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LA DUDA DE UN ANGEL

por Antonio Mora Vélez


Una sombra avanzaba por el portal del viejo edificio de la Orden de Los Fundadores. El reflector de control apuntó de inmediato desde la atalaya de enfrente y dejó ver la silueta de un hombre entrado en años, vestido con una túnica gris, encorvado y canoso.

-¿Quién va? -preguntó enseguida el guarda de la posta.

-Soy presto en la luz y terrible en las tinieblas -contestó el viejo.

-Siga- ordenó la voz del cancerbero.

La cancela de hierro crujió al abrirse y por ella avanzó hacia el patio octagonal, el misterioso anciano de gris. El amplio patio rodeado de bancas y faroles con reatas sembradas de plantas lilas y verdes parecía la antesala de un castillo medioeval. El viejo lo cruzó despacio por una diagonal de mármol azul hasta llegar a una segunda puerta cuidada por otro anciano vestido de paje.

-Soy yo -le dijo al tocar. El segundo portero le abrió sin preguntarle nada. La puerta dio paso a un amplio corredor de paredes calizas y adoquines rojos que terminaba varios metros atrás en una habitación de puerta monumental con aldabones de bronce. Una vez abierta ésta, al fondo de la sala, en un pequeño sitial bocelado le esperaba un joven de barbas vestido con un overol de color naranja y botas plásticas plateadas que le llegaban casi hasta la altura de las rodillas.

-Bienvenido, hermano -le dijo el joven de barbas. El viejo de gris se sentó en un canapé de fibras trenzadas.

-He venido a rendir cuentas -le respondió. El joven del overol asumió entonces esa pose de cerebro al acecho que caracteriza a los confesores trascendentales.

-Te escucho, hermano- le dijo. El viejo visitante carraspeó un poco y comenzó a hablar.

II

Por los tiempos de Herodes, yo había recibido la misión de comunicar a la doncella escogida, una hermosa joven hija de Ana y Joaquín, la determinación de hacerla madre del primer niño habido entre los hijos de Gerusa y de La Tierra. Tenía en mis manos el eyector criogenado con el que le practicaría la fecundación acordada. Me aparecí a ella en la fuente del pueblo; estaba con su cántaro sobre la cintura. "Bendita seas, María --le dije-- Has sido escogida por nuestro superior para recibir en tu seno la semilla de un hijo al que llamarás Jesús, quien será el salvador de tu pueblo y quien reinará por los siglos de los siglos, hasta nuestro retorno". La doncella me preguntó consternada: "¿Cómo, señor? Si he hecho la promesa de permanecer virgen ante mi Dios". Yo le respondí: "Concebirás y parirás virgen porque así lo ha dispuesto mi señor, tu Dios". "Hágase en mí su voluntad, según tu palabra", me respondió María.

Y la voluntad se hizo. Una sombra verde apareció y rodeó a la joven, y por un instante la fragancia de los gases la transportó a ese maravilloso mundo de salas de cristal con ventanas de jaspe de nuestra astronave de comando.


III

-¿De qué te arrepientes entonces? ¿No cumpliste tu misión perfectamente? -interrogó el confesor.

-No, señor. Hay algo que he callado y que ahora, vencido por el tiempo, deseo decir para conseguir ese reposo de espíritu que perdí desde entonces -le respondió el anciano encorvado.

El joven Yavé se puso de pie, se acercó al envejecido astronauta y le dijo cariñosamente: "¿Algo, amigo mío? ¿Algo que nosotros no sabemos?

-Así es -le respondió -Es algo que no creí poder confesar algún día.

El esbelto comandante, intrigado por el tono del viejo, le inquirió para que lo dijera todo de una vez. El viejo domeñó su angustia y comenzó: "Se trata de un cambio que introduje en los planes genéticos acordados, más concretamente, en la misión de anunciar a la hija de Ana la concepción virginal decidida por el consejo de asentamiento".

-Un cambio...¿Inconsulto?

-Así es, mi joven Yavé -le dijo.

El adusto jefe se puso de pie al instante, se pasó su mano sobre la barbilla y volvió la mirada hacia Luzbel, el comandante retirado que rendía sus descargos.

-Bueno, todos hemos sido víctimas de nuestras debilidades algún día. No somos perfectos.

Luzbel no dijo nada, se quedó esperando una nueva pregunta o la orden de continuar el relato.

-¿Y qué --insistió el joven Yavé-- Ese cambio inconsulto tuvo consecuencias funestas para el desarrollo del plan?

-No lo sé. Es la duda que me atormenta...Después fuimos relevados y otros continuaron el experimento. Oí decir a varios de ellos, cuando regresaron, que la sociedad de ese planeta avanzó algo por el camino de la solidaridad y el progreso pero que Jesús murió crucificado por sus mismos hermanos...

-Entonces ¿Qué te atormenta? Ese era el plan, hasta donde tengo noticias. Jesús hizo lo que tenía que hacer ¿No es así?

-No. El plan fracasó. Los últimos en hacer la visita de control informaron que en ese planeta persiste el odio, todavía adoran becerros de oro...están corroídos por el vicio. Y eso no era lo que esperábamos...

-Es el eterno problema de las contingencias; algo debió pasar para que el plan se desviara, o a lo mejor se demorara más de lo previsto. ¡No es tu culpa! -dijo el joven Yavé, tratando de consolar al retirado viajero del espacio. El viejo Luzbel, el otrora arrogante mensajero del Yavé de entonces, guardó un instante de silencio y le respondió finalmente, visiblemente turbado.

-¡Yo tengo la culpa. El semen que puse en la vagina de María el día de la concepción virginal, no era el de Yavé, era el mío!

 

(c) Antonio Mora Vélez.
 

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