
A veces, cuando el sol cae melancólico en otoño, sus débiles luces logran colarse por las oscuras cortinas y reverberan en alguna pieza de plata; ese fenómeno me permite observar de forma involuntaria el reflejo de mi rostro y mi cuerpo; y a veces me asusto al ver mis propios huesos por sobre la piel. Pero me tranquilizo; ya no me asusta la joroba, ni mis ojos negros, ni mi pelo largo y blanco; sólo me arredra no encontrar la respuesta. Sólo que vuelvan las voces.
Sin embargo, me reconforta saber que todavía tengo en dónde buscarla; vastas bibliotecas esperan mis marchitas manos.

(c) Juan Ignacio Verni Albarracín , 2005

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