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¿2 + 2?

Por Darío Lavia

- ¿Dos y dos? - preguntó una voz adulta como esperando confirmación.

Mendive tenía una gran duda ante sí. Era un niño de cuatro años, frente al enigma de su vida, algo tan enorme y temerario como lo incomprensible, lo inmensurable, lo desconocido. Es así como mucha gente se lanza a abismos sin fin, a la aventura, al destino. ¿Curiosidad? ¿El imperio de la Necesidad? Esas cuestiones lo superaban. En casa, papá le había dicho que hiciera de cuenta como que cada uno de sus dedos era una unidad, y que sí le preguntaban cuánto era "uno más uno", bastaba con levantar el primer dedo de la mano (sin contar al gordito) y tenía un "uno". Si levantaba el segundo dedo, entonces, ya eran "dos". Este "dos más dos" le requería un sacrificio doble: levantar dos veces más dedos que los que tenía que levantar para "uno más uno". Sabía que en situaciones de emergencia podría contar con el gordito, y que su máximo por mano era "cinco", número mágico, que se repetía en las otras extremidades. Papá le había dicho que cualquier duda que tenía en el colegio, que no se hiciera problema, que en casa la resolverían. Mamá estaba ocupada para dedicarse a eso, atendiendo al hermanito menor, limpiándole la cola y demás, pero también participaría. Así que... ¿qué lo detenía para resolver ese entuerto? El niño Mendive alzó su mano, e intentó resolver el problema. Su vista no lo engañaba: no tenía unidades. ¿Y en la otra mano? "¿Para qué tenemos dos manos?" había preguntado una vez a su padre. Y la respuesta de la sabiduría fue: "Una, la derecha, es la mano maestra, y la otra, la izquierda, es la de repuesto."

Y Mendive buscó unidades en la izquierda. Pero tampoco había unidades. ¿Qué utilizaría para reemplazar esas unidades ausentes?

- ¿Cuántos chicos más quedan por sacar? - volvió a preguntar la voz del bombero.

- Faltan dos del aula de infantes y dos de la de primer grado - respondió la voz de la maestra, una voz transfigurada por el espanto -. No se por donde puedan estar, si tan solo dijeran algo. Se que estaban los cuatro juntos... ¡Ay Dios Santo! - y volvió a dar estertores de terror.

- ¡Cuatro! - Era el pequeño Mendive, desde abajo de los escombros, que había resuelto el primer problema de su vida. Afuera, estaban llegando los primeros periodistas y se comenzaban a barajar hipótesis sobre la autoría.

(c) Darío Lavia, 2007
 
 

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