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LOS CUENTOS DEL CATALOGO DE:

El hombre que fabricó un hombre
("The Man Who Made a Man")


Por Harle Oren Cummins



El siguiente relato fue publicado en el mensual estadounidense McClure's Magazine en diciembre de 1901. Su autor, Harle Oren Cummins (1859-1931), era originario de Boston y fue un prolífico escritor de relatos fantásticos, la mayoría de ellos publicados en revistas. Entre sus novelas destaca la historia de fantasmas The Fool and His Joke y la narración de ciencia ficción The Space Annihilator.



Cuando el profesor Aloysius Holbrok dimitió de su cargo como jefe del Departamento de Química Sintética de una de las más famosas universidades americanas, sus amigos no salían del asombro, pues sabían que lo que más le llenaba en la vida era la investigación. Pero, cuando dos semanas más tarde, los periódicos anunciaron que el químico había ingresado en el Centro Rathborn para Enfermos Mentales, el asombro dejó paso a una enorme curiosidad.

Aunque los periódicos no decían nada definitivo, había indicios de que en el laboratorio privado de la calle Brimmer habían ocurrido cosas fuera de lo normal, y se corrió la voz de que, intentando descifrar los misterios de la psicología, un hombre había sido asesinado mientras se sometía a uno de los experimentos del profesor Holbrok.

Yo, que fui ayudante suyo durante diez años, no busco sino aclarar este misterio y, con ello, intentar desmentir los cargos de asesinato. Por tanto, me dispongo a escribir este relato, que contiene los hechos del caso, a partir de lo que sé.

Yo ya me había dado cuenta el año anterior de que el profesor Holbrok estaba muy preocupado, pero sabía que estaba trabajando en algún experimento nuevo. Muchas veces, cuando llegaba a su casa a las cinco para dejarlo todo preparado para el día siguiente, me encontraba una nota en la puerta, donde me decía que estaba en mitad de un importante trabajo y que no me iba a necesitar ese día. En aquel momento no sospeché nada porque ya me había ocurrido que, cuando trabajaba con el doctor Bicknell y operaban con hipnosis en lugar de anestesia, había semanas que no me permitían ni echar un vistazo al laboratorio. Sin embargo, un día, el profesor me llamó aparte y me dijo que deseaba tener una charla conmigo.

-Sabes, Frederick -comenzó diciendo-, que he estado trabajando y haciendo muchos experimentos sobre un nuevo problema y que no he dicho nada ni a ti ni a nadie sobre mi agotador trabajo. Pero he llegado a un punto en el que debo contárselo a alguien. Necesito un ayudante, y no conozco a nadie en que pueda confiar sino en ti, que has estado a mi lado casi doce años.

Naturalmente yo me sentí halagado.

-Frederick -continuó tras ponerme la mano en el hombro-, este experimento es el más importante de toda mi vida. Voy a hacer lo que nunca se ha hecho en la historia de la humanidad, excepto por el mismísimo Dios. Voy a crear un hombre.

En un primer momento no entendí lo que quería decir. Estaba asombrado, no sólo por sus palabras, sino por el tono que había utilizado.

-Seguro que no lo entiendes -añadió-, pero deja que te explique. Sabes lo bastante de química como para darte cuenta de que todo, el agua, el aire, los alimentos, todas las cosas que utilizamos a diario, son meras combinaciones químicas de ciertos elementos simples. Como me has visto hacer en más de una ocasión, por medio de una corriente eléctrica se pueden separar los dos componentes del agua, dos moléculas de hidrógeno por cada molécula de oxígeno, y se puede llevar estos elementos al estado gaseoso. Además, si se trabaja con las proporciones adecuadas, cuando ponemos en contacto con la mezcla una llama o chispa eléctrica, obtenemos de nuevo agua líquida. Éste no es más que un caso sencillo, pero son estas mismas leyes químicas las que rigen todas los compuestos de la naturaleza. Sólo hay setenta y cinco elementos químicos conocidos y, de éstos, menos de treinta componen la mayoría de las cosas con que nos encontramos en nuestra vida diaria.

"Durante los últimos seis meses he estado trabajando con estos elementos y he creado distintas sustancias. Cogí un trozo de madera, lo descompuse con ácidos, lo analicé cuantitativa y cualitativamente y hallé las proporciones en las que se combinaban estos elementos. Luego, utilicé elementos similares, los mezclé en las mismas proporciones y conseguí un trozo de madera tan natural que tú mismo hubieses jurado que había salido de un árbol.

"He estado analizando y repitiendo el experimento con cada objeto que hay en la Naturaleza, pero sólo estaba practicando. Sin embargo, tenía un objetivo claro. Por último, cogí un cuerpo humano que me proporcionó el doctor Bicknell, de la Universidad de Medicina, y analicé la carne, los huesos, la sangre, en resumen, todas y cada una de sus partes. ¿Y qué fue lo que encontré? De aquel cuerpo, que pesaba 74 kilos, 48 no eran sino agua, agua pura, como la que sale de aquel grifo. Entonces, la sangre que había corrido por sus venas y que había servido de alimento a cada órgano, ¿qué era? No más que un suero con pequeños corpúsculos celulares de color rojo, resultado de la combinación de carbono, oxígeno, sulfuro y unos cuantos elementos simples más.

"Cogí el hueso del esternón de un cadáver y lo analicé. A continuación, puse en un molde elementos similares y conseguí un hueso tan real como con el que empecé. Había sólo dos cosas en la Naturaleza que no podía reproducir. Una era el almidón, esa sustancia cuyo análisis ha traído de cabeza a los químicos durante años, y la otra era carne. Aunque analicé cuidadosamente esta última, al juntar de nuevo sus partes elementales, no volvía a obtener el mismo compuesto.

"Químicos de todo el mundo han sido capaces de descomponer la carne en proteidos, en impresionantes proteidos, como ellos los llaman. Estos proteidos conforman la principal parte sólida del tejido muscular, de los nervios y del tejido granular, del suero de la sangre y de la linfa. Pero ningún hombre sobre la Tierra, excepto yo, ha sido capaz de crear un proteido. No han encontrado el secreto porque han estado trabajando a temperaturas normales. Igual que una gota de agua no se forma a partir de sus dos gases a 2.482 grados centígrados ni a una temperatura más baja, a menos que se añada una chispa, no podemos crear protoplasma a no ser bajo determinadas condiciones eléctricas y térmicas.

"Durante los últimos dos meses he estado trabajando a solas en esta línea, variando la temperatura desde el frío más extremo, producido por aire líquido, hasta el calor intenso del soplete, y mis esfuerzos se han visto recompensados. Hace quince días descubrí dónde estaba el fallo y, a partir de entonces, todo lo que he probado ha salido bien. He creado las proteínas, las grasas y los carbohidratos que dan lugar al protoplasma y, con ellos, y basándome en mis conocimientos, he copiado todos y cada uno de los órganos del cuerpo humano. Pero aún he ido mucho más lejos. He unido todos esos órganos, y mira lo que he creado.

Levantó una sábana que tapaba un bulto que había sobre la mesa, y yo retrocedí con una extraña mezcla de temor y horror. Tumbado sobre la plancha de mármol, había un cuerpo desnudo que, si no era un hombre que vivía y respiraba como vivía y respiraba yo, juraría que estaba soñando.

Puede que los pensamientos que empezaron a agolparse en mi mente se reflejaran en mi rostro, porque el profesor dijo:

-¿Qué te ocurre? Crees que he perdido la cabeza y que es alguien a quien he matado, ¿no? Bueno, no te culpo. Hace un año hasta yo mismo me hubiese echado a reír ante la idea de crear un hombre. Pero debes tener fe, debes convencerte a ti mismo, porque en la siguiente fase del experimento voy a necesitar tu ayuda. Te mostraré cómo he fabricado este hombre o fabricaré otro ante tus ojos. Pero tú y yo llegaremos aún más allá, haremos lo que nadie, sino Dios, ha hecho hasta ahora: de esta masa inerte crearemos un hombre vivo.

Comenzó a pasárseme el miedo; estaba fascinado con lo que decía, y empecé a sentirme tan ilusionado como él.

Me llevó a su laboratorio y, ante mis ojos, con unas cuantas botellas, un soplete y una batería eléctrica, creó una masa de carne humana. No voy a revelar la fórmula ni a dar detalles de cómo lo hizo. Sólo a mí me permitió ver el milagro al que asistí a continuación.

-Ahora, todo lo que queda es el experimento final, y me he propuesto llevarlo a cabo esta noche con tu ayuda -dijo el profesor-. Lo que vamos a hacer es tan desconocido para mí como lo es para ti. Pero es pura y simplemente un experimento. La descarga que voy a hacer pasar por esta masa sin vida produciría la muerte a cualquier hombre vivo. Nunca pensaría en el éxito de este experimento con un hombre cuya muerte se hubiera producido por el fallo de alguna función vital, pero los órganos del ser que yo he creado están en perfectas condiciones. Por tanto, espero que la corriente que acabaría con un hombre vivo dé vida a esta cosa.

Llevamos aquel cuerpo desnudo, en ningún caso un cadáver, aunque he de decir que guardaba un terrible parecido, al laboratorio eléctrico, y lo tumbamos sobre una plancha de pizarra. En la base de su cerebro, raspamos una zona no más grande del tamaño de un guisante y, tan cierto como que estoy vivo, puedo decir que vi brotar de ella una gota de sangre. En la muñeca derecha, justo sobre el pulso, hicimos otra abrasión, y a cada uno de esos dos puntos llevamos el polo positivo y el negativo del alumbrado. Sostuve los dos cables pelados cerca de la carne, el profesor Holbrock aumentó la intensidad de la descarga a 2.000 voltios y, ante nuestros asustados ojos, aquella cosa, que no era más que una mezcla de compuestos químicos, se transformó en un hombre.

Una convulsión puso al cuerpo en posición sedente. A continuación, la boca se abrió y emitió un gemido.

He estado en el campo de batalla y he visto morir hombres a mi alrededor con el cuerpo destrozado por el impacto de los proyectiles, y ni siquiera he pestañeado pero, cuando le quité los cables a ese ser que se retorcía y gemía, y vi cómo su pecho comenzaba a hincharse con una respiración espasmódica, me desmayé.

Cuando volví en mí, me encontré medio tendido sobre la plancha de pizarra; en la habitación reinaba un hedor repugnante, un olor a carne quemada. Busqué con la mirada la retorcida forma que había visto sobre la camilla pero, aquellos cables, con su mortal descarga que yo estaba intentando quitar cuando me desmayé, debieron de ser retirados por una mano suprema, porque sobre la plancha sólo quedaba una masa chamuscada y carbonizada.

El hombre que había creado a aquel hombre jamás podría explicarlo. Allí estaba, andando a gatas por el suelo, clavando las uñas en las paredes y riéndose a carcajadas.




(Este es uno de los relatos incluidos en el libro "Frankenstein. Otros relatos inéditos sobre el Mito de Mary Shelley".
¿acaso el procedimiento aquí empleado para crear un organismo artificial no es un tosco pionero de las modernas técnicas de ingeniería genética?
Otros relatos publicados en ese libro son: Frankenstein o el hombre y el monstruo, de H.M Milner / El experimento del cirujano, de William Chambers Morrow / Experimentos con una cabeza, de Dick Donovan / El Nuevo Frankenstein, de E.E. Kellet / El vivisector, de Sir Ronald Ross)



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