{upcenter}
{upright}

 

EL DUQUE

por V



Bajó de la galera montado, un hermoso animal blanco empapado hasta las crines lo llevó a tierra. El mareo de tierra lo hizo vomitar una vez más; como si no fuera suficiente con el zarandeo a bordo, ahora su cuerpo oscilaba pero la playa no. Costo ínfimo comparado al favor del Rey, las tierras obtenidas y el inmenso placer de la victoria en tierras infieles; mas costo al fin...


Se apeó en el portón oscuro bajo la noche oscura. Dos caballeros detrás; sus hijos bastardos adoptados a fuerza de adulación. Lamentablemente y contra todas sus previsiones, no murieron. Pero no había peligro de dejarles nada; no tenían sangre real. Su escudero, aún más atrás, corría tras las huellas de su montura.
"Santo y seña?"
"Soy tu duque, imbécil!"
Palabras mágicas, cualquier portón se abre.


Hambre. El vómito vacía, el cordero completa. El hogar, el ducado; MI tierra, MI cordero, MIS súbditos. La corte, refinada, aduladora, soberbia: esa corte de libro no existía aquí, solo villanos con lenguas agraciadas lo servían. No había mucho más en la isla, de todos modos, pero esa isla tenía un solo dueño, y eso los convertía en perfectos sirvientes.

Hambre. Hambre de altamar y de la guerra; hambre de carne firme. El estómago lleno ahora, el otro hambre...
El duque la vió por la ventana vidriada ( vidrio! Estos vasallos sí que saben como agraciarse... ), luego la miró, y por último la observó. Una más, se sabe, pero nada mal en el estado actual de hambre. Nada mal para cualquier estado, si no fuera por esa tez marrón de trabajo al sol y esa flacura de pobretona; con el vestido adecuado...con el vestido adecuado desgarrado en pedazos podría servir más que bien... Y evidentemente había venido para eso. Nada fuera de lo común; si los campesinos dan su cosecha por favores, si las madres dan sus hijos por favores, una niña bien puede dar sus bienes por favores. Nada fuera de lo común.
Tímida, parece. No debe pasar los dieciseis: ya está grande para el Duque...pero si le ahorra el ir a buscarla, Él accede, más si recién ha vuelto de la campaña. Tímida, se paró frente a la ventana; la pose de ofrenda le quedaba muy bien, hacía juego con el pueril escote.

Él se calzó de nuevo su armadura sobre la cota de malla, tomó su espada legendaria, su daga afilada y su arco certero. Racionalmente; la explicación estaba basada en la posibilidad de una trampa, o de que la puta se retobe cuando más se la necesita; ya tenía varias marcas su cuerpo de ésas, y tantas de ésas como marcas había pudriéndose en el fondo del lago.
Pero, claro como el agua, también había otras razones. No salía un tipo, salía El Duque. No salía un enamorado, salía El Cazador. No era un intercambio, era El Control, la nuca aferrada, el Poder Máximo.

Bajó, a la hora del sueño. Seguro sólo dos estarán despiertos: cazador y presa, más los que sus gritos puedan despertar...Se sonrió ante la idea. Cruzó el patio hasta el portón, abrió sin ayuda la pesada puerta ( ciertas urgencias dan grandes fuerzas ) y la encontró, en toda su inmediatez y simpleza. Su respiración entrecortada levantó una visible erección en el Duque, que éste nunca intentó disimular. No había por qué disimularla. No había nadie en la isla ante quien tener que disimularla.

Ella se acercó un paso, recelosa. El se acercó otro, con aplomo. Ella se acercó el último paso, doblando su aplomo. Podían olerse el aliento. Ella abrió grande la boca para aspirar bien fuerte, sonoramente rascó de su garganta toda la gripe acumulada y lo enmascaró en flema verde y viscosa.


La corrió por todo el prado del frente, hasta que su bazo pidió clemencia. La puta, en tanto, le había sacado mucha ventaja; las más jóvenes siempre corren como conejos. Es una parte de su encanto...
Volvió a la caballeriza. En su corcel blanco, con su armadura brillante y sus ojos en llamas, era de nuevo El Duque, El Cazador; la estampa del caballero victorioso. Clavó las espuelas en las ancas del animal, y la estatua viviente atravesó la distancia que acababa de vencerlo en fuertes - fáciles - zancadas.
La presa lo estaba esperando, justo donde la había dejado. En realidad le gusta... - se confió el Duque, con la boca abierta de lascivia. Ésa era la otra parte del encanto.
Ella retomó la carrera con planeada desesperación, el Duque le había dado tiempo de reponerse al cansancio. El pedazo de tierra que ella dolorosamente estiró entre ellos, el caballo lo cruzó como un paseo. Pronto su espalda estuvo a metros del galope. Él pensó en arrollarla, desistió - no hay que dañar la mercadería -, y finalmente espoleó una pulgada de profundidad en el estómago del animal: con suerte sólo le quebraría una pierna. Mejor dicho; con suerte le quebraría una pierna: Dios sabe cuánto ese dolor e inmovilidad facilitaría lo que sigue...
Los cascos ya mordían sus pisadas más frescas, y finalmente se elevaron sobre ella como su sombra. En el instante preciso, con ejercitada agilidad, ella saltó transversalmente, quebrando como un insecto. La bestia pasó veloz por su derecha, el estribo rasgándole el vestido y el hombro debajo.

Segunda vez que lo congelaba. Eternos segundos después, El Señor de la Isla descargó toda su furia en la rienda, ésta en el bocado, y éste en las encías del animal. Frenó. Dando grácilmente la vuelta; ambos vieron a la presa. Tensión en todos sus músculos, agachada, los ojos fijos en los ojos fijos del Cazador. Él espoleó la misma pulgada en el mismo lugar, y su montura respondió de la misma manera. Y su presa también.
Repitieron una vez más el paso de baile; íntimamente deseoso él de tener el mismo resultado en sus ropas y en su carne. Y ella seguía eludiendo y mirando expectante la próxima embestida. Pero al frenar, el caballo ya resoplaba: No más, no por ahora; parecía decir. Entonces, justo entonces, ella volvió a correr.

Tan veloz como en un principio, como si el cansancio no la afectara, cruzó la distancia que la separaba del camino transversal. El Duque infligió más dolor, y su blanco corcel volvió a responderle. Ella llegó al barranco, una bajada pedregosa al borde del camino; y con todo su impulso a cuestas, se precipitó en una ancha zancada hacia las filosas piedras sueltas y el polvo.
El Duque quiso imitarla; por extensión, quiso que su montura la imitara. Pero el caballo no quiso continuar su voluntad: eran sus tobillos los que sangrarían después. Él espoleó más duro, y el animal mostró su impaciencia resoplando fuertemente. Él le golpeó las ancas con el canto de su espada, un filo desató la sangre. En un último, agudo alarido, el caballo saltó sobre sus patas delanteras, lanzando al Duque al piso bajo sus patas. Por primera vez, la presa, que nuevamente se había detenido, vio temor en los ojos de la bestia, cercanos a los cascos del animal. Se arrastró fuera de peligro, jadeando, mientras el corcel se alejó trotando tan sólo unos metros hasta el prado, donde displicente comenzó a pastar.

Las filosas piedras se clavaron una y otra vez en sus tobillos; su vestido se desgarró y, peor aún, se enganchó en las salientes. Una y otra vez tropezó y trastabilló, pero a cada vez le siguió un salto más lejano, una caída más libre. El polvo jugaba para su lado: ella lo levantaba, el Duque lo recibía. Pero él no recibía los magullones, las cortadas, ni la mugre; un centímetro de hierro lo separaba del mundo. Seguro, su paso era lento, inexorable; pero a cada rasgado en las ropas de la presa, algo en su interior lo abalanzaba más fuerte. Era justo como se la había imaginado; sangre, polvo y piel asomándose por cada hendidura...

A pesar de todo, ella llegó antes ( mucho antes ) al pueblucho de abajo; él seguía comiendo su polvo cuando ella llegó a una choza. Sacó de un escondite cercano una bota y un mortero de una pasta verde y mohosa. Comió la sustancia, y la empujó con un largo trago de licor. Se estaba sacudiendo el fuerte efecto, pensaba qué hacer con la mentira de poder con que las hierbas convencían a su cuerpo; cuando los dueños de la choza salieron, despertados por su carrera.
El Duque no se escondió, ni ocultó su propósito. Remató el barranco, y con paso fuerte y decidido se acercó al trío. Habló al hombre:
-Sostenga a esa mujer.
El hombre lo miró, congelado.
- Sostenga a esa mujer! Ahora!!
No era posible que no sepa quién lo ordenaba. Sin embargo, el hombre no respondió. La presa lo miraba sin moverse del preciso lugar donde había frenado. La puta, la muy puta le sonrió con sorna, y el Duque sintió la urgencia de justificar su poder: Desenvainó su espada, la matadora de infieles, y la levantó contra la piadosa mujer de la choza. Esto con seguridad movilizaría al estúpido... La muchacha arrojó el mortero con destreza, y la furiosa explosión del cuenco contra el peto de la armadura convenció al Duque de cambiar de víctima. Pero ella volvió a correr...

A unos metros de la choza, un fétido arroyuelo se interpuso en su camino. Resuelta, se zambulló. El Duque no hizo menos: envainó su espada, y dejó que el agua negra fluyera entre él y su armadura.
Pero el agua no vino sola. Las sanguijuelas encontraron tortuosos caminos hacia su rojiza piel, entre sus ropas y la cota de malla; y por ellos siguieron. Aullando de dolor, él se arrastró a la orilla, mientras ella se despojaba en desesperados jirones de los vestigios del vestido, para luego arrancar con gritos desgarradores cada parásito de su piel. Él, encontró consuelo - no, placer; en saber que ella las sufría también: Sobre sus rosadas tetas, sus tostados hombros y sus firmes piernas, una mancha verdosa succionaba su sangre. El clímax fue verla extraer una por debajo de sus ropas, arrancándola de apenas abajo de los negros vellos que los vestigios del vestido dejaban entrever. Pero el placer no le duró mucho; ahora sus dedos chocaban en irracional impotencia contra la armadura sobre la que hace unos minutos había reposado su seguridad. Torpemente, como la mujer, se despojó de ella, y de su cota de malla; buscó entre su ropa y su piel, y a cada tirón emitió un grito gutural: expresión de su poder, aún en esta coyuntura.
Terminó de liberarse, se ciñó sus armas y vio la salvaje desnudez de su presa, que lo esperaba a metros. Una igualmente salvaje erección dominó su voluntad, y aferró el mango de su espada cerca de su bajo vientre, en extensión de su potencia. La carrera se reanudó.

Los pies descalzos encontraron el ramaje caído del bosque comunal. Aunque aventajándolo, ella tuvo que aminorar la marcha; entretanto, El Cazador guardó su espada y tomó el arco. El carcaj retuvo sólo tres flechas de la corriente del arroyuelo, pero una sería suficiente. En línea recta, la presa se detuvo al no escuchar - sentir - la amenaza a sus espaldas. Instintiva, salvaje, dio el mismo salto lateral a la izquierda, y una vez más el silbido pasó a su derecha, clavándose en seco en un árbol a más de diez metros de distancia. PUTA!! - gritó la cólera de la bestia. Tomó una nueva flecha, y en sigilo avanzó lateralmente. Los sonidos de la madrugada cubrieron sus pasos. Al fin pudo verla, el hombro izquierdo de espaldas. Los sentidos agudizados, la luz azul del amanecer le dieron certeza. Tensó el hilo, y el chasquido le rasgó la muñeca de la camisa. Ella saltó de nuevo, a la derecha, cayéndose al suelo crujiente, y la saeta se hundió en la tierra. Él se apuró a recargar, dio un sonoro salto a la derecha, y la cuerda esta vez cortó un limpio tajo en su pulgar. Ella recibió la flecha mientras se erguía torpemente. La varilla formó un ángulo recto con su muslo desnudo, el vértice coronado de rojo fluir; y el agudo que emanó por su pecho hizo explotar las copas de los árboles cercanos en miles de pájaros silvestres. Él tiró el arco, y se acercó triunfal a su presa caída. Nuevamente, desenvainó su falo metálico. No porque fuera a necesitarlo contra ella, sino porque lo necesitaba para cumplir su perversión, para que el poseerla, esa vez, le fuera devuelto a su presa con toda la intensidad que ella le generaba.

Ella gemía de dolor, media espalda apoyada contra un tronco, la fina estaca emergiendo de su pantorrilla. Los retazos de tela que le colgaban dejaban sólo la cintura a la imaginación; mas no era lo que importaba al Duque. Avanzó en pasos lentos hacia ella, la sangre bullendo por sus venas, la espada erecta.
Con la lengua fuera, llegó hasta su presa, su víctima, su juguete, y se detuvo a sus pies. La finura de sus pezones y el color de su sexo le trajeron a la memoria una niña anterior, probablemente la hermana o ella misma hace unos años. Seguramente el alejarlo haya sido un plan, para matarlo en algún lugar impune, y dejar su cuerpo a los cuervos. No disminuyó su placer saber que no la desvirgaría: Saber que había vuelto para vengarse y fallado afirmaba el Control, y le redoblaba las ansias de poseerla, de vencerla por segunda vez, de ser perfecto e intocable.
Aflojó su cinturón y bajó sus pantalones. Tomó su espada entre ambas manos, la izquierda apoyada sobre el canto, y se acuclilló mirando fijo el pubis, acercando la espada a la frágil garganta de la niña. Ella gimió una súplica incomprensible, ante lo que el Cazador dobló su placer.
No era una súplica; era una advertencia. Ella le clavó el talón de la pierna sana en la boca del estómago, lanzándolo unos metros atrás. Se irguió altiva en su dolor, arrancó la espada de las manos del ahogado caballero, y quebró la madera de la flecha. Y echó a correr.

Una nueva ola de furia recorrió al Duque. Privado de su virilidad sanguinaria, se reacomodó sus ropas y echó a correr tras de ella, ahora equiparados; la una por la herida, el otro por el cansancio y la falta de aire que aún le dolía sentir. La luz era ya clara, el bosque había perdido su oscuridad. Tras ellos, otros crujidos comenzaron a sonar; los leñadores que de madrugada poblaban el bosque comunal seguían interesados sus rastros.
Ella ya no lo mataría ahora; no ante la luz, no ante testigos que probarían inequívocamente su culpabilidad. Confianza renacida... Llegaron al límite del bosque, y con él el límite de la isla: un pronunciado acantilado tallado pacientemente por las olas de un océano frío. Ella arrojó el arma incriminatoria al acantilado, devolviéndole al Duque el Poder: él tomó de su tobillo la daga que escondía. Ellos podrían probar que ella lo había matado, pero nadie osaría testificar ante la ley encarnada, ante su Amo y Señor: el Duque, nuevamente, estaba arriba.
Empuñó su daga ante la sangrante y despojada víctima; ella dio el último paso atrás que la separaba del borde del acantilado. Desnuda, amenazada, arrinconada; sus ojos tenían el brillo de las fieras. El Duque sabía que una gata arrinconada en su cubil es más peligrosa que todos los mastines que la olisquean; pero él era más que un vulgar perro: Él era El Puñal, Él era El Cazador.
Se lanzó hacia ella, daga en punta. La presa tomó su brazo estirado, lo rodeó, giró su cuerpo y cayó sobre el de él, forzándolo a entregar la daga al abismo.
Ahora ella estaba arriba.

Se arrodilló sobre él, el único contrapeso opuesto al grueso torso sobresaliendo del borde. Su clítoris desnudo se apretaba contra el estómago de su victimario, mas ésta vez no afloró niguna fantasía, ninguna perversión conquistó la voluntad del Señor; él ya era otro: no era más Control; él era ahora Miedo.
La escena la seguía una veintena de ojos, azorados por la situación. El Duque llamó en su auxilio a los leñadores, con voz lastimera:
-Detenedla, por favor, me va a soltar!! Ayúdadme!!
Rompió en llanto, y sus lágrimas recorrieron sus parietales para ir a perderse en la rápida recta que amenazaba con tomarlo. Los leñadores no se movieron. Claro! No lo debían reconocer, sin su armadura estos ignorantes no podían saber quién era.
-Soy su Duque, les ordeno que me salven!!!
Ninguna respuesta.
-Les daré tierras, lo que deseen!! Por favor!!

Los leñadores tampoco se movieron ante las prebendas. En su desesperación, el Duque comprendió que no lo salvarían jamás, que el poder era ahora de ellos, de ella. En esta tierra de nadie ya no había nada que respalde su lugar; esta era la venganza de un pueblo contra un Señor injusto. Otro tomaría su lugar; Él ya no era más el Duque. Sin el poder que lo acompañó desde la cuna; él ya no era.
Sereno, enfrentó el final, sabiendo que en su interior ya había pasado el verdadero:

-Vamos, cumple tu cometido, venga tu virtud ultrajada. Ya no hay armas, no soy nada, puedes matarme sin miramientos.
La mujer, por primera vez, habló:
-No entiendes, verdad? Ya tuve mi venganza: El Duque está muerto.

Mirándolo fijamente a los ojos, sonriendo; tomó fuertemente su cintura, y lo levantó.

(c) V
 
 

                                                MAS CUENTOS
 
 

 

 

Liter Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados

Webmaster: Jorge Oscar Rossi

mail: jrossi@literareafantastica.com.ar